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sábado, 29 de febrero de 2020

Desagravio de la bruja



Tengo dos noticias que daros. Una mala y una buena, como siempre. La mala, es que el túnel carpiano de mi mano derecha reclama su momento de gloria (su hermana, la izquierda, ya lo tuvo hace ocho años), y eso me convierte en guitarrista temporalmente manco –aunque como percusionista aún puedo sujetarme por un rato- con lo que el extraordinario proyecto de La Leyenda de Estós, del que ya os he informado aquí, abre un paréntesis de algunos meses. Todos los implicados en el asunto, una decena de artistas excelsos y temerarios (por aquello de apuntarse a los bombardeos que les propongo), entre músicos, actores, rapsodas, gente de la imagen, etc., me han reiterado su adhesión inquebrantable para rematar la cosa cuando sea posible, que previsiblemente será para finales del próximo verano. Permanezcan atentos a sus pantallas: se comunicará.

Y ahora la noticia buena:


Regresan las Brujas, espectáculo teatral más que original y más que conmovedor, en el que tengo el honor de participar por gentileza del alma mater de la cosa, Cayetana Martínez, hembra alfa de la jauría autodenominada Teatro Perro. Ahí participo como percusionista, de modo que antes de que mi mano derecha se me termine de dormir, contribuyo en la construcción de escenarios sonoros que ayudan a vestir esta peculiar e imaginativa vindicación histórica de la figura de la bruja.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Vaya por delante, y desde ya, que sí: es un alegato feminista. Pero no tiene nada de oportunista o de defensa a ultranza de las discriminaciones positivas. Es una reflexión seria entorno a cómo, histórica y reiteradamente, se ha usado el cajón de sastre de “bruja” para deslegitimar a aquellas mujeres que tenían la osadía de salirse de sus roles asignados, enfrentándose a lo que siempre se interpretó como el “orden natural de las cosas”, en donde el poder, la ciencia, el arte, y todo lo no funcional, eran patrimonio exclusivo del sexo masculino. Esa sandez es una de las más obvias cristalizaciones del patriarcado, sandez aún mayor cuyo origen localizo intuitivamente en un pasado remoto en el que mandaba el que daba los porrazos más fuertes. Y eso era todo.

Por más que he buscado, no he encontrado una explicación consensuada de cuándo y cómo se asentó el patriarcado como perspectiva global planetaria. No os engañéis, no es un invento cristiano: asomaros al islam, al hinduismo, a la tradición o ámbito cultural que queráis, y veréis como el modelo básico es idéntico. Pero lo que sí parece aceptado es que no siempre fue así. No es probable que fuera ese el esquema dominante a comienzos del neolítico, al inicio de la civilización de las ciudades asentadas que sustituyeron a los clanes trashumantes de cazadores/recolectores. No: hace diez, ocho, seis mil años, el culto a la madre tierra, a los ciclos lunares, a la fertilidad, otorgaban a la condición femenina un estatus sagrado superior. Pero poco después, y quién sabe porqué, aquello fue pasando a ser algo primero subsidiario, y luego meramente funcional, bajo el argumento supremo de la hegemonía del bíceps. Qué delirio. Cuánto mejor nos habría ido de no haber prescindido del 50% de la inteligencia de la humanidad, reconvertida en poco más que ganado sexual. Y las perdedoras no fueron ellas, fuimos todos, porque a la evidente y flagrante injusticia de impedir que pudieran ser ellas mismas hay que añadirle lo que le cayó a la otra mitad: la obligación de llevar una vida sobreactuada, en la que triunfar era obligatorio y la emotividad y los sentimientos debilidades inaceptables.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Tengo intención de colgar pronto una entrada que llevará el poco sutil título de “Soy un puto marciano”. Y lo soy, porque reafirmándome punto por punto en lo que llevo dicho, no soy feminista. Tampoco ecologista, a pesar de llevar toda mi vida trabajando y luchando por la defensa del medio ambiente. Parte de mi marcianidad, supongo. Pero no se debe al simple hecho de mi alergia insuperable a las banderas, sino a que discrepo de forma contundente en las diagnosis y en las estrategias de la mayoría de los “ismos”, empiecen por eco, por femi o por lo que sea. Pero ya le dedicaré la prometida entrada a desenredar mis contradicciones. Ahora toca otra cosa:

OS CONVOCO A UNA SESIÓN SINGULAR DE REHABILITACIÓN DE LAS BRUJAS. Casa de vacas, 06-03-2020, 18,00 h. Entrada libre hasta completar sus 140 butacas.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

El tema es serio, me temo —o lo celebro, según se mire— por lo que la obra no es precisamente suavecita. Vaya también por delante: no la considero recomendable para gente que no tenga cierta madurez (ponerle edad a eso es difícil, aunque acaso pudiera usarse como referencia ¨…del final de la adolescencia para adelante”), y mejor si se tiene cierto nivel de culturilla clásica. Esto último no es que sea imprescindible, pero dado que algunas de las protagonistas son Casandra, Circe, Sherezade o Virginia Woolf, pues si te suenan Troya, La Odisea, Las Mil y Una Noches o las vanguardias feministas de inicios del siglo pasado, seguro que lo disfrutas más.

Llevo cuarenta años pisando escenarios, aunque haya sido de forma intermitente y sin vivir de ello. Pero recorrido, como que algo, tengo. Y os insisto en que, con pocas obras, me he sentido tan conmovido, tan implicado, tan concernido, tan… de alguna manera valioso, al contribuir a una causa indiscutiblemente noble y justa. Y encima, disfrutando más que un enano, cuando me toca ambientar nada menos que la destrucción de Troya o una fiesta a Dionisos. Último dato: como será de cargada la cosa, de verdad rotunda, sólida y tremenda, que en más de un ensayo termino llorando sobre mis tambores. Y mira que ya me sé la obra…

Allí nos vemos.

Y si no es allí, no os preocupéis, que esto tiene secuelas ya pactadas: permanezcan atentos a sus pantallas…

miércoles, 29 de mayo de 2019

Juicio Final

Llegará ese día. No está escrito, no nos hagamos líos. Pero está ahí, más cerca de lo que crees. Confío, te deseo, que sea una sorpresa. Algo inesperado, como esas resoluciones administrativas que acaban por fin con un largo pleito, o como ese día despejado y caluroso que clausura un invierno que ya duraba demasiado. Hay más opciones, pero seguramente no son mejores. Que te pille como un “¿Ya…? Pues por fin…”. Y a ello.
Entonces, en contra de todas las recomendaciones literarias y cinematográficas, iras hacia la luz. Yo ya he ido… pero solo los primeros metros, apenas hasta la puerta del tobogán, bastante antes de cuando no toca decidir nada más. Si pasas de ahí, si vas definitivamente hacia la luz, sea una sorpresa, una bendición o una putada, poco importa, te cuento lo que va a pasar. Estoy seguro de cómo empieza, no de cómo acaba:
A mitad de mullida bajada, flotando en esa confortable nube que no requiere decisiones, se presentará ante ti el Ángel Contable. No te dará tiempo a ponerle cara ni nada, no hará falta, tan desconcertado como te dejará su presencia. Y más aún sus preguntas. Llevará, cuenta con ello, algo parecido a un folio muy grande y un bolígrafo (antes llevaba tablillas o pergaminos. Lo mismo a ti te entra con una tablet, o con el dispositivo que entonces corresponda), el cual dividirá con una ralla vertical, y dirigiendo su artilugio de consignar al ángulo superior izquierdo, te preguntará:
- Disculpa: a lo largo de tu vida ¿cuántas veces te has corrido? ¿Cuántas te reíste a carcajadas? ¿Cuántas comprendiste que estabas aprendiendo algo? ¿Cuántas veces te sentiste en casa? ¿Cuántas tu alma se conectó con otra alma? ¿Cuántas nada te importó nada, porque todo era correcto? ¿Cuántas compartiste alegría? ¿Cuántas veces aceptaste que nunca habías estado solo, que tu vida no era solo tuya, que tú y los demás, y el TODO, no eran sino particularizaciones de lo mismo…? No pongas esa cara, no te voy a preguntar que cuantas veces hiciste el bien o que cuántos de tus actos los movió el altruismo. Los que estamos de este lado sabemos de sobra que tus actos más desinteresados pueden haber dado en mierda, y que acciones que hiciste al descuido, sin prestar atención, han podido ser la mejor noticia para alguien a quien nunca conocerás. La voluntad es impura, tendenciosa y limitada. El corazón, no.
Aunque creas que no recuerdas apenas nada de lo que te está preguntando, te equivocas. Si dejas de hacer memoria, los recuerdos acuden en cascada, y antes de bajar tres peldaños más por el tobogán de nubes, el Ángel Contable tendrá ya su primera lista completada. A continuación, y apuntando al otro lado de su lienzo en blanco, continuará su entrevista.
Y… ¿cuántas veces sentiste miedo? ¿Cuántas deseaste algo malo a alguien? ¿Cuántas todo te pareció equivocado e inútil? ¿Cuántas creíste que estabas malgastando tu vida, que por ahí no era, que transitabas el camino equivocado? ¿Cuántas deseaste descargar tu frustración sobre quien fuera o lo que fuera, qué más daba? ¿Cuántas nada te importó nada? ¿Llegaste a desear no haber nacido? No te preguntaré que cuantas veces hiciste el mal o que cuántos de tus actos fueron fruto del egoísmo. Los que estamos de este lado sabemos de sobra que tus actos más ruines pueden haber dado en nada, y que acciones que hiciste al descuido, sin prestar atención, han podido ser la mayor desgracia para alguien a quien nunca conocerás. La voluntad es impura, tendenciosa y limitada. El corazón, no.
Tres peldaños de nubes más abajo, y aún a mitad de tobogán, el Ángel Contable trazará dos rayas debajo de sus listas, realizará con asombrosa rapidez las cuentas correspondientes y te informará del veredicto:
- Amigo mío, el resultado es 60% de bonito y 40% de feo…
O tal vez sea al revés. O lo mismo la proporción sea 80/20, o 50/50… Cada cual hace su propio recorrido, el rango de variación es de 0 a 100 para ambas partes del inventario.
Quieras o no, ante la evidencia del resultado, tus labios adquirirán cierta dulzura… o cierta amargura. Superarán a la más inimaginable de las mieles, o destilarán más angustia que la noche de todos los arrepentimientos.
Cuando te vuelvas en busca de tu examinador, ya sea para celebrar tu nota o para pedir la revisión del examen, no estará allí. Acaso pienses, fugazmente, que todo ha sido una farsa, una emboscada, que nada de esto está pasando, que ha sido una argucia de tu subconsciente. O de tu cerebro, que se está desenchufando.
Pero lo cierto es que el tobogán se estará entonces terminando, que estarás a punto de llegar al principio del resto. Y nada podrá evitar que llegues allí con ese sabor en tus labios.
No me preguntéis cómo sigue la cosa, como… ¿acaba? Ya os he dicho que solo he estado al principio del tobogán, desde donde no puedes ver a dónde llega. Pero, de que acabaréis cogiéndolo, que tocará inventario y que de ahí saldrá el sabor de boca final con el que os iréis de aquí, yo que vosotros no dudaría.
Y cuanto mayor sea la dulzura de vuestra boca el día del adiós, mayor será la de los que dejáis aquí…

martes, 23 de agosto de 2016

Sexo

Sexo es intención, complicidad. Sexo es un filtro que tiñe y proyecta la realidad más allá de sí misma, elevándola a una categoría superior que solo gracias a nosotros alcanza. Sexo es una de las dimensiones que conforman lo más puro de nuestra esencia. Como el arte, como el amor, como el humor. El universo sería una broma de mal gusto si no fuera por Bach, por Romeo y Julieta, por Les Luthiers, por la mirada oblicua de Norma Jeane.
Seguro que ella no se ha dado ni cuenta ¿Cuenta de qué, si en realidad no ha pasado nada? Andaba ahí, donde casi siempre, delante de su ordenador, vete tú a saber si trabajando o en sus cosas. Y de pronto algo la ha contrariado o sorprendido y ha soltado un suspiro de los suyos, profundo, sentido; de esos que hacen que sus labios permanezcan durante largo rato en un rictus peculiar, que habrá a quien pueda parecerle de cansancio o hastío, pero que para mí es una evocación del beso. No ha pasado nada. Pero un dedo invisible acaba de pulsar con fuerza en el botón preciso.

Sexo es derroche, arrebato, fructificación desmedida, inversión suicida de darlo todo por puro placer, como si no existiera un después (¿realmente existe?). Sexo es lujo al alcance de todos los mortales, paraíso accesible sin carnet por el mero hecho de estar vivo y dispuesto a celebrarlo. Y además de gratuito, algo intrínsecamente inocuo, como el agua, como la luz, como el resto de los elementos naturales que conforman la existencia. Lo cual no impide, obviamente, que la ignorancia o la cobardía puedan darle un uso terrible. También hay gente que se ahoga; pero no me parece serio echarle la culpa al agua.
Por fin se digna abrir la puerta del baño. Seguro que otra vez llegamos tarde, aunque lo cierto es que no me importa —¿Qué tal?— y sus ojos chispeantes me sonríen bajo la manta de tirabuzones y rizos color oro viejo que lleva horas componiendo para conseguir ese ficticio desaliño —¡Estás preciosa…!— exclamo con total sinceridad mientras estiro mi mano para intentar acariciar su melena —¡No me jodas, no me toques el pelo…! Me refiero a ahora, claro…

“Hacerlo como bestias, fornicar como animales”. Es curioso hasta dónde puede llegar la ignorancia biológica de los integristas. Lo cierto es que ya querrían el resto de las especies animales, menos algunas honrosas excepciones, tener una sexualidad comparable a la nuestra. Para la inmensa mayoría el sexo es algo esporádico, circunstancial y muy acotado temporalmente; aunque de todo hay en la viña de Eros: los comportamientos homosexuales habituales están perfectamente documentados en más de 1.500 especies, y más de una está considerada abiertamente bisexual. Los campeones del mundo mundial en este territorio no somos los humanos, sino nuestros primos los bonobos: para ellos las relaciones sociales y las relaciones sexuales son la misma cosa y viven prácticamente en una orgía permanente, con la única excepción de madres e hijos, que siempre se evitan. Un par de datos más: sus sociedades son matriarcales, las relaciones más frecuentes son las lésbicas, no establecen parejas estables, aunque sus vínculos afectivos son muy fuertes (entre madres e hijos, para siempre); y son, de largo, la especie menos violenta de todas las socialmente complejas de este planeta. No digo que los envidie, porque yo no podría ceñirme a un patrón así; pero admiración y respeto, máximos.
La reunión se estaba pareciendo a lo esperado. Buenos amigos, buena cena, buen vino. La conversación iba de acá para allá, entre anécdotas y novedades, y en una de éstas me tocó contar algo a mí, siguiendo la inercia de la charla y atendiendo a la insistencia general en que diera más detalles de ya no recuerdo qué asunto. Según comenzaba a hablar sentí como su mano se deslizaba lentamente bajo la mesa, recorriendo mi muslo, avanzando hasta llegar a donde ella bien sabía qué encontraría y cómo debía actuar para provocar mi respuesta. Me extendí cuanto pude en mi disertación, seguro de que lo mejor era que aquello se alargase tanto como pudiese… Las risas y aprobaciones que acompañaron el final de mi relato me ayudaron a disimular mi excitación y sonrojo. Alguien insistió en rematar el encuentro con champán. Mientras lo esperábamos, ella se disculpó y se dirigió al baño, mandándome discretamente un sugerente guiño”

De las múltiples sandeces que han lastrado desde siempre al sexo, merece destacarse la de su vinculación estricta a la procreación. Obviamente, sin sexo no hay descendencia; pero intentar equiparar ambas cosas es comparable a equiparar la gastronomía y la tortilla de patatas. Una simplificación excesiva ¿no? A fin de cuentas, el sexo que deviene en vástagos es únicamente el coito vaginal a término y sin medidas preventivas entre individuos en edad fértil; y para dar cabida al resto de cosas que conforman el universo de la sexualidad, a todos los niveles, harían falta varias wikipedias.
Pero hay otra sandez más moderna que está causando actualmente aún más estragos: someter la sexualidad a la belleza. Solo quien entre dentro de los cánones puede licitarse a ser deseado y a mostrar su deseo. El resto, que somos el 99%, debemos intentar esconder nuestros múltiples defectos, disimular nuestra pasión, apagar la luz, no hacer demasiado ruido… Patética estupidez, amigos y amigas mías —sobre todo amigas—. Y además, rigurosamente falsa: superada la adolescencia (de acuerdo: acepto que hay quien nunca lo hace), es más poderosa una mirada de deseo que la más perfecta biometría.

Por supuesto que estaba disfrutando del beso, que me estaba entregando a través de él y no tenía la más mínima intención de interrumpirlo por un detalle técnico. Pero lo cierto era que me estaba clavando en las costillas la palanca de cambios. Ella debió notar algo, porque se separó de mí de golpe, y tras una traviesa sonrisa me apresuró —Corre, vamos a la cama—. Tampoco iba a hacerle ascos a esa invitación, aunque me sorprendió un poco su urgencia –Vale mujer, por supuesto; pero ¿a qué esas prisas?—. Ella, que ya estaba casi saliendo, retiró la mano de la puerta, abrió su bolso y extrajo de él una caja rosada del tamaño de un paquete de tabaco, que se recreó en pasear a una cuarta de mi nariz y que reconocí al instante: era algo que yo le había regalado por su último cumpleaños, y que creía que finalmente nunca estrenaría —¿Recuerdas antes, cuando he ido al baño? Pues en las instrucciones pone que no es aconsejable llevarlas puestas más de una hora seguida ¿Me ayudas a quitármelas…?

viernes, 17 de junio de 2016

El deporte es la ritualización de la guerra

Llevo toda mi vida rodeado de deporte. En mi casa, desde siempre, el deporte ha estado ahí como una referencia fundamental, al igual que la música. De hecho, mi padre, que fue quien me enseñó a tocar la guitarra, estuvo toda su vida vinculado al deporte, practicándolos casi todos —con desigual fortuna— y asumiendo papeles de organización de considerable entidad. El caso es que me eduqué en un entorno en el que el deporte estaba sacralizado, como sucede en casi todo el planeta desde hace ya más de un siglo. Y si no, reflexionad un instante: ¿quién está “en contra del deporte” obviando situaciones personales o puntuales? Porque siempre habrá madres a las que no les guste que su hijo entrene bajo la lluvia, novias que no soporten que mires la tele en el bar por encima de su hombro o gente a la que le aburra el tenis. Pero, ¿en contra del deporte, así, con carácter general? Muy pocos perros verdes hay sueltos por el mundo de esa categoría. Por cierto, aprovecho la ocasión para regalaros algo que me soltó hace algunos años mi hijo, que es más deportista que el Barón de Couvertin (el padre de los modernos juegos olímpicos): “Papá, los intelectuales son los que no hacen deporte ¿verdad?”.
Considerarme a mí mismo intelectual me parecería el culmen de la pedantería, aunque desde ciertos ángulos habría quien pudiera llamármelo. Sin duda mi hijo no, que me ha visto siempre practicar y disfrutar del deporte, dentro de mis posibilidades: al comenzar mi treintena un accidente de tráfico me dejó semicojo, y desde entonces debo evitar correr, saltar, etc.
Todo anterior era una introducción contextualizante, para que quede claro que lo que se avecina no lo planteo desde la distancia o la ignorancia, sino todo lo contrario. Y lo que viene, como en tantas otras ocasiones, no es un posicionamiento maniqueo, sino una disección despiadada que arroja sobre el deporte luces y sombras; incluidas sombras muy oscuras y usualmente obviadas.
La primera pedrada que se llevó mi imagen sacrosanta del deporte se la pegó hará treinta años mi ex cuñado Alejo (supongo que es la denominación que corresponde al marido de la hermana de mi ex mujer). Anestesista de pro, es uno de los tíos más cultos que jamás conoceré y posee un versátil sentido del humor, de forma que a veces es difícil saber si anda por territorios de la ironía o del sarcasmo. Pues este hombre me dijo un día “Créeme, Miguel Ángel, el deporte es terriblemente perjudicial para la salud”. Yo interpreté aquello como una broma de las suyas, una tentadora provocación para incentivar mi reflexión. Supuse que se refería al deporte de élite, por lo que tiene de exigencia extrema para quienes lo practican. Pero él insistía en que no, en que el jugador del partidito del fin de semana maltrata su cuerpo de forma severa, y que aunque crea que está haciendo algo saludable en realidad se está machacando.
No tardé demasiado en entenderlo, y llevo desde entonces haciendo en cierto sentido un apostolado ligth al respecto. La cosa la veo así:
  • El deporte es siempre una exacerbación de las capacidades naturales de nuestro cuerpo, para competir y ganar. Para ganar a quien sea, incluso a nosotros mismos; y exacerbar las potencialidades del cuerpo, forzarlas, sin duda no es saludable.
  • Andar, nadar, saltar, correr, usar tu cuerpo para lo que está diseñado, no es ya que sea bueno, es que es imprescindible para garantizar su conservación y buen funcionamiento. Pero forzarlo, exigirle que vaya más allá —el célebre altius, citius, fortius— genera inevitablemente un desgaste prematuro e “innecesario” (luego explicaré estas comillas).
  • Por lo que se ha asociado tradicionalmente deporte a la salud es porque se ha mostrado como lo opuesto al sedentarismo. El ardid es tan idiota que no entiendo cómo puede pasar desapercibido. Es como si se dijese, “el vino es salud, porque si no bebieses morirías”; o “respirar humo es saludable, porque si no respiras te mueres”. Esas obvias tonterías son equivalentes al célebre eslogan “el deporte es salud”, habida cuenta de que lo que en realidad hay detrás de esa frase es “forzar tu cuerpo es saludable, porque si no lo usas se oxida”.
Vamos con las comillas: ”Innecesario” ¿Qué es en esta vida necesario o innecesario? Si el objetivo de la vida fuera exclusivamente estar vivo la mayor cantidad de tiempo posible, las tres cuartas partes de lo que hacemos serían innecesarias. Y voy a reparar en una que acaso no os esperabais: La música, que también es terriblemente perjudicial para la salud. Palabra de músico.
Tocar un instrumento, el que sea, es forzar repetitivamente alguna de tus potencialidades naturales, como por ejemplo mover los dedos; y hacerlo mil millones de veces, para generar ciertos sonidos. Los pobres dedos, y las muñecas, y los codos, acaban indefectiblemente machacados. Dependiendo de cuál sea el instrumento de tortura en cuestión las lesiones se focalizan en un lugar o en otros. Los bajistas se destrozan la espalda (¿sabéis lo que pesa un bajo?), los violinistas el cuello, los pianistas los codos… En definitiva: tocar un instrumento es malo para la salud, entendiendo ésta como la conservación óptima de nuestros cuerpos. Pero es que no somos nuestros cuerpos, somos mucho más, y yo no cambiaría lo que siento cuando toco por diez reencarnaciones en las que no pudiera tocar instrumento alguno ¡Pero si soy percusionista porque no soy capaz de aguantar una tarde entera sin hacer que algo suene, aunque sean mis propios pies o manos contra cualquier superficie! 


Así que soy músico, aunque eso no sea saludable, y adoro el deporte, aunque tampoco lo sea. Si continuo con la lista y meto también la cerveza, el cordero asado, escalar montañas… me da la sensación de que mi lista de actividades insalubres —e irrenunciables— sería más larga que la de las saludables, de modo que deberé agradecer a la genética de mis padres mi resistencia. Porque llevo casi 57 años maltratándome y aquí sigo, con la intención de seguir haciéndolo durante otros treinta .
Regresando al deporte. Vale, no es saludable; pero ¿Por qué me/nos pone tanto? ¿Para qué sirve, qué valores tiene? Sin intentar una tesis al respecto (en realidad hay ya escritas bibliotecas enteras sobre el tema), voy a sintetizar algunas ideas que considero relevantes:
- El deporte es un juego, y jugar, mola. Somos las nutrias del universo, los seres más juguetones de este planeta. Nunca dejamos del todo atrás nuestra fase de cachorros (por eso somos capaces de aprender, sorprendernos y crear cosas nuevas a lo largo de toda nuestra vida), y nos sentimos atraídos e identificados con todo lo lúdico. Primer puntazo. Un diez para el deporte.
- El deporte es un vehículo extraordinario de socialización. A través de los juegos reglados que son el deporte los individuos aprendemos a relacionarnos, tanto con los de nuestro grupo como con los de otros grupos, a aceptar la existencia de reglas que deben respetarse para posibilitar la convivencia. Otro diez para el deporte.
- El deporte es una magnífica escuela de introspección y autoconocimiento. Pocos entornos comparables para aprender a superarte, a mejorar, para tomar conciencia del valor del esfuerzo, para aprender a sufrir (asignatura vital imprescindible y que en casi ningún foro se imparte), para alcanzar y saborear el reconocimiento merecido. Tercer diez.
- El deporte permite canalizar una serie de pulsiones primarias que forman parte de todos los seres humanos, y singularmente:
  • La pertenencia a un grupo y la defensa de éste frente a otros grupos, a base de altruismo, esfuerzo y capacidad de superación.
  •  La posibilidad de crear héroes, campeones dentro de cada grupo que idolatrar y con los que identificarse.
  •  La consecución de objetivos, éxitos, triunfos, tanto individuales como colectivos; y su imagen especular: la asunción de derrotas y fracasos, tanto individuales como colectivos.

El deporte, en definitiva, es un magnífico invento (acaso sea mejor decir una cristalización de la humanidad), que permite encauzar algunas de nuestras pulsiones vitales más primarias para que solo causen problemas menores —entre ellos, aunque no sólo, los relativos a la salud— desactivando otros cauces tradicionales y mucho más destructivos. Concretando: el deporte es un sucedáneo de la guerra.

Lo anterior es algo tan evidente como que las ruedas son redondas. Está más que estudiado y explicado, y no pretendo venir aquí a descubrir el Mediterráneo; pero acaso sí a indignarme con la ignorancia/indiferencia popular al respecto, y más aún con el nauseabundo cinismo oficial. Me refiero a frases tan recurrentes como las de “el fútbol sólo es fútbol”, “esto es un juego, nada más” “la violencia no tiene cabida en el deporte”, “el deporte nada tienen que ver la política”… ¿somos todos imbéciles, o qué?
¿Existe hoy en día alguna exaltación patriótica más descarada y universal que cualquier competición deportiva internacional? ¿Por qué todos los grupos que se reivindican como nación lo primero que exigen es tener su propia Selección”? ¿Por qué se pita a los himnos? ¿Por qué se exhiben símbolos políticos? ¿Por qué los Estados del Este, durante la guerra fría (a saber cuántos aún lo sigue haciendo), montaron un sistema de dopaje organizado de todos sus atletas? ¿Por qué americanos y soviéticos se boicotearon mutuamente las olimpiadas de 1980 y 1984? ¿Hace falta que siga…?
El Barça es el embrión simbólico del Ejercito dels Països Catalans, y Mesi e Iniesta son las versiones actualizadas de Aquiles e Ulises.

Cuando los madridistas cierran los ojos y se arrancan a cantar vuelven a sentirse un Imperio, seguros que esta vez la Armada Invencible sí derrotará a la Pérfida Albión.

Tampoco seguiré con más ejemplos, pero los aficionados/seguidores/hinchas de cada rincón del mundo saben perfectamente porqué aman sus colores, qué representan y lo absolutamente justificado que está el odio que sienten hacia sus eternos rivales.
El deporte solo es deporte ¿verdad? Un juego, algo que no tiene nada que ver con la política ¿verdad?
Siempre será preferible que te sometan a una goleada que a un bombardeo. Siempre será menos dramático que alguien conquiste un título que un país. No creo que nadie dude de que la humanidad muestra signos de evolución cuando vitorea a sus héroes al levantar trofeos, frente a los vítores que lanzaba no hace tanto al verlos levantar la cabeza cortada del campeón enemigo.
La política es la prolongación de la guerra por otros medios (cita inversa de la célebre frase de Karl von Clausewitz); y el deporte, a su vez, es la prolongación de la política por otros medios. Magnífico invento, qué duda cabe. Pero es lo que es, qué le vamos a hacer.
Ahora, eso sí: donde estén el golazo de Zidane o el solo de Jimmy Page en Stairway to Heaven... que se quite la salud.   

domingo, 5 de junio de 2016

El dinero no existe

De todas las artes y ciencias esotéricas, no creo que haya ninguna más desconcertante e insondable que la economía. El famoso gato de Schrödinger, paradigma de la física cuántica (otra ciencia esotérica donde las haya), que está vivo y muerto a la vez dentro de su caja, es una bagatela comparado con lo que es capaz de hacer el dinero: tú metes un euro en una caja, la cierras, la vuelves a abrir, y allí puede haber, indistintamente, dos euros, ninguno o siete mil. Todo es circunstancial, cambiante, probabilístico, especulativo… Y ello se debe a una razón fundamental: el dinero, que es la materia prima de la economía, en realidad no existe. Entendámonos: no existe tal como lo pensamos, como algo sólido, concreto, medible, pesable y contable como un átomo, una piedra o un planeta. Para nada. En realidad es un sutil e inasible concepto, que acaso podría equipararse, con bastante licencia, a “confianza”.


¿Recordáis lo que ponía en los billetes de antiguos de pesetas?: “El Banco de España pagará al portador Cien —o mil, o lo que fuera— pesetas” Es decir, aquel trocito de papel no era en realidad nada en sí mismo, sino la promesa de que si lo llevabas ante cierta etérea entidad, ésta te lo cambiaría por un número determinado de pesetas… la cuales cabía suponer que sí eran algo en concreto; pero, ¿el qué?

Los billetes actuales, ya, ni eso: una serie de letras (BCE, EBC, EZB... que supongo son siglas de lo mismo: el equivalente europeo del antiguo Banco de España), un número, la palabra EURO (también en alfabeto griego), y listo. Ya ni siquiera se intenta aparentar que ese papel equivale a algo presuntamente físico que alguien guarda en alguna parte. 20 EURO, o 50, o los que sea, que viene a ser "X crédito" (o como antes sugería , "X confianza"), y arreando.

Hubo un tiempo en el que el dinero existía, era algo real. Cuando los salarios se abonaban en sal, ese polvo fino y cristalino imprescindible para nuestro metabolismo de primates, el dinero era sustantivamente cierto. Algo incontestablemente valioso y justificablemente canjeable. Pero luego llegó el oro, y todo comenzó a cambiar ¿Cómo era posible que el oro tuviera algún valor? Era un metal, de acuerdo, y servía para hacer cosas. Pero no dejaba de ser un metal mediocre y limitado, muy inferior al hierro o el cobre… y sin embargo “valía” más ¿Por qué? Muy sencillo: porque era bonito y escaso. Todo el mundo quería tenerlo. Tenerlo daba prestigio, estatus…
¿Os dais cuenta?: todos los conceptos que han aparecido en los últimos renglones tienen que ver con cosas contextuales, circunstanciales, informacionales… incluso metafóricas si queréis. Pero las metáforas son difícilmente medibles o pesables. Mete una metáfora en una caja. Ciérrala y vuelve a abrirla ¿Qué te encuentras al hacerlo? Pues cualquier cosa, nada, o un poema, o razones para creer, o para declarar una guerra. Exactamente lo mismo que sucede si en la caja en cuestión hubieras metido un euro o un dólar.
Aquí os dejo un cuento que hace poco oí contar por ahí y que ilustra bien acerca de lo etéreo, insustancial y meramente emocional que es el dinero.
“Una tarde primaveral de tormenta un viajante de comercio para en un hotel de carretera, en una localidad apartada. Pregunta por una habitación y le dicen que el hotel está prácticamente vacío, que puede escoger la que quiera. Pero como nuestro viajante es un poco maniático solicita que le permitan ver las habitaciones disponibles para decidir en cuál alojarse. Por adelantado, deja en el mostrador los 100 € que le han informado que le costará la noche.
Mientras el viajante recorre el hotel, el recepcionista y propietario del mismo decide aprovechar para acercarse a la tienda de alimentación de al lado, y usar los 100€ que acaban de dejarle en el mostrador para saldar la deuda que tiene allí contraída. El tendero, por su parte, vuela con los 100 € a pagar a su proveedor de vinos, que hace tiempo le reclama. Éste, con los 100 € en la mano, resuelve liquidar lo que le debía al dueño del taller, que le cambió el otro día dos ruedas y aún no se las había abonado. El dueño del taller, que no contaba con ese cobro, interpreta que lo suyo es ir a ver a la Rosi, la prostituta del pueblo, a la que le debe ya un par de servicios. Rosi, que en ese momento anda razonablemente bien de cuartos, acude al hotel del pueblo, que ocasionalmente usa como local de trabajo y en donde debe dos pernoctaciones, al precio especial que a ella le hacen (50 €/noche).
La primavera, que es así de caprichosa, hace que la tormenta apenas dure media hora. Cuando nuestro viajante baja a la recepción del hotel tras recorrer todos los cuartos disponibles comprueba que el sol está empezando de nuevo a brillar, y decide continuar viaje. Toma los 100 € que había dejado en el mostrador, se disculpa, se monta en su coche y se aleja del pueblo.
El microcosmos económico que es esa pequeña localidad apenas ha recibido una fugaz visita, que se ha ido tal como llegó, sin dejar allí absolutamente nada. Pero el hotelero ya no le debe al tendero, ni este al bodeguero, ni el bodeguero al mecánico, ni este a la prostituta, ni la prostituta al hotelero.”
Si el viajante no se ha gastado nada, ni un solo euro ¿Qué es lo que ha fluido por allí, de mano en mano, bajo la forma circunstancial de un papelito de colores? ¿Confianza? ¿Compromiso? ¿Expectativas?...
El dinero no existe. No, al menos, como todos tendemos a creer inercialmente que lo hace. Y en el caso de que exista… ¿qué es lo que es, realmente?

Acepto cualquier explicación, siempre y cuando no venga de un economista: o no le entendería, o no podría creerle.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Reflexiones breves, pero intensas (IV)

Que no se me ofendan los docentes: en absoluto postulo que, lo que sigue, sea de aplicación general; pero seguramente conoceréis algún caso que encaja que ni pintado. Lo leí en un cartel que tenía detrás de su mesa mi profesora de botánica, en segundo de carrera, y decía más o menos así:

" Hubo un hombre, hace ya muchos años, que decidió ser el mejor cazador de dragones del mundo, y a ello dedicó todos sus esfuerzos. Aprendió todo de la vida y costumbres de los dragones, sus múltiples variedades y razas y todas las técnicas posibles para acecharlos y cazarlos. Pero cuando ya lo sabía todo y quiso poner en práctica sus habilidades, descubrió que los dragones hacía ya años que se habitan extinguido. Lejos de descorazonarse, aquél hombre montó una academia, en la que enseñó a cazar dragones; y hoy en día es un hombre rico."

 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Reflexiones breves, pero intensas (II)

Se ha abierto el tarro de mi cerebro, y lo mismo ya no hay quien lo pare. Va la segunda reflexión:

"Vivir el presente tiene regular fama, pues sistemáticamente se asocia a una especie de irresponsabilidad festiva, como la de la cigarra frente a la hormiga. Pero saborear el presente, ser plenamente conscientes de él, de eso que indefectiblemente sí es algo (¿qué son el pasado y el futuro, si no nostalgia y quimeras?), tiene más posibles enfoques, igualmente sabios y útiles. Por ejemplo: cuando estés en medio de la tempestad no te plantees superarla o atravesarla:  tan sólo, ser capaz de resistir la ola que en ese momento se abate sobre ti. Solo eso. Todo eso. Si sigues respirando, es que has ganado. Y la batalla de mañana, ya la librarás mañana."

domingo, 3 de mayo de 2015

La ONU realiza su primer encargo al Tribunal Planetario: las Drogas

La Comisión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas, por medio de la presente, pone a consideración del Tribunal Planetario la que será la primera Causa sobre la que deberá pronunciarse: LAS DROGAS.(Causa 01/2015)
La sentencia que se solicita al Tribunal Planetario deberá dar una solución global y universal a toda la problemática que se estructura en torno al fenómeno de las drogas.
Se trata de un conflicto con multitud de facetas y vertientes, hecho que ha motivado la existencia de discursos que, aisladamente, resultan totalmente coherentes (la perspectiva de la salud y el desarrollo personal; la de la defensa a ultranza de la libertad individual; la de la economía de mercado; la de su dimensión geopolítica y geoestratégica; enfoques y argumentaciones religiosas; etc.) pero que concluyen en dictámenes y propuestas de soluciones sesgadas e incapaces de satisfacer simultáneamente a la totalidad de dimensiones implicadas.
Se espera del Tribunal Planetario una decisión fundada y argumentada que permita un enfoque global y universal del problema, capaz de dar solución general al conflicto que ocasiona para la humanidad el actual estado de las drogas en el mundo, incluidas sus múltiples implicaciones y colateralidades.
Cumpliendo con las normas que rigen el funcionamiento del tribunal Planetario, la sentencia deberá ser publicada antes de QUINCE DÍAS, a contar desde la fecha de emisión del presente comunicado; lo que se corresponde con el 18 DE MAYO DE 2015.

En New York, a 3 de Mayo de 2015

Fdo: La Comisión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas