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sábado, 29 de febrero de 2020

Desagravio de la bruja



Tengo dos noticias que daros. Una mala y una buena, como siempre. La mala, es que el túnel carpiano de mi mano derecha reclama su momento de gloria (su hermana, la izquierda, ya lo tuvo hace ocho años), y eso me convierte en guitarrista temporalmente manco –aunque como percusionista aún puedo sujetarme por un rato- con lo que el extraordinario proyecto de La Leyenda de Estós, del que ya os he informado aquí, abre un paréntesis de algunos meses. Todos los implicados en el asunto, una decena de artistas excelsos y temerarios (por aquello de apuntarse a los bombardeos que les propongo), entre músicos, actores, rapsodas, gente de la imagen, etc., me han reiterado su adhesión inquebrantable para rematar la cosa cuando sea posible, que previsiblemente será para finales del próximo verano. Permanezcan atentos a sus pantallas: se comunicará.

Y ahora la noticia buena:


Regresan las Brujas, espectáculo teatral más que original y más que conmovedor, en el que tengo el honor de participar por gentileza del alma mater de la cosa, Cayetana Martínez, hembra alfa de la jauría autodenominada Teatro Perro. Ahí participo como percusionista, de modo que antes de que mi mano derecha se me termine de dormir, contribuyo en la construcción de escenarios sonoros que ayudan a vestir esta peculiar e imaginativa vindicación histórica de la figura de la bruja.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Vaya por delante, y desde ya, que sí: es un alegato feminista. Pero no tiene nada de oportunista o de defensa a ultranza de las discriminaciones positivas. Es una reflexión seria entorno a cómo, histórica y reiteradamente, se ha usado el cajón de sastre de “bruja” para deslegitimar a aquellas mujeres que tenían la osadía de salirse de sus roles asignados, enfrentándose a lo que siempre se interpretó como el “orden natural de las cosas”, en donde el poder, la ciencia, el arte, y todo lo no funcional, eran patrimonio exclusivo del sexo masculino. Esa sandez es una de las más obvias cristalizaciones del patriarcado, sandez aún mayor cuyo origen localizo intuitivamente en un pasado remoto en el que mandaba el que daba los porrazos más fuertes. Y eso era todo.

Por más que he buscado, no he encontrado una explicación consensuada de cuándo y cómo se asentó el patriarcado como perspectiva global planetaria. No os engañéis, no es un invento cristiano: asomaros al islam, al hinduismo, a la tradición o ámbito cultural que queráis, y veréis como el modelo básico es idéntico. Pero lo que sí parece aceptado es que no siempre fue así. No es probable que fuera ese el esquema dominante a comienzos del neolítico, al inicio de la civilización de las ciudades asentadas que sustituyeron a los clanes trashumantes de cazadores/recolectores. No: hace diez, ocho, seis mil años, el culto a la madre tierra, a los ciclos lunares, a la fertilidad, otorgaban a la condición femenina un estatus sagrado superior. Pero poco después, y quién sabe porqué, aquello fue pasando a ser algo primero subsidiario, y luego meramente funcional, bajo el argumento supremo de la hegemonía del bíceps. Qué delirio. Cuánto mejor nos habría ido de no haber prescindido del 50% de la inteligencia de la humanidad, reconvertida en poco más que ganado sexual. Y las perdedoras no fueron ellas, fuimos todos, porque a la evidente y flagrante injusticia de impedir que pudieran ser ellas mismas hay que añadirle lo que le cayó a la otra mitad: la obligación de llevar una vida sobreactuada, en la que triunfar era obligatorio y la emotividad y los sentimientos debilidades inaceptables.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Tengo intención de colgar pronto una entrada que llevará el poco sutil título de “Soy un puto marciano”. Y lo soy, porque reafirmándome punto por punto en lo que llevo dicho, no soy feminista. Tampoco ecologista, a pesar de llevar toda mi vida trabajando y luchando por la defensa del medio ambiente. Parte de mi marcianidad, supongo. Pero no se debe al simple hecho de mi alergia insuperable a las banderas, sino a que discrepo de forma contundente en las diagnosis y en las estrategias de la mayoría de los “ismos”, empiecen por eco, por femi o por lo que sea. Pero ya le dedicaré la prometida entrada a desenredar mis contradicciones. Ahora toca otra cosa:

OS CONVOCO A UNA SESIÓN SINGULAR DE REHABILITACIÓN DE LAS BRUJAS. Casa de vacas, 06-03-2020, 18,00 h. Entrada libre hasta completar sus 140 butacas.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

El tema es serio, me temo —o lo celebro, según se mire— por lo que la obra no es precisamente suavecita. Vaya también por delante: no la considero recomendable para gente que no tenga cierta madurez (ponerle edad a eso es difícil, aunque acaso pudiera usarse como referencia ¨…del final de la adolescencia para adelante”), y mejor si se tiene cierto nivel de culturilla clásica. Esto último no es que sea imprescindible, pero dado que algunas de las protagonistas son Casandra, Circe, Sherezade o Virginia Woolf, pues si te suenan Troya, La Odisea, Las Mil y Una Noches o las vanguardias feministas de inicios del siglo pasado, seguro que lo disfrutas más.

Llevo cuarenta años pisando escenarios, aunque haya sido de forma intermitente y sin vivir de ello. Pero recorrido, como que algo, tengo. Y os insisto en que, con pocas obras, me he sentido tan conmovido, tan implicado, tan concernido, tan… de alguna manera valioso, al contribuir a una causa indiscutiblemente noble y justa. Y encima, disfrutando más que un enano, cuando me toca ambientar nada menos que la destrucción de Troya o una fiesta a Dionisos. Último dato: como será de cargada la cosa, de verdad rotunda, sólida y tremenda, que en más de un ensayo termino llorando sobre mis tambores. Y mira que ya me sé la obra…

Allí nos vemos.

Y si no es allí, no os preocupéis, que esto tiene secuelas ya pactadas: permanezcan atentos a sus pantallas…

domingo, 2 de junio de 2019

¿Qué supondría encontrar vida, allí fuera...?


Saber es constatar que tu explicación de lo real es correcta. El hombre, desde que existe, sabe cosas; como de hecho le sucede a todos los seres vivos. Las bacterias buscan o huyen de la luz, del calor o del agua según corresponda, porque saben que el agua moja y el fuego quema, y desde tal perspectiva actúan para sobrevivir, para seguir siendo. La vida, al final, es básicamente eso: estructuras complejas de materia capaces de interactuar con su entorno para seguir siendo. Sobreviviendo a título individual o haciéndolo a través de su descendencia, que no es sino una prolongación de ellas mismas.
A medida que el hombre ha ido evolucionando biológicamente ha ido sabiendo más cosas, de la misma manera que sabe más de su entorno una hormiga que una bacteria y más un perro que una hormiga. Pero en nuestro caso, la increíble complejidad de nuestro sistema nervioso y nuestra hipersociabilidad (hormigas y perros son también seres sociales; pero ahora no toca hablar de etología comparada), ha posibilitado un salto exponencial en el conocimiento de nuestro entorno.
La base, como empezaba diciendo, es ser capaz de entender que todo sucede por algo y conseguir descifrar la concatenación de causas y efectos que posibilita que las cosas sean lo que son. Vemos una realidad, intentamos entenderla, y cuando conseguimos dar con una explicación que funciona, sabemos algo. Hemos dado con una verdad, que será tal cosa hasta que demos con una explicación mejor de ese mismo hecho constatado.
Así, la Tierra fue indiscutiblemente plana hasta que dejó de serlo, de la misma manera que el sol terminó dejando de ser la única estrella rodeada de planetas. Mirando allá afuera con unas gafas de culo de baso y a oscuras, hemos conseguido dar ya con miles y miles de planetas de todos los tipos imaginables. Ya sabemos también que el agua es una sustancia extraordinariamente abundante. Cada día se detectan nuevas y más complejas moléculas orgánicas en el espacio interestelar: óxido de propileno, benzonitrilo (que por cierto, huele a almendras), acetonitrilo, ácido cianídrico…
Me voy a tirar el lujazo de intentar una definición lo más amplia posible del concepto de vida. Y lo voy a hacer porque necesito citar el término y no es fácil dar con alguno que sea de aceptación universal cuando se sale de lo obvio. Eso de nacer, crecer, reproducirse y morir es evidente para un humano o una ameba, pero empieza a ofrecer dudas si bajamos al nivel de las bacterias (salvo que alguien se la cargue, una bacteria no muere nunca: simplemente deja de existir porque se escinde en dos hijas), y no digamos ya al de los virus, que apenas son un fragmento de ADN rodeado de proteínas, cuya única razón de ser es reproducirse a base de aprovecharse de otros seres más complejos.
Voy con ello, a ver qué me sale:
“Vida es la cualidad que poseen ciertas realidades materiales para conservar su información estructural y reproducirla”
Seguro que hay por ahí más de una formulación más o menos afín a esta; pero me quedo satisfecho con mi propuesta.
Cualquier cosa inerte, una silla, una piedra, una nube, son realidades materiales poseedoras de información estructural. Pero a mi entender no poseen ni actitudes ni posibilidades para conservar dicha información; y mucho menos para reproducirla. Las piedras no hacen más piedras. Los virus sí hacen más virus, los cuales conservan la información estructural de sus predecesores.
Soy consciente de que una perspectiva tan amplia del concepto “vida” tiene sus riesgos, incluidas las desasosegantes expectativas de la vida artificial, en todas sus vertientes. Vayamos a un posible límite: el día que superordenadores cuánticos dotados de inteligencia artificial avanzada sean capaces de construir réplicas de ellos mismos… ¿estaremos ante nuevas formas de vida? De momento lo dejo ahí, porque estoy empezando a marearme, y retornemos a lo que estábamos.
Tras varios milenios de mitología y de procesos inductivos, estamos empezando a conocer de verdad qué es lo que hay allá afuera; y a cada dato que incorporamos, resulta más evidente que esto no es sino una particularización de unas pautas generales que se repiten una y otra vez. Que somos un ejemplo más, vaya, apenas otro guijarrito estelar, otra piedra con cosas que se desplaza por el espacio bailando al tiempo diferentes piezas: una con la luna, otra con el sol, otra con todo el sistema solar al tiempo, otra con la galaxia entera… Y nuestros elementos, son los mismos de los que están hechos el resto de nuestras parejas de baile. Siendo todo esto verdades constatas… ¿puede caberle a alguien la más mínima duda de que, allá afuera, debe haber vida a raudales, como pasa con todas aquellas otras piezas que antaño creíamos excepcionales (sistemas planetarios, agua, oxígeno, materia orgánica…)?
Pero lo cierto, me temo, es que aún tenemos que seguir haciendo razonamientos inductivos, porque aunque las pistas sean abrumadoras aún no hemos dado con ningún alien. Pero las pistas van orientando el camino, y ya no buscamos preferentemente a ET (ilusionados), o a Depredator (aterrados), sino que nos enfocamos más hacia las búsqueda de estremófilos en el subsuelo de Marte, o calamares en los océanos de Europa. No tardaremos mucho en buscar alguna suerte de cristales orgánicos autoreplicantes a bordo de asteroides… que son lo más feo que se me ocurre que pueda encajar con la definición de “vida” que antes esbozaba… pero que encajaría.


En Próxima B, o en otros exoplanetas no demasiado lejanos, a saber qué podríamos legítimamente buscar. Pero desengañémonos: no seremos nosotros los que nos asomemos a esos mundos, por mucho que cambiemos nuestras gafas de culo de baso por el mejor de los telescopios: allí solo se asomarán, y puede que incluso vayan, nuestros descendientes remotos, dentro de varios miles de años. Seres que, a saber qué tienen en común con nosotros y qué no. Me estoy empezando a marear de nuevo, de manera que regreso más cerquita, a ver si acabo con esto.
Si me dan a elegir, preferiría conocer primero a ET, o incluso a los cefalópodos “europeanos” (acudo a ese palabro porque no sé si hay un gentilicio oficial para los posibles habitantes de la luna de Júpiter…). Pero sea lo que sea, incluso si se trata del anodino kéfir de asteroide que sugería, el día que demos con él la conclusión será inapelable: NO ESTAMOS SOLOS…
¿Os dais cuenta de la implicaciones de algo así…? Yo creo que sería el hallazgo más grande de la historia de la humanidad. Sería constatar que la vida no es un milagro, sino una vocación de la materia. En definitiva: un sutil proceso geológico.
Constatar que no somos un barroco e inexplicable grumo de extrema complejidad, sino el fruto inevitable de un árbol en el que se dieron las condiciones adecuadas. Un árbol más del bosque cuasi infinito del cosmos, en el que al mismo tiempo se dan innumerables veces esas mismas condiciones, u otras equivalentes. Y cada vez que eso pasa, el Ser se manifiesta, lo desagregado se agrega, se organiza en una espiral de complejidad hasta alcanzar el nivel de estructuras autorreplicantes dotadas de consciencia.
Y cuando esa consciencia llega al punto adecuado, mira hacia fuera, en busca de sus hermanos.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Después de leídos ¿para qué valen los libros?

Viniendo de un escritor, supongo que la mayoría pensaréis que la pregunta es sarcástica o meramente retorica; pero no es así. Os invito a reflexionar sin prejuicios sobre el tema: ¿cuál es la razón de ser de los libros, una vez leídos?
En mi casa la cultura siempre fue un bien valioso en sí mismo. Creo que el promotor de tal idea, al menos a mi escala, fue mi padre, quien ciertamente fue un hombre culto; aunque tampoco tanto como en su momento creí. Y lo de “tanto” lo digo contrastando el nivel cultural que le recuerdo con el de otras personas que conozco o que he llegado a conocer. Pero en su momento, y teniendo en cuenta su entorno, él destacaba notablemente; cosa que no dudaba en aprovechar para erigirse en referencia dentro de su pequeño microcosmos. Porque en la España aislada y culturalmente subdesarrollada de mitad del siglo pasado, tener estudios superiores, hablar más de un idioma y haber viajado era algo que le sucedía a muy pocos, y si lo sabías explotar —era un maestro del protagonismo— podías brillar a pesar de tus posibles carencias en otras áreas tradicionalmente aclamadas, como el patrimonio o el abolengo.
El caso es que en mi casa siempre hubo multitud de libros, y entre ellos alguna voluminosa enciclopedia, como la famosa Espasa-Calpe. Era imposible que en cualquier reunión familiar, cumpleaños, navidades, lo que fuera, no surgiera entre nosotros alguna controversia, casi siempre irrelevante, tipo “¿Quién nació antes, Cervantes o Shakespeare?; o ¿Qué país tiene más superficie, Australia o Canadá?”, y raudo saltábamos a por la Espasa, cada cual seguro de encontrar ahí la validación incuestionable de sus argumentos. Hasta tal punto interioricé la imprescindibilidad de una buena enciclopedia que cuando me independicé de mis padres, al casarme por primera vez en 1986, en mi lista de bodas figuró una edición de la Espasa, algo más moderna y reducida que la de mi padre. Treinta años después ahí sigue conmigo ¿Cuántos años hará que no la abro, que la Enciclopedia Universal Definitiva que es Internet la sustituyó para siempre?
Me acerco al salón y le hago una foto ahora mismo, que testifique el papel que hoy en día ocupa en mi vida la que fue pilar central de mi cultura, Ahí va:


Acumulando polvo en las estanterías conservo otro buen montón de libros no literarios, tanto de mis tiempos de estudiante (libros de bioquímica, genética, zoología, geología…), como textos profesionales (guías de todo tipo, de plantas, animales, atlas climáticos, estudios técnicos de cuarenta asuntos), o relativos a aficiones (de montaña, de fotografía, de viajes…), que también cabría considerar libros de consulta y que en su mayoría hace ya muchos años que no consulto, dado que, sea cual sea la duda a dilucidar, siempre es más rápido versátil y contrastable hacerlo a través de Internet que hojeando objetos de celulosa con tinta impresa.
Lo anterior para los libros de consulta. Veamos ahora los de lectura, los que están concebidos para entrar por una punta y salir por la otra, ya te lleve el recorrido unas horas o varias semanas.
No conservo ni la tercera parte de lo que me he leído; pero no dejan de ser un buen montón, acaso dos o tres centenares. Algunos de ellos los recorrí varias veces, ya fuera porque fueron especialmente significativos y quise mamar de su sabiduría en diferentes momentos de mi vida, o porque su naturaleza se prestaba a ello. Podríamos meter ahí libros de poesía (Residencia en la Tierra, de Neruda; El Rayo que no cesa, de Miguel Hernández; Altazor, de Vicente Huidobro…); de calado filosófico (Siddhartha, de Herman Hesse; Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach; Ficciones, de Borges… Sí, he dicho Ficciones, de Jorge Luis Borges, y si alguien cree que es un libro de cuentos y no un tratado de filosofía, que se lo lea de nuevo, que no se ha enterado de nada); y también narrativa excepcional (La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa; La familia de Pascual Duarte, de Cela; Cien años de soledad, de García Márquez…). Va otra foto.
Muchos de los que ya no tengo sé que los regalé, o que los presté y luego olvidé a quién, costumbre singular mía completamente idiota pero de la que me enorgullezco: cuando leo algo que me apasiona lo recomiendo encarecidamente, hasta que alguien al final me pide el libro en cuestión, se lo dejo, y hasta siempre. Tan solo repararé en su pérdida cuando, acaso años después, me surja una duda que quiera consultar o se lo indiquen como lectura a mi hijo en el colegio. Ese día, fatigaré desconcertado las estanterías buscándolo… para acudir finalmente a consultarlo/descargarlo en mi ordenador, o pasar por alguna biblioteca a pedirlo prestado.
Algunas pérdidas recientes se deben a mi perro Nube, gran aficionado a la literatura al que no conviene dejar sólo en un cuarto con libros, porque el muy cabrón se los devora (por desgracia, no es una metáfora: en tres ataques distintos ya ha dado cuenta de algo más de una docena).
¿Para qué demonios conservo pues toda esa quincallería emocional decorando mis espacios? Sé que no sería capaz de tirarlos, sin más. Podría donarlos, y acaso debería hacerlo, porque para el que no lo ha leído cualquier libro es nuevo, es una puerta entreabierta invitando a pasar, un sitio no visitado que te está llamando; como lo fueron en su día esos mismo libros para mi.
Pero si donara mis libros, y me estoy refiriendo a todos de golpe, no a soltarlos de uno en uno a alguien en concreto y como regalo especial del alma, sé que no reconocería mi casa, mi espacio, mi universo. La casa de un Ferradas es inconcebible sin una Espasa, con sus páginas pegadas por falta de visitas, actuando como faro espiritual, proclamando desde la atalaya de su estante que el conocimiento existe, que las cosas son de determinada manera porque generación tras generación la humanidad se dedicó a comprobarlo, refutarlo, redefinirlo y dejarlo por escrito, negro sobre blanco… en su día: hoy, negro sobre blanco amarillento.
Y también vigilan mi corazón desde la estantería los versos que tanto me conmovieron y que me volvieron poeta, y los barcos pirata en los que me embarqué, las batallas que perdí, los reinos que gané, los dioses que conseguí entender y aquellos de los que abominé. Tienen forma de papel callado, viejo, sabio. Saben que es improbable que vuelva a visitarlos. No es necesario, siguen cumpliendo su misión silenciosa al fondo de mi memoria, y la mera visión fugaz y ocasional de sus lomos es suficiente para hacer detonar dentro de mí toda su potencia. Más bonito todavía: de cuando en cuando incorporan algún nuevo hermano destinado a la misma tarea, al margen de que sea un recién llegado. Y menos mal: mientras haya nuevas incorporaciones, aunque sean pocas y espaciadas, es que aún estás de ida. Es que aún no has llegado.
Concluyo así mi reflexión, que me ha ido llevando de la mano sin guión previo, y cuyo inesperado resultado a mi mismo me sorprende:
No te deshagas de los libros ya leídos. Cuando entiendas que es lo correcto, dónalos de uno en uno y con el corazón a quien creas que crecerá con ellos como tú lo hiciste. El resto déjalos reposar en sus estantes: solo con mirarlos podrás recordar siempre quién eres. Dejando al margen que acaso alguien, incluido tu perro, pueda encontrarles una utilidad en la que nunca pensaste.

lunes, 17 de octubre de 2016

Crear opinión

Cabe considerar una verdad universalmente aceptada que la democracia es el mejor de los sistemas políticos de cuantos se han inventado. O al menos el menos malo, que como diría Silvio Rodríguez, “no es lo mismo; pero es igual”.
No obstante lo anterior, hay algunos aspectos de la democracia que son regularmente objeto de controversia, porque su materialización admite una infinidad de modalidades y matices que no gozan en absoluto de la unanimidad que antes comentaba. Así, no es lo mismo la democracia directa (como lo de que sea presidente el que más votos directos saque), que la representativa (elegir diputados y que entre ellos decidan quién es el presidente), de la misma manera que hay muchos criterios para considerar si un referéndum es o no vinculante y a quién vincula. Pero hay un aspecto en el que rara vez se repara, y para mí es de largo el más crucial: ¿es libre la opinión de los votantes?
A todo el mundo le gustaría tener más recursos, más dinero, más tiempo, más libertad. Pero es casi imposible oír a alguien que pida más criterio. Eso se le supone al individuo. Negárselo o dudar de él es hacerlo de su dignidad, de su integridad, de su condición único dueño y señor de su persona, de sus sueños, anhelos, ideales y esperanzas. Valiente ingenuidad. O peor aún: valiente hipocresía.
No somos bolitas de cristal, puras e iguales. Cada uno de nosotros es fruto de una mezcla única de genes e historia; y lo que pensamos, da igual si se trata de gustos musicales, culinarios o políticos, es igualmente el resultado de unas determinadas predisposiciones y aptitudes, y del poso que nos han dejado nuestras vivencias.
A veces me asombro de hasta dónde ha sido capaz de llegar mi generación, teniendo en cuenta el demoledor adoctrinamiento ultraconservador que recibimos en nuestra infancia. Como cuento en un ambicioso ensayo al que llevo años dando forma, y que se llama nada menos que “Aproximación a lo intangible” (tranquilos, cuando lo edite ya os lo haré saber), “Manu militari se entraba en clase, y con ese mismo espíritu tenía uno que acometer y memorizar las tablas de multiplicar, los afluentes del Tajo por la izquierda y por la derecha o el catecismo. Lo que pudiera sustanciar la religión era intrínsecamente equivalente a lo que sustanciara —a saber qué— la geometría, la ortografía o la gimnasia: disciplinas inapelables que había que limitarse a absorber como prolongación natural de las enseñanzas recibidas nada más nacer: andar, agarrar, lanzar, el fuego quema, el agua moja, “no” es para, “sí” es sigue, siete por siete cuarenta y nueve, cuatro son las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza”.
Los que nacimos a finales de los cincuenta nos tragamos de adolescentes la Transición —esa adolescencia nacional— y el golpe de Tejero y la llegada al poder de los temidos Rojos —que luego resultaron ser gente normal— nos pilló en la Universidad. Un buen surtido de ambientes y contextos, vaya, que seguro ayudaron a que la mayoría adquiriéramos cierta perspectiva y nos alejáramos de dogmatismos.
Pero las envolventes trazadas desde el poder para condicionar nuestro modo de pensar son una constante histórica. Es evidente que la España democrática se encuentra varios siglos más avanzada que la España nacional-socialista de mi infancia. Pero los intentos de condicionar la opinión de la gente, de crear opinión a la chita callando para después ponerse delante de esas corrientes “surgidas espontáneamente del pueblo” y ayudar a conducirlas a donde ellas “libremente” quieren llegar, siempre ha estado y estará ahí. La política, que no es algo ajeno a la persona sino parte intrínseca de su naturaleza, tiene cosas maravillosas y cosas nauseabundas. Esta es de las segundas.
Los nacionalistas lo vieron muy claro, a finales de los setenta, cuando lucharon a muerte por conseguir las transferencias en educación. Cuarenta años después, su visión sesgada y tendenciosa de la realidad ha calado de forma muy considerable en sus sociedades. Tanto, que están locos por celebrar referendos para que la gente decida libremente. Y para terminar de encubrir la estratagema se parapetan detrás del derecho a decidir, derecho sagrado e inalienable que parte, como ya decía al principio, de considerar indiscutible que la gente es libre, autónoma, dueña de sus propios criterios. Pero como las cosas han cambiado globalmente mucho desde mi infancia, resulta que pese a sus denodados esfuerzos de adoctrinamiento los secesionistas sólo suman la mitad de la población de sus respectivas aldeas, más o menos. Qué vergüenza: Franco, en 1966, consiguió un 95,06% en su referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado.
Pero al margen de las obvias estrategias políticas, ya sean a plazo más largo o más corto y sea quien sea su promotor, lo que resulta demoledor es comprobar que el principio de crear opinión se ha convertido en una herramienta crucial usada sin contemplaciones por absolutamente todo el mundo, sea cual sea la naturaleza de los objetivos perseguidos.
¿Alguien ha oído que en Siria haya muerto algún soldado? No, en esa guerra sólo mueren civiles. Todos los horribles bombardeos que perpetran unos y otros tienen como únicos objetivos barrios residenciales, mercados, hospitales… Ambos bandos luchan con ese tipo de informaciones para conmover a la opinión internacional y crear opinión a su favor.
Las encuestas en general, y las electorales en particular, no son vaticinios, sino descarados intentos de hacer que la realidad se ajuste a determinado plan. Si la encuesta la lanza ABC, el apoyo popular a la monarquía y al PP será abrumador, mientras que si lo hace el diario Público, un clamor colocará a Podemos a las puertas del gobierno de España. Y, ojo, que no digo que sus encuestan mientan: es que quienes participan en ellas son sus respectivos seguidores, de modo que el resultado está siempre cantado. Pero luego se venden como análisis sociológicos, con la descarada intención de crear opinión.
UPyD entró en horas bajas por su propia torpeza­. Y entonces, oh casualidad, se desató una marea unánime que proclamaba que estaban muertos. Se creó tal opinión, y efectivamente, fallecieron. Qué casualidad ¿verdad? Pues yo, que soy muy mal pensado, imagino al Sr. Rivera acudiendo al entierro con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero la cosa no tiene solo que ver con la política ¿Qué es la publicidad, toda ella y en su misma esencia, sino el arte de crear opinión? Se trata de bombardear tu consciente y tu subconsciente de tal manera que, cuando luego te pares delante del escaparate, libremente escojas el producto que alguien ya había decidido por ti que era el que debías escoger.
Publicitar, crear opinión, poner de moda. Convencerte de qué es lo que necesitas, qué es lo que quieres. Y hacerlo de tal forma que luego te creas que has sido tú el que ha tomado libremente las decisiones. Publicidad, marketing, política. Economía de la política y política económica que requiere de su marketing. Y esto afecta al arte, a la ciencia, a las relaciones. A ver cómo has hecho tu currículum. Hay que venderse bien, tener cuidado con lo que se dice, con las fotos que se muestran, o de lo contrario nos crearemos una opinión contraria. No nos venderemos, no tendremos seguidores, nadie nos clicará, no seremos. Nuestra única alternativa es crear opinión favorable.
¿Todos de acuerdo?
Pues ahí va mi respuesta, que probablemente es incorrecta desde innumerables puntos de vista (político, social, económico, moral, publicitario, de opinión…):
La única alternativa viable, honesta y completamente revolucionaria frente a los Creadores de Opinión, es la CULTURA.
Saber algo de todo, aunque solo sea un poco. Y si de tres o cuatro cosas sabes algo más que un poco, pues mejor aún. Cuantos más datos interrelacionados tengas más difícil serás de manejar, más difícil será que alguien forme tu opinión, inpedientemente del tema que se trate.
Mi propuesta no garantiza la felicidad. Acaso antes al contrario, pues es probable que un ser elemental que se limita a seguir las consignas tenga más fácil eludir las angustias. Eso también le pasa a mi perro, que con no hacer lo indebido ya sabe que tiene garantizados mimos, paseo y comida. Pero si estás leyendo esto seguro que la alternativa no te resultará demasiado sugestiva.
Ahí va mi receta:
Lee todo lo que puedas, sea lo que sea. Ve cine, ve al teatro, oye música, cuanto más variada mejor. Viaja, viaja mucho y a ser posible a sitios que nadie te recomiende. Saborea, prueba cuanto puedas, picotea de aquí y de allá. Ponte en la cola que tenga menos gente, asómate a los escaparates frente a los que nadie se para. Un poco de cuantas más cosas mejor. Pero sobre todo, resérvate siempre tiempo y espacio interior para que todas esas cosas encuentren acomodo dentro de ti.
Ya lo dije: no os garantizo para nada la felicidad; aunque sí varios grados de reconfortante libertad por encima de la media y de lo que al “poder” le gustaría que tuvierais. Y lo que sí puedo aseguraros es que no os aburriréis. No os dará tiempo. 

lunes, 9 de mayo de 2016

El “Iconés”: ¿Estamos creando, por inercia, un nuevo esperanto?

Hace no mucho leí por ahí, u oí reflexionar a alguien, sobre el curioso cierre de círculo que están trazando los procedimientos de escritura.
Los primeros signos que nuestros ancestros plasmaron con la intención de dejar huella transmisible de sus ideas eran símbolos y figuras. Primero geométricas; luego, poco a poco, más realistas.


Los códigos de símbolos se fueron sofisticando, abandonando los intentos de imitación de la realidad para convertirse en signos que equivalían a sonidos (los cuales pertenecían a un canal mucho más antiguo de codificación y transmisión de ideas), o directamente a conceptos.
Seis mil años después de aquello estamos haciendo el camino de regreso, pasando de los símbolos arbitrarios que equivalen a sonidos transmisores de ideas a símbolos que directamente imitan a la realidad, buscando plasmar conceptos de un solo golpe.
La lógica que justifica ese proceso, obviamente, es la rapidez y la comodidad: es mucho más fácil clicar en un dibujito de corazón —un solo clic— que decir “te amo” —cinco clics, como mínimo— o pulsar en el dibujito del pulgar hacia arriba —de nuevo, un único acto— que escribir “me gusta”, o “estoy de acuerdo”, o “conforme”, o… ¿Os dais cuenta de la primera obviedad que asumimos al incorporar el lenguaje de iconos, como si no tuviera importancia, y que en realidad tiene un coste enorme?: trocamos velocidad por precisión y matices.
Si estoy escapando de un incendio o en la fila del hipermercado, está claro que lo que necesito es resolver, ser rápido y conciso. Pero la vida no es, o no debería ser —salvo momentos excepcionales— algo equivalente a una emergencia o una transacción comercial. Si yo tecleo un corazón, y asumo que con eso lo he dicho todo, estoy aceptando que es igual decir te quiero que te amo, que me gustas, me encantas, estoy loco por ti, te deseo, te necesito, te añoro, te echo de menos, quiero estar contigo, celebro estar contigo, haces mi vida maravillosa, eres el amor de mi vida, eres un encanto, eres adorable, te comería a besos… ¿Todas esas cosas son equivalentes? Obviamente no. Pero no importa, porque lo que yo quería era transmitir la idea de amor, y ya está. No me voy a entretener en tantos matices, ahora no me da tiempo, tengo prisa... Qué triste.
Otro asunto peculiar en el que tampoco se suele reparar: los iconos se corresponden con imágenes “obviamente reconocibles” de las ideas que simbolizan. Esto J es alegría para cualquiera, de la misma forma que esto L tristeza. Pero ¿estáis seguros de que es tan obvio que una lupa equivale a “buscar”, o una llave inglesa a “reparar”? El otro día le pedí a mi hijo adolescente que me ayudara a arreglar no recuerdo qué. Cuando le pasé la llave inglesa para que sujetara por una parte una tuerca, mientras yo por la otra apretaba el tornillo que se ajustaba a dicha tuerca, se quedó mirando desconcertado aquél instrumento y poco le faltó para preguntarme que dónde se enchufaba. Más fácil: ¿cuánta gente conoce realmente el origen del gesto “pulgar hacia arriba”, y su antónimo, “pulgar hacia abajo”? Creedme: muchos menos de lo que sospecháis.
Lo anterior equivale al salto del símbolo gráfico a la idea, obviando que en origen el símbolo en cuestión emanara de una evocación de algo real. Los mesopotámios de hace cinco mil quinientos años representaban el cielo con algo parecido a un sol, y los de tres mil años después con una evolución de ese dibujito que en realidad se parecía más a una cruz asimétrica que a una estrella. La llave inglesa sofisticada que terminará por representar a todo aquello que tenga que ver con la reparación de alguna disfunción cada vez se parecerá menos a esas llaves que, antaño, servían para apretar tuercas de cualquier tamaño. Y esa herramienta estilizada, como el pulgar hacia arriba, el corazón y tantas otras estilizaciones en fuga de sus sustratos físicos originales, son vocacionalmente planetarias. Decir “te amo”, en español, inglés, chino o bantú, no es sencillo; pero clicar en un dibujito de corazón estilizado es intuitivo, totalmente obvio.
Ahí está. No creo que sea fruto de la genialidad o perversión de nadie, sino un poso más, otra cristalización colateral e insospechada de la evolución de la humanidad: estamos inventando el esperanto definitivo, basado en dibujitos universalmente reconocibles. Eso sí: para ser usuario de ese idioma hay que asumir como dogma la inmediatez, la simplicidad, la prevalencia de la velocidad y el resumen frente a la precisión matizada.
Qué curioso ¿verdad? La Era de la Información, finalmente está resultando ser una catarata desbordada e incontrolable de información… paupérrima.
Por cierto: por si alguien quiere marearse un poco con la velocidad y el caudal de la información que este primate es capaz de generar, aquí os dejo un enlace que me mandó el otro día mi gran amigo —y excepcional músico— Juan San Martín: http://www.internetlivestats.com/
Y ya puestos, os dejo también lo que comenté, tras asomarme a esas hipnóticas ventanas:

Da escalofríos... aunque en realidad no es sino un simple certificado de que ésta es la cuarta Edad del Hombre (aprovecharé para no escatimar una patada a la Iglesia Católica: mira tú que titular "Las Edades del Hombre", a lo que no deja de ser una simple exposición itinerante de arte sacro... menudos virtuosos de la apropiación indebida):
  • La primera, de la aparición de la especie hasta la revolución neolítica (duración aproximada, 180.000 años).
  • La segunda, del neolítico a la revolución industrial (duración aproximada, 10.000 años).
  • La tercera, de la revolución industrial a la revolución de la información (duración aproximada, 200 años).
  • La cuarta, y actual, desde el inicio de la revolución de la información, hace poco más de 40 años.

Esos enjambres de números en crecimiento marean, sin duda. Pero supongo que, de haber sido posible, también se habrían mareado nuestros ancestros neolíticos, si hubieran podido ver alguna tablilla o papiro en la que se reflejara en directo la evolución del número de cabezas de ganado o de plantas cultivadas...

viernes, 11 de marzo de 2016

Moralidad y robótica: menudo lío se nos viene encima

De la inminente llegada de los robots a nuestras vidas vengo oyendo hablar desde mi infancia, allá por los sesenta del siglo pasado. Se trataba de una suerte de máquinas complejas, de apariencia humana, que vendrían a cubrir muchas de nuestras necesidades y a ejecutar las tareas más desagradables y arriesgadas, por lo que su advenimiento era indiscutiblemente una buena noticia. El único peligro era que llegasen a ser tan sofisticados que su inteligencia artificial superara a nuestra inteligencia natural y terminaran sometiéndonos.
Luego resultó que los robots fueron llegando poco a poco, sin hacer ruido, desprovistos de apariencia humana, y al ocuparse efectivamente de tareas desagradables, pesadas o peligrosas, contribuyeron a hacer más fáciles nuestras vidas. Pero amenazas, pocas... salvo, acaso, la de dejar a más de uno sin trabajo. Porque no dejaban de ser robots esas cosas raras de siete brazos que armaban coches en las cadenas de montaje de las fábricas, los limpiafondos de piscinas que andaban solos o esa especie de aspiradores con ruedas y apéndices diversos que desactivaban bombas o nos precedían en la exploración espacial. De los robots humanoides ni rastro, salvo en juguetes varios.
La cosa tenía, como pasa siempre, bastante lógica: el progreso efectivo no apunta nunca hacia lo más espectacular, sino hacia lo más práctico —o sea: rentable— de manera que las mochilas voladoras que vimos en las olimpiadas de Los Ángeles en 1984 aún siguen en fase de diseño, mientras que los ordenadores personales que entonces daban sus primeros pasos son ahora casi una prolongación de nuestras vidas. Hacer robots que se parezcan realmente a personas es tremendamente complicado, carísimo, y no les hace más eficaces en ningún sentido… excepto en uno: el emocional. Y con la emotividad hemos topado, Sancho. Ese es el tremendo lío en el que estamos a punto de meternos.
Lo de la emotividad de los robots tampoco es que sea un tema precisamente nuevo, y viene desde siempre de la mano del asunto de los límites de su inteligencia: los robots megainteligentes no podían dejar de lado la dimensión emocional, como una especie de cristalización suprema de lo cognoscitivo. HAL, la computadora que rige la nave de 2001, una odisea en el espacio, no deja de ser un robot que termina actuando contra los humanos por puro instinto de supervivencia. Por cierto, y como mera cuña curiosa: no sé si es cierta la leyenda, pero me encanta, que afirma que las letras que conforman el nombre HAL son las anteriores a las del acrónimo IBM (International Business Machines).
Emotividad a raudales, ya sea de un tipo o de otro, desbordan las máquinas humanoides de Yo Robot, Inteligencia Artificial, El hombre bicentenario, Eva, Autómata o Ex Machina, por citar solo algunos de los cientos de referencias que a cualquiera se le vienen de primera mano a la mente. Pero el lío monumental sobre el que yo quiero aquí reflexionar no se refiere a los robots, a si son o no capaces de sentir qué, sino a nosotros, a cómo catalogar y encajar, a todos los niveles, nuestra relación con esas sofisticadas máquinas. Las implicaciones del encaje moral y legal del asunto son realmente tremendas.
Queda realmente poco tiempo —apenas unas décadas— para que los robots humanoides extraordinariamente parecidos a nosotros sean una realidad. Cuando tengamos esas máquinas a nuestra disposición, ¿será razonable o no establecer reglas de lo admisible e inadmisible en nuestra relación con ellas? ¿O sería más correcto decir, “en nuestro uso de ellas”? Y si fuera así, ¿con qué criterio estableceríamos esas reglas, esos límites?
De verdad, a mi el tema me supera de largo. Veamos un par de ejemplos.
Si yo me cabreo con mi tostadora o con mi ordenador puedo liarme a porrazos con él que a nadie le parecerá en sí mismo ni bien ni mal. Como mucho, se podrá pensar que me estoy desahogando como un niño pequeño, culpando a la máquina de algún error mío. Incluso si saco uno de esos artilugios a mi jardín, lo pongo en la barbacoa y le pego fuego, lo único objetable serán mis gustos culinarios.
Un robot no deja de ser una máquina, como la tostadora o el ordenador. Podrá ser tan sofisticado como se quiera, pero nunca un “individuo”, un ente dotado de derechos personales, merecedor de consideración y respeto intrínseco como el que atribuimos a cualquier humano, e incluso a muchos animales. Y como biólogo lo voy a dejar ahí, que si sigo os meto a todos en un callejón sin salida: es muy fácil considerar “individuo dotado de derechos” (aunque no sean exactamente los mismo derechos que reservamos para nosotros), a tu perro o a un chimpancé; pero si vamos bajando el listón —un ratón, una lagartija, una mariposa, una hormiga, una almeja, una esponja, una ameba…— tarde o temprano acabamos haciendo aguas, sin que haya manera de establecer rayas fijas o criterios indiscutibles.
A lo que íbamos: un robot, por muy sofisticado que sea, nunca será sino una variedad de electrodoméstico, ¿de acuerdo? Pues imagínate ahora a un honrado contribuyente, sin antecedentes de ninguna clase, que guarda en el fondo de su corazón un rencor irredimible hacia alguien, ya sea persona o grupo. A lo mejor es hacia su ex, que le maltrató, o hacia el asesino de su hijo. Acaso hacia “los moros”, “los negros”, “los judíos”, o quién sabe qué colectivo al que él atribuye la raíz de sus desgracias o de las de los suyos. Bien, pues este señor, que además está forrado, encarga a la empresa fabricante de robots una réplica del objeto de su odio (os recuerdo que esto está pasando dentro de, pongamos, cincuenta años, y es viable).
Nuestro honrado contribuyente desembala su pedido y se dedica durante horas a torturarlo. La máquina grita, llora, suplica, se arrastra, sangra (está muy bien construida, da el pego). Los vecinos alertan a la policía, pero ésta comprueba que todo está en regla, y que ese hombre lo único que está haciendo es uso legítimo de un objeto de su propiedad. Como fin de fiesta, la máquina es arrastrada al jardín, crucificada y quemada. Iba a decir “quemada viva”, pero ese cacharro nunca estuvo vivo. Sólo era una peculiar tostadora. Aquí no ha pasado nada ¿O sí…?
Segundo ejemplo, un poco menos sangriento pero igual de desagradable.
Sexo, claro, por supuesto: sexo. Eso sale también en muchas películas, y supongo que será uno de los territorios en donde los robots humanoides alcanzarán antes mayores logros en lo que respecta a verosimilitud. Cuestión de rentabilidad, ya lo dije, y desde siempre hay mucha soledad por ahí y muchas ganas de placer inmediato y sin compromiso alguno. De modo que a las casi decimonónicas muecas hinchables tardarán poco en sucederles muñecas más realistas. Y el realismo irá ganando nivel hasta adentrarse en lo emocional.
Un vecino del contribuyente anterior, igualmente respetable en todos los sentidos, tiene unos gustos sexuales un poco peculiares. Siempre se contuvo, nunca violentó a nadie; pero lo cierto es que siente debilidad por los niños. Y, además, tímido y retraído como siempre fue, nada le excita más que imaginarse en el papel dominante, de macho alfa que somete a quien quiere a su voluntad. Por suerte para él no anda mal de dinero, de modo que resuelve encargar a la misma fábrica que su vecino un robot personalizado y adecuado a sus gustos. No voy a entrar en detalles, que ya me pasé bastante con la sesión gore de antes; pero cada cual que imagine como quiera qué tipo de robot habrá encargado y qué tipo de uso hará este hombre de él. ¿Algo que objetar? ¿Acaso no tiene derecho este señor a meter sus dedos —o lo que se le antoje— dentro de su lavadora, o de su aspirador? ¿Y por qué no dentro de su muñeca hinchable? ¿Cambia algo el hecho de que la muñeca en cuestión sea más o menos realista, que se parezca a un humano de cuarenta años o de cuatro, que incluya un dispositivo que finge gemir de placer o de dolor? Estamos en el mismo caso que en la casa de al lado: aquí no pasa nada ¿O sí?
¿Dónde ponemos la línea de lo admisible e inadmisible? ¿en la verosimilitud? Serrat, en su clásica De cartón piedra, narra la historia de un pobre loco que se enamora de un maniquí y lo roba para tener con él un romance. En cierto sentido, un maniquí no es sino un robot de esmerado realismo estético, aunque cinéticamente limitado. Si el maniquí en cuestión es suficientemente realista, ¿podría acusarse al loco de secuestro, en lugar de de robo? ¿Y no podría un juez escrupuloso considerar aquello un ensayo, una prueba previa y necesaria para el ulterior rapto efectivo de alguien?
¿Qué tal si ponemos el listón ahí?: en lugar de fijarnos en lo parecida que es la máquina en cuestión a un ser humano real, pongámoslo en la intención de quien interactúa con ella. En ese caso, el que torturó al robot del primer ejemplo sería un sádico, y el del segundo un pederasta… bueno, al menos de intención ¿He dicho de intención? Vaya, eso ya se le ocurrió a alguien, y como mínimo sale en una célebre distopía: 1984. Me refiero a la Policía del Pensamiento. El fin era noble, pero los medios me espeluznan. Si no somos libres para pensar, dejamos de ser seres humanos. Y si un comité de ética y justicia se dedicase a escudriñar nuestra mente, es probable que no nos salváramos de la cárcel ni uno. Por ahí no creo que sea
¿Era o no un lío de mil demonios?
Me temo que en este caso no hay Tribunal Planetario ni varita mágica capaz de sacarnos del atolladero. No tengo la menor idea de cómo afrontar la cuestión, sin acabar sintiéndome mal, por exceso de celo o por exceso de permisividad. Y eso que estoy planteando el problema desde un ángulo muy simple, porque la cosa puede complicarse aún mucho más. Por ejemplo: cuando, dentro de algunos siglos, la tecnología permita construir artefactos que integren elementos biológicos y mecánicos (en definitiva: cíborg), ¿dónde pondremos la raya que delimite el objeto del ente?
Para este asunto en concreto, me voy a felicitar de vivir el momento que me ha tocado y no tener que afrontar embrollos como los anteriores.
Mi padre resolvió en su momento con naturalidad a qué edad debía controlar la hora a la que yo llegaba a casa, o si bebía o fumaba; pero seguro que habría sido incapaz de decidir cuál era el momento de dejarme tener móvil. No le tocó lidiar con esos artilugios, como a mí con toda probabilidad tampoco me tocará lidiar con robots hiperrealistas o con cíborg. La generación a la que le toque (acaso la de mis nietos, o la de los suyos), ya verá cómo se las apaña. Pero desde este primer cuarto del siglo XXI, les alerto: majos, ¡el lío que se os viene encima…!