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lunes, 11 de mayo de 2020

Reflexiones coronavíricas (4 de n)

Desde que nací, y hasta 2004, Brasil era un lugar lejano y exótico del que brotaban sin cesar músicos sorprendentes, futbolistas geniales y mujeres esculturales. Pero en 2004 conocí a una bahiana que cambió mi vida, para siempre y para bien, y Brasil pasó a ser un territorio inmenso en todos los sentidos: inmensamente grande, rico, diverso, contradictorio…
Brasil tiene recursos de todo tipo suficientes como para mantener a dos planetas como este. Si brasileños y alemanes se intercambiasen sus territorios, en cinco años la economía brasileña le sacaría un cero a la americana y la china juntas. Pero yanquis y chinos pueden dormir tranquilos, porque la sociedad brasileña arrastra aún problemas intrínsecos tan fabulosos que me temo que, hasta dentro de tres o cuatro generaciones, es improbable que las cosas cambien sustantivamente.
Lo primero, y más flagrante, es el nivel de desigualdad. La estructura de clases brasileña se parece poco a la europea, y no me voy a entretener ni a aburrir a nadie con estimaciones o citas, pero hay consenso acerca de que apenas un tercio de los 210 millones de brasileños tiene un nivel de vida comparable al europeo; la mitad de la población vive en unas condiciones absurdamente precarias, para un país que como ya he dicho desborda todo tipo de riquezas; y una cuarta parte del total, más gente que toda la que vive en España, sobrevive en condiciones misérrimas comparables a las del África profunda.
Con una losa como la anterior, ya da igual qué tema se saque: las perspectivas son siempre malas o muy malas. Y la singularidad del coronavirus no es una excepción.
Para aproximarse a la compleja sociología brasileña harían falta dos o tres wikipedias monográficas, de modo que no voy a intentarlo en una entrada de blog, que por otra parte siempre me quedan más largas de lo deseable. Pero se hacen necesarias al menos tres o cuatro pinceladas, para poder contextualizar la situación actual y lo que a mi entender me temo que les espera.
(É possível que o que eu vou dizer agora pareça pesado, que vários de meus amados brasileiros fiquem zangados comigo. Acreditem que eu amo sua terra e várias coisas do caráter brasileiro, seu otimismo, sua alegria, sua proximidade... deixando fora a sua maestria para fazer uma música com harmonias inacreditáveis e para esfriar cerveja. Mas precisamente por respeito a essa terra e a esse povo, acho que é preciso falar com toda sinceridade. Ainda assim, desculpem pelo que está por vir.)  
Lo primero de todo: ¿cuál puede ser la causa de esa gigantesca desigualdad? De lo que llevo visto, oído y leído (menos de lo deseable, sin duda; pero no poco), llego a la rotunda conclusión de que el germen del asunto está en la esclavitud, en la salida en falso de la misma, en la preservación, cosméticamente disimulada, de una sociedad conceptualmente esclavista: la práctica totalidad de ese 50% de brasileños pobres son descendientes de esclavos. Desde la promulgación de la Ley Aurea hasta hoy sólo han pasado 130 años, cinco generaciones que jamás han disfrutado de las adecuadas condiciones educativas; y si no hay educación no hay posibilidades de ningún tipo de mejora social. Ya dije que no me entretendré en cifras, el que se aburra que las busque, pero la situación es aún hoy en día patética: el 7% de la población brasileña es totalmente analfabeta; y los analfabetos funcionales, rondan el 30%. Para qué hablar del color de piel de estos sesenta millones de infelices.
Estoy convencido de que esa desigualdad monstruosa, con la pobreza que acarrea, está en la base de lo que considero segundo drama en importancia de la sociedad brasileña: el “sálvese el que pueda”, que tiene diversos niveles de cristalización: la picaresca, como norma popular. La corrupción política, como versión agigantada de la picaresca. La delincuencia, como versión extrema de la picaresca.
Otros dos problemas sociales, de menor rango que los anteriores pero que son los primeros que me saltaron a la cara cuando conocí aquella tierra, son el exceso de Dios y el exceso de sexo. Ambas cosas son intrínsecamente humanas, forman parte indisociable de todas las culturas. Pero a mi entender, en Brasil la tentación de poner todo en manos de Dios… y sentarse a esperar que sea Él solito quien resuelva los problemas, actúa como palo en las ruedas del progreso. Y respecto al sexo… creedme que es una de las cuatro o cinco cosas que más me gustan de esta vida (algún día haré una entrada con la lista justificada de las mismas); pero en aquella tierra actúa con demasiada frecuencia como causa de fuerza mayor, arrasando sin pudor alguno lo que pille por delante. En este caso, el palo de la promiscuidad se cuela entre las ruedas de la estabilidad familiar y de la crianza responsable.
Para terminar la crucifixión, citaré otra singularidad que, para el tema concreto del coronavirus, sí está teniendo un peso decisivo: la fascinación por los Estados Unidos de América. Para la inmensa mayoría de los brasileños, USA es el ideal, la meta, el objetivo. Tudo o que vem de lá é ótimo, el modelo a seguir, sus modas, gustos, estética… Y esa imitación ha llegado al paroxismo eligiendo a un presidente populista y ultranacionalista que es apenas una parodia del paródico presidente estadounidense, Donald Trump.
Pero me temo que no, queridos brasileiros: Brasil jamás será USA, como España nunca será Alemania ni China Japón. Cada sociedad tiene su propia idiosincrasia, su razón de ser, la historia que les llevó hasta allí, y aunque a nivel planetario se pueda –y se deba– compartir tantos valores y reglas del juego como sea posible –los derechos humanos, el derecho internacional…– cada tierra da finalmente un fruto diferente.
De Brasil, como de cualquier otro sitio, pueden hacerse infinidad de retratos, dependiendo del ángulo que se utilice. Si me hubiera centrado en otros territorios hacia los que siento inclinación, como la naturaleza, la música o la literatura, habría salido una foto bien distinta, en donde no habría ni sombra de la mayor parte de lo que llevo dicho. Pero era necesario el enfoque que he empleado para entender qué es lo que creo que se les viene encima a cuenta del coronavirus. Intentaré extenderme lo menos que pueda, que ya sé que os canso.
 1.- La descentralización del Estado Brasileño operará severamente en contra de la eficacia en la lucha contra la pandemia, pues cada nivel administrativo reivindicará sus competencias, Prefeituras, Governos Estaduais, Governo Federal  Algunas de esas reivindicaciones serán razonables y legítimas, no es lo mismo Manaos que Santa Catarina; pero muchas de ellas obedecerán en realidad a simple lucha política. Como en USA. Como en España.
2.- Soluciones que son viables en otras partes del mundo, allí no lo son. Pese a los grandísimos esfuerzos realizados en las últimas décadas, el agua corriente de calidad en los hogares aún es un problema. La mitad de brasileños más desfavorecidos (no digamos ya el 25% de abajo del todo), se amontona en viviendas precarias, y en la mayoría de ellas el acceso a Internet (número de ordenadores por casa, acceso a datos móviles, etc.), es insuficiente. Con ese panorama, lo de extremar la higiene, teletrabajar o estudiar desde casa, parecen consignas destinadas solo al 30% de la población. El otro 70%, por mucho que quiera, puede intentarlo… pero la mitad de ellos es casi imposible que lo consigan.
3.- Como pobreza e incultura van totalmente de la mano, casi la mitad de la población brasileña resulta fácilmente embaucable por los líderes a los que siguen, como auténticos holligans: si Jair Messias Bolzonaro dice que “isso é uma gripezinha”, sin duda lo es. Así que, hala, todos a la playa, a misa, a fazer churrasco
4.- Según datos oficiales, el trabajo informal supone el 41,1% de los ocupados brasileños (en Europa la media ronda el 10%). Podría parecer mucho, pero eso está en la media baja de Sudamérica ¿Cómo se pretende que se confine la gente, si para 4 de cada 10 trabajadores su subsistencia depende de no hacerlo?
5.- La medicina privada brasileña está entre las mejores del mundo. Pero la pública está muy por detrás de la media europea. El tercio de arriba, podrá contar con una atención digna si se enferma; pero el tercio de en medio, y no digamos ya el de abajo, con seguridad, no.
6.- Como el coronavirus es cien veces más letal entre viejos que entre jóvenes, su impacto en Brasil, donde no se llega al 10% de población de más de 65 años, siempre será menor que en la vieja Europa (en España los mayores de 65 rondan el 20%).
(CUÑA IMPRESCINDIBLE: propongo no pensar en Donald Trump como en un ser perverso y malicioso, sino simplemente como el representante de una corriente ideológica relativamente sencilla, basada en tres principios: 1.-“Solo me importa mi clan; el resto son gente a la que usar, o una amenaza”. 2.- “Hay un modelo de sociedad perfecta, que debe ser impuesta” (en el caso USA esa sociedad perfecta se articula en torno al culto a la libertad, la iniciativa y el éxito personal, el supremacismo blanco patriarcal y la ortodoxia cristiana). Y 3.- “El fin justifica los medios” FIN DE LA CUÑA)
7.- La actual presidencia de Brasil va a imitar punto por punto lo que hagan los americanos en relación con el coronavirus, desde su delirante perspectiva de que Brasil es unos EEUU a medio construir. Y a la actual presidencia yanqui, el que pueda morir un cuarto de millón de sus compatriotas (llevan solo 80.000, pero la cosa sigue subiendo… mientras ya vuelven a la vida normal), no le preocupa en absoluto (250.000 es apenas el 0,08% de 320.000.000), comparado con el batacazo económico que está suponiendo la pandemia: más de 20 millones de puestos de trabajo perdidos, solo en el mes de abril. El clan se tambalea. China, sospechosamente, provocó el problema, apenas lo sufrió y ahora va a adelantarnos. Hay que parar eso como sea, y algunos cientos de miles de muertos no es un precio excesivo.
8.- El drama económico está garantizado, porque la recesión es mundial y va a sacudir todos los mercados, al margen de lo que produzca o consuma cada cual. Es comprensible el miedo a que una crisis económica golpee a la sociedad como un segundo tsunami, consecutivo al sanitario, y hay que pensar desde ya como intentar minimizar el golpe. Pero esgrimir eso como argumento único (el tercer punto del decálogo que antes planteaba: “El fin justifica los medios”), es absolutamente inmoral: nadie tiene derecho a pensar que un porcentaje “X” de la población es un precio asumible. “X” no es tal cosa, sino gente de una en una, hermanos, madres, abuelas, padres, compañeras, amigos, namoradas… Pensar que da lo mismo que mueran cincuenta mil o doscientos mil, porque “The economy, the first”, es un argumento nauseabundo e inaceptable. Por mucho que Trump lo esgrima. Por mucho que su guiñol brasileño le haga de eco.
Bueno, y todo esto… ¿cómo acaba la cosa? Pues no lo sé. Soy un auténtico maestro en elaborar hipótesis perfectas… que jamás se cumplen. Pero hay algunas cosas que sí pueden afirmarse: como este virus solo mata a un número limitado de los que infecta (hay tantos asintomáticos que todos los números son inciertos, pero su letalidad probablemente esté entre el 0,5 y el 5%), no acabará con la humanidad. Si todo siguiera como hasta ahora, en dos o tres años ya estaría tan implantado en el mundo entero como el virus de la gripe común, tras haberse llevado por delante a algunas decenas de millones de personas, añadiendo a partir de entonces medio millón más cada año a su cuenta. Si damos con una vacuna antes, pues eso quedará en la mitad o la tercera parte. Y si el virus, él solito, tiene a bien mutar y se convierte en un coronavirus más, como el del catarro, pues lo mismo la cosa se desinfla sola como un suflé sacado del horno antes de tiempo. Ojalá… De estas hipótesis, justificadamente, pienso hablar en mi próxima entrada.
Y por lo que respecta a Brasil, pues las expectativas a corto son inevitablemente malas, dada la precariedad de partida y la temeraria aplicación de la perspectiva estadounidense, por simple mimetismo desorientado. En Europa, el máximo de contagios y muertes solo se ha alcanzado tras meses de distanciamiento social, y no sabemos qué ocurrirá tras el relajamiento de esas medidas. En USA tal distanciamiento ha sido apenas un amago, no han alcanzado máximo alguno y ya están volviendo a la vida normal. Brasil, fiel imitador, seguirá un destino parecido… o algo peor, dadas las diferencias entre ambas sociedades.
Ya me gustaría poder decir otra cosa. Pero son malos tiempos para la lírica. Incluida la Bossa.
 Qué ganas tengo de hablar de otras cosas…

domingo, 10 de marzo de 2019

El disputado voto del Señor Míguel

No he podido resistirme a la paráfrasis, bastante obvia para los que tengáis ya unos cuantos años: “El disputado voto del Señor Cayo”, oportunísima novela de Miguel Delibes (aunque seguramente casi todos lo que recordaréis será la película, magistralmente protagonizada por Francisco Rabal), que reflejaba con patética ironía las contradicciones de la llegada de la democracia a una España que era varias: la roja, la azul, la urbana, la rural…
Las cosas han cambiado por suerte muchísimo desde el 77, y yo no soy ningún alcalde ermitaño al que seducir. Pero siento mi voto como mínimo igual de dividido que lo sintió en su día el Señor Cayo. Se nos avecina un diluvio de elecciones y estoy más indeciso que nunca; lo que en mi caso no es poco, ya que llevo toda la vida votando la opción que acaba ganando tras duras luchas internas entre un irrenunciable idealismo y el más racional pragmatismo.
Hace poco oí hablar de Jason Brennan, otro pensador a contracorriente, como yo; solo que catedrático reconocido y algo más famoso que este poliedro. No le he leído, lo reconozco, y es probable que si analizo en detalle sus ideas lo mismo me espeluznan. Pero el mensaje que me llegó de él me pareció de una demoledora lucidez. Intentaré un resumen: “La democracia es de largo el mejor sistema con el que hemos dado hasta la fecha, y las sociedades más prósperas y justas son las democracias consolidadas. Pero acaso habría que intentar dar con otro sistema mejor, pues el punto débil de la democracia es la ignorancia supina de la mayoría de los votantes, que cabe agrupar en tres categorías: 1) Hobbits, gente inculta que viven en su microcosmos y cuya pulsión natural es no votar; pero como son muy manipulables, a veces sí lo hacen… con resultados desastrosos: Trump, Le Pen, Brexit…; 2) Hooligans, fanáticos compulsivos que votan siempre a sus colores, vaya quien vaya en las listas y hayan hecho lo que hayan hecho; 3) Vulcanianos, seres analíticos, cultos e implicados, que se informan y votan a la opción que consideran en cada caso más adecuada para la resolución de los problemas. Si los Vulcanianos fueran mayoría, la democracia sería perfecta. Pero como rara vez superan el 20%, es el otro 80% de Hobbits y Hooligans quienes finalmente deciden (¿deciden?) quién manda”.
No sé si me ha quedado un poco largo, pero es que ahí hay un montón de ideas interesantes, y no he sido capaz de mayor brevedad.
El lío, lo peligroso de la argumentación anterior, es que abre la puerta a las restricciones del derecho a voto (tirando de ese hilo, solo deberíamos votar el 20% de Vulcanianos… porque, con todos los respetos, lo soy), y eso históricamente está más que probado que acaba desembocando en la tiranía, en el gobierno de unos pocos, que por muy cultos que sean no dejan de ser humanos, y al final acaban arrimando el ascua a su propia sardina. Salimos de la sartén, para caer en el fuego.
De acuerdo con el diagnóstico de Brennan, a mí lo que se me ocurre como mejor opción no es privar del derecho a voto a los burros, o hacer que sus votos valgan menos que los de los listos (¿quién pondría las rayas, con qué criterios…?), sino poner como objetivo prioritario social y común reducir el número de Hobbits y Hooligans y aumentar el de Vulcanianos. Lo mismo el ilustre Vulcaniano Brennan no se ha dado cuenta, pero las sociedades más justas y prósperas del planeta no son necesariamente las democracias más antiguas y consolidadas, sino aquellas en las que, además, el nivel cultural medio es más alto. Vale, yo tampoco soy tonto, y no se me escapa que una sociedad con pocos Vulcanianos es mucho más fácil de dirigir ¿verdad, Putin, Erdogan y compañía? El problema es endiabladamente complejo, y por eso lleva ahí lo que lleva.
Bueno, tras la divagación anterior voy ya a lo que se supone que iba, que si no esto se hace eterno: ¿a quién voto ahora yo, con el panorama que tenemos delante?
De siempre, fui más de izquierdas que de derechas. Pero sin exageraciones. Socialdemócrata, supongo, o algo así. Todo lo cual no quita que, en su momento, votase por ejemplo ecologista, cuando consideraba imprescindible que se prestara más atención a los problemas medioambientales, cosa que en los ochenta a nadie parecía preocuparle en exceso. Estamos en otra fase de la historia, y no considero que un voto de ese tipo sea ahora mismo de utilidad.
Años atrás, anduve cerca de UPyD. Incluso estuve en una de sus listas a las elecciones de mi pueblo, aunque en un puesto simbólico y sin posibilidad alguna de salir concejal. Pero el proyecto se murió (sería muy largo aquí hacer una elegía o una autopsia, de modo que nos la ahorraremos), de modo que ya no es ninguna opción.
Seguí con cariño y simpatía el nacimiento de Ciudadanos. Pero poco a poco se han ido escorando y escorando, haciendo recordar aquello de que “la cabra, tira al monte”, como mis amigos más de izquierdas siempre se empeñaron en señalarme, de modo que aunque me siguen gustando mucho algunas de sus ideas y de sus gentes, me dan más miedo que un nublado. Sobre todo después de pactar en Andalucía con una gente que son, literalmente, el franquismo sin Franco. Nada menos. Y como diría Sabina “…como habrán adivinado, la señora y el señor, los apellidos del muerto al que me refiero yo…”, pues me voy a dar el gustazo de evitar nombrarlos, que para mí que, a base de hacerlo, se les está haciendo más grandes e importantes de lo que en realidad son.
Con todos los anteriores antecedentes, parecería obvio que soy carne de PSOE. Pero es que después de la que acaban de liar, pollito, me dan como mínimo el mismo miedo que Ciudadanos ¿Pero cómo se le puede ocurrir a nadie ir a pactar con los secesionistas catalanes, una gente cuyo objetivo cuasi único es liquidar España para crear un estado inviable, con lo que el 20% de mis compatriotas se irían al mismísimo limbo, durante varias generaciones? Es como hacer jefe de bomberos a Nerón. Da igual lo noble de la causa: el fin nunca justifica los medios. Jamás se debió pactar con esa gente, de la que ya tengo hablado en este foro en un montón de ocasiones, y de la que tengo una opinión muy clara, que cabe resumir en la siguiente idea: El nacionalismo (CUALQUIER NACIONALISMO), es supremacismo aldeano, amor enfermizo por el propio ombligo que se justifica en un único argumento: “qué confortable es mi zona de confort”.
De modo que, menudo panorama... Para los utopismos, es tarde (de aquí a 8 meses, cumpliré 60). Ciudadanos me da miedo, por cómo se está escorando. El PSOE también, por haber perdido el norte con aquello de el fin y los medios.
Si pudiera elegir, al menos para España y Europa (mi pueblo y mi región son asuntos más locales, y ahí me importan más las personas que las siglas), querría una coalición PSOE-Ciudadanos, que son las dos formaciones de cuyas perspectivas me siento más cercano. De hecho, sus ideologías no están tan alejadas, y seguramente por eso se tiran a degüello la una contra la otra, sabiendo que buena parte de sus votos los pescan en los mismos caladeros.
El PSOE, de la mano de Ciudadanos, podría llevar adelante la mayor parte de sus políticas, sin la hipoteca de tener que contentar a los eternos chantajistas periféricos. Ciudadanos, de la mano del PSOE, podría llevar adelante la mayor parte de sus políticas, sin deberles nada a los herederos del franquismo. No me puedo creer que Sánchez se sienta más cómodo con los trasnochados Garibaldis que han llegado a la historia 150 años tarde, o con la amalgama heterogénea de buenismos y utopías que es Podemos, que con la gente de Ciudadanos. Y tampoco me creo que Rivera se sienta más cerca de la rancia derecha pepera, que aún no sabe que perdió el poder por culpa de una corrupción intrínseca que se empeña en ningunear, o de la aún más rancia nostalgia de la Panña del NODO de Abascal, que de la gente del PSOE.

Pero no se vota a coaliciones, sino a opciones teóricamente autosuficientes…
¡Ay Cayo, Cayo…! Tú que tienes más perspectiva que yo de estas cosas… ¿qué hago…?

lunes, 8 de octubre de 2018

¡S.O.S.: BRASIL, AL BORDE DEL FASCISMO...!


POR FAVOR, SOBRE TODO AQUELLOS QUE CONOZCÁIS A ALGÚN BRASILEÑO: AYUDADME A AYUDARLES, DIFUNDIENDO ESTO

(Llevo algunos meses ausente de este foro, por falta de tiempo y exceso de trabajo, pero pronto volveré. Entre tanto, me asomo aquí puntualmente, y a la carrera, por una razón singular)

Se conoce que hace ya demasiado del fin de la Segunda Guerra Mundial, la población es joven y cree que todo eso está superado por la historia, perdido en algún cajón del pasado junto a las guerras napoleónicas y el Imperio Romano. Pues no, chavalotes: mis padres vivieron aquello en primera persona, e incluso mi infancia y adolescencia se desarrolló en una teocracia fascista. Y lo que se nos está viniendo encima es primo hermano de aquello. Estos son otros tiempos, claro, y todo tiene otros modos. Pero la base, lo que late debajo, es lo mismo.

Emotividad pura, la política convertida en un Reality. Decirle a la gente lo que quiere oír, apelar a sus emociones más primarias, a sentimientos irrenuciables. Decir que se lucha contra el demonio, identificar a los contrarios con todos los males y a ti con el redentor. Hacer una apropiación indebida y global de lo que todos anhelan, y proclamarte Messias destinado a redimir a la sociedad de sus pecados.

Si tu pueblo está suficientemente escaldado y es suficientemente ignorante, manejable y proclive a la idolatría (como por desgracia le sucede a más de la mitad de la población brasileña), pues la democracia se alía contigo, oh Messias, y ya son tuyos. Ya has ganado. Ya puedes quemar el Bundestag, Adolf, y mandar a voluntad sobre tu rebaño de borregos. Un solo pueblo, un solo líder ¡Heil Bolsonaro...!



Tengo fuertes vinculaciones con Brasil, pues llevo ya quince felices años junto a una maravillosa bahiana, y dos de mis cuatro hijos tienen como ella doble nacionalidad, brasileña y española. Reconozco que no sigo al detalle la política de ese país, aunque sí lo suficiente como para estar razonablemente al día. Vaya por delante, y que quede claro, que NO SOY DEL PT, no tengo adscripción política definida. Por encima de todo, en política soy pragmático. Los políticos son administradores temporales a los que colocamos ahí para que gestionen lo público. Y punto. Jamás fui a un mitin, jamás compré una bandera. Pero siempre asumí de cara las consecuencias de mis actos. Yo, junto con otros diez millones, puse ahí en su día a Felipe González, y lo mantuve, y luego me vi obligado a quitarlo de en medio cuando la corrupción se lo comía, para poner a Aznar. Años después me vi obligado a echar a Aznar (reconozco que más asqueado de él que lo que lo estuve de Felipe), y a poner a Zapatero, a quien no hubo otro remedio que terminar quitando por su contumaz torpeza. Lo de poner a Rajoy no fue culpa mía, a mí no me miréis... Con ese bagaje, confío en que nadie me tome por extremista de ningún extremo. Pues desde esa ecuanimidad, desde esa perspectiva, creed lo que os digo:

- El voto castigo es una idiotez, una rabieta infantil. Con ello no castigas al que lo hizo mal, sino a ti mismo, dándole las llaves de tu destino a quien no lo merece.

- Votar nulo o en blanco es razonable si nadie te convence, aunque sí te convenza el sistema (o al menos lo consideres el menos malo). Pero si uno de los que puede salir, gracias a tu inhibición, se declara amante de la dictadura y enemigo de la democracia… entonces no puedes inhibirte: ANTES QUIEN SEA, QUE UN ANTIDEMÓCRATA CONFESO.

- Entiendo la frustración de quienes han sufrido la corrupción (a un español le vais a venir con eso…), que no es otra cosa que el abuso de confianza y el atraco de lo que es de todos a manos de los administradores que habíamos nombrado. Pero echar a los ladrones no puede hacerse a cualquier precio. No tiene sentido impedir que sea el zorro quien cuida del gallinero... para poner en su lugar a un lobo.

- Ya la habéis cagado, brasileños de mi corazón, ya os habéis acorralado a vosotros mismos, poniendo como finalistas a un PT que arrastra demasiada corrupción como para que nadie se crea que no conserva aún en su interior gérmenes tóxicos, y a vuestro particular Donald Trump. Tenéis que elegir entre que os amputen una pierna... o el cerebro. Vosotros mismos; pero los cojos hablan, escriben, beben cerveza, hacen el amor... y los lobotomizados solo hacen lo que se les dice que hagan, sin criterio ni gozo alguno.

-Al margen de lo anterior, conviene no olvidar que la corrupción no la inventó el PT, como tampoco la inventaron aquí ni el PSOE ni el PP. Ya estaba antes que todos ellos, y a todos debe reprochárseles que no hayan combatido como se debía ese terrible cáncer social. Pero no os hagáis líos: Bolsonaro ya era diputado en 1990, 12 años antes de la llegada de Lula. Ojo, que no le estoy acusando de nada. Pero que tampoco vega ahora dándoselas de renovador adalid anticorrupción, después de llevar 30 años en escena.

- Se habla todo el tiempo de lo que Bolsonaro es, porque él mismo lo confiesa con orgullo: machista, racista, xenófobo, homófobo, partidario de la tortura, enemigo de la democracia y admirador de la dictadura; pero apenas  se habla de sus políticas. Y su ideario, que está ahí y es fácil consultar, es espeluznante: estado confesional, marginación de las minorías (eliminando cualquier clase de ayudas o de discriminación positiva) cuando no persecución directa, instauración de la pena de muerte, normalización de la tortura, universalización del uso particular de las armas de fuego…

- Brasil es un país inmenso y complejo, y cualquier generalización, de lo que sea, no es otra cosa que una exhibición de ignorancia y torpeza. Pero nadie podrá negarme, incluidos los 200 millones de brasileños, que uno de los problemas cruciales de ese país es la existencia de ingentes bolsas de incultura y pobreza. Da igual que 50 millones de brasileños tengan el nivel de los suizos: mientras otros cincuenta tengan el de los africanos más pobres, perdurarán los problemas de narcotráfico, bandas, miseria… y también los de corrupción, pues es fácil engañar o comprar el voto de los misérrimos e ignorantes. Pues bien: no hay ninguna posibilidad de que el führer Bolsonaro reduzca los niveles de miseria y de reparto desigual de la riqueza. A lo mejor disminuyen los de delincuencia… a base de torturar y asesinar al mayor número posible de delincuentes (ese es uno de sus sueños); pero el porcentaje de miserables en Brasil crecerá, con lo que a medio plazo todos los problemas, incluidos los relativos a la inseguridad, irán a peor.

- Por todos los dioses de todos los Olimpos: dejad de mezclar religión y política. Votad a funcionarios, con contrato temporal, pero no a Mesías, no a enviados del cielo para que os rediman. En Europa hicimos eso mismo durante siglos; pero desde que dejamos de hacerlo y salimos de la Edad Media, nos va mucho mejor.

Eu amo vocês e amo o Brasil. Tenham cabeça, não olhem para o outro lado. Entrar no fascismo é fácil; para sair, os espanhois demoraram quarenta anos…

martes, 8 de mayo de 2018

REFLEXIONES BREVES, PERO INTENSAS (XI)

En un universo paralelo, sumamente improbable aunque no imposible, soy invitado a hablar ante el Congreso de los Estados Unidos de América en calidad de Mente Inquieta con Perspectiva, para formularles una pregunta que acaso pueda ayudarles a reflexionar.
Senadores, Representantes, Señor Presidente. Antes de formular mi pregunta, permítanme que la contextualice ¿Cuántos siux hay en la sala? ¿Y apaches? ¿cheroquis? ¿navajos, pueblo, chippewa, potawatomi, creck, chotaw, comanches, cheyene…? ¿Ninguno? En el año 1800 vivían en este país poco más de seis millones de personas, incluidos seiscientos mil indígenas. En 1900 setenta y cinco, y ahora más de trescientos veinticinco millones, de los que apenas dos y medio son nativos norteamericanos, ninguno de los cuales, por cierto, tiene aquí representante de su propia cultura ¿De dónde creen ustedes que procede su masa poblacional? ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que todos ustedes, todos, son emigrantes, o a lo sumo bisnietos de emigrantes? ¿Cómo es posible que hayan olvidado que la inmensa mayoría de sus antepasados —no tan lejanos— de origen inglés, italiano, irlandés, afroamericano (permítanme la licencia; de la esclavitud ya hablaremos otro día), francés o español, eran gente valiente y emprendedora, pero en su mayoría pobres y analfabetos?
Una vez centrado el asunto, ahí va mi pregunta: ¿Cómo es posible, almas de cántaro, que consideren a los actuales emigrantes una amenaza, en lugar de una oportunidad, si todo lo que les ha llevado a ser lo que son procede de oleadas de emigración mucho más masivas, caóticas y de gentes menos preparadas de las que ahora les piden una oportunidad…?

sábado, 7 de abril de 2018

REFLEXIONES BREVES, PERO INTENSAS (X)

En la crisis catalana todo es delirante, ridículo, patético. Lo es que dos millones de personas, en pleno siglo XXI, crean que el nacionalismo integrista es modernidad. Lo es que para combatir ese dislate haya quienes usen como argumento otros nacionalismos. Lo es constatar que los poderes del Estado están menos separados de lo que deberían. Pero para mí hay un disparate que supera a todos los anteriores: darle tal importancia a las formas que al final el fondo resulta irrelevante.
FONDO OBVIO, Y POR LO VISTO IRRELEVANTE: una organización, muy numerosa y perfectamente estructurada, tras abonar durante décadas ciertos sentimientos romántico-endogámicos, dio un golpe de estado cuyos objetivos eran liquidar España y crear en su lugar un Estado Catalán independiente, abandonando a su suerte al resto de territorios de la ex-España. El golpe falló. Pero lo intentaron.
FORMA, QUE POR LO VISTO ES LO IMPORTANTE: Romper dos coches de la Guardia Civil ¿es o no violencia? ¿Cómo de violenta ha de ser la violencia para que se considere Rebelión? ¿Un escrache es violencia? Comprar unos tupperware en IKEA y una bridas en un chino para hacer una parodia de referéndum ¿es malversación de fondos públicos?
No hace falta mancharse las manos de sangre para cometer un crimen. Se ahorca igual con un pañuelo de seda que con una soga de esparto. Un golpe de estado, lo dé Franco, Tejero o Puigdemont, termine en guerra civil o en breve tumulto, es intrínsecamente el más grave de los delitos políticos que cabe imaginar en democracia, y debería castigarse siempre con la inhabilitación a perpetuidad de los golpistas. Para el flagrante intento de golpe que nos ocupa, sin necesidad de prisiones preventivas ni otras idioteces incendiarias, tres meses habrían sobrado para instruir el caso, ya estarían inhabilitados de por vida los promotores del golpe —varias decenas— y podríamos dedicarnos todos a cosas más interesantes.

domingo, 18 de febrero de 2018

El cáncer (nacionalista) no se cura con aspirinas (judiciales)

Mi opinión la he dejado ya más que clara en este foro: el nacionalismo es un atavismo neolítico, un palo entre las ruedas que ralentiza el progreso de la humanidad como lo hacen el resto de supremacismos: el racismo, el machismo... Porque el nacionalismo es simple y llanamente eso: supremacismo paleto, supremacismo de aldea cuyo único argumento y sustentación es que los nacionalistas consideran que no hay nada más confortable que su zona de confort. Y punto. Se acabó. Eso es todo. Esa simpleza, esa idiotez infantil es su único baluarte moral e ideológico. Qué bien se juega en casa, qué gusto da todo, qué rica la comida, sin sorpresas ni ingredientes desconocidos. Qué agradable entenderlo todo, coger todos los chistes, comprender todos los argumentos. Qué confortable, en resumen, es la zona del propio confort. La mejor, de largo y sin matices. Algo que hay que defender a toda costa, cuidando su pureza y evitando contaminaciones. Algo sobre lo que hay que cerrar filas, pie en pared, siempre y a cualquier precio, sin abrir la mano jamás a nada que pueda suponer mestizaje o pérdida de autonomía.
¿Cómo se dice en catalán —o en vasco, o valón, o en la legua que queráis— America the first?
Pues eso.
Dicho lo anterior, algo que es como mínimo igual de meridianamente obvio es que “tener razón” apenas es un dato, un punto de referencia. Un argumento imprescindible, sin duda; pero incapaz de cambiar por sí solo la realidad. Y al resto de supremacismos me remito para corroborar tal evidencia: ¿es o no algo aceptado que el machismo es una secuela de la sociedad patriarcal que dominó el planeta durante los últimos tres milenios, un vicio anacrónico superado por la historia… y al mismo tiempo una pesadilla actual y demoledora que aún nos atenaza? El racismo es una inculta simpleza que no se sujeta, y ya no hay regímenes nacis ni apartheid en vigor. Pero ¿no perdura el latido racista por doquier, como un bicho tóxico aguardando escondido en los resquicios de todas las sociedades, listo para saltar a primer plano en cuanto la situación lo propicia?
El nacionalismo es un mal de naturaleza emparentada a los dos supremacismos citados en el párrafo anterior y de peligrosidad cuanto menos equiparable. Acaso sea el responsable de más muertes que nadie en este planeta, incluidos los sesenta millones de la última Guerra Mundial. Pero esa evidencia no resuelve nada, y las estrategias empleadas para combatirlo, al menos en España y durante los últimos cien años, han sido patéticas, consiguiendo únicamente darle motivos para enrocarse, crecer y hacerse más fuerte.
Me parece que, antes de seguir, se hace imprescindible una reflexión seria respecto a lo que no es nacionalismo, para que nadie se lie y se crea que estoy dando por bueno el nacionalismo de los estados oficiales —España, Francia, Alemania, etc.— y llamándole “nacionalismo”, en sentido peyorativo, a sentimientos equivalentes pero que conciernen a no-estados como Catalunya, Euskal Herria, el Kurdistán o el Tíbet. Nada de eso.
A todos nos gusta lo nuestro. Es lo que conocemos y hacia lo que sentimos mayor vinculación. Yo a mi Sierra de Guadarrama, a Madrid, España y Europa, por ese orden. Mi mujer a Salvador de Bahía, el Nordeste brasileño, Brasil y Sudamérica, y cada cual a sus respectivas equivalencias. Al nacionalista no es que le pase eso, como a todos, sino que además traza una raya muy muy gorda que delimita de forma drástica e irreductible el universo, de forma que sus afectos y afinidades se concentran enfermizamente a un lado de esa raya, sintiendo hacia todo lo que cae del lado de fuera apenas una tenue y difusa simpatía… y muchísimo recelo.
Pensemos en los ideólogos basales de la actual Unión Europea ¿Alguien cree que Winston Churchill no era profundamente inglés, Konrad Adenauer profundamente alemán y Charles de Gaulle profundamente francés? ¿Os imagináis a Churchill prefiriendo el champán al té, o a Adenauer despreciando la cerveza frente al vino? Obviamente todos conocían bien y amaban a sus respectivas patrias. Pero ni por lo más remoto consideraban ese justificado amor filial un argumento para odiar al vecino y para anteponer a toda costa el bien de los suyos, fueran cuales fueran las consecuencias para el resto. Ellos, como tantos desde entonces —yo incluido— no sentían en absoluto peligrar su identidad por el hecho de estrechar al máximo los vínculos con los vecinos, hasta acabar alumbrando algo parecido a unos Estados Unidos de Europa —son sus palabras— Y estoy convencido de que si no se atrevieron a decir algo así como “…hasta que en un futuro los Estados Unidos de Europa se integren en los Estados Unidos Planetarios”, no fue porque no lo intuyesen o deseasen, sino porque seguramente les pareció algo demasiado lejano y que era mejor no poner sobre la mesa de momento, para que la gente no se marease y huyera.
Habrá nacionalistas que me digan que firmarían todo lo que se dice en el párrafo anterior, pero que plantean su integración europea y planetaria desde el marco de sus respectivos estados —catalán, vasco, etc.— y no desde el estado español ¿Qué diferencia habría? Es un argumento ingenioso… pero falaz. Es ridículo decir que para dejar atrás un supremacismo, primero me apunto a otro, más o menos equivalente, y desde ahí, escapo. Es como si un alcohólico te dice que para dejar el alcohol primero se va a pasar a la coca, y que después la dejará, resolviendo así su problema con la botella. España, Francia, Alemania, son realidades históricas cuyo único natural y razonable destino es su desintegración hacia arriba, al plazo que sea; pero jamás empezando por dar un paso atrás, hacia la balcanización medieval que nos precedió ¿Para qué? O dejamos de beber e intentamos hacer otras cosas o continuamos la juerga mientras el hígado aguante, que no será mucho. Pero intentar venderle la burra a nadie de que la salida se encuentra en la puerta de atrás, es ingenuista o falaz. No me vale.
Ni que decir tiene que reinventarse la historia para argumentar que la creación de esos estados neobalcánicos no es sino la restitución de un antiguo estado de las cosas es una falacia aún mayor. Claro que hay mucho burro suelto que puede morder el anzuelo, pero quiero creer que el nivel cultural medio tiende a aumentar, y que el actual acceso universal a la información puede ayudar a ello. Y el que quiera que mire un poco, que la evidencia salta a la vista: jamás existió Euskal Herria, y pretender que el reino medieval de Navarra fue algo equivalente es una idiotez similar a decir que el Califato de Córdoba, o la Tartesos de Argantonio fueron los antecedentes de la actual Andalucía. Y tampoco, señores catalanes, hay quien sujete que la guerra de sucesión que libraron las potencias europeas en estas tierras hace trescientos años fue una contienda entre Cataluña y España. La verdad es que lamento que ganaran los Borbones, y creo que de haberlo hecho los Hasburgo nuestra historia —y la de toda la humanidad— podría haber sido distinta y mejor. Pero el reino de Catalunya, como el de Euskal Herria, tan solo son creaciones literarias, equivalentes a la Ínsula Barataria; o a la Isla Utopía, como acaso prefiráis, que no es lo mismo, pero es igual.
Dicho todo lo anterior, y lo anterior de lo anterior, incluidas las cien entradas que ya acumulo en este blog, podría venirme quien quisiera y decirme que apenas soy un chavalote con limitada cultura que pontifica desde su púlpito particular, pero que no le llega intelectualmente a la suela de los zapatos a decenas y decenas de sabios nacionalistas de todas las condiciones, catedráticos de historia, de derecho, gentes que han dado siete vueltas al mundo y que me sacan dos ceros en cociente intelectual ¿Si? Pues me voy a revolver contra esa razonable argumentación.
Cuando digo que el nacionalismo es un atavismo neolítico que lastra a la humanidad no estoy diciendo que los individuos nacionalistas, a título particular, sean idiotas, ni muchísimo menos. Digo que esa línea ideológica, al margen de lo bien que se venda y de quién la venda, es algo rancio y dañino. Algo que quiero considerar demodé… acaso con cierta licencia buenística por mi parte, queriendo creer que la humanidad ha avanzado algo desde la Ilustración hasta aquí.
Me apoyaré de nuevo en los otros dos supremacismos que estoy empleando como muletas especulares: el machismo y el racismo.
Como biólogo que soy, admiro desde lo más profundo de mi ser a Charles Darwin, que no se inventó ninguna teoría ni promulgó ninguna ley, sino que, simplemente, tuvo la perspicacia suficiente para entender algunas de las claves básicas de porqué los seres vivos que vemos son lo que son. La evolución no es una hipótesis, es la formulación de una realidad, equivalente a la gravedad o a la esfericidad de la Tierra. Pues bien, mi amigo Charles era machista hasta la nausea, considerando a la mujer una especie de hombre imperfecto e incurablemente inferior, tanto física como intelectualmente ¿Debemos por ello denostar a Darwin? O peor aún, ¿tenemos que reconsiderar nuestra opinión respecto al machismo, dado que un biólogo tan preclaro lo era abiertamente? Pues no, y no: Darwin fue un iluminado; pero como hijo de su tiempo, cargó con ideas que hoy en día ya están superadas. Y punto.
¿A alguien le cabe la menor duda respecto a que Jesús de Nazaret era total y profundamente machista? ¿Y cómo iba a ser de otra manera, viviendo en el patriarcado global de la Antigüedad? ¿Debemos en consecuencia mirar con recelo la figura de Jesús… o tocará reconsiderar lo de si el machismo tiene o no cierto sentido?
Como ya recordé en este foro, George Washington tenía centenares de esclavos en sus plantaciones de tabaco ¿Toca considerarle un monstruo, o justificamos la esclavitud (y el tabaquismo)?
Que no, que me da igual si Puigdemont habla siete idiomas o si le dan el premio Novel a algún gurú del procés: sus talentos seguirán siendo suyos aunque profesen una doctrina perversa; y respecto a lo perverso de la doctrina en cuestión, me remito a lo que llevo escrito.
Bueno, pues todo lo anterior, y lo digo en serio, no era sino la intro. Ahora viene la chicha de la cosa: ¿Cómo es posible que llevemos tantas y tantas décadas haciendo tan mal las cosas en relación con los nacionalismos en España?
El franquismo, también lo he dicho ya aquí, fue una teocracia fascista. Lo último de lo último en Europa a mediados del siglo pasado. Nada original; pero tampoco buenas noticias para los ciudadanos/súbditos a los que les/nos tocó en suerte. Y con respecto a los nacionalismos periféricos, su criterio básico fue sepultarlos bajo el nacionalismo centralista de la España Una, Grande y Libre. Algo así como sorprender a tu hijo en medio de una pelea y sacarlo de allí a hostias para explicarle que no se pega ¡Que no se pega…! (y toma porrazo), ¡pedazo de burro! (otro porrazo), ¡Más respeto! (y otro más). Además, y en paralelo, el franquismo supo valorar el talento y la tradición emprendedora de ciertas áreas de la geografía patria (el Levante, Vascongadas, Cataluña…), e invirtió en ellas facilitándoles las cosas, porque esa complicidad suponía generación de riqueza —cosa que no le venía nada mal a la España Imperial– y porque calmaba las turbulencias locales: cuando hay dinero, toda reivindicación pude dejarse para luego.
Machacar territorios, sepultando sus señas de identidad, y contribuir al tiempo a su prosperidad, no parece una estrategia brillante para diluir aspiraciones nacionalistas. No sé muy bien que creían los jerarcas de turno que estaban construyendo, pero lo que resultaron fueron territorios más desarrollados y más justificadamente reivindicativos que el resto. Buen coctel.
Se acabó el franquismo. España tenía que reinventarse… y ahí teníamos el grano en el culo de los territorios más apaleados, y al tiempo más ricos ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! Dicho y hecho: privilegios por aquí, cuponazo por allá, transferencia de educación (que con el criterio de “café para todos” acabó siendo urbi et orbi), ley electoral sesgada y tendenciosa para que pesasen más de lo que realmente pesaban, manga ancha para lo que fuera… e ¡la, voilà…! ¿Se apaciguaron las ansias independentistas? ¡Antes al contrario!: cogieron más brío. Y en esa piedra, tozudamente, tropezaron con el mismo garbo Suarez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy… todos igual de torpes e igual de cobardes: ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! ¿Qué se nos van a dónde, almas de cántaro? ¿Qué se nos van cómo y a qué? No tenían opciones, su paja mental llegaba ciento cincuenta años tarde (fue entonces cuando se inventaron las actuales Italia o Alemania), pero nuestros preclaros y cobardes dirigentes no repararon en ello y alimentaron el monstruo a sus pechos… hasta que éste terminó despertando y arrancándoselos de una dentellada. Qué cuento más bonito.
Y ahora, ¿qué? La última y brillante idea de nuestro actual presidente es “mirushté, que se cumpla la ley”, y meterles a todos en la cárcel ¿No están incumpliendo flagrantemente la ley? Pues a la cárcel y resuelto el tema. Ciertamente, a los golpistas se les fusilaba al amanecer, de modo que lo de la cárcel, como se hizo con Tejero, pudiera parecer casi una solución humanitaria. Pero Mariano ¿te has dado cuenta de cuántos son, infeliz? ¿A cuántos independentistas piensas meter en la cárcel, pedazo de burro? ¿A los dos millones declarados que ahora mismo son? (la población total de Cataluña, contando a todos, es siete millones, de modo que dos millones son muchos pero no llegan a la tercera parte, no nos hagamos líos). Habría que construir campos de concentración mesopotámicos para acogerlos, y el mundo entero se nos tiraría encima llamándonos de todo, con razón. No, sin duda esa no es una opción.
¿Y entonces…?
Vamos a ver, es obvio que hay que cumplir la ley. Pero las leyes han de estar al servicio de la sociedad, y no al revés, y cuando dejan de funcionar, hay que cambiarlas. Si no se hubieran cambiado las leyes seguiría habiendo esclavos y las mujeres no podrían votar. La sociedad evolucionó, maduró, superó prejuicios e ignorancias y se cambiaron las leyes para dar cauce de normalidad a los comportamientos que habían pasado a ser considerados normales. Toca hacerlo otra vez.
Ojito: ni por lo más remoto estoy proponiendo retorcer las leyes para contentar a los que se las saltan. No se trata de premiar a los tramposos, sino de quitarles los argumentos para ponerlos en evidencia. Y, por supuesto, cambiar las leyes aplicando la ley, sin hacer trampas, como los nacionalistas catalanes nos tienen acostumbrados al más puro estilo Groucho Marx (“Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros”), sacándose de la manga, con unas mayorías exiguas y circunstanciales, leyes que se autodefinen como supremas y absolutas, por encima de cualquier otro marco jurídico humano o divino. No, así no, en serio.
Cambiar las leyes a saco, sin miedo. Empezando por preguntarles a todos los españoles si quieren monarquía o republica, estado central, federal o confederal, etc., etc., etc. Luego, habría que consensuar de qué se encarga cada quien, blindando para siempre competencias… y en mi opinión, el Estado, además de la representación internacional, jamás debería abrir la mano de cosas como la sanidad o la educación, para garantizar la igualdad real de todos. ¿Cuál es el problema? Recuerdo bien los pavores de la España de mediados de los setenta. Aquello era como la casa de Bernarda Alba… solo que quien se había muerto era precisamente Doña Bernarda, y el miedo al caos y el desamparo lo teñía todo ¿Y qué paso? Pues nada malo: la gente votó, se pactaron nuevas reglas y todo el mundo se dedicó a lo suyo, haciendo que la cosa tirara globalmente para adelante, y a mayor velocidad de la que lo había hecho nunca ¿Por qué no habría de pasar algo parecido ahora, que la gente está muchísimo mejor preparada que la de entonces, en todos los sentidos?
Y no digo que lo anterior, que me parece imprescindible por pura higiene social, fuera a resolver mágicamente el eterno marrón de los nacionalismos; pero sin duda contribuiría a su deslegitimación. Y no vendrían mal algunas otras ayudas complementarias, como que nuestros socios europeos se tomaran en serio la cosa y les expusieran a las claras a todos los balcanizadores que si se inventan un nuevo chiringuito la UE jamás les daría cancha, y que quedarían condenados a ser nuevas Argelias o Somalias durante décadas.
Que las mujeres pudieran votar no acabó con el machismo, pero fue un paso decisivo en la dirección correcta, y seguimos avanzando, aunque aún falte muchísimo camino por recorrer. Superar el nacionalismo, que la gente deje de mirarse tanto al ombligo y de inventarse victimismos y levante la frente, aún costará siglos. Sí, he dicho siglos. Pero soñando un poco más flojito, superar la actual fase crítica que nos aqueja podría conseguirse en apenas dos o tres generaciones (menos, imposible), si se toman ya las decisiones valientes que toca.
Nada contribuiría tanto a erradicar el cáncer de pulmón como conseguir que el tabaquismo fuera historia. Para eso también faltan generaciones, pero estamos dando los pasos correctos. En el primer mundo ya nadie fuma en los espacios públicos cerrados, y eso se consiguió porque ciertos políticos con coraje se atrevieron a promulgar normas restrictivas de popularidad cuestionable, pero imprescindibles. Si se hubieran limitado a abaratar las aspirinas y las pastillas contra la tos, lo mismo los fumadores habrían ganado algo de calidad de vida, pero el problema estaría en el mismo punto.
Decir que hay que cumplir la ley, mirushté, es lo mismo que decir que para acabar con el paro lo que hay que hacer es crear empleo: una obviedad vacua. Claro que hay que cumplir la ley; pero la ley ha de ser realmente aplicable —no se puede encarcelar a millones de independentistas activistas y confesos— y abrumadoramente aceptada por la sociedad.
Y tampoco vendría mal una separación total, efectiva y libre de sospechas de los tres poderes del Estado; o de lo contrario ni siquiera unas leyes tan modernas y popularmente aclamadas como las que me estoy dejando soñar podrían ponerse en práctica de forma duradera y efectiva.
Van 3.109 palabras ¿Os hago un resumen?:
La enfermedad del nacionalismo —amor enfermizo hacia lo propio— solo puede curarse viajando y con paciencia, y jamás con palos y sentencias.
Parece mentira. Si con veintidós había bastante ¿para qué tengo que castigar a nadie con otras tres mil ochenta y siete?
Lo mío es vicio, sin duda. Vicio de pensar, quiero creer. Y vicio compartido, ya que me estás leyendo…