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sábado, 29 de febrero de 2020

Desagravio de la bruja



Tengo dos noticias que daros. Una mala y una buena, como siempre. La mala, es que el túnel carpiano de mi mano derecha reclama su momento de gloria (su hermana, la izquierda, ya lo tuvo hace ocho años), y eso me convierte en guitarrista temporalmente manco –aunque como percusionista aún puedo sujetarme por un rato- con lo que el extraordinario proyecto de La Leyenda de Estós, del que ya os he informado aquí, abre un paréntesis de algunos meses. Todos los implicados en el asunto, una decena de artistas excelsos y temerarios (por aquello de apuntarse a los bombardeos que les propongo), entre músicos, actores, rapsodas, gente de la imagen, etc., me han reiterado su adhesión inquebrantable para rematar la cosa cuando sea posible, que previsiblemente será para finales del próximo verano. Permanezcan atentos a sus pantallas: se comunicará.

Y ahora la noticia buena:


Regresan las Brujas, espectáculo teatral más que original y más que conmovedor, en el que tengo el honor de participar por gentileza del alma mater de la cosa, Cayetana Martínez, hembra alfa de la jauría autodenominada Teatro Perro. Ahí participo como percusionista, de modo que antes de que mi mano derecha se me termine de dormir, contribuyo en la construcción de escenarios sonoros que ayudan a vestir esta peculiar e imaginativa vindicación histórica de la figura de la bruja.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Vaya por delante, y desde ya, que sí: es un alegato feminista. Pero no tiene nada de oportunista o de defensa a ultranza de las discriminaciones positivas. Es una reflexión seria entorno a cómo, histórica y reiteradamente, se ha usado el cajón de sastre de “bruja” para deslegitimar a aquellas mujeres que tenían la osadía de salirse de sus roles asignados, enfrentándose a lo que siempre se interpretó como el “orden natural de las cosas”, en donde el poder, la ciencia, el arte, y todo lo no funcional, eran patrimonio exclusivo del sexo masculino. Esa sandez es una de las más obvias cristalizaciones del patriarcado, sandez aún mayor cuyo origen localizo intuitivamente en un pasado remoto en el que mandaba el que daba los porrazos más fuertes. Y eso era todo.

Por más que he buscado, no he encontrado una explicación consensuada de cuándo y cómo se asentó el patriarcado como perspectiva global planetaria. No os engañéis, no es un invento cristiano: asomaros al islam, al hinduismo, a la tradición o ámbito cultural que queráis, y veréis como el modelo básico es idéntico. Pero lo que sí parece aceptado es que no siempre fue así. No es probable que fuera ese el esquema dominante a comienzos del neolítico, al inicio de la civilización de las ciudades asentadas que sustituyeron a los clanes trashumantes de cazadores/recolectores. No: hace diez, ocho, seis mil años, el culto a la madre tierra, a los ciclos lunares, a la fertilidad, otorgaban a la condición femenina un estatus sagrado superior. Pero poco después, y quién sabe porqué, aquello fue pasando a ser algo primero subsidiario, y luego meramente funcional, bajo el argumento supremo de la hegemonía del bíceps. Qué delirio. Cuánto mejor nos habría ido de no haber prescindido del 50% de la inteligencia de la humanidad, reconvertida en poco más que ganado sexual. Y las perdedoras no fueron ellas, fuimos todos, porque a la evidente y flagrante injusticia de impedir que pudieran ser ellas mismas hay que añadirle lo que le cayó a la otra mitad: la obligación de llevar una vida sobreactuada, en la que triunfar era obligatorio y la emotividad y los sentimientos debilidades inaceptables.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Tengo intención de colgar pronto una entrada que llevará el poco sutil título de “Soy un puto marciano”. Y lo soy, porque reafirmándome punto por punto en lo que llevo dicho, no soy feminista. Tampoco ecologista, a pesar de llevar toda mi vida trabajando y luchando por la defensa del medio ambiente. Parte de mi marcianidad, supongo. Pero no se debe al simple hecho de mi alergia insuperable a las banderas, sino a que discrepo de forma contundente en las diagnosis y en las estrategias de la mayoría de los “ismos”, empiecen por eco, por femi o por lo que sea. Pero ya le dedicaré la prometida entrada a desenredar mis contradicciones. Ahora toca otra cosa:

OS CONVOCO A UNA SESIÓN SINGULAR DE REHABILITACIÓN DE LAS BRUJAS. Casa de vacas, 06-03-2020, 18,00 h. Entrada libre hasta completar sus 140 butacas.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

El tema es serio, me temo —o lo celebro, según se mire— por lo que la obra no es precisamente suavecita. Vaya también por delante: no la considero recomendable para gente que no tenga cierta madurez (ponerle edad a eso es difícil, aunque acaso pudiera usarse como referencia ¨…del final de la adolescencia para adelante”), y mejor si se tiene cierto nivel de culturilla clásica. Esto último no es que sea imprescindible, pero dado que algunas de las protagonistas son Casandra, Circe, Sherezade o Virginia Woolf, pues si te suenan Troya, La Odisea, Las Mil y Una Noches o las vanguardias feministas de inicios del siglo pasado, seguro que lo disfrutas más.

Llevo cuarenta años pisando escenarios, aunque haya sido de forma intermitente y sin vivir de ello. Pero recorrido, como que algo, tengo. Y os insisto en que, con pocas obras, me he sentido tan conmovido, tan implicado, tan concernido, tan… de alguna manera valioso, al contribuir a una causa indiscutiblemente noble y justa. Y encima, disfrutando más que un enano, cuando me toca ambientar nada menos que la destrucción de Troya o una fiesta a Dionisos. Último dato: como será de cargada la cosa, de verdad rotunda, sólida y tremenda, que en más de un ensayo termino llorando sobre mis tambores. Y mira que ya me sé la obra…

Allí nos vemos.

Y si no es allí, no os preocupéis, que esto tiene secuelas ya pactadas: permanezcan atentos a sus pantallas…

domingo, 2 de junio de 2019

¿Qué supondría encontrar vida, allí fuera...?


Saber es constatar que tu explicación de lo real es correcta. El hombre, desde que existe, sabe cosas; como de hecho le sucede a todos los seres vivos. Las bacterias buscan o huyen de la luz, del calor o del agua según corresponda, porque saben que el agua moja y el fuego quema, y desde tal perspectiva actúan para sobrevivir, para seguir siendo. La vida, al final, es básicamente eso: estructuras complejas de materia capaces de interactuar con su entorno para seguir siendo. Sobreviviendo a título individual o haciéndolo a través de su descendencia, que no es sino una prolongación de ellas mismas.
A medida que el hombre ha ido evolucionando biológicamente ha ido sabiendo más cosas, de la misma manera que sabe más de su entorno una hormiga que una bacteria y más un perro que una hormiga. Pero en nuestro caso, la increíble complejidad de nuestro sistema nervioso y nuestra hipersociabilidad (hormigas y perros son también seres sociales; pero ahora no toca hablar de etología comparada), ha posibilitado un salto exponencial en el conocimiento de nuestro entorno.
La base, como empezaba diciendo, es ser capaz de entender que todo sucede por algo y conseguir descifrar la concatenación de causas y efectos que posibilita que las cosas sean lo que son. Vemos una realidad, intentamos entenderla, y cuando conseguimos dar con una explicación que funciona, sabemos algo. Hemos dado con una verdad, que será tal cosa hasta que demos con una explicación mejor de ese mismo hecho constatado.
Así, la Tierra fue indiscutiblemente plana hasta que dejó de serlo, de la misma manera que el sol terminó dejando de ser la única estrella rodeada de planetas. Mirando allá afuera con unas gafas de culo de baso y a oscuras, hemos conseguido dar ya con miles y miles de planetas de todos los tipos imaginables. Ya sabemos también que el agua es una sustancia extraordinariamente abundante. Cada día se detectan nuevas y más complejas moléculas orgánicas en el espacio interestelar: óxido de propileno, benzonitrilo (que por cierto, huele a almendras), acetonitrilo, ácido cianídrico…
Me voy a tirar el lujazo de intentar una definición lo más amplia posible del concepto de vida. Y lo voy a hacer porque necesito citar el término y no es fácil dar con alguno que sea de aceptación universal cuando se sale de lo obvio. Eso de nacer, crecer, reproducirse y morir es evidente para un humano o una ameba, pero empieza a ofrecer dudas si bajamos al nivel de las bacterias (salvo que alguien se la cargue, una bacteria no muere nunca: simplemente deja de existir porque se escinde en dos hijas), y no digamos ya al de los virus, que apenas son un fragmento de ADN rodeado de proteínas, cuya única razón de ser es reproducirse a base de aprovecharse de otros seres más complejos.
Voy con ello, a ver qué me sale:
“Vida es la cualidad que poseen ciertas realidades materiales para conservar su información estructural y reproducirla”
Seguro que hay por ahí más de una formulación más o menos afín a esta; pero me quedo satisfecho con mi propuesta.
Cualquier cosa inerte, una silla, una piedra, una nube, son realidades materiales poseedoras de información estructural. Pero a mi entender no poseen ni actitudes ni posibilidades para conservar dicha información; y mucho menos para reproducirla. Las piedras no hacen más piedras. Los virus sí hacen más virus, los cuales conservan la información estructural de sus predecesores.
Soy consciente de que una perspectiva tan amplia del concepto “vida” tiene sus riesgos, incluidas las desasosegantes expectativas de la vida artificial, en todas sus vertientes. Vayamos a un posible límite: el día que superordenadores cuánticos dotados de inteligencia artificial avanzada sean capaces de construir réplicas de ellos mismos… ¿estaremos ante nuevas formas de vida? De momento lo dejo ahí, porque estoy empezando a marearme, y retornemos a lo que estábamos.
Tras varios milenios de mitología y de procesos inductivos, estamos empezando a conocer de verdad qué es lo que hay allá afuera; y a cada dato que incorporamos, resulta más evidente que esto no es sino una particularización de unas pautas generales que se repiten una y otra vez. Que somos un ejemplo más, vaya, apenas otro guijarrito estelar, otra piedra con cosas que se desplaza por el espacio bailando al tiempo diferentes piezas: una con la luna, otra con el sol, otra con todo el sistema solar al tiempo, otra con la galaxia entera… Y nuestros elementos, son los mismos de los que están hechos el resto de nuestras parejas de baile. Siendo todo esto verdades constatas… ¿puede caberle a alguien la más mínima duda de que, allá afuera, debe haber vida a raudales, como pasa con todas aquellas otras piezas que antaño creíamos excepcionales (sistemas planetarios, agua, oxígeno, materia orgánica…)?
Pero lo cierto, me temo, es que aún tenemos que seguir haciendo razonamientos inductivos, porque aunque las pistas sean abrumadoras aún no hemos dado con ningún alien. Pero las pistas van orientando el camino, y ya no buscamos preferentemente a ET (ilusionados), o a Depredator (aterrados), sino que nos enfocamos más hacia las búsqueda de estremófilos en el subsuelo de Marte, o calamares en los océanos de Europa. No tardaremos mucho en buscar alguna suerte de cristales orgánicos autoreplicantes a bordo de asteroides… que son lo más feo que se me ocurre que pueda encajar con la definición de “vida” que antes esbozaba… pero que encajaría.


En Próxima B, o en otros exoplanetas no demasiado lejanos, a saber qué podríamos legítimamente buscar. Pero desengañémonos: no seremos nosotros los que nos asomemos a esos mundos, por mucho que cambiemos nuestras gafas de culo de baso por el mejor de los telescopios: allí solo se asomarán, y puede que incluso vayan, nuestros descendientes remotos, dentro de varios miles de años. Seres que, a saber qué tienen en común con nosotros y qué no. Me estoy empezando a marear de nuevo, de manera que regreso más cerquita, a ver si acabo con esto.
Si me dan a elegir, preferiría conocer primero a ET, o incluso a los cefalópodos “europeanos” (acudo a ese palabro porque no sé si hay un gentilicio oficial para los posibles habitantes de la luna de Júpiter…). Pero sea lo que sea, incluso si se trata del anodino kéfir de asteroide que sugería, el día que demos con él la conclusión será inapelable: NO ESTAMOS SOLOS…
¿Os dais cuenta de la implicaciones de algo así…? Yo creo que sería el hallazgo más grande de la historia de la humanidad. Sería constatar que la vida no es un milagro, sino una vocación de la materia. En definitiva: un sutil proceso geológico.
Constatar que no somos un barroco e inexplicable grumo de extrema complejidad, sino el fruto inevitable de un árbol en el que se dieron las condiciones adecuadas. Un árbol más del bosque cuasi infinito del cosmos, en el que al mismo tiempo se dan innumerables veces esas mismas condiciones, u otras equivalentes. Y cada vez que eso pasa, el Ser se manifiesta, lo desagregado se agrega, se organiza en una espiral de complejidad hasta alcanzar el nivel de estructuras autorreplicantes dotadas de consciencia.
Y cuando esa consciencia llega al punto adecuado, mira hacia fuera, en busca de sus hermanos.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Juicio Final

Llegará ese día. No está escrito, no nos hagamos líos. Pero está ahí, más cerca de lo que crees. Confío, te deseo, que sea una sorpresa. Algo inesperado, como esas resoluciones administrativas que acaban por fin con un largo pleito, o como ese día despejado y caluroso que clausura un invierno que ya duraba demasiado. Hay más opciones, pero seguramente no son mejores. Que te pille como un “¿Ya…? Pues por fin…”. Y a ello.
Entonces, en contra de todas las recomendaciones literarias y cinematográficas, iras hacia la luz. Yo ya he ido… pero solo los primeros metros, apenas hasta la puerta del tobogán, bastante antes de cuando no toca decidir nada más. Si pasas de ahí, si vas definitivamente hacia la luz, sea una sorpresa, una bendición o una putada, poco importa, te cuento lo que va a pasar. Estoy seguro de cómo empieza, no de cómo acaba:
A mitad de mullida bajada, flotando en esa confortable nube que no requiere decisiones, se presentará ante ti el Ángel Contable. No te dará tiempo a ponerle cara ni nada, no hará falta, tan desconcertado como te dejará su presencia. Y más aún sus preguntas. Llevará, cuenta con ello, algo parecido a un folio muy grande y un bolígrafo (antes llevaba tablillas o pergaminos. Lo mismo a ti te entra con una tablet, o con el dispositivo que entonces corresponda), el cual dividirá con una ralla vertical, y dirigiendo su artilugio de consignar al ángulo superior izquierdo, te preguntará:
- Disculpa: a lo largo de tu vida ¿cuántas veces te has corrido? ¿Cuántas te reíste a carcajadas? ¿Cuántas comprendiste que estabas aprendiendo algo? ¿Cuántas veces te sentiste en casa? ¿Cuántas tu alma se conectó con otra alma? ¿Cuántas nada te importó nada, porque todo era correcto? ¿Cuántas compartiste alegría? ¿Cuántas veces aceptaste que nunca habías estado solo, que tu vida no era solo tuya, que tú y los demás, y el TODO, no eran sino particularizaciones de lo mismo…? No pongas esa cara, no te voy a preguntar que cuantas veces hiciste el bien o que cuántos de tus actos los movió el altruismo. Los que estamos de este lado sabemos de sobra que tus actos más desinteresados pueden haber dado en mierda, y que acciones que hiciste al descuido, sin prestar atención, han podido ser la mejor noticia para alguien a quien nunca conocerás. La voluntad es impura, tendenciosa y limitada. El corazón, no.
Aunque creas que no recuerdas apenas nada de lo que te está preguntando, te equivocas. Si dejas de hacer memoria, los recuerdos acuden en cascada, y antes de bajar tres peldaños más por el tobogán de nubes, el Ángel Contable tendrá ya su primera lista completada. A continuación, y apuntando al otro lado de su lienzo en blanco, continuará su entrevista.
Y… ¿cuántas veces sentiste miedo? ¿Cuántas deseaste algo malo a alguien? ¿Cuántas todo te pareció equivocado e inútil? ¿Cuántas creíste que estabas malgastando tu vida, que por ahí no era, que transitabas el camino equivocado? ¿Cuántas deseaste descargar tu frustración sobre quien fuera o lo que fuera, qué más daba? ¿Cuántas nada te importó nada? ¿Llegaste a desear no haber nacido? No te preguntaré que cuantas veces hiciste el mal o que cuántos de tus actos fueron fruto del egoísmo. Los que estamos de este lado sabemos de sobra que tus actos más ruines pueden haber dado en nada, y que acciones que hiciste al descuido, sin prestar atención, han podido ser la mayor desgracia para alguien a quien nunca conocerás. La voluntad es impura, tendenciosa y limitada. El corazón, no.
Tres peldaños de nubes más abajo, y aún a mitad de tobogán, el Ángel Contable trazará dos rayas debajo de sus listas, realizará con asombrosa rapidez las cuentas correspondientes y te informará del veredicto:
- Amigo mío, el resultado es 60% de bonito y 40% de feo…
O tal vez sea al revés. O lo mismo la proporción sea 80/20, o 50/50… Cada cual hace su propio recorrido, el rango de variación es de 0 a 100 para ambas partes del inventario.
Quieras o no, ante la evidencia del resultado, tus labios adquirirán cierta dulzura… o cierta amargura. Superarán a la más inimaginable de las mieles, o destilarán más angustia que la noche de todos los arrepentimientos.
Cuando te vuelvas en busca de tu examinador, ya sea para celebrar tu nota o para pedir la revisión del examen, no estará allí. Acaso pienses, fugazmente, que todo ha sido una farsa, una emboscada, que nada de esto está pasando, que ha sido una argucia de tu subconsciente. O de tu cerebro, que se está desenchufando.
Pero lo cierto es que el tobogán se estará entonces terminando, que estarás a punto de llegar al principio del resto. Y nada podrá evitar que llegues allí con ese sabor en tus labios.
No me preguntéis cómo sigue la cosa, como… ¿acaba? Ya os he dicho que solo he estado al principio del tobogán, desde donde no puedes ver a dónde llega. Pero, de que acabaréis cogiéndolo, que tocará inventario y que de ahí saldrá el sabor de boca final con el que os iréis de aquí, yo que vosotros no dudaría.
Y cuanto mayor sea la dulzura de vuestra boca el día del adiós, mayor será la de los que dejáis aquí…

lunes, 25 de febrero de 2019

Cómo combatir la pederastia en la Iglesia Católica

Crecí en la España de los sesenta, de modo que me eduqué en un contexto tradicionalista católico, como no podía ser de otro modo. Sin estridencias ni exageraciones, pero tradicionalista y católico. Solo que como era muy curioso e inquieto, pronto me alejé de aquella fe. Primero, buscando alternativas con las que contrastar; y luego, tras darme cuenta de que todo lo que me parecía atractivo del cristianismo no era en realidad patrimonio suyo, sino parte de un sustrato humanista universal. Y desde ahí, salí navegando en busca de mis propias explicaciones. O mejor dicho, de mis propias aproximaciones a una verdad por naturaleza inasible. Y en ello sigo…
Lo anterior lo he dejado caer para que, quien no me conozca, pueda situarme y hacerse cargo de quién y desde dónde suelta las pedradas que me dispongo a soltar.

Francisco, el actual Papa, me parece una buena persona. Probablemente mejor que sus últimos antecesores. Pero lo va a tener jodido, porque gobierna una nave que salió de los mismos astilleros que El Titanic: un monstruo con más inercia que una galaxia y menos cintura que una tabla del pan. Acaso por eso su publicitada cumbre contra la pederastia se vaya a quedar en muy poquito. Y no lo digo dando coba a las víctimas, cuyas críticas no son obviamente demasiado imparciales, e inevitablemente hacen pensar en esa delgada línea que separa la justicia de la venganza. Lo digo porque, para mí, la cosa se resume en recetar calmantes para combatir el de dolor de muelas… cosa inteligente y necesaria, pero que si se queda ahí, con seguridad no servirá para nada. Además de calmantes habrá que tirar de antibióticos, y cuando acabe la infección hacer una endodoncia, o lo que sea para luchar decididamente contra la causa del dolor. O de lo contrario, todo volverá al punto de partida.
La cosa me recuerda a otras soluciones simplistas, aparentemente eficaces en el corto plazo pero que es imposible que puedan resolver los auténticos problemas de fondo. Por ejemplo, el iluminado de Bolsonaro, ese Trump brasileiro que, acaso fruto de una epifanía (no en vano su nombre de pila es Jair Messias), ha dado con la fórmula mágica para acabar con la delincuencia en Brasil, una de las más altas de todo el planeta: “poderes absolutos a la policía, y armar a la población”. O sea, para acabar con el mal, acabemos con los malos ¿Eso es todo, alma de cántaro? ¿No se te ha ocurrido que, detrás de cada capo, de cada jefe de pandilla o de banda, hay un segundo, y detrás un tercero, y un cuarto…? ¿Cuánto calmante piensas administrar a tu sociedad… antes de acordarte de que existen los antibióticos?
Lo de ir a la infección, en el caso de la pederastia en la inglesa, yo lo veo así: no se puede imponer la asexualidad a nadie, porque somos seres intrínsecamente sexuados. Sería como imponerle a alguien renunciar al sentido del humor, o al gusto por la música. Si te haces cura, prohibido reírte, prohibido tararear u oír música. Ridículo, ¿verdad? Pues igual de ridículo es decirle a alguien “a partir de ahora, para que tus energías no se disipen y se concentren en el amor universal no particularizado, quedas declarado asexuado” ¿Así de fácil…? Pues va a ser que no. Y es que no. No funciona, no sucede. Cierto que hay gente rara, rara, rara, a la que cosas así le pasan. Gente que decide no hablar nunca más, y lo consiguen. Eremitas herméticos de todas las fes, que viven en el fondo de una cueva, o subidos a una piedra durante años incontables. Pero son excepción, no norma ¿Cómo habría de serlo eso de ser asexuado por decisión, criterio o decreto?
Ahí tenemos la infección: una legión de buenas personas asumiendo una castración metafísica como elemento imprescindible para formar parte de una casta de santos. Menudo dislate…
Querido Jair Messias (permitidme el bucle, que tiene su sentido): si no acabas con las causas de la delincuencia, siempre tendrás malos que suplan a los malos eliminados. Y las causas de la delincuencia, en un 90%, como poco, son la miseria y la desigualdad. Compara los niveles de miseria y de desigualdad de Brasil con los de Canadá o Suiza, y cotéjalos con los de delincuencia. No es probable que los brasileños sean intrínsecamente peores personas que los canadienses o los suizos. Lo que tenéis es muchos más miserables, y una parte de ellos, como pasa siempre, capaz de todo para mejorar su situación, aunque solo sea fugazmente y un poco. O luchas contra la miseria y la desigualdad, o no habrá jamás suficientes calmantes y plomo para acabar con la delincuencia de tu/mi amado país.
Francisco: da igual que reconozcas la culpa, que te comprometas a denunciarla, que pongas pilas con calmantes al lado de las de agua bendita: o acabas con la castración metafórica de la curia, o la infección rebrotará, y rebrotará, y rebrotar, per secula seculorum. Haz compatible el sacerdocio con la vida de pareja, que los curas puedan ser hombres al completo. Hay abogados de sobra para resolver posibles problemas patrimoniales y de herencias. Y el que tiene carisma lo tiene, sí o sí, tenga pareja o no. O no lo tendrá nunca.
Otra es que en los seminarios se castre químicamente a los futuros sacerdotes… aunque me parece un poco más bestia.
Y ojito, que no digo que con eso que propongo se resuelva todo. Pero que llovería menos, no lo dudéis ¿O acaso no hay bastante menos delincuencia en Canadá o en Suiza que en Brasil…?

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Lo que nunca pasaría en un encuentro con extraterrestres

Tengo que reconocer que me encantan las películas de ciencia ficción, aunque lo cierto es que ese “género” es un inmenso cajón de sastre en donde se acaba metiendo casi todo lo que tenga cierto trasfondo futurista, por más que buena parte de lo que así se etiqueta sean aventuras de acción y fantasía. Y no es que esas no me gusten, desde La Guerra de las Galaxias (batallas épicas) a Blade Runner (cine negro), pasando por Alien (thriller de monstruos), o Avatar (western ecologista). Pero las que más me ponen son aquellas en las que la ficción científica adquiere auténtico protagonismo y los guiones se retuercen de forma inquietante. Me estoy refiriendo a 2001 o a Interestelar, y también a Matrix, Gataca, Doce Monos, Marte u Oblivion, cada una a su nivel.
Pues bien, sin nos centramos en las películas más inequívocamente adscribibles a este género, resulta curioso comprobar que casi todas giran en torno a uno o varios de los siguientes ejes: los viajes en el tiempo, las distopías y los encuentros con extraterrestres. Me propongo aquí hacer algunas observaciones a propósito del último de dicho ejes, aprovechando el reciente estreno de La Llegada (tranquilos, que no hay spoilers: aún no la he visto), aunque desde un ángulo poco habitual, con un pie en la ciencia y otro en la filosofía. No en vano esta entrada está clasificada dentro de la categoría “espiritualidad”. Ya veréis qué tiene sentido.
Encuentros con extraterrestres. Para empezar, para que eso sea posible tendría que haber alguien ahí fuera ¿Vosotros creéis que lo hay?
Imaginaros a dos hormigas, miembros de una colonia que ha tenido a bien prosperar en un tiesto de tu terraza, asomadas en el filo de la maceta mirado al horizonte. Si su cerebro fuera un poco mayor (el de una hormiga tiene alrededor de un millón de neuronas y el tuyo cien mil millones) y pudieran hablar, y una le preguntase a otra “¿Crees que allá afuera habrá alguien más como nosotras?”, no estaría haciendo un ridículo mayor que el que hacía yo en el párrafo anterior.
Durante milenios vivimos en nuestro tiesto, sin saber siquiera que había más tiestos en la terraza. Desde nuestra ignorancia fabricamos explicaciones a medida de nuestro minúsculo universo, y nos quedamos tan contentos porque las cosas parecían efectivamente cuadrar. La Tierra, plana y quieta, era el centro del cosmos, todo giraba a su alrededor, y el resto de los seres vivos eran rematadamente idiotas comparados con nosotros. La única interpretación razonable para todo aquello era que nosotros constituíamos una maravillosa singularidad, creada para reinar por alguna clase de ser superior, Causa Primera e Incausada, a la que nos inflamos a ponerle nombres y a atribuirle las cualidades que más nos cuadraban en cada momento.
Pero un día, una hormiga especialmente osada se lanzó a recorrer el infinito mar de baldosas que se extendía más allá de nuestro tiesto; y algunas semanas después regresó contando historias de otros tiestos que, al parecer, había en el flanco contrario del balcón. Allí había más hormigueros, cuyos habitantes también se habían considerado a sí mismos una maravillosa singularidad, hasta que, en una ocasión, el viento arrastró hasta ellos a una hormiga un tanto diferente, que les informó de que también había hormigas viviendo en el suelo del parque, al otro lado de la calle.
Generación tras generación, hormiga tras hormiga, fuimos ampliando nuestro universo. Tales, Aristarco, Tolomeo, Copérnico, Kepler, Galileo, Newton, Einstein… Casi cumplido el primer cuarto del siglo XXI, nuestro conocimiento ha dado ya varios pasos en un territorio que está más allá de nuestro sentido común. Sabemos ahora que la realidad funciona a varios niveles, y que las leyes que rigen los objetos de nuestra escala no son de aplicación ni para las partículas elementales ni para el nivel astronómico.
Hoy en día sabemos también, y con datos constatados, que la Tierra es apenas una canica estelar más, que hay un número casi incontable de planetas ahí fuera (en la Vía Láctea varios cientos de miles de millones; y seguramente hay entre uno y dos billones —billones latinos, de los de un uno y doce ceros— de galaxias), de los cuales un porcentaje significativo son aptos para la vida. Porque el agua y el resto de elementos y condiciones necesarias para la vida abundan por los cuatro costados.
Nuestro tiesto no tiene nada de singular; y previsiblemente nosotros tampoco: si hay casi ilimitados planetas aptos para la vida, ésta estará presente en muchos de ellos; y si somos tan poco singulares, cabe suponer que la vida que se desarrolle en una buena parte de esos planetas siga reglas similares a las de la vida que conocemos, la cual es un proceso evolutivo que siempre tiende a lo complejo. De modo que aunque existan mundos habitados solo por microbios, gusanos y similares, habrá otros con seres realmente sofisticados. Y no conocemos nada más sofisticado que nuestro sistema nervioso y lo que de él se deriva: inteligencia, capacidad de modificar tu entorno, capacidad de soñar que eres una maravillosa singularidad… y también de viajar más allá de tu tiesto.
Resumiendo: hay trillones de planetas aptos para la vida, por lo que puede darse por seguro que en billones de ellos la habrá, y en numerosas ocasiones esa vida se habrá complicado hasta alumbrar seres inteligentes. Es deductivo, de acuerdo. Pero es blanco, está dentro de una botella y no es horchata ¿No será leche…?
Hay gente que se ha dedicado a intentar calcular lo anterior con rigor científico. Es la famosa Ecuación de Drake, y sus mil variantes y evoluciones (dejo un enlace a la Wikipedia para quien quiera curiosear). Pero las cuentas que echan son las del barquero, y mientras para algunos debe haber por ahí no más de diez civilizaciones extraterrestres contemporáneas a la nuestras, para otros son miles de millones. Ahora bien, lo que parece cada vez más asumido es que no se trata de un albur: allí fuera hay vida y hay “gente”; aunque no sepamos ni cuánta ni dónde.
Segunda cuestión: ¿podrían venir a vernos?
Esto es mucho más peliagudo que lo anterior. A la humanidad, oh maravillosa singularidad, le ha costado 200.000 años llegar a la Luna, que está aquí al lado. Nosotros aún no, pero nuestros trastos han conseguido incluso salir del sistema solar, lo que para las hormigas de nuestro cuento equivaldría a decir que hemos bajado del tiesto y cruzado la primera baldosa. Nos faltan otras cuarenta y nueve para llegar al tiesto de enfrente; pero puede que cuando lleguemos no demos con nadie, porque nunca haya aterrizado allí una reina preñada o porque la colonia que en él existió en su día ya haya desaparecido cuando lleguemos.
Seamos realistas: ni nosotros, ni nuestros hijos, ni probablemente los nietos de nuestros tataranietos lleguen en persona al planeta más cercano en el que poder coincidir con una civilización extraterrestre. Dentro de 15 años —tendré 72— estaré pegado a la tele para ver al primer hombre pasear por Marte, como hice en el 69, levantándome de la cama de madrugada para ver a Armstrong pisar la Luna. No será mucho después cuando nos lleguen datos desde las sondas que mandaremos a atravesar los geiseres de Encelado y Europa, que nos confirmarán la existencia de vida microbiana en sus océanos. Pero poco más. El conocimiento científico —y la técnica que de él se derivarán— necesarios para conseguir que pongamos artilugios en Próxima b, el planeta potencialmente habitable más próximo (está a “solo” 4 años luz de la Tierra; o lo que es lo mismo, a 40 billones de kilómetros), aún tardará siglos o milenios en alcanzarse. Con las máquinas que ahora tenemos tardaríamos decenas de miles de años en llegar. Consecuentemente, los “humanos” que se conviertan en viajeros interestelares no seremos nosotros, sino unos descendientes nuestros que a saber cuántas modificaciones habrán incorporado. No me estoy refiriendo a idioteces como que tengan manos con doce dedos o un ojo en medio de la frente (no abordaré aquí el espeluznante tema de los híbridos humano-máquina, aunque puede que algo de ello sí haya), sino a cosas infinitamente más sutiles… pero sustantivas.
Vamos a pensar en quiénes podrían venir a vernos, y a qué, tomándonos a nosotros mismos como referencia, pero asumiendo que los “hombres” que podrían hacer un viaje como ese a ver a sus vecinos serían nuestros descendientes remotos ¿Cómo sería esa gente?
El conocimiento no es una cosa aislada, y la evolución de la humanidad, tampoco. En paralelo al avance de la ciencia ha ido siempre el progreso de la técnica, y de la mano de los dos las estructuras sociales y la propia dimensión intelectual/emocional/espiritual de los individuos. Los egipcios o los romanos disponían de un nivel de desarrollo global impresionante; pero no tenían ni siquiera máquinas de vapor —no digamos ya ordenadores o aviones— de la misma manera que tampoco tenían ni vacaciones pagadas, ni seguridad social ni derechos de la infancia. Todo va parejo, y aunque las cosas tarden un mundo en prosperar (aún hay niños esclavos, por citar un ejemplo global y obvio), lo acaban haciendo. Alabado sea Punset y su certero y demoledor mensaje: cualquier tiempo pasado siempre fue peor.
Al margen de que las hecatombes sean literaria y cinematográficamente muy eficaces, estoy absolutamente seguro de que no nos dirigimos hacia la autodestrucción, ni muchísimo menos. No entraré aquí en detalles al respecto, o esta entrada acabaría siendo eterna, pero como  botón de muestra os dejo aquí un link a otra entrada de este blog, en la que hablo del Cambio Climático.
El futuro a corto plazo, como una década o incluso un siglo, puede intuirse y no será demasiado distinto del presente. Pero pensad en plazos mayores, mil años, diez mil años… ¿A dónde no habrá llegado entonces el conocimiento científico y la técnica derivada del mismo? Los problemas energéticos serán historia, como las enfermedades y hambrunas medievales. Y una vez resuelto el problema energético, quedarán automáticamente resueltos los problemas de contaminación y alimentarios, que al desaparecer se llevarán igualmente al recuerdo la inmensa mayoría de los problemas sanitarios. Coged el área temática que queráis y metedle cien o doscientos siglos de evolución. Aquella gente, nuestros descendientes, es imposible que sean como nosotros.
Imaginad un mundo en el que la bioteconolgía alcance tal desarrollo que la gente realmente no envejezca, que todo deterioro pueda ser frenado. La duración de la vida de esos seres podría ser de siglos, o incluso de milenios, hasta acabar… ¿cuándo y por qué habría de acabar? ¿Por accidente, y solo en casos excepcionales? ¿Por cansancio y aburrimiento, tras miles de repeticiones de todo lo potencialmente interesante? ¿Y si la biotecnología también tiene cómo combatir el cansancio y el tedio? ¿Podrían ser nuestros remotos descendientes prácticamente inmortales? Si eso llegase a suceder ¿qué tipo de principios éticos y morales tendrían? Sin duda no serían los nuestros, en los que el miedo a la muerte y el terror a dejar de ser lo condicionan absolutamente todo. También el miedo al dolor propio y la empatía con el dolor y la muerte ajena. Pero si tales cosas desaparecieran, o prácticamente desaparecieran, ¿qué clase de ética regiría a esos individuos?
¿Qué religiones o perspectivas espirituales tendría esa gente? La codicia, por citar algo muy sencillo, tiene que ver con las ansias de tener del que no tiene, y sabe además que la vida es corta. Pero si tu tiempo es prácticamente infinito, ¿para qué ser codicioso? La cuasi-inmortalidad lo mismo volvía a todo el mundo budista.
Intentad concebir la siguiente escena: en las navidades del año doce mil dieciséis, nuestros n-nietos, cuasi-inmortales, en sus naves inimaginables (seguro que ni remotamente se parecerían a trasatlánticos ni a aviones de combate), tras plegar el espacio-tiempo viajan a contactar con la civilización X del planeta Y, en la galaxia Z, a mil años luz de distancia ¿A qué os imagináis que podrían ir? ¿A invadirlos, a quitarle sus riquezas, a parasitar el planeta? Por favor…
Una pequeña cuña: no estoy tratando aquí el tema OVNI porque, aunque no lo parezca, es colateral y tremendamente complejo, y si me enredo con eso me distraería del asunto principal. Pero baste señalar que, aunque el 99% de los ovnis avistados puedan explicarse de un modo u otro, el 1% restante suma una ingente cantidad de realidades constatadas y aún no aclaradas. Podrían ser naves extraterrestres, cierto; aunque me inclino a pensar en otras posibles alternativas —que acaso algún día intente abordar en este foro— por la misma razón que adelantaba en el párrafo anterior y que continúo abordando en el siguiente: una civilización tan increíblemente avanzada como para realizar viajes interestelares… ¿podría ser avistada “por sorpresa”, en un descuido, mientras recolectan lechugas a lo ET, o abducen infelices a lo Encuentros en la Tercera Fase? Si quisieran hacerse públicos lo tendrían facilísimo. Y lo cierto es que aún no lo han hecho.
Dejemos pues a los ovnis para otra ocasión y continuemos con la miga de esta historia: suponiendo que existan civilizaciones extraterrestres hiperavanzadas capaces de hacer viajes interestelares, ¿para qué querrían venir a vernos?
Si viniera alguien a vernos sin duda lo haría desde muy lejos. Su conocimiento de la realidad tendría que ser apabullante, comparado con el que nosotros hemos conseguido hasta el momento. Solo así habrían podido fabricar agujeros de gusano, máquinas de teleportación cuántica, sillas con las que cabalgar agujeros negros, o la locura que sea la que se necesite hacer viajes interestelares, los cuales para nosotros son tan imposibles como lo eran para los neandertales los viajes en avión ¿Alguien se puede creer que una gente como esa iba a venir hasta aquí para hacer la guerra, para robar nuestra agua (una de las sustancias más abundantes del universo), para interferir en nuestras rencillas políticas o cualquier otra idiotez similar? ¿Alguien puede creer que el desarrollo científico/tecnológico de esos seres podría haber tenido lugar sin una paralela evolución psicológica, emocional, moral, espiritual…?
Stephen Hawking, entre otros, defiende que, si algún día una civilización extraterrestre viniese a la tierra nos tratarían como a simples bacterias. Yo pienso que el sabio —nadie podría dudar que lo es— se equivoca total y absolutamente: la única razón relevante para que una civilización extraterrestre viniese a la Tierra somos precisamente nosotros. El resto, el agua, todos los materiales que conforman nuestro planeta e incluso la propia vida que sustenta en su conjunto, es con toda probabilidad algo tan vulgar y abundante que jamás justificaría un viaje tan largo. Pero nosotros sí. Y no porque seamos una realidad única (de ello dan fe nuestros visitantes), pero sí poco común. Porque ¿sabéis lo que somos?:
SOMOS LA TIERRA, SU MÁXIMO FRUTO: POLVO DE ESTRELLAS CONSCIENTE Y CAPAZ DE AMAR, QUE SE ASOMA AL COSMOS PARA INTENTAR ENTENDERLO Y ENTENDERSE.
Desde esa perspectiva, planteamientos como los de 2001, Interestelar o Contact, me parecen plausibles, mientras que los de La Guerra de Los Mundos, Independence Day, etc., etc., etc., totalmente inverosímiles. Mejor, ¿no?

¡FELIZ AÑO A TODO EL MUNDO!

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Después de leídos ¿para qué valen los libros?

Viniendo de un escritor, supongo que la mayoría pensaréis que la pregunta es sarcástica o meramente retorica; pero no es así. Os invito a reflexionar sin prejuicios sobre el tema: ¿cuál es la razón de ser de los libros, una vez leídos?
En mi casa la cultura siempre fue un bien valioso en sí mismo. Creo que el promotor de tal idea, al menos a mi escala, fue mi padre, quien ciertamente fue un hombre culto; aunque tampoco tanto como en su momento creí. Y lo de “tanto” lo digo contrastando el nivel cultural que le recuerdo con el de otras personas que conozco o que he llegado a conocer. Pero en su momento, y teniendo en cuenta su entorno, él destacaba notablemente; cosa que no dudaba en aprovechar para erigirse en referencia dentro de su pequeño microcosmos. Porque en la España aislada y culturalmente subdesarrollada de mitad del siglo pasado, tener estudios superiores, hablar más de un idioma y haber viajado era algo que le sucedía a muy pocos, y si lo sabías explotar —era un maestro del protagonismo— podías brillar a pesar de tus posibles carencias en otras áreas tradicionalmente aclamadas, como el patrimonio o el abolengo.
El caso es que en mi casa siempre hubo multitud de libros, y entre ellos alguna voluminosa enciclopedia, como la famosa Espasa-Calpe. Era imposible que en cualquier reunión familiar, cumpleaños, navidades, lo que fuera, no surgiera entre nosotros alguna controversia, casi siempre irrelevante, tipo “¿Quién nació antes, Cervantes o Shakespeare?; o ¿Qué país tiene más superficie, Australia o Canadá?”, y raudo saltábamos a por la Espasa, cada cual seguro de encontrar ahí la validación incuestionable de sus argumentos. Hasta tal punto interioricé la imprescindibilidad de una buena enciclopedia que cuando me independicé de mis padres, al casarme por primera vez en 1986, en mi lista de bodas figuró una edición de la Espasa, algo más moderna y reducida que la de mi padre. Treinta años después ahí sigue conmigo ¿Cuántos años hará que no la abro, que la Enciclopedia Universal Definitiva que es Internet la sustituyó para siempre?
Me acerco al salón y le hago una foto ahora mismo, que testifique el papel que hoy en día ocupa en mi vida la que fue pilar central de mi cultura, Ahí va:


Acumulando polvo en las estanterías conservo otro buen montón de libros no literarios, tanto de mis tiempos de estudiante (libros de bioquímica, genética, zoología, geología…), como textos profesionales (guías de todo tipo, de plantas, animales, atlas climáticos, estudios técnicos de cuarenta asuntos), o relativos a aficiones (de montaña, de fotografía, de viajes…), que también cabría considerar libros de consulta y que en su mayoría hace ya muchos años que no consulto, dado que, sea cual sea la duda a dilucidar, siempre es más rápido versátil y contrastable hacerlo a través de Internet que hojeando objetos de celulosa con tinta impresa.
Lo anterior para los libros de consulta. Veamos ahora los de lectura, los que están concebidos para entrar por una punta y salir por la otra, ya te lleve el recorrido unas horas o varias semanas.
No conservo ni la tercera parte de lo que me he leído; pero no dejan de ser un buen montón, acaso dos o tres centenares. Algunos de ellos los recorrí varias veces, ya fuera porque fueron especialmente significativos y quise mamar de su sabiduría en diferentes momentos de mi vida, o porque su naturaleza se prestaba a ello. Podríamos meter ahí libros de poesía (Residencia en la Tierra, de Neruda; El Rayo que no cesa, de Miguel Hernández; Altazor, de Vicente Huidobro…); de calado filosófico (Siddhartha, de Herman Hesse; Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach; Ficciones, de Borges… Sí, he dicho Ficciones, de Jorge Luis Borges, y si alguien cree que es un libro de cuentos y no un tratado de filosofía, que se lo lea de nuevo, que no se ha enterado de nada); y también narrativa excepcional (La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa; La familia de Pascual Duarte, de Cela; Cien años de soledad, de García Márquez…). Va otra foto.
Muchos de los que ya no tengo sé que los regalé, o que los presté y luego olvidé a quién, costumbre singular mía completamente idiota pero de la que me enorgullezco: cuando leo algo que me apasiona lo recomiendo encarecidamente, hasta que alguien al final me pide el libro en cuestión, se lo dejo, y hasta siempre. Tan solo repararé en su pérdida cuando, acaso años después, me surja una duda que quiera consultar o se lo indiquen como lectura a mi hijo en el colegio. Ese día, fatigaré desconcertado las estanterías buscándolo… para acudir finalmente a consultarlo/descargarlo en mi ordenador, o pasar por alguna biblioteca a pedirlo prestado.
Algunas pérdidas recientes se deben a mi perro Nube, gran aficionado a la literatura al que no conviene dejar sólo en un cuarto con libros, porque el muy cabrón se los devora (por desgracia, no es una metáfora: en tres ataques distintos ya ha dado cuenta de algo más de una docena).
¿Para qué demonios conservo pues toda esa quincallería emocional decorando mis espacios? Sé que no sería capaz de tirarlos, sin más. Podría donarlos, y acaso debería hacerlo, porque para el que no lo ha leído cualquier libro es nuevo, es una puerta entreabierta invitando a pasar, un sitio no visitado que te está llamando; como lo fueron en su día esos mismo libros para mi.
Pero si donara mis libros, y me estoy refiriendo a todos de golpe, no a soltarlos de uno en uno a alguien en concreto y como regalo especial del alma, sé que no reconocería mi casa, mi espacio, mi universo. La casa de un Ferradas es inconcebible sin una Espasa, con sus páginas pegadas por falta de visitas, actuando como faro espiritual, proclamando desde la atalaya de su estante que el conocimiento existe, que las cosas son de determinada manera porque generación tras generación la humanidad se dedicó a comprobarlo, refutarlo, redefinirlo y dejarlo por escrito, negro sobre blanco… en su día: hoy, negro sobre blanco amarillento.
Y también vigilan mi corazón desde la estantería los versos que tanto me conmovieron y que me volvieron poeta, y los barcos pirata en los que me embarqué, las batallas que perdí, los reinos que gané, los dioses que conseguí entender y aquellos de los que abominé. Tienen forma de papel callado, viejo, sabio. Saben que es improbable que vuelva a visitarlos. No es necesario, siguen cumpliendo su misión silenciosa al fondo de mi memoria, y la mera visión fugaz y ocasional de sus lomos es suficiente para hacer detonar dentro de mí toda su potencia. Más bonito todavía: de cuando en cuando incorporan algún nuevo hermano destinado a la misma tarea, al margen de que sea un recién llegado. Y menos mal: mientras haya nuevas incorporaciones, aunque sean pocas y espaciadas, es que aún estás de ida. Es que aún no has llegado.
Concluyo así mi reflexión, que me ha ido llevando de la mano sin guión previo, y cuyo inesperado resultado a mi mismo me sorprende:
No te deshagas de los libros ya leídos. Cuando entiendas que es lo correcto, dónalos de uno en uno y con el corazón a quien creas que crecerá con ellos como tú lo hiciste. El resto déjalos reposar en sus estantes: solo con mirarlos podrás recordar siempre quién eres. Dejando al margen que acaso alguien, incluido tu perro, pueda encontrarles una utilidad en la que nunca pensaste.