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martes, 31 de diciembre de 2019

Expectativas

FELIZ 2020 A TODO EL MUNDO...!

Lo que sigue es el enlace a lo último que he compuesto: un tema que se llama "Expectativas", por lo que me parece más que adecuado para recibir un nuevo año.


Le atribuyen a Picasso la memorable frase "la inspiración existe; pero te tiene que pillar trabajando". No puedo estar más de acuerdo con ella. Y trabajando en la preparación de La Leyenda de Estós, hace algunas semanas, me vino a ver la idea de la que salió el tema que aquí os ofrezco, como regalo de Navidad.

No me voy a enrollar mucho, pero creo que proceden tres puntualizaciones.

La primera: pido disculpas por lo poquísimo que me asomo/muestro últimamente a este ventanuco/escaparate. Se debe simplemente a que llevo una larga temporada con mucho lio de trabajo y poco margen para sentarme a compartir. La vida es cambio permanente, de modo que tarde o temprano regresarán tiempos en los que disponga de más márgenes para compartir más cosas con todos vosotros.

La segunda va referida a La Leyenda de Estós: he embaucado a un nutrido grupo de excelentes profesionales para que me ayuden a dar forma compartible a algunos proyectos musicales míos antiguos, y singularmente a La Leyenda de Estós y a Saberse Tierra. De ambas, pero sobre todo de la primera, ya he hablado aquí en alguna ocasión, pues se trata de una obra que tiene versión literaria y musical. Ahora andamos con la musical, armando un espectáculo que incorpora imágenes, rapsodas, bailarinas... Algo tirando a brutal, que aún está a medias pero del que ya me siento orgullosísimo. Todavía no está rematado, ya digo, y falta además cerrar dónde lo enseñaremos (habrán de ser teatros, o salas similares; y probablemente varias), pero cuando tenga las cosas más claras no os preocupéis, que lo publicitaré con todas mis fuerzas y todo mi corazón.

Y la tercera: esta composición la grabé con ayuda de mi teléfono. Una chapuza impresentable, lo reconozco. Pero hoy en día esos artilugios, que en realidad son pequeños ordenadores, tienen la calidad suficiente como para dignos apaños; y además, mucha más versatilidad para montar algo de forma prácticamente inmediata (la guitarra eléctrica, que va soleando por encima, está grabada casi según la componía). Pero, claro, un teléfono no deja de ser un teléfono, y casi acabando la grabación de la segunda guitarra me entró una llamada. Se me puso a hervir la sangre... pero era la tercera toma que grababa, la que me parecía más conseguida (hay algunas entradas un pelín desajustadas; pero todas las ideas que se exponen me parecen interesantes), y no estaba dispuesto a dejar de tocar, por mucho que la llamada insistiese. Ya tiraría después de Audacity o de algún otro programa al uso para limpiar la intromisión. Pero antes de hacer nada, y muy contento con el resultado, me puse a compartir lo grabado con algunos allegados, advirtiéndoles de que "al final suena una llamada, que ya limpiaré. Cosas del directo...". Y mi hija Irene me respondió: "¡Ni se te ocurra...! A saber quién o para qué te llamaba; pero teniendo en cuenta que la composición se llama Expectativas, se han marcado un poema ¿Podría haber algo que evoque más nítidamente el concepto de expectativas que una llamada de teléfono...? Obviamente, ahí sigue y seguirá por siempre la llamada en cuestión.

Reitero mis mejores deseos a todos para este año que empieza. Y a llenarlo de cosas dignas de recordar.

Un abrazo,

domingo, 11 de agosto de 2019

¡Los cajeros atacan de nuevo...!

Volvió a pasar. Supongo que habrá a quien le parezca increíble; pero a mí, a estas alturas del partido, la verdad es que no. Antes al contrario, ya estaban tardando: ¡LOS ESPÍRITUS TRAVIESOS QUE HABITAN EN LOS CAJEROS AUTOMÁTICOS, HAN VUELTO A ATACARME…!
La cosa, surrealismo puro, sucedió tan de improviso y tan rápido que no me dio tiempo a documentarla en directo. Pero tengo testigos. Por lo menos una docena de usuarios de la sucursal de La Caixa en donde tuvieron lugar los hechos (C/Escofina nº 30. Polígono P-29, Collado Villalba; Madrid. España. Unión Europea. Planeta Tierra. Sistema Solar. Vía Láctea. Grupo Local. Supercúmulo de Virgo. Complejo de Supercúmulos Piscis-Cetus. Universo Conocido), así como una de sus empleadas, que mostró más curiosidad que perplejidad, no sé muy bien porqué. Porque el resto, asistimos al suceso alternando el desconcierto y el ataque de risa.
Vayamos a los hechos:
Dos de agosto del corriente, 11,45 h. Ando por el Polígono Industrial de Villalba, haciendo compras varias. Como algunas de ellas son de menudeo y no quiero pagarlas con tarjeta, y además ando pelado de cash, me acerco al cajero de La Caixa, que me pilla de camino. En la oficina hay dos cajeros, uno de ellos libre y el otro ocupado, con una fila de tres o cuatro personas esperando. Al parecer, el cajero desocupado está estropeado. Cuando llega mi turno actúo con rapidez, aprovechando las nuevas tecnologías: paso mi tarjeta por encima del lector, le digo que me dé 100 €, y arreando. Cuando ya está la operación en marcha pienso que he sido tonto, que tenía que haber dado a selección de billetes, para que no me lo dé muy agarrado. Bueno tampoco pasa nada, a ver qué me da. Y en efecto, veo que me lo da razonablemente suelto: uno de diez, dos de veinte, y medio de cincuenta… ¿…? ¡¿MEDIO DE CINCUENTA…?!


No me lo puedo creer. Reviso todos los billetes, los manoseo…nada no está la otra mitad del billete de 50. Tampoco está en la rendija por la que ha salido el dinero, ni en el suelo… Miro hacia la calle y la fila de los que esperan, les enseño mi medio billete, intento explicarles… aunque no me oyen, al otro lado de la puerta, y se limitan a mirarme desconcertados. Miro hacia la cámara de seguridad, le enseño el medio billete, gesticulo… y decido entonces salir del cuartito de los cajeros por la puerta opuesta a la calle y entrar en la oficina bancaria, propiamente dicha.
Tengo la mala suerte de que hay un montón de gente, y todos los puestos de atención al cliente están ocupados y con personas esperando. Pero lo mío es una obvia urgencia, y para que nadie se crea que me estoy colando me planto en medio y enseño mi medio billete:
Perdonen, pero el cajero me acaba de dar esto… medio billete de cincuenta… no sé qué ha pasado, pero tengo que hablar con alguien…
Miro para los cajeros y compruebo horrorizado que quienes me seguían en la cola, un matrimonio de cierta edad, ya han metido su tarjeta y andan operando. Doy dos pasos hacia ellos, les digo que esperen (vuelven a no oírme, a través del cristal), les enseño mi medio billete… Se empieza a montar revuelo a mi alrededor, empiezan las risas, los comentarios, el cachondeo…
Por fin una bancaria me pregunta que qué me pasa. Le enseño mi medio billete:
 Pues esto, me pasa esto: que la maquinita me ha dado medio billete de 50, pero no dos mitades, solo una… o acaso sea un billete de 25 €, no sé… Y ya hay otro tío en el cajero, que lo mismo se está llevando la otra mitad…
El cachondeo en la sala se generaliza, la gente me pide que les enseñe mi medio billete, mientras la empleada entra en un espacio que hay por la parte de atrás de los cajeros y comienza a manipular algo. Más lío aún, pues deja de funcionar el único cajero que lo hacía, y el matrimonio que estaba operando en él comienza a montar el pollo. Mis compañeros de dentro del banco, la mayoría muertos de risa, intentando explicar al matrimonio el lío. Todo el mundo hablando a la vez. Aquello parece una película de José Luis López Vázquez.
Por suerte, la bancaria sale de nuevo del cubil, mostrando orgullosa la otra mitad del billete:
Aquí está el resto, no hay problema.
- ¿Qué no hay problema? ¿Pero esto es normal? Y ahora, ¿qué toca? ¿le ponemos un celo…?
- No hombre, no se preocupe. Ahora le doy otro entero
Efectivamente, le doy mi mitad y me da uno entero. Me despido de todo el mundo en medio de un ambiente casi festivo, y salgo a la calle lamentando entonces que todo haya sido tan rápido como para que no me diera tiempo a hacer una foto de mi billete de 25 € (la imagen de antes es fruto del Photoshop, pero se parece bastante al original).
Si alguno tenéis su teléfono podéis llamar a José Mota de mi parte, y decidle que pongo a su disposición mi anecdotario cajeril. A ver si tiene algún guionista que lo supere.


miércoles, 29 de mayo de 2019

Juicio Final

Llegará ese día. No está escrito, no nos hagamos líos. Pero está ahí, más cerca de lo que crees. Confío, te deseo, que sea una sorpresa. Algo inesperado, como esas resoluciones administrativas que acaban por fin con un largo pleito, o como ese día despejado y caluroso que clausura un invierno que ya duraba demasiado. Hay más opciones, pero seguramente no son mejores. Que te pille como un “¿Ya…? Pues por fin…”. Y a ello.
Entonces, en contra de todas las recomendaciones literarias y cinematográficas, iras hacia la luz. Yo ya he ido… pero solo los primeros metros, apenas hasta la puerta del tobogán, bastante antes de cuando no toca decidir nada más. Si pasas de ahí, si vas definitivamente hacia la luz, sea una sorpresa, una bendición o una putada, poco importa, te cuento lo que va a pasar. Estoy seguro de cómo empieza, no de cómo acaba:
A mitad de mullida bajada, flotando en esa confortable nube que no requiere decisiones, se presentará ante ti el Ángel Contable. No te dará tiempo a ponerle cara ni nada, no hará falta, tan desconcertado como te dejará su presencia. Y más aún sus preguntas. Llevará, cuenta con ello, algo parecido a un folio muy grande y un bolígrafo (antes llevaba tablillas o pergaminos. Lo mismo a ti te entra con una tablet, o con el dispositivo que entonces corresponda), el cual dividirá con una ralla vertical, y dirigiendo su artilugio de consignar al ángulo superior izquierdo, te preguntará:
- Disculpa: a lo largo de tu vida ¿cuántas veces te has corrido? ¿Cuántas te reíste a carcajadas? ¿Cuántas comprendiste que estabas aprendiendo algo? ¿Cuántas veces te sentiste en casa? ¿Cuántas tu alma se conectó con otra alma? ¿Cuántas nada te importó nada, porque todo era correcto? ¿Cuántas compartiste alegría? ¿Cuántas veces aceptaste que nunca habías estado solo, que tu vida no era solo tuya, que tú y los demás, y el TODO, no eran sino particularizaciones de lo mismo…? No pongas esa cara, no te voy a preguntar que cuantas veces hiciste el bien o que cuántos de tus actos los movió el altruismo. Los que estamos de este lado sabemos de sobra que tus actos más desinteresados pueden haber dado en mierda, y que acciones que hiciste al descuido, sin prestar atención, han podido ser la mejor noticia para alguien a quien nunca conocerás. La voluntad es impura, tendenciosa y limitada. El corazón, no.
Aunque creas que no recuerdas apenas nada de lo que te está preguntando, te equivocas. Si dejas de hacer memoria, los recuerdos acuden en cascada, y antes de bajar tres peldaños más por el tobogán de nubes, el Ángel Contable tendrá ya su primera lista completada. A continuación, y apuntando al otro lado de su lienzo en blanco, continuará su entrevista.
Y… ¿cuántas veces sentiste miedo? ¿Cuántas deseaste algo malo a alguien? ¿Cuántas todo te pareció equivocado e inútil? ¿Cuántas creíste que estabas malgastando tu vida, que por ahí no era, que transitabas el camino equivocado? ¿Cuántas deseaste descargar tu frustración sobre quien fuera o lo que fuera, qué más daba? ¿Cuántas nada te importó nada? ¿Llegaste a desear no haber nacido? No te preguntaré que cuantas veces hiciste el mal o que cuántos de tus actos fueron fruto del egoísmo. Los que estamos de este lado sabemos de sobra que tus actos más ruines pueden haber dado en nada, y que acciones que hiciste al descuido, sin prestar atención, han podido ser la mayor desgracia para alguien a quien nunca conocerás. La voluntad es impura, tendenciosa y limitada. El corazón, no.
Tres peldaños de nubes más abajo, y aún a mitad de tobogán, el Ángel Contable trazará dos rayas debajo de sus listas, realizará con asombrosa rapidez las cuentas correspondientes y te informará del veredicto:
- Amigo mío, el resultado es 60% de bonito y 40% de feo…
O tal vez sea al revés. O lo mismo la proporción sea 80/20, o 50/50… Cada cual hace su propio recorrido, el rango de variación es de 0 a 100 para ambas partes del inventario.
Quieras o no, ante la evidencia del resultado, tus labios adquirirán cierta dulzura… o cierta amargura. Superarán a la más inimaginable de las mieles, o destilarán más angustia que la noche de todos los arrepentimientos.
Cuando te vuelvas en busca de tu examinador, ya sea para celebrar tu nota o para pedir la revisión del examen, no estará allí. Acaso pienses, fugazmente, que todo ha sido una farsa, una emboscada, que nada de esto está pasando, que ha sido una argucia de tu subconsciente. O de tu cerebro, que se está desenchufando.
Pero lo cierto es que el tobogán se estará entonces terminando, que estarás a punto de llegar al principio del resto. Y nada podrá evitar que llegues allí con ese sabor en tus labios.
No me preguntéis cómo sigue la cosa, como… ¿acaba? Ya os he dicho que solo he estado al principio del tobogán, desde donde no puedes ver a dónde llega. Pero, de que acabaréis cogiéndolo, que tocará inventario y que de ahí saldrá el sabor de boca final con el que os iréis de aquí, yo que vosotros no dudaría.
Y cuanto mayor sea la dulzura de vuestra boca el día del adiós, mayor será la de los que dejáis aquí…

lunes, 28 de enero de 2019

Guerra al coche

No es que sea una tendencia, es que hay unanimidad: GUERRA AL COCHE. El coche es un objeto dañino, contaminante, egoísta, un lujo individual que no nos podemos permitir, y todos los políticos que quieran seguir ahí no tienen otra que apuntarse a la cruzada.

Vale, pues para no perder la costumbre, el Poliedro se va a colocar en el ángulo contrario. Y no para defender al coche como opción, sino para evidenciar su inevitabilidad, al menos en esta fase de la evolución humana, como lo fueron en su día el caballo, y antes el cuchillo, y antes aún el fuego.
Hay por ahí quien argumenta que la guerra al coche es un invento del rojerío cool. La cosa podría tener su lógica, pues quienes van contra el coche generalmente ensalzan el transporte público, y esa dicotomía podría interpretarse como la eterna lucha entre lo privado y lo colectivo, lo individual y lo social, la derecha y la izquierda, trasladado al universo de la movilidad. Pero lo cierto es que va más allá, porque si se mira un poco alrededor es fácil comprobar que las políticas aticoche, sea al nivel que sea, no son patrimonio de ninguna orientación política, sino un axioma de la modernidad. Si quieres estar a la última (y si no lo estás, adiós a los votos, adiós al poder, etc.), guerra al coche. Valga como ejemplo al alcaldesa eterna de mi pueblo, que es tan roja como una pera, y que legislatura tras legislatura galopa hacia la peatonalización de su villa, restringiendo al mínimo los espacios para los coches y agrandando los destinados a los peatones, que hoy en día podrían acoger sobradamente a más del doble de los que somos sus reales usuarios.
Mi alcaldesa, decía, galopa a caballo de la ola de la modernidad, y ésta es dictada desde los grandes centros de poder, en todos los sentidos, que no son otros que las grandes ciudades. Allí se elaboran los modelos y desde allí se reparten las consignas. Solo que, por increíble que parezca, nadie parece haberse dado cuenta de que las grandes urbes, aunque concentren a mucha población (lo que determinan que sean los motores de la humanidad), apenas representan una superficie insignificante del planeta, y en ellas no vivimos ni la tercera parte de los humanos. Ojito, que a nivel nacional me estoy refiriendo a media docena de ciudades (Madrid, Barcelona, Sevilla, etc.), no a Cáceres o Santander. Y no digamos ya a las localidades de quince mil habitantes o menos, que es por donde yo ando. Está bien el concepto de “ciudadano” como individuo dotado de derechos individuales emanado de la Revolución Francesa, pero es muy torpe equipararlo al de “habitante de una ciudad”, cosa que yo creo que quedaría mucho mejor definida como “urbanita”, término al que podría contrastarse el de “ruralita”, que es lo que yo soy. Que es lo que somos más del 60% de los españoles: gente que vive en el campo, ya sea en grupos de unos cientos o de unos pocos miles, pero que, sin ninguna duda, no vivimos en una ciudad.
Yo fui urbanita desde que nací hasta los veintitantos, y desde entonces soy ruralita. Voy a Madrid y a otras ciudades con frecuencia, por motivos de trabajo o simplemente a socializar. Pero vivir en una ciudad sería ahora para mí inconcebible. En ellas el peso de lo artificial es absoluto, el planeta Tierra es apenas un lejano sustrato imperceptible. Todo está construido, armado, acoplado a la escala humana. Y además, gente a cascoporro, gente y gente y gente… y todo lo que eso tiene de bueno, por las posibilidades que ofrece, lo tiene al tiempo de restrictivo en lo referente a la libertad y la intimidad. Las ciudades. Sitios deslumbrantes que visitar, donde hacer cosas... y de las que salir después corriendo.
Vale, pues el 99% de los políticos con mando, los que dirigen el cotarro, son urbanitas. Peor aún, algo más de un tercio de ellos son también funcionarios… Como suena (ya advertí que no me iba a romper los cuernos buscando datos que avalaran mis argumentos, pero el que quiera que lo compruebe, que es fácil). Y lógicamente, estos funcionarios urbanitas legislan desde su perspectiva, que no es precisamente la de los ruralitas no funcionarios, como yo y como la mayoría de sus compatriotas. Manuela Carmena, (urbanita, funcionaria y roja), como antes Ana Botella y Ruiz Gallardón (urbanitas, funcionarios y azules), y todos los anteriores alcaldes de Madrid, fueron empujando siempre en la misma dirección, cada cual a su paso, guerreando contra el coche, echándolo de la ciudad. Y lo más probable es que hicieran lo correcto, que en las megalópolis del planeta el vehículo de transporte individual no sea una opción. De todas ellas también se expulsó en su día a los caballos, que habían sido los coches durante varios milenios, y la idea fue acertada.
El problema no es que las grandes ciudades se organicen eliminando a los vehículos automóviles particulares como medio de transporte interno (por cierto ¿los urbanitas del futuro tendrán prohibido tener coche, aunque sea para usarlo fuera de la ciudad? Y si no es así ¿dónde los van a guardar, y por dónde los van a meter y a sacar?), sino que las ciudades medianas intentan imitar a las grandes, y después las pequeñas a las medianas, y al final mi pueblecito quiere parecerse a Madrid, se lía a resolver problemas que no tiene y nos complica a todos la vida gratuitamente.
La guerra al coche está destinada al fracaso, porque el coche es libertad. Obviamente, los coches no deberían funcionar a base de quemar dinosaurios y bosques de helechos, disparate anacrónico delirante en pleno siglo XXI. Pero una cosa es exigir que los coches dejen de contaminar, y ya estamos en ello, y otra que, de la mano de la cosa, se satanice con carácter general al coche. “Le recomendamos que utilice el transporte público” ¿No te jode…? A Madrid claro que voy en bus, y allí claro que me muevo en metro. Pero en mi pueblo ¿cómo llevo a mis hijos al colegio, cómo hago la compra, cómo voy a trabajar, sin coche? Si el planeta entero, algún día, fuera una gigantesca ciudad que lo cubriera todo, obviamente no tendrían sentido los medios de transporte individuales. Imágenes como esa, que para mí siempre son distópicas, salen a menudo en películas futuristas. Pero mientras no sea así, mientras los ruralitas sigamos existiendo, el coche, ya sea eléctrico, o impulsado por algún otro sistema hoy en día inimaginable, ya sea terrestre o volador, será una herramienta imprescindible para nuestra subsistencia, como lo fue antes el caballo, y antes el cuchillo, y antes aún el fuego…
Rematemos el asunto con una broma genial que viene bastante al pelo, de mis admirados editores de elmundotoday: CARMENA INICIA LA PEATONALIZACIÓN DE MARTE


sábado, 17 de febrero de 2018

Los soldaditos

Desde que nací y hasta cumplir veintiséis viví en el barrio madrileño de Chamberí, en la calle Rios Rosas, en un séptimo piso en el que también lo hacía una familia peculiar para aquella España tan poco mestiza: un malagueño y una alemana con sus dos hijos, uno casi de mi edad y otro algo menor, de los que me hice amigo inseparable a eso de los cinco años. Y con ocho o nueve, no sé muy bien cómo ni por qué, nos enviciamos con los soldaditos de la marca EKO, escala HO: figuritas de poco más de un centímetro de altura, así como tanques y aviones más o menos proporcionales. Eran una monada, increíblemente bien acabados para su diminuto tamaño. Son el único juguete de mi infancia que he conseguido conservar, bastante dignamente, como podéis ver.
Van unas cuantas fotillos más de esta joya, y luego os cuento detalles. Y empezaré por la caja de la holla magefesa de mi madre, que es donde han estado guardados desde hace… ¡qué barbaridad!: como mínimo, 50 años.



Los soldaditos en cuestión no dejaban de ser trocitos de plástico, de modo que qué hacer con ellos dependía de la imaginación de cada cual. Y poco a poco, acabamos por armar un conjunto de reglas realmente intrincado, más cercano a las de un sofisticado juego de mesa, tipo Monopoli o Estratego, que a los combates simples y primarios que desarrollábamos con Los Indios, como ya conté aquí en la entrada anterior.
Intentaré resumir las reglas en cuestión, que tienen tela.
  • La cosa iba de guerra, lo que en aquellos tiempos equivalía a decir Segunda Guerra Mundial. Aquello era de todos contra todos, contando cada cual con un ejército de unos doscientos soldaditos (de diversas nacionalidades, aunque cada uno tenía sus orientaciones: yo tenía, sobre todo, alemanes), veinte o treinta tanques y cañones y la mitad de aviones.
  • Cada uno de los contrincantes edificaba una “base”, empleando fichas de construcción de Exín Castillos u otras similares. Las bases eran fortalezas amuralladas, tan intrincadas y barrocas como posibilitara la imaginación de cada cual… y las fichas disponibles, aunque solían tener poco más de 50 x 50 cm de planta. Toda una ciudad, para tan diminutas figuritas.
  • Cada cual armaba su base con tanques y cañones, y desplegaba una guarnición, de no más de una cuarta parte de sus efectivos. Entonces, alguien decía: “ataco tu base”. Y empezaba el asalto.
  • El asalto solía comenzar con un bombardeo aéreo. Para ello, el atacante, en pie, sostenía un avión en la mano, con el brazo estirado, y lo hacía sobrevolar la base, a una velocidad razonable (no valía pararse). En esa misma mano, además del avión, se sujetaba una ficha del Exín Castillos rellena de plastilina —para darle peso y consistencia— que era la bomba que se dejaba caer sobre la base. Si caía sobre un tanque o cañón, este se daba por destruido (se le ponía patas arriba y listo); y si era sobre una construcción, pues se “deconstruía” un trozo razonablemente proporcional de la misma, siendo bajas todos los soldaditos que estuvieran en ese entorno. El avión tenía derecho a tirar tres bombas. Después, si aún quedaba alguna defensa antiaérea en pie —como solía ocurrir— el avión era derribado. Si en la base no quedaban defensas antiaéreas, el avión se escapaba indemne. En ocasiones ocurría que la mala puntería del piloto determinase mínimos daños, y que el dueño de la base se apiadase de éste y dejase escapar al avión sin más.
  • Tras el ataque aéreo, venía el terrestre. Para ello, el atacante desplegaba sus tropas y tanques en uno o varios flancos de la base, intentando no colocar muy juntos a sus soldados, y sin emplear nunca tampoco a más de la cuarta parte de sus efectivos (para que el juego pudiera durar varios envites). Cuando ya había colocado a “casi todas” sus tropas, el jugador propietario de la base debía darse la vuelta y cerrar los ojos, o salir del cuarto durante unos segundos, para que el atacante pudiera esconder estratégicamente a algunos soldados de especial valor. En seguida explicaré cuáles y por qué.
  • Alternativamente, disparaban un jugador y otro. Cada disparo, acompañado de todos los efectos sonoros bucales imaginables, se hacía con el dedo, simplemente tumbando a soldados del contrario, poniendo patas arriba un tanque del contrario o rompiendo algún trozo de su fortaleza (de entre 3 y 10 cm), dependiendo de si el disparo había sido de pistola o fusil (una baja), fusil-ametrallador (dos bajas), ametralladora pesada o lanzallamas (tres bajas), granada (destrucción de unos 3 cm de construcción y su entorno), bazuca (5 cm) o tanque (hasta 10 cm). Ya he dicho que los soldaditos estaban muy bien acabados, de modo que era fácil distinguir qué armamento portaba cada cual. Van fotos:

Soldaditos “de uno”
Soldaditos “de dos”
Soldaditos “de tres”
Soldaditos “granada, bazuca, etc.”
  • Las ráfagas de dos y de tres debían ser razonables, derribando a soldaditos que estuvieran próximos entre sí. Cada jugador podía efectuar un tipo de disparo u otro dependiendo de qué efectivos tuviera disponibles, y de ahí que intentara no agrupar a sus soldados (evitando así la efectividad de los cañonazos del contrario), y “esconder” en la medida de lo posible (un pliegue de la alfombra, la pata de una silla, un recoveco del radiador o del rodapié…) sus ametralladoras pesadas, soldaditos portadores de bazucas y similares. Si te mataban a todos “los de tres” (ametralladoras pesadas, etc.), tanques y similares, ya solo podías hacer tiros “de dos” o “de uno”, con lo que tus tropas iban mermando más rápidamente. Y como en las bases solía haber más soldados y más rincones donde esconder soldados “de tres”, pues lo normal era que la batalla terminase con la aniquilación de los atacantes o su retirada preventiva, al quedarse éstos sin armas pesadas.
  • Tras la batalla, había que retirar las bajas. Los tanques, cañones y aviones destruidos, se guardaban aparte y ya no podían participar en nuevas batallas. En cuanto a los soldaditos caídos, cada contrincante hacía un montón, y con los ojos cerrados retiraba con una mano dos a la derecha y con la otra uno a la izquierda, dos a la derecha y uno a la izquierda, acompañando el rito con la cantinela “herido, herido, muerto… herido, herido, muerto…”, de forma que al final una tercera parte de las bajas se correspondían con muertos que había que retirar del juego junto con los tanques y aviones destruidos, y las otras dos terceras partes quedaban disponibles para futuros combates. De ahí que la selección entre heridos y muertos debiera hacerse deprisa y a ciegas, para no poder seleccionar tramposamente como heridos a los “de tres” (ametralladoras pesadas, lanzallamas, etc.).

Sobre el esquema anterior de funcionamiento del juego se fueron incorporando miles de matices y complicaciones, a medida que nos íbamos haciendo mayores. Las bases se fueron sofisticando. Llegamos a armar aeródromos, islas, tramos de costa… y las batallas fueron desembarcos, lanzamientos de paracaidistas…. Los escenarios eran tan complejos (las horas y horas de armarlos eran a menudo el auténtico juego), que dejábamos todo listo, ocupando al completo el cuarto de juegos durante días y días, hasta que nuestros padres nos obligaban a desmontarlos.
A medida que crecimos la cosa se complicó aún más. Elaborábamos cartografías de las zonas de guerra (empleando mapas mudos escolares), con banderitas y líneas que marcaban los dominios de cada ejército y los avances y retrocesos, en función del resultado de los combates. Establecimos reglas para la adquisición de nuevas tropas, para que no ganase la guerra el niño con padres más ricos —o blanditos— y llegamos a crear una especie de ¡Banco Central con moneda propia…!. Solo podías incrementar tus efectivos si disponías de divisas adecuadas y hacías el correspondiente depósito. Capitalismo de guerra puro y duro.
Tremendo.
En todo caso, lo cierto es que el juego era una guerra de desgaste, y aunque el objetivo fuera aniquilar al enemigo había tantas bajas por ambos lados que resultaba difícil decidir quién iba ganando. A decir verdad, apenas recuerdo haber terminado la guerra (rendición de alguien a quien apenas le quedaban un puñado de soldados y un camión, y desfile de la victoria del vencedor, al que apenas le quedaba el doble de efectivos), más que en alguna ocasión aislada, cuando el juego era relativamente sencillo y yo no tenía más de diez años. Después, cuando la cosa se sofisticó e incorporamos los escenarios realistas, los mapas, la compra sistemática de refuerzos, el dinero… aquello pasó a ser un juego intrínsecamente interminable, como lo son ciertas guerras reales. Bueno, interminable no: el juego acabó cuando acabó el contexto que lo propiciaba; cuando nos empezó a salir bigote, comenzamos a robarle pitillos a nuestras madres, y nos moríamos de vergüenza de pensar que otros amigos —o peor aún, ¡amigas…!— de fuera del círculo de jugadores supieran de nuestras batallitas. No diré la vergonzosa edad a la que eso ocurrió, pero con los datos que he dejado caer seguro que puede deducirse.
Y ¿sabéis lo que os digo? Que no me avergüenzo en absoluto de aquello, ni aún del detalle de haber seguido jugando tan mayores. Fueron años maravillosos, en los que disfruté un montón de de mi condición de niño y de mi capacidad y autorización para fantasear. Pero al tiempo me deja perplejo la sustancia del asunto: la guerra como juego. Os aseguro que entre los críos que compartimos aquella historia no ha salido ningún militar, policía o similar, y que más de uno lo que realmente somos es militantemente anti-violentos.
Lo mismo, como ya apunté en la entrada anterior, la belicosidad infantil sirvió para gastar de forma prematura e inocua la testosterona negativa, y eso a la postre que hemos ganado.
O lo mismo cuando dejamos el juego no se debió solo a la vergüenza de que nos consideraran unos críos, sino a que, por aquél entonces, empezamos a tomar conciencia de que las guerras reales se parecían bien poco a las edulcoradas películas épicas que nos habían servido de referencia, y que era mucho más interesante lo que se sentía al intentar sacar a bailar a una chica que al evocar ardores guerreros alineando pedacitos de plástico.

sábado, 2 de diciembre de 2017

¿Recuerdas a qué jugabas de niño?

Vale ya de política, que últimamente solo sirve para criar bilis ¿Os acordáis de a qué jugabais de pequeños?

La verdad es que yo tuve una infancia muy feliz. En mi casa y en el mundo pasaban cosas, sin duda, y mientras Cruschev y Kennedy flirteaban con la tercera guerra mundial, mis hermanos solían resolver sus diferencias a puñetazos y mi padre bebía demasiado; pero nada de eso me llegaba, feliz como una perdiz en mi acolchado y diminuto mundo, en donde la fantasía era la norma y el cariño incondicional de mi madre el visto bueno con el que seguir siempre adelante.
Apenas recuerdo casi nada de antes de los seis años. Por aquél entonces, hasta esa edad los niños eran poco más que geranios, seres biológicos a los que jamás se les preguntaba nada ni se contaba con que pudieran aportar algo. Pero no creo que mis escasos recuerdos de aquella época se deban a la ausencia de estimulación precoz, pues hay gente de mi edad que recuerda con nitidez episodios de su más tierna infancia. Un caso casi patológico es el de mi hermano mayor, el cual guarda nítidos recuerdos de cosas que le pasaron con dos años y aún antes (está más que comprobado que es efectivamente así, y que lo suyo no son recuerdos de otros recuerdos o de cosas que oyera contar después).
Otra diferencia significativa respecto a la actualidad es lo mucho que duraba entonces la infancia. De los 0 a los 6, ya lo he dicho, eras apenas un bichejo que trasteaba por la casa (nadie era escolarizado a esas edades, salvo casos excepcionales), y desde los 6 hasta los 13 o 14 eras un niño sin otra obligación que aprobar y jugar. Las niñas, no sé muy bien a qué edad, comenzaban antes a echar una mano en casa, pero de los niños no se esperaba apenas nada, ni siquiera que se hicieran la cama, hasta que no empezaban a tener bigotillo. El concepto de preadolescencia no existía, y uno pasaba de golpe de jugar con los indios a robarle pitillos a su madre y a ir de bares con los amigos, en donde por supuesto te servían sin reparar en tu edad, solo con que tu cabeza sobresaliera de la barra y tuvieras dos duros —diez pesetas, seis céntimos de euro— para pagarte la caña.
Como antes adelantaba, uno de los juegos a los que dedicaba más tiempo de crío eran "los indios”; es decir, inventar y desarrollar historias con la ayuda de muñequitos de plástico de unos pocos centímetros, que representaban a los personajes característicos de los western; de las películas del oeste, que era como se les llamaba: indios, vaqueros, soldados...
Las historias en cuestión eran aproximaciones a los guiones de las películas que veíamos, aunque puliendo las partes románticas —nunca o casi nunca había “chica”— y las tramas complejas, centrándose casi todo en peleas y más peleas. Se cogía a un indio con una mano y a un soldado o vaquero con la otra, se les chocaba y frotaba, y listo. Otras veces, se dejaba a uno de los contendientes en pié y con una mano se le acercaba el otro, al que se hacía girar bruscamente entre los dedos, de forma que algún saliente del muñequito golpeara al que no era sujetado, mandándolo despedido. Los personajes que tenían un brazo extendido con un arma al final, como un hacha o una pistola, eran los que tenían “mejor puñetazo”, y solían ser escogidos para hacer de “el mío” o de “el amigo del mío”. Porque en cada sesión tú manejabas a todos los muñequitos, pero algunos en concreto tenían relevancia especial, era el eje de la historia, y lo más normal era que además del protagonista —“el mío”— hubiera al menos un actor secundario de cierta relevancia —“el amigo del mío”—  que en ocasiones terminaba por pasar a primer plano: no era raro que “me mataran al mío”, y que tuviera que “seguir jugando con el amigo del mío”, que probablemente no tuviera tan buen puñetazo, pero servía para concluir la historia.
A los indios se podía jugar solo o con amigos. Con amigos era más divertido, claro, porque la historia se enriquecía, aunque lo habitual era que todos los compañeros estuvieran en el mismo bando, y tanto “el mío y el amigo del mío” como “el tuyo y el amigo del tuyo” fueran todos vaqueros o soldados, y lucharan codo con codo contra los indios. Aunque lo cierto es que siempre que podía, como por ejemplo cuando jugaba solo, me pedía a los indios. Y si no, a los confederados. Como mucho podía ir con los soldados azules, pero prácticamente nunca con los vaqueros. A saber porqué los perdedores me parecían mucho más interesantes, su lucha más creíble, más justificada. Y encima conmigo solían ganar, en una especie de revancha simbólica frente al desenlace unánime de todos los celuloides.
¡Ay los indios, los indios…! Solapándose con los indios aparecieron los soldaditos, como a partir de los diez. Y desde los doce en adelante ellos fueron los monopolizadores de ese tipo de juegos, que eran dramatizaciones épicas descaradamente trasladadas del cine a mi cuarto. Qué curioso todo. Lo primero, que dedicara tal cantidad de tiempo y energías a cosas relacionadas con luchar, destruir, matar, morir… A lo mejor mi beligerante pacifismo, mi cuasialergia a la violencia, tenga que ver con que ya gasté mi dotación de testosterona negativa durante la infancia. De hecho me he pegado poquísimo en mi vida, y aunque me he visto metido de rebote en algunos fregados, creo que la última vez que me ocurrió algo así tenía menos de veinte años.
Otra cosa no menos curiosa es que el cine tuviera tanta influencia en mi concepción de la realidad. Supongo que la vida cotidiana, lo tangible, lo que pasaba a mi alrededor, era demasiado plano y simple, y para llenar el pecho de emociones fuertes hacía falta saltar a un mundo fantástico, cuya referencia inevitable era el cine. Y tanto fue así, que tengo que reconocer que el primer recuerdo que tengo del amor también se lo debo al cine: yo me enamoré perdidamente, con nueve años y en el cine Espronceda, de Toshi, la jefa de las buceadoras de la película Krakatoa: al este de Java. Y como sucede con los recuerdos de mi hermano, tengo la absoluta certeza de que esa emoción, exactamente esa emoción, era amor del mismo tipo de amor que pocos años después pasaría a sentir por una amiga de mi pandilla de verano, y luego por otra, y por otra, y por otra… La verdad es que, ahora que lo pienso, creo que desde aquella tarde en el cine Espronceda de hace 48 años, no he dejado nunca de estar enamorado, solapando amores nuevos con otros que se me van marchitando sin terminar nunca de irse.
Bueno, a lo que íbamos: los soldaditos. Ahí sí que la cosa pegó un salto cualitativo respecto a los indios. Las reglas se fueron sofisticando a medida que yo mismo y mis amigos cómplices en este juego íbamos madurando, hasta que terminó por convertirse en algo mucho más parecido a un juego de mesa tipo el Stratego que a un mero frotar y hacer chocar figuritas de plástico.
Tan tremendamente divertido y complejo se fue haciendo el juego, que con algunos de los que siguen siendo mis mejores amigos llegué a jugar hasta edades inconcebibles, que por pudor me reservaré. Le incorporamos a la cosa mapas, dinero, reglas para adquirir o no nuevos efectivos… No éramos frikis de la cosa porque ni el término ni el concepto estaban aún inventados; pero lo éramos.
¿Sabéis lo que os digo? Que para explicaros las reglas y evolución del juego de los soldaditos necesitaría más del doble de las 1.300 palabras que ya van en esta entrada, de modo que lo dejaré para otra específica. Y creedme que merecerá la pena. Además, pienso adornarla con fotos actuales de los soldaditos en cuestión (EKO, escala HO), de los que aún guardo como oro en paño varios centenares, así como decenas de tanques, camiones, aviones…
Por otra parte, si dejamos de lado el mundo de las batallitas, hay muchísimos otros juegos de los que también me parece que puede ser divertido hablar. Y no me refiero ya a los que necesitaban para su desarrollo de juguetes, sino de juegos en los que tú mismo eras el juguete, empezando por Tula para seguir por Prusia, el Escondite, el Rescate, El Pañuelo, Las Tinieblas…
Creo que nuestros hígados van a agradecer que le demos unas vacaciones a la política y sigamos un ratillo más por este camino.
Lo dicho: la próxima, los soldaditos; y la siguiente pues a correr, a esconderse, a saltar…

martes, 7 de febrero de 2017

Estudiar inglés, rondando los sesenta

Llevo un par de años estudiando inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de Villalba, a veinte minutos de mi casa. Estoy en Pre-intermediate level, y lo cierto es que consigo sobrevivir y seguir dignamente la clase; lo que no deja de ser sorprendente, dado el poco tiempo que dedico al estudio. Si estudiara un poco más seguro que me cundiría el doble, pero a mi edad resulta muy difícil establecer y mantener rutinas y disciplinas suplementarias a todas las que la vida te obliga a asumir. No, el inglés no es una “obligación”, sino algo que libremente he elegido por diversas y convincentes razones, que pretendo aquí compartir con vosotros; aprovechando, como hago siempre, para sacarle punta a las cosas.
Nunca en mi vida había estudiado inglés. En el colegio estudié francés, sin pasar de un nivel elemental aunque suficiente para manejarme en mis viajes —tampoco muchos— por Francia y Suiza, básicamente a escalar montañas. Llegué a pensar que el área de mi cerebro destinada a los idiomas debía ser más bien pequeña, porque cuando hace doce años aprendí portugués, al conocer a mi mujer, olvidé casi por completo el poco francés que sabía. Pude comprobarlo en un viaje que hicimos a Túnez (antes de que se liara; ahora, cualquiera va), en donde cada vez que intentaba decir algo salía por mi boca una jerga mestiza ininteligible. Una de mis actuaciones más notables fue pidiendo vino, cuando solté con toda naturalidad: “Pardon: ten vin?”
Lo del reducido espacio de mi cerebro parece estar siendo desmentido por mi relación con el inglés, pues lo que voy consiguiendo aprender no ha desplazado al portugués; que es por otra parte el idioma que más tiempo hablamos en casa.
Bueno, vayamos a lo interesante de asunto: ¿Qué sentido tiene empezar a aprender un nuevo idioma, a estas alturas del partido? Ya avisé que tengo unas cuantas razones bien argumentadas, pero lo cierto es que por encima de todas ellas destaca la más poderosa y evidente: si todavía eres capaz de seguir aprendiendo algo, sea lo que sea, es que aún queda partido. Nada menos. Frente a eso, lo de dotarme de más herramientas con las que ampliar mis expectativas laborales (tengo 58, edad a la que lo razonable sería pensar en la jubilación; pero en mis circunstancias es probable es que aún me falten diez o doce años de remar en la galera), lo de que sin el inglés no se navega por Internet, sino que se naufraga, o lo de que con ese  idioma puedes viajar a cualquier parte, son asuntos relativamente menores.
Cuadernos, apuntes, libros, fotocopias, compañeros, pupitres, pizarras (da igual que ahora sean digitales: siguen siendo pizarras), horarios, deberes, exámenes, nervios, culpa de no haber estudiado, orgullo de conocer la respuesta… Todas esas cosas son valiosas en sí mismas, y no porque simulen retrotraernos a nuestra infancia o juventud, sino porque forman parte de lo que acaso sea nuestro bien más preciado, el auténtico elemento diferenciador que justifica que nos consideremos a nosotros mismos una realidad aparte: nuestra capacidad de aprender. Si al hombre le quitas eso, deja automáticamente de ser un hombre.
Por supuesto que aprender es algo mucho más amplio que recibir una docencia reglada. Se pueden aprender miles de materias distintas y de millones de formas. Pero seguir un método y que éste no sea el que tú mismo has establecido, sino algo que otros pensaron, y que es administrado por alguien a quien aceptas situar en un nivel superior al tuyo (me refiero al campo temático concreto objeto de la docencia), es una buena alternativa. Si no lo fuera, no llevaría miles de años funcionando con escasísimas modificaciones, básicamente de tipo técnico, como las pizarras digitales que antes citaba. Por cierto, aprovecho la ocasión para decir que he tenido  muchísima suerte con los profesores: tanto María, el año pasado, como Pedro, este año, son dos magníficos profesionales  —cada uno en su estilo— que consiguen motivarte, entretenerte y hacer que progreses, pese a lo largas que son las clases y lo tarde que empiezan (cosa inevitable, dada la edad media de los alumnos). El año pasado rematamos el curso con una corta actuación de teatro, muy divertida. Os dejo aquí un enlace.
Bien, una vez hecha la alabanza general de la docencia y al aprendizaje, vayamos a lo del inglés.
Cada idioma es una manera de entender la realidad. El trabajo de los traductores es realmente admirable (y no lo digo porque mi mujer sea traductora), porque traducir no es transcribir información de un código a otro, sino transportar una interpretación de la realidad a otra interpretación distinta, pero equivalente. O lo más equivalente que se pueda, cosa relativamente sencilla si estamos hablando de un texto meramente descriptivo —por ejemplo, periodístico— pero mucho más compleja cuando los componentes emocionales adquieren peso. Y cuando llegamos a la poesía la cosa llega ya al paroxismo. Probablemente, lo más razonable sería no traducir jamás la poesía… a no ser que el traductor sea un poeta bilingüe que lo que haga sea generar —o intentar generar— poemas especulares de los originales.
Cada idioma es una manera de entender la realidad. Me ha gustado la frase. Y ahí os dejo un ejemplo: namorar ¿Sabéis cual es la traducción al español de ese verbo portugués? Pues ninguna: no tiene traducción. Namorar, en portugués, es todo lo que hacen los namorados, desde mirarse tiernamente a los ojos a tener sexo salvaje, incluidos los infinitos puntos intermedios que hay entre ambos extremos. Pasear de la mano es namorar. Besarse, es namorar. Hablar por teléfono también puede serlo, siempre que quienes lo hagan sean namorados y lo hagan bajo el influjo de la pulsión amorosa. Por cierto, “namorado o namorada” tampoco son términos sencillos de traducir, pues aunque en origen se refieren a quienes están fase de pre-noviazgo, en la práctica se acaba extendiendo a “cualquiera que esté sintiendo amor por alguien”. Ojo, que no es que los hispanoparlantes amen menos o peor que los lusoparlantes; pero el simple dato anterior ya está alertando de que ambos modelos disponen de ángulos diferentes desde los que conceptuar el hecho amoroso.
Cuando realmente hablas un idioma piensas en ese idioma. Dejas de traducir, de pensar antes de hablar “¿cómo diablos se decía tal cosa…?”, y directamente formas y compartes conceptos desde la interpretación de la realidad que es propia de ese idioma. A mí me pasa con el portugués: quando eu falo português não traduzo nada não: simplesmente mudo meu jeito de pensar e deixo fluir as palavras. De hecho, cuando cambias de idioma incluso cambia tu timbre de voz. Si tienes algo de oído no es tan difícil percatarse. Para llegar a eso con el inglés me faltan años, lo sé. Pero a cada paso que doy en esa dirección me siento más rico, y me llevo mejor conmigo.
Si estoy diciendo que el español y el portugués, que no dejan de ser idiomas hermanos, son perspectivas diferentes de la realidad, es fácil hacerse una idea de la diferencia de perspectivas vitales que separan a las lenguas germánicas de las romances, como es el caso del inglés y el español. Sus arquitecturas gramaticales son completamente distintas, lo que equivale a decir que la forma de construir pensamientos lógicos de sus hablantes también lo es. De ahí, como mínimo y en sí mismo, lo interesante de aprender un idioma tan diferente del materno para gente tan curiosa como yo (y como imagino que seréis la mayoría de los que me leéis).
Es cierto que la anterior argumentación podría valer para cualquier otro idioma (seguro que los chinos dejarían de parecernos tan raros si entendiéramos su idioma; es decir, su forma de pensar), pero el inglés tiene además el interés añadido de constituir en estos momentos la herramienta de comunicación más universal que existe.
Tras las loas anteriores, vayamos ahora con las patadas: al margen de que la gramática inglesa sea sin duda muchísimo más sencilla que la de las lenguas derivadas del latín (el the como artículo único, los géneros casi no existen, no usan tildes, las conjugaciones verbales son elementales…), estoy convencido de que su hegemonía como lengua internacional no se debe en absoluto a eso, sino a que la Revolución de la Información que nos ha tocado vivir ha coincidido con el apogeo de los EEUU, tras las guerras mundiales que acabaron con dos mil años de supremacía europea. Y punto. Nunca hubo un congreso mundial en el que se debatiera si para entendernos todos, japoneses con turcos, holandeses con peruanos o mongoles con senegaleses, era mejor usar el inglés, el chino o alguna variedad del bantú. Simplemente, el cine, y luego la tele, y ahora internet, se extendieron por todo el planeta partiendo básicamente desde allí. Si todo aquello hubiera empezado a comienzos del siglo XIX, es probable que el idioma universal fuese el francés, y si lo hubiera hecho dos siglos antes, el español. Pero no fue así, la historia es la historia, y el código de información/perspectiva para la formación de ideas casi obligatorio para relacionarte con todos aquellos con los que no compartes lengua materna, es el inglés. Hecho consumando.
O te manejas en inglés, o estás condenado a que tu universo termine en los límites de tu aldea lingüística. Y como no estoy dispuesto a ello, pues Here I am, with almost sixty years old and starting to study English. Pero que nadie venga con que es inglés es el idioma universal por su versatilidad y simpleza: lo es por una simple casualidad histórica.
Y ahora viene una patada de las buenas, de esas que cuando las sueltas te quedas más ancho que largo: LA RELACIÓN ENTRE LA GRAFÍA Y LA FONÉTICA INGLESA ES DEPLORABLE. El inglés escrito y el hablado son tan diferentes que parecen idiomas distintos. Casi resulta ridículo. Para empezar, hay veinte sonidos vocales (¡veinte…!), y cada letra suena cuando quiere como quiere, dependiendo de a quién acompañe, de en qué parte de la palabra esté y de miles y miles de rules, cada una de las cuales tiene miles y miles de exceptions. Hay letras que no suenan, porque sí, y otras que se escriben en un orden y se leen en otro ¿Cuáles, por qué, cómo saber qué hay que hacer en cada caso? ¡Ah…! Toca memorizar, y punto. Aprender inglés es aprender dos idiomas, uno oral y otro escrito, con una relación sólo circunstancial y enigmática entre ambos. Vayamos con dos o tres ejemplos:
Manzana, se dice algo parecido a “Apl”, y se escribe Apple. ¿Porqué la “a” suena aquí como la “a” española, si el sonido de esa letra, ella sola, es “ei”? Cabría pensar que es que la “a” suena como “a” española cuando está al principio de la palabra, o cuando antecede a una “p” ¿no? Pues no, no es así: ¿sabéis como se escribe Simio? Pues Ape; ¿y cómo se pronuncia? Pues “Eip”. Muy lógico, ¿verdad? Y no nos olvidemos de cómo termina esta bendita palabra, con un sonido parecido a la “l” ¿Y a dónde se ha ido la “e”?
Caminar, pasear, se escribe Walk, y se dice algo parecido a “Uok”. Ahora la “a” ya no suena ni como “a” ni como “ei”, sino como ”o”. Con un par. Eso sí, la “l” parece haberse ido al mismo limbo que la “e” de Apple. A lo mejor se encuentran por allí a la “l” de Half (mitad, media), que también se escribe pero no se pronuncia, como tantísimas otras letras que, vaya usted a saber porqué, unas veces suenan y otras no.
Cinco se escribe Five y se dice algo parecido a “Faif”. Parece razonable, ya que el sonido habitual de la letra “i” es el mismo del diptongo español “ai”. Pues tranquilos, que en seguida la liamos: El ordinal “quinto” se escribe Fifth y se dice “Fiz”. El que la “th” final suene como “z”, se acepta sin problemas. El que no suene la f que antecede a las dos letras anteriores se puede perdonar, pues resulta muy difícil pronunciar seguidos los sonidos “f” y “z”. Pero lo de la “i” es imperdonable: ¿por qué coño suena aquí como la “i” española, y no suena “ai” como debía ser su obligación y como hace en la palabra Five, de la que se deriva?
No voy a seguir para que esto no se haga eterno, pero podría hacerlo durante horas.
¿Porqué el inglés no tiene un alfabeto propio (como el griego, como el ruso, etc.), sino que usa —de forma perversa, arbitraria e imprevisible— el alfabeto latino? Buscando respuestas, por aquí y por allá, he conseguido armarme algo parecido a una explicación, que puede que no sea del todo precisa, pero que al menos me sirve de consuelo cada vez que me llevan los demonios al tener que aceptar que comfortable se dice poco más o menos  “camftbl” (la “o” suena como “a”, la mitad de las letras no suenan…), o que rhythm debe pronunciarse algo así como “ridem”. La explicación sería la siguiente:
Por lo visto, el inglés es hijo de cuarenta padres, y su historia ha sido tumultuosa. Durante siglos, la catarata de lenguas germánicas que iban desembarcando en las islas británicas se fueron hibridando, dando lugar a numerosos dialectos y variedades. El anglosajón, o inglés antiguo, fue la lengua dominante en las islas entre los siglos V y XI, y originalmente empleaba las runas, propias de las lenguas nórdicas y germánicas antiguas. Pero con la llegada de los monjes cristianos, y la posterior dominación normanda, las runas se abandonaron, sustituyéndose por las letras del alfabeto latino, al tiempo que el propio idioma evolucionaba notablemente. Parece evidente que la labor de monjes y monarcas normandos no fue muy brillante, que sus intentos de establecer equivalencias entre runas y letras latinas, entre sonidos de la lengua sajona y grafía normanda, fue una chapuza antológica. Así quedaría esclarecido el origen del lío. Ahora, lo que sigo sin entender es cómo es posible que no se fuera corrigiendo, a lo largo de los siglos. Si el español incorporó la ñ, que refleja un sonido bien concreto, ¿por qué coño —con ñ— el inglés no incorporó la schwa “Ә”, que es el sonido vocálico más usado en ese idioma? Y lo dejo ahí,  pero las posibles incorporaciones son tantas que por eso decía que el inglés lo mismo justificaría tener una abecedario propio, tipo el cirílico.
Hala, ya me he desahogado un poco. Por lo demás, es lo que hay: el inglés tiene lo que tiene, y por las razones ya expuestas, no solo estoy encantado de estar estudiándolo, sino que desde aquí animo a todo el mundo a hacerlo. Especialmente a aquellos que tienen ya cierta edad, y que creen que no necesitan aprender nada más en la vida. Todo lo contrario: ser capaces de seguir disfrutando de aprender es una de las cosas que hace que la edad, realmente, no importe.
Por cierto, y para terminar: me he hartado a echar pestes de la absurda distancia que hay entre la grafía y la fonética inglesa. Pues bien, es evidente que cualquier angloparlante podría echar similares o peores pestes a propósito de nuestras conjugaciones verbales. Y no con menos razón.