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domingo, 2 de junio de 2019

¿Qué supondría encontrar vida, allí fuera...?


Saber es constatar que tu explicación de lo real es correcta. El hombre, desde que existe, sabe cosas; como de hecho le sucede a todos los seres vivos. Las bacterias buscan o huyen de la luz, del calor o del agua según corresponda, porque saben que el agua moja y el fuego quema, y desde tal perspectiva actúan para sobrevivir, para seguir siendo. La vida, al final, es básicamente eso: estructuras complejas de materia capaces de interactuar con su entorno para seguir siendo. Sobreviviendo a título individual o haciéndolo a través de su descendencia, que no es sino una prolongación de ellas mismas.
A medida que el hombre ha ido evolucionando biológicamente ha ido sabiendo más cosas, de la misma manera que sabe más de su entorno una hormiga que una bacteria y más un perro que una hormiga. Pero en nuestro caso, la increíble complejidad de nuestro sistema nervioso y nuestra hipersociabilidad (hormigas y perros son también seres sociales; pero ahora no toca hablar de etología comparada), ha posibilitado un salto exponencial en el conocimiento de nuestro entorno.
La base, como empezaba diciendo, es ser capaz de entender que todo sucede por algo y conseguir descifrar la concatenación de causas y efectos que posibilita que las cosas sean lo que son. Vemos una realidad, intentamos entenderla, y cuando conseguimos dar con una explicación que funciona, sabemos algo. Hemos dado con una verdad, que será tal cosa hasta que demos con una explicación mejor de ese mismo hecho constatado.
Así, la Tierra fue indiscutiblemente plana hasta que dejó de serlo, de la misma manera que el sol terminó dejando de ser la única estrella rodeada de planetas. Mirando allá afuera con unas gafas de culo de baso y a oscuras, hemos conseguido dar ya con miles y miles de planetas de todos los tipos imaginables. Ya sabemos también que el agua es una sustancia extraordinariamente abundante. Cada día se detectan nuevas y más complejas moléculas orgánicas en el espacio interestelar: óxido de propileno, benzonitrilo (que por cierto, huele a almendras), acetonitrilo, ácido cianídrico…
Me voy a tirar el lujazo de intentar una definición lo más amplia posible del concepto de vida. Y lo voy a hacer porque necesito citar el término y no es fácil dar con alguno que sea de aceptación universal cuando se sale de lo obvio. Eso de nacer, crecer, reproducirse y morir es evidente para un humano o una ameba, pero empieza a ofrecer dudas si bajamos al nivel de las bacterias (salvo que alguien se la cargue, una bacteria no muere nunca: simplemente deja de existir porque se escinde en dos hijas), y no digamos ya al de los virus, que apenas son un fragmento de ADN rodeado de proteínas, cuya única razón de ser es reproducirse a base de aprovecharse de otros seres más complejos.
Voy con ello, a ver qué me sale:
“Vida es la cualidad que poseen ciertas realidades materiales para conservar su información estructural y reproducirla”
Seguro que hay por ahí más de una formulación más o menos afín a esta; pero me quedo satisfecho con mi propuesta.
Cualquier cosa inerte, una silla, una piedra, una nube, son realidades materiales poseedoras de información estructural. Pero a mi entender no poseen ni actitudes ni posibilidades para conservar dicha información; y mucho menos para reproducirla. Las piedras no hacen más piedras. Los virus sí hacen más virus, los cuales conservan la información estructural de sus predecesores.
Soy consciente de que una perspectiva tan amplia del concepto “vida” tiene sus riesgos, incluidas las desasosegantes expectativas de la vida artificial, en todas sus vertientes. Vayamos a un posible límite: el día que superordenadores cuánticos dotados de inteligencia artificial avanzada sean capaces de construir réplicas de ellos mismos… ¿estaremos ante nuevas formas de vida? De momento lo dejo ahí, porque estoy empezando a marearme, y retornemos a lo que estábamos.
Tras varios milenios de mitología y de procesos inductivos, estamos empezando a conocer de verdad qué es lo que hay allá afuera; y a cada dato que incorporamos, resulta más evidente que esto no es sino una particularización de unas pautas generales que se repiten una y otra vez. Que somos un ejemplo más, vaya, apenas otro guijarrito estelar, otra piedra con cosas que se desplaza por el espacio bailando al tiempo diferentes piezas: una con la luna, otra con el sol, otra con todo el sistema solar al tiempo, otra con la galaxia entera… Y nuestros elementos, son los mismos de los que están hechos el resto de nuestras parejas de baile. Siendo todo esto verdades constatas… ¿puede caberle a alguien la más mínima duda de que, allá afuera, debe haber vida a raudales, como pasa con todas aquellas otras piezas que antaño creíamos excepcionales (sistemas planetarios, agua, oxígeno, materia orgánica…)?
Pero lo cierto, me temo, es que aún tenemos que seguir haciendo razonamientos inductivos, porque aunque las pistas sean abrumadoras aún no hemos dado con ningún alien. Pero las pistas van orientando el camino, y ya no buscamos preferentemente a ET (ilusionados), o a Depredator (aterrados), sino que nos enfocamos más hacia las búsqueda de estremófilos en el subsuelo de Marte, o calamares en los océanos de Europa. No tardaremos mucho en buscar alguna suerte de cristales orgánicos autoreplicantes a bordo de asteroides… que son lo más feo que se me ocurre que pueda encajar con la definición de “vida” que antes esbozaba… pero que encajaría.


En Próxima B, o en otros exoplanetas no demasiado lejanos, a saber qué podríamos legítimamente buscar. Pero desengañémonos: no seremos nosotros los que nos asomemos a esos mundos, por mucho que cambiemos nuestras gafas de culo de baso por el mejor de los telescopios: allí solo se asomarán, y puede que incluso vayan, nuestros descendientes remotos, dentro de varios miles de años. Seres que, a saber qué tienen en común con nosotros y qué no. Me estoy empezando a marear de nuevo, de manera que regreso más cerquita, a ver si acabo con esto.
Si me dan a elegir, preferiría conocer primero a ET, o incluso a los cefalópodos “europeanos” (acudo a ese palabro porque no sé si hay un gentilicio oficial para los posibles habitantes de la luna de Júpiter…). Pero sea lo que sea, incluso si se trata del anodino kéfir de asteroide que sugería, el día que demos con él la conclusión será inapelable: NO ESTAMOS SOLOS…
¿Os dais cuenta de la implicaciones de algo así…? Yo creo que sería el hallazgo más grande de la historia de la humanidad. Sería constatar que la vida no es un milagro, sino una vocación de la materia. En definitiva: un sutil proceso geológico.
Constatar que no somos un barroco e inexplicable grumo de extrema complejidad, sino el fruto inevitable de un árbol en el que se dieron las condiciones adecuadas. Un árbol más del bosque cuasi infinito del cosmos, en el que al mismo tiempo se dan innumerables veces esas mismas condiciones, u otras equivalentes. Y cada vez que eso pasa, el Ser se manifiesta, lo desagregado se agrega, se organiza en una espiral de complejidad hasta alcanzar el nivel de estructuras autorreplicantes dotadas de consciencia.
Y cuando esa consciencia llega al punto adecuado, mira hacia fuera, en busca de sus hermanos.

miércoles, 10 de febrero de 2016

El Cambio Climático: ¿tragedia... o hito evolutivo?

La tozuda realidad ha terminado por imponerse y ya nadie duda del cambio climático. Quienes lo negaban, más que ignorantes eran cortoplazistas interesados. Pero al final han podido más las evidencias, así como el hecho de que las relaciones causa/efecto son bastante claras: un número ingente de primates nos hemos dedicado a quemar todo lo que pillábamos, modificado la composición de ese fino manto de gases que es la atmósfera y consiguiendo que se comporte de forma diferente a lo que tenía por costumbre. Hasta ahí, verdad constatada y asumida. Las discrepancias surgen cuando se debate si ese cambio es combatible, cómo hacerlo y qué nos aguarda en función de lo que hagamos.
Está asumido que el cambio es inevitable aunque ya no se queme nada más, habida cuenta de lo que llevamos quemado. No hay acuerdo respecto a hasta dónde llegará el proceso en marcha. También se asume que, durante décadas, aún seguirán realizándose importantes emisiones de gases de efecto invernadero, y el alcance final del cambio dependerá de cuánto tiempo se tarde en reducir dichas emisiones.
Como se comprueba todo es un mar de dudas, porque el asunto atañe a dos ámbitos endiabladamente complejos cuyo mecanismo llevamos desde Atapuerca intentando comprender y aún estamos a medias: la dinámica atmosférica y la de las sociedades humanas.
Fuente: amazon.es
Respecto a nuestro limitado conocimiento del funcionamiento de la atmósfera, a los hechos me remito: hoy en día es fácil encontrar pronósticos que te claven lo que va a hacer en tu pueblo mañana; pero su margen de fiabilidad es inversamente proporcional al plazo de la previsión, de modo que seguramente se queden cerca al vaticinarte lo que pasará dentro de dos o tres días, aunque no tanto con lo que hará la semana que viene. Del tiempo que tendrás de aquí a quince días sólo podrán ofrecerte alguna pista. Y si quieres saber lo que hará el mes que viene… pues mejor que te acerques al estanco y te compres el Calendario Zaragozano, que por increíble que parezca, aún se vende.

No me entretendré aquí respecto a nuestra incompetencia para prever la evolución de las sociedades humanas. Baste recordar que ni uno solo de los hitos trascendentes que han agitado a la humanidad fue previsto (obviando a los cuatro visionarios de turno que nunca se toman en serio), encajado y ordenado: ni la revolución industrial, ni las revoluciones proletarias de principios del siglo XX, ni los totalitarismos antagónicos a las anteriores, ni la actual revolución de la información…Por no prever, y eso que ya estábamos en plena era digital, ni siquiera fuimos capaces de ver venir los éxodos demográficos de inicios del siglo XXI que se nos venían encima. Respecto a esto último, y sólo como curiosidad: hace 30 años todos los demógrafos de Occidente alertaban aterrados del envejecimiento de Europa, y hace 15 ya no se hablaba del asunto, porque estábamos siendo invadidos —¡Oh: sorpresa!— por americanas y africanas en edad de procrear. Pero ahora, como a causa de la crisis —¿Crisis? ¡Oh, nueva sorpresa!— las anteriores se están volviendo a casa, pues empiezan otra vez a machacarnos con la cantinela.
Total, que aún seguiremos quemando combustibles fósiles y todo lo que pillemos (especialmente en el Tercer Mundo, que legítimamente quieren ascender a Primer Mundo y para eso siguen punto por punto nuestros atolondrados pasos), no sabemos seguro de por cuánto tiempo ni de con qué consecuencias. El punto de inflexión definitivo, imagino, llegará cuando los avances tecnológicos posibiliten a la humanidad sustituir por completo sus fuentes de energía neolíticas por otras no basadas en la combustión de nada. Tal vez en la parte más privilegiada del planeta eso llegue antes de que acabe este siglo; pero para que sea una realidad planetaria a lo mejor falta el doble de tiempo. Mucho pues aún de echar humo, y humo, y humo.
Dicho todo lo anterior, que de verdad tan solo pretendía ser una intro (me he alargado un pelín, pero es que el tema lo pedía), ahí va el Poliedro con su típica reflexión, a pie cambiado:
¿Y si el Cambio Climático, visto con perspectiva, no es en realidad ninguna tragedia, sino un hito positivo e imprescindible para la evolución de la humanidad?
Somos el ser vivo con mayor conciencia temporal de cuantos han pisado nunca esta canica sideral, y nos aterran los cambios. Todos los cambios. Llevamos desde que somos algo intentando prever qué es lo que va a pasar, para estar prevenidos y que no nos pillen por sorpresa, de modo que cuando las cosas cambian y no se ajustan a nuestras previsiones nos venimos abajo.
Me imagino la desesperación de nuestros ancestros al terminarse la última era glacial y ver como las migraciones de las manadas que cazaban se iban desplazando más al norte, y más, y más… y cómo luego las especies que siempre les habían alimentado iban extinguiéndose. Anda que no morirían de inanición clanes y clanes enteros. Yo no me habría atrevido a acercarme a ninguno de ellos a decirles que todo aquello iba a ser para bien, que la agricultura y la ganadería traerían el sedentarismo, la civilización… De la misma manera, tampoco me atrevo ahora a plantarme en el Central Park o en Las Ramblas a decirles a neoyorkinos y barceloneses que, en un futuro, es probable que sus ciudades estén pobladas únicamente por peces… pero que eso puede que sea inevitable y beneficioso para la humanidad en su conjunto.
Decía antes “en un futuro”, no sin intención, porque los plazos de todo esto están más que abiertos.
Hace un par de años, National Geographyc publicó un reportaje magnífico —como todos los suyos: menuda joya de publicación— en el que ofrecían una serie de mapas muy realistas de cómo podría ser el mundo, si el cambio climático deshelara por completo los casquetes polares. Continente a continente (faltan algunos, pero pinchando en el enlace podéis ir a la publicación original a verlos todos), la cosa quedaba así:

Para que quede más claro ahí va una imagen un poco aumentada de Europa:
¡Oh, Dios mío…! Adiós a Londres, Lisboa, Barcelona, Sevilla, Estambul, Ámsterdam, Holanda al completo…
Atención señores, que las imágenes anteriores son engañosas: lo que están reflejando es lo que sería el perfil de las costas si TODO el hielo del planeta se derritiese, lo que incrementaría el nivel del mar en cosa de 65 metros. Por más que he buscado no he conseguido encontrar una fuente seria que señale cuánto tendría que aumentar la temperatura del planeta para derretir la totalidad de los casquetes polares, pero sin duda no sería unos pocos grados, sino una burrada… acaso más de diez, cosa que al hombre le costaría conseguir aunque se lo propusiese: la temperatura media del planeta es hoy en día de 15ºC, un grado más de la que había en el siglo XIX. Y como referencia al respecto, ahí van un par de datos más:
  • Las previsiones más optimistas creen que se puede conseguir que el calentamiento global a lo largo del siglo XXI no supere los 2ºC. De ser así, el nivel del mar subiría 50 cm.
  • Las previsiones más pesimistas dicen que el calentamiento del planeta en este siglo podría ser de más del doble, incluso superando los 4ºC. En ese supuesto, el nivel del mar subiría nada menos que… UN METRO.
Para que La Tierra se pareciera a los preciosos mapas del National Geographyc el mar tendría que subir SESENTA Y CUATRO METROS MÁS QUE LA MÁS PESIMISTA DE LAS HIPÓTESIS. Cierto es que la previsión de la prestigiosa revista no era para finales del XXI, sino para dentro de unos 5.000 años, lo que equivale a decir “en un futuro x”, de una Tierra sin hielo y con vaya usted a saber qué temperatura media, lo mismo de 30 ºC. Pero en un escenario como ese las cosas podrían ser muy distintas y no limitarse a una variación de la línea de las costas. Por ejemplo: cierta hipótesis postula que un deshielo repentino de los glaciares de Groenlandia supondría una modificación de la salinidad del Atlántico Norte capaz de interrumpir la Corriente del Golfo, lo que a su vez desembocaría en una nueva glaciación. Nada menos.

Quedémonos en perspectivas memos cinematográficas –después retomaré ese ángulo de la cosa, que me encanta– y pensemos pues en que el cambio climático es una realidad consumada que aún no ha alcanzado su apogeo y que determinará que la temperatura media de la Tierra pase de los 14 ºC de la era preindustrial a cerca de 20º C, a mediados del siglo XXII ¿qué supondrá eso?

En el lado negativo, y qué duda cabe que de considerable relevancia, el clima de las zonas más cálidas del planeta se extremará aún más, haciendo algunas de ellas prácticamente inhabitables (entorno del Sahara, Oriente Medio), y dificultará notablemente las cosas en otras zonas importantes (entorno del Mediterráneo, por ejemplo). El nivel del Mar subirá, acaso dos o tres metros, lo que borrará del mapa algunas islas y ciudades, aunque la mayoría de ellas sólo perderán barrios, obligando a la construcción o recrecimiento de diques (peccata minuta para los holandeses). Las superficies totales que desaparecerán bajo las aguas serán, en términos globales, muy pequeñas. Y como referencia, veamos la siguiente imagen, que muestra cómo sería el mundo si el mar subiese 6 m, que seguramente es más de lo que subiría con un aumento de 5ºC respecto a la temperatura actual:
En rojo se representan las zonas que pasarían a quedar sumergidas. Tampoco es para tanto, ¿verdad?
En el lado positivo, el miedo al cambio climático y a cuáles podrían a ser sus últimas consecuencias determinaría una aceleración exponencial en el desarrollo de las tecnologías limpias. Suena a burrada, pero es una realidad ya constatada en el pasado: la medicina, las comunicaciones, la aeronáutica y tantas otras ramas del saber nunca crecieron tanto hasta entonces como lo hicieron durante la Segunda Guerra Mundial. Esta nueva Guerra Mundial contra el clima cambiante propiciaría —ya lo está haciendo— un salto tecnológico sin precedentes. Pero, además, el hecho de que el clima de la Tierra se suavizase determinaría que millones de kilómetros cuadrados de territorios hoy en día inhabitables pasasen a ser aptos para la agricultura y para cualquier otro uso:
  •  Siberia tiene 13.000.000 Km2 (más que EEUU y Méjico juntos), y en ella malviven apenas 36 millones de personas.
  •  Groenlandia tiene más de 2.000.000 Km2 (como España, Francia, Alemania, Italia y Reino Unido juntos), y allí sólo aguantan poco más de 50.000 temerarios, agarrados a los bordes de los glaciares.
  • Las áreas de Alaska, Canadá, China, Mongolia, etc., cuyos posibles usos se encuentran severamente condicionados por sus fríos climas, suman tanto como las dos anteriores.
En resumen: la humanidad podría pasar a disponer para su desarrollo de veinte millones de kilómetros cuadrados más de los que dispone en la actualidad.                                                                                                                                                                                         
Vale: crucificadme todos los conservacionistas de pro, todos los que creéis que lo suyo es que nada cambie, que todo se mantenga en una foto fija… que no sé muy bien de dónde os habéis sacado, salvo de un pasado ideal que nunca existió. Mirad fotos reales de vuestro pueblo. En mi caso, puedo aseguraros que la Sierra de Guadarrama tiene ahora incomparablemente más arbolado que hace cincuenta años, y es probable que esté en su máximo desde hace al menos cinco siglos, porque ya no se arrasan los bosques para obtener combustible y despejar los campos para el ganado. El lobo ha vuelto y los montes están atestados de cabra montesa, seres de los que por aquí sólo se sabía por los cuentos.

Porque obviando la influencia del hombre, el propio planeta en su conjunto es un sistema en evolución constante. Hace diez mil años toda la Sierra a la que antes me refería —menos las cumbres— estaba cubierta por bosques; un par de milenios más atrás por frías taigas, y algunos miles antes por glaciares. Incontables especies se han extinguido en este territorio a lo largo de todas esas transformaciones, y otras tantas las han sustituido. Pretender “conservar”, desde la perspectiva de “que todo siga como siempre, que nada cambie”, es de una ignorancia supina.
(De acuerdo, un poco de piedad: ya sé que los conservacionistas, en su mayoría románticos soñadores bienintencionados con limitada cultura ecológica, a lo que se refieren es a evitar la destrucción gratuita de ecosistemas poco intervenidos por el hombre para sustituirlos por otros de carácter antrópico. Obviamente, en eso estoy con ellos; pero sin perder la perspectiva de que eso de “conservar”, apenas es una forma de hablar)
Por cierto, que lo de “obviando la influencia del hombre” no deja de ser una idiotez, pues el hombre no es sino una parte más del planeta (y no un virus o un cáncer, como otra buena panda de adictos a la culpa postula), y aunque parezca increíble, ni siquiera es quien ha producido en él los cambios más radicales: hace 2.800 millones de años las cianobacterias modificaron la atmósfera terrestre, incorporando a ella el oxígeno que la caracteriza y que hace posible la existencia de la vida tal como la conocemos; cosa que, de paso propició una de las mayores extinciones masivas de la historia: la de casi todos los organismos anaeróbicos que hasta entonces dominaban este planeta. Así que ni siquiera extinguiendo somos pioneros o campeones.
¿Se os está haciendo largo? Acaso lo sea, pero es que yo con estos temas me lo paso fenomenal y no consigo evitar que una historia me lleve a otra.
Venga, vamos a intentar rematar con la alusión cinematográfica que antes dejaba caer.
Nos pone lo dramático. Nos atraen las catástrofes, las hecatombes, los cataclismos. No sé muy bien por qué, pero nos comportamos igual que las polillas ante la lumbre: giramos hipnotizados a su alrededor, atraídos por un imán invisible, indiferentes al hecho de que podamos sucumbir abrasados.
Armagedón, Deep Impact, El día de mañana, El Núcleo, 2012… Si ampliamos los motivos del desastre e incluimos mitologías, invasiones alienígenas y monstruos varios, la lista sería directamente interminable. Desde esa pasión por lo desmedido, nos entran como la seda las previsiones que más se parecen a plagas bíblicas. Y si se trata del Cambio Climático, a todos nos dejaría fríos pensar que apenas tendremos que retranquear la costa 50 cm en alzado; pero imaginar a la Estatua de la Libertad con el agua al cuello, nos pone. Un calentamiento del clima, en principio, debería hacernos pensar en desmantelar estaciones de esquí y en planificar cambios de cultivos y de gestión de las aguas. Pero eso sería muy poco: mola más imaginar ciudades súbitamente sumergidas, tumultos migratorios, guerras, ciclones, sequías monstruosas por aquí e inundaciones por allá… y ya puestos tsunamis, volcanes, terremotos… La polilla, puestos a escoger, prefiere un incendio a una farola.
Si sube la temperatura media del planeta, tiene todo el sentido imaginar que las zonas actualmente semiáridas pasen a ser áridas del todo, y que las ya áridas se vuelvan infiernos. Pero, a nivel global, ¿cómo va a suponer el calentamiento global menos precipitaciones? ¡Será al revés…! Esto es, básicamente, una gran pelota recubierta de agua. Si la calientas más, inevitablemente generarás más evaporación, más agua en la atmósfera que tarde o temprano, cuando llegue a las latitudes más altas, terminará por precipitar. Más calor, a nivel planetario, sólo puede terminar en más lluvia. No en Irak o Almería, claro está, pero sí en Canadá o Siberia… que tras el calentamiento global se parecerían más a la campiña francesa que a los ásperos dominios del lobo y el oso grizzly que son hoy en día.
¿Porqué acompañando al cambio climático, además del comprensible deshielo parcial de los polos, la subsecuente subida de los mares y la acentuación de la aridez de las zonas áridas, han de venir mayores extremos climáticos globales, mayores inundaciones, mayores sequias…? ¿Mayores respecto a qué, a cuándo? ¿Por qué? ¿Porque mola? ¿Porque es mejor que la gente tenga miedo del de verdad, que si no, no reacciona? ¡Ah…! disculpen: olvidaba que me lo pronostican los mismos señores que no son capaces de decirme qué tiempo hará en mi pueblo dentro de tres semanas. Ya me quedo más tranquilo. Segurísimo que aciertan.
Ahora sí que lo dejo, cerrando el círculo con la reflexión que motivó esta entrada, que seguramente habría cabido en tres renglones:
"La actividad humana ha provocado un cambio del clima del planeta: un calentamiento global que tendrá notables consecuencias. No conocemos el alcance final del proceso, pero con seguridad supondrá un retranqueo de las líneas de costa y modificará las posibilidades de uso de extensos territorios. A mi entender, la necesidad de aguzar el ingenio a la que nos veremos obligados, y el balance final de las tierras que quedarán aptas para su utilización por la humanidad arrojará un saldo claramente positivo respecto a la situación de partida".
Al final han sido casi seis. Lo mismo eso indica que soy demasiado optimista. 

jueves, 4 de febrero de 2016

EL AGUA NO ES UN BIEN ESCASO: ES INAGOTABLE

Por aquello de tener más de hormiga que de cigarra, el ahorro está incrustado en nuestra memoria genética como una verdad absoluta y universal. Su aplicación, sin duda, le permitió a nuestra especie sobrevivir durante la era glacial, y prosperar meteóricamente desde el neolítico hasta nuestros días. Pero como sucede con tantas otras cosas, como la empatía o el altruismo, aunque el concepto sea en sí mismo valioso —desde el punto de vista evolutivo— e indisociable de nuestra naturaleza, su sacralización acaba desembocando en situaciones disparatadas. Vayamos a un ejemplo palmario: el agua.
El agua (que en el universo abunda hasta decir basta, como vamos comprobando), es uno de los componentes esenciales de este planeta, y a nivel global, no puede ni gastarse ni ahorrarse, se intente lo que se intente. Tírela usted para arriba, y acabará cayendo. Entiérrela tan hondo como quiera, que, más tarde o más temprano acabará saliendo. ¿Han oído hablar del ciclo hidrológico, cuya versión poética más lograda es sin duda “mi agüita amarilla”, de Toreros Muertos”? Pues eso.


Dos teorías intentan explicar de dónde salió el agua de la Tierra. La más antigua postula que se formó en el interior del planeta, por reacciones a altas temperaturas entre átomos de hidrógeno y oxígeno. Otra teoría más reciente defiende que procede de las aportaciones de intensas lluvias de asteroides. Al final parece ser que las dos están en lo cierto, y que nuestra agua tiene ambos orígenes. En todo caso, desde que acabó el periodo de formación de la Tierra, hace cosa de 4.000 millones de años, el volumen total de agua en este planeta se ha mantenido sin variaciones significativas entorno a los 1.386.000.000 Km3; cantidad que daría como para cubrir toda la superficie del globo terráqueo —si éste fuera liso— con una capa de casi tres kilómetros. No es poca.
Circunstancialmente puede tener toda la lógica del mundo ahorrar agua, como cualquier otro recurso vital, cuando éste escasea. Si me abastezco de un único pozo y no tengo alternativas, deberé ser cuidadoso para no agotarlo ni ensuciarlo. Pero a nivel global, EL AGUA NO ES UN BIEN ESCASO: ES INAGOTABLE.
También es una rotunda estupidez eso de que “el agua está mal repartida” ¿También están mal repartidas las montañas? (pobrecitos los holandeses, sin ninguna, mientras a los suizos les sobran) ¿Y las costas? (todos los veranos los madrileños comprobamos que, vaya vaya, aquí no hay playa).
Obviamente, los problemas son de planificación. Si queremos, podemos convertir el desierto de Almería en la huerta de Europa; pero para hacerlo tendremos que asumir el costo (económico, ambiental, etc.), de llevar hasta allí el agua que no hay —y que nunca hubo— trayéndola desde donde sea, sin venir con el cuento de que nos vemos obligados a hacerlo “porque el agua está mal repartida”. A mí me parece más razonable ir a esquiar a Suiza y a bañarse a Barcelona, en lugar de construir pistas de esquí artificiales en Holanda o un canal que haga llegar el Mediterráneo hasta Aranjuez. Pero poderse hacer se podría, y no para corregir el “mal reparto” en el que incurrieron Dios o la Historia Natural de nuestro planeta, sino porque somos monos testarudos a los que le encanta modificar nuestro entorno.
Que conste que despilfarrar por despilfarrar, incluso aunque se trate de un bien que no es escaso, es una actitud idiota de nuevo rico o de niño glotón, abiertamente reprobable. Y no ya por la posible pérdida de algo que crees que te sobra y que lo mismo más adelante podrías necesitar, sino por las propias consecuencias emocionales e incluso espirituales de ese acto: malgastar es despreciar, no dar valor, dejar una huella desproporcionada y negativa de tu paso por la existencia. Es empobrecer tu entorno y empobrecerte a ti mismo. Pero una cosa es eso y otra ahorrar compulsivamente, por principio y sin criterio; perspectiva que es casi tan idiota como la anterior y que además te vuelve totalmente manejable: una vez conseguido que la gente crea que el agua es un bien escaso y no renovable, que para colmo malgasta, queda abierta la puerta para subir a voluntad tasas, impuestos, privatizar en aras de la eficacia, lo que sea, que todo el mundo, tras repetir para sus adentros ese perverso mantra de “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”, aceptará con santa resignación lo que le venga.
Veamos cuatro datos curiosos, que evidencian la distorsionada perspectiva que la mayoría tiene en relación con el agua.
A nivel planetario, el agua dulce explotada por el hombre (embalses, captaciones subterráneas, de ríos y de lagos, desalación de agua de mar, etc.), se reparte del siguiente modo:
-       Agricultura y ganadería: 70%
-       Industria: 22%
-       Uso domestico: 8%
Por regiones, a nivel mundial, la cosa queda como sigue:
En España, la proporción es de 80% para la agricultura, 6% para la industria y 14% para uso doméstico; de modo que cuando te fríen con campañas de ahorro (en la Comunidad de Madrid se pasan de cuando en cuando siete pueblos), te están instando a que actúes sobre el 14% del agua consumida: SI NUNCA MÁS VOLVIERAS A DUCHARTE NI A BEBER UN SOLO VASO DE AGUA, NI A REGAR UN JARDÍN O LAVAR UNA CALLE, EL GASTO GLOBAL DE AGUA PERMANECERÍA INVARIABLE EN UN 86%.
¿Fuerte? Pues la cosa en realidad es aún peor: del agua destinada a industria y a uso doméstico, se calcula que nada menos que la mitad se pierde por evaporación, fugas, etc.. El 50 %. De modo que del 14% que se supone te compete y podrías contribuir a ahorrar, la mitad se pierde por el camino. Así que EL 93 DEL CONSUMO DE AGUA PERMANECERÍA INVARIABLE AUNQUE TÚ NO VOLVIESES A GASTAR NI UNA SOLA GOTA.
Ahora, ““súmate al reto del agua”, con un par; que como seguro que te sientes culpable (de la culpa ya hablé en este foro, y a lo dicho me remito), ese gesto te ayudará a dormir mejor.

domingo, 28 de junio de 2015

La vida engorda

Ya ha empezado el calorcito, abren las piscinas, se acercan las vacaciones, y ya tenemos en el horizonte cercano la amenaza de salir en las fotos como felices cetáceos, cosa que a ninguno nos hace la menor gracia. Por ello, supongo que ya andaréis todos y todas (como dicen ahora los acomplejados y acomplejadas esa entelequia de la igualdad; tema enjundioso que ya atenderé en su momento), en plena operación biquini/bermuda; o luchando por procrastinar el asunto algunos días, antes de que sea inevitable.
Pues señoras y señores, este biólogo se propone ofrecer desde aquí su meditado y argumentado punto de vista respecto a un aspecto clave de esta áspera cuestión; a saber: No estáis ni la mitad de gordos de lo que creéis.
Esos volúmenes tan reprobables y socialmente inaceptables que lucís están casi siempre muy cerca de lo que corresponde; porque tenéis la edad que tenéis, y es casi imposible, además de perverso, que vuestro cuerpo finja tener varias décadas menos de las que tiene.
Una cosa es la gente que tiene la desgracia de haber nacido con un metabolismo perverso —y son gordos o esqueléticos desde siempre, como otros miopes o sordos— y otra es eso de volverse gordo con el paso del tiempo, especialmente después de los cincuenta. En este escrito me voy a referir a los segundos, reflexionando sobre qué es eso de estar gordo y qué no a partir de cierta edad. Advierto desde ya: aunque daré un montón de datos objetivos e incuestionables, MIS DEDUCCIONES Y CONCLUSIONES SON EN UN 90% ANATEMAS PARA LA VERSIÓN OFICIAL.
Para empezar, ¿porqué es inaceptable estar gordo? Muy sencillo: los gordos no son deseables, no son sexualmente atractivos (hablo en términos generales), y además son gente insana y culpada de descuido  ¿Qué otra explicación podría tener, si no, su gordura? Es obvio que los gordos no se cuidan, comen demasiado y hacen poco ejercicio. Vale, pues ya tenemos la primera en la frente: eso es rigurosamente falso, como luego argumentaré.
Para seguir, ¿qué es estar gordo? Medir 1,70 m y pesar 100 kilos obviamente lo es. Pero ¿qué sería lo correcto para una persona de esa altura? ¿60 kilos u 80? Hay un montón de factores que habría que considerar, como sexo, raza, complexión, edad… Pero, en la práctica, la sociedad aplica uno solo: El peso correcto es el que esa persona tenía cuando estaba en su flor (seamos generosos, y pensemos que todos en algún momento lo estuvimos); lo que equivale a decir lo que pesaban ellas con 20 y ellos con 25. Para la altura puesta de ejemplo, la cosa quedaría más o menos en 60 para las mujeres y 65 para los hombres. Ese referente, que lo sano y deseable es aparentar tener eternamente veinte años, es un criterio estético moderno. Como referencia de que eso no fue siempre así, y para no citar como todo el mundo a las Gracias de Rubens, traeré yo aquí la célebre canción coral de Bienvenido Mister Marshall: “Americanos, llegan a España gordos y sanos…”

El auténtico quid de la cuestión es que no existe un peso ideal biológicamente incuestionable para los hombres o las mujeres de 50 años, porque tales seres somos un invento reciente que la evolución no había previsto.
Todas las especies, tanto animales como vegetales, están diseñadas para un determinado tiempo de vida. Es su programación natural, la duración razonable de la realidad que son. Un perro, si no tiene ningún problema singular, es normal que viva entre quince y veinte años. Un elefante, setenta. Ciertas tortugas más de dos siglos, y muchos insectos apenas unos días. Es fácil dar con una encina de dos o tres siglos, y casi imposible encontrar un chopo que pase de los cien años. Pues bien, el hombre, Homo sapiens sapiens, es un primate que, desde que surgió hasta la Revolución Neolítica (hace 10.000 años: fin de la última glaciación, invento de la agricultura y el urbanismo, etc.), rara vez pasaba de los cuarenta años. Sí, había ancianos de más de sesenta, como también muchos niños que morían antes de los tres. Pero los que alcanzaban la pubertad y llevaban una vida normal para su especie, solían caer antes de los cincuenta. En definitiva, cabría considerar que la “fecha de caducidad de fábrica” de nuestra especie tradicionalmente estuvo en torno a los 45 años.
Otro dato curioso que casi nadie conoce: la menopausia sólo se presenta en este planeta en nuestra especie…y en algunos mamíferos marinos. El porqué aparece en las ballenas piloto no lo sabe ni lo entiende nadie, pero para el caso de los humanos sí se cree tener una explicación: el hecho de que las hembras pasen un tiempo de su existencia dedicadas a ser abuelas, cuidando de los demás y conservando y enseñando conocimientos, en lugar de tener que invertir toda su energía en sacar adelante a su propia prole, constituye un hecho evolutivamente positivo, por lo que la selección natural tendió a asentarlo (eso, más o menos, es lo que postula la conocida como Teoría de la Abuela). Este proceso se ve retroalimentado por el aumento de la longevidad debido a las mejoras neolíticas en materia de alimentación, salud, refugio, etc., de manera que desde hace ya diez mil años empezó a ser frecuente encontrar gente de más de 50 años, incluidas abuelas menopáusicas; cosa que en las cavernas era insólito.
Lo anterior, el que la mayoría de los que llegaban a adultos muriesen entorno a la cincuentena, o poco más, permaneció invariable hasta hace apenas 200 años. Con la llegada de la Revolución Industrial la esperanza de vida de la humanidad aumentó notablemente, y este proceso creció de forma exponencial durante el siglo XX. Cuidado con el dato estadístico “esperanza de vida”, porque éste tienen en cuenta la duración de la vida de todos los miembros de determinado grupo, de modo que allí donde la mortandad infantil es alta la esperanza de vida es muy corta… al margen de que los que superan la pubertad lleguen a ancianos: en Somalia la esperanza de vida es 50 años, y la mortalidad infantil de 100 niños por cada mil partos, mientras que en España, en donde la esperanza de vida superan los 83 años, mueren sólo 3 niños de cada mil nacimientos.
Bueno, a lo que íbamos: resulta que ahora casi el 20% de la población de Homo sapiens sapiens —1.500 millones— tiene 50 años o más, cosa que a la evolución jamás se le había pasado por la cabeza que ocurriría. Recuérdese que nuestra especie lleva aquí cosa de 200.000 años (obviemos antepasados más o menos recientes), y si consideramos globalmente que a los veinte años nuestros ancestros ya estaban haciendo más gente, salen cosa de cinco generaciones por siglo; y para nuestros dos mil siglos de existencia, 10.000 generaciones. Bien pues desde la Revolución Industrial, la mejora global de la alimentación, las vacunaciones sistemáticas, etc., han pasado dos siglos; es decir, 10 generaciones. CINCUENTONES Y CINCUENTONAS: ¡ESTAMOS SIENDO INVENTADOS, SOMOS UNA COSA NUEVA… Y NO HAY  REFERENCIA ALGUNA DE A QUÉ DEBERÍAMOS DE PARECERNOS!
¿Cuál sería el aspecto razonable para un perro de 37 años, o un elefante de 150? Pues obviamente ninguno, tal cosa sería un ser absurdo, una abominación que, si acaso intuitivamente, acertamos a imaginar como algo infinitamente anciano y desgastado. Pero para el caso del hombre la cosa varía por una sencilla razón: este primate es una máquina de modificarlo todo, desde su entorno y los seres que le rodean hasta su propia naturaleza, con la intención irrenunciable de incrementar su confort, su calidad de vida y la duración de ésta. Somos los virtuosos del hedonismo biológico. Para el que ve mal, gafas y a seguir leyendo. A los sordos, sonotone y a estudiar música. Crecepelo para los calvos y depilación laser para los osos. Para cada enfermedad su cura correspondiente (algunas aún están en cocina, pero en seguida nos las servirán), que para eso estamos aquí, para durar y durar más que el conejito de Duracell, y además disfrutando. Qué queréis que os diga, no parece un mal plan, de modo que estoy seguro de que  a eso nos apuntamos todos.
Pero pasada nuestra fecha de caducidad natural, el metabolismo se nos desacompasa, y una de las primeras cosas que hace es acumular todo los nutrientes que puede, acaso en un intento desesperado de hacerte durar un poco más (tu pobre metabolismo cree realmente que estás en las últimas). Y ese juntar reservas para prolongar lo que teóricamente es un último asalto, es lo que normalmente llamamos michelines. No, queridos cincuentones y cincuentonas, no sois culpables de comer de más, y de hecho casi seguro que coméis notablemente menos que hace diez o veinte años: es que vuestro metabolismo ahora no deja escapar ni una sola caloría, además de esmerarse en gastar menos que nunca. Porque aunque sea cierto que no os movéis como lo hacíais con veinte años, vuestras vidas seguramente no son más sedentarias de lo que lo eran una década antes (poco suelen varias los hábitos entre los 40 y los 50), y sin embargo el ejercicio no os cunde, no os ayuda a adelgazar. Ese tipo de respuestas metabólicas también se producen en situaciones extremas, como hambrunas, guerras y demás: la gente es capaz de sobrevivir incluso años con dietas de menos de quinientas calorías al día, cosa teóricamente imposible. El metabolismo es así de plástico.
De modo que a la mierda con la idea asentada de que el que con cincuenta años luce tripita o cartucheras es culpable de glotonería y vagancia. ¿O acaso el que no ve bien de cerca a esa edad, es culpable de haber leído demasiado? Y los sordos, ¿lo son por haber oído demasiada música? ¿La culpa de la artritis es haber usado demasiado los huesos? ¿La acidez es fruto de nuestro empeño en comer picantes? ¿El insomnio se debe a que nos preocupamos en exceso? NO, NO, NO, Y MIL VECES NO. Todo lo anterior, simplemente, se debe a que la vida gasta. Vivir, gasta. Y además, engorda.
Venga, vamos a cambiar todo lo que haga falta para durar más y gozar más. De acuerdo: quiero mis gafas, mi sonotone, mis pastillas para los huesos, mi almax, mi dormidina… y ya puestos, pues ese regulador metabólico que llevan un porrón de tiempo fabricando y que no terminan de comercializar, capaz de hacer que mis tripas no crean que estoy en las últimas, activando todos los circuitos de emergencia, de manera que sigan funcionando como lo hacían no ya cuando tenía veinte años, sino treinta e incluso cuarenta; es decir, que mantengan su rutina de trabajo normal previa al descontrol que se produce al sobrepasar nuestra fecha de caducidad.
Entre tanto, y para aquellos cuyo minúsculo ego precise de la aprobación sexual popular, ahí tenéis la dieta de la alcachofa, la del pomelo, las dietas disociadas, sufrir como perros, comer mierda —y poca— sólo los días que toque, sudar y sudar en gimnasios, gastaros un pastizal en bicicletas de montaña y equipos de runner para destrozaros los tobillos por sendas de montaña pensadas para disfrutar de la naturaleza y no para otra cosa. Sois muy dueños de hacer el ridículo; pero no tenéis ni tendréis nunca más ni veinte ni treinta, y aunque dentro de diez siglos se hablará de la crisis de la obesidad de los cincuentones del siglo XXI como una anécdota histórica similar a la peste bubónica del siglo XIV (ambas cosas serias, pero evolutivamente anecdóticas), ahora es lo que os ha tocado vivir. Vuestros padres vivieron sin ordenadores y vuestros abuelos son antibióticos, y tampoco pasó nada. Asumid que vosotros vivís en le época previa al control médico/genético del envejecimiento y sus deterioros, incluido eso de engordar según pasan los años. Y ya está.
Hombre, os recomiendo que tampoco os dejéis ir sin más, que luego es terriblemente incómodo eso de jadear para atarse los cordones o aguantar la respiración hasta ponerse morado para las fotos. Cada cual sabe cuál es su talón de Aquiles: el chocolate, las galletas, la cerveza, el embutido… Pero huid de aquellos que os pongan como modelo al que intentar aproximarse al matrimonio Jolie-Pitt: esos no son gente como tú o como yo, son seres anómalos fruto de todo tipo de esfuerzos ingentes.
De momento, y hasta que la ciencia aparte de nosotros este cáliz, dejad de sentiros culpables de lo que no sois, y sobrellevar con naturalidad ese moderado incremento de vuestra humanidad: si pasados los cincuenta pesáis un 15% más de lo que pesabais con veinte años (*), en todas las tablas saldrá que sois unos enfermos, unos obesos culpables. Pero mirad un poquito a vuestro alrededor, recapacitad y ajustad como consideréis oportuno el 15% que os sugiero (seguro que al final tampoco lo movéis demasiado), y veréis como eso se aproxima mucho a la realidad que podéis constar.
En definitiva, que a todos los que andéis entorno al porcentaje de referencia que os sugiero, os digo que estáis estupendos, y que si alguien se componente a pagar la siguiente ronda, esta la pago yo.
¡Ah…! y a los vendedores de productos dietéticos, a los responsables de salones de belleza, gimnasios y clínicas, a los fabricantes de productos farmacéuticos y parafarmacéuticos, les informo de que hay lista de espera para matarme. Que se apunten en ella, esperen el sorteo y… ¡suerte!

(*) Ejemplos de mi disparatada perspectiva del aceptable 15%:
Si en tu flor pesabas:             …no tiene nada de raro que pasados los cincuenta peses:
50 Kg                            57 Kg
55 Kg                            63 Kg
60 Kg                            69 Kg
65 Kg                            75 Kg
70 Kg                            80 Kg
75 Kg                            86 Kg
80 Kg                            92 Kg
85 Kg                            97 Kg