domingo, 18 de febrero de 2018

El cáncer (nacionalista) no se cura con aspirinas (judiciales)

Mi opinión la he dejado ya más que clara en este foro: el nacionalismo es un atavismo neolítico, un palo entre las ruedas que ralentiza el progreso de la humanidad como lo hacen el resto de supremacismos: el racismo, el machismo... Porque el nacionalismo es simple y llanamente eso: supremacismo paleto, supremacismo de aldea cuyo único argumento y sustentación es que los nacionalistas consideran que no hay nada más confortable que su zona de confort. Y punto. Se acabó. Eso es todo. Esa simpleza, esa idiotez infantil es su único baluarte moral e ideológico. Qué bien se juega en casa, qué gusto da todo, qué rica la comida, sin sorpresas ni ingredientes desconocidos. Qué agradable entenderlo todo, coger todos los chistes, comprender todos los argumentos. Qué confortable, en resumen, es la zona del propio confort. La mejor, de largo y sin matices. Algo que hay que defender a toda costa, cuidando su pureza y evitando contaminaciones. Algo sobre lo que hay que cerrar filas, pie en pared, siempre y a cualquier precio, sin abrir la mano jamás a nada que pueda suponer mestizaje o pérdida de autonomía.
¿Cómo se dice en catalán —o en vasco, o valón, o en la legua que queráis— America the first?
Pues eso.
Dicho lo anterior, algo que es como mínimo igual de meridianamente obvio es que “tener razón” apenas es un dato, un punto de referencia. Un argumento imprescindible, sin duda; pero incapaz de cambiar por sí solo la realidad. Y al resto de supremacismos me remito para corroborar tal evidencia: ¿es o no algo aceptado que el machismo es una secuela de la sociedad patriarcal que dominó el planeta durante los últimos tres milenios, un vicio anacrónico superado por la historia… y al mismo tiempo una pesadilla actual y demoledora que aún nos atenaza? El racismo es una inculta simpleza que no se sujeta, y ya no hay regímenes nacis ni apartheid en vigor. Pero ¿no perdura el latido racista por doquier, como un bicho tóxico aguardando escondido en los resquicios de todas las sociedades, listo para saltar a primer plano en cuanto la situación lo propicia?
El nacionalismo es un mal de naturaleza emparentada a los dos supremacismos citados en el párrafo anterior y de peligrosidad cuanto menos equiparable. Acaso sea el responsable de más muertes que nadie en este planeta, incluidos los sesenta millones de la última Guerra Mundial. Pero esa evidencia no resuelve nada, y las estrategias empleadas para combatirlo, al menos en España y durante los últimos cien años, han sido patéticas, consiguiendo únicamente darle motivos para enrocarse, crecer y hacerse más fuerte.
Me parece que, antes de seguir, se hace imprescindible una reflexión seria respecto a lo que no es nacionalismo, para que nadie se lie y se crea que estoy dando por bueno el nacionalismo de los estados oficiales —España, Francia, Alemania, etc.— y llamándole “nacionalismo”, en sentido peyorativo, a sentimientos equivalentes pero que conciernen a no-estados como Catalunya, Euskal Herria, el Kurdistán o el Tíbet. Nada de eso.
A todos nos gusta lo nuestro. Es lo que conocemos y hacia lo que sentimos mayor vinculación. Yo a mi Sierra de Guadarrama, a Madrid, España y Europa, por ese orden. Mi mujer a Salvador de Bahía, el Nordeste brasileño, Brasil y Sudamérica, y cada cual a sus respectivas equivalencias. Al nacionalista no es que le pase eso, como a todos, sino que además traza una raya muy muy gorda que delimita de forma drástica e irreductible el universo, de forma que sus afectos y afinidades se concentran enfermizamente a un lado de esa raya, sintiendo hacia todo lo que cae del lado de fuera apenas una tenue y difusa simpatía… y muchísimo recelo.
Pensemos en los ideólogos basales de la actual Unión Europea ¿Alguien cree que Winston Churchill no era profundamente inglés, Konrad Adenauer profundamente alemán y Charles de Gaulle profundamente francés? ¿Os imagináis a Churchill prefiriendo el champán al té, o a Adenauer despreciando la cerveza frente al vino? Obviamente todos conocían bien y amaban a sus respectivas patrias. Pero ni por lo más remoto consideraban ese justificado amor filial un argumento para odiar al vecino y para anteponer a toda costa el bien de los suyos, fueran cuales fueran las consecuencias para el resto. Ellos, como tantos desde entonces —yo incluido— no sentían en absoluto peligrar su identidad por el hecho de estrechar al máximo los vínculos con los vecinos, hasta acabar alumbrando algo parecido a unos Estados Unidos de Europa —son sus palabras— Y estoy convencido de que si no se atrevieron a decir algo así como “…hasta que en un futuro los Estados Unidos de Europa se integren en los Estados Unidos Planetarios”, no fue porque no lo intuyesen o deseasen, sino porque seguramente les pareció algo demasiado lejano y que era mejor no poner sobre la mesa de momento, para que la gente no se marease y huyera.
Habrá nacionalistas que me digan que firmarían todo lo que se dice en el párrafo anterior, pero que plantean su integración europea y planetaria desde el marco de sus respectivos estados —catalán, vasco, etc.— y no desde el estado español ¿Qué diferencia habría? Es un argumento ingenioso… pero falaz. Es ridículo decir que para dejar atrás un supremacismo, primero me apunto a otro, más o menos equivalente, y desde ahí, escapo. Es como si un alcohólico te dice que para dejar el alcohol primero se va a pasar a la coca, y que después la dejará, resolviendo así su problema con la botella. España, Francia, Alemania, son realidades históricas cuyo único natural y razonable destino es su desintegración hacia arriba, al plazo que sea; pero jamás empezando por dar un paso atrás, hacia la balcanización medieval que nos precedió ¿Para qué? O dejamos de beber e intentamos hacer otras cosas o continuamos la juerga mientras el hígado aguante, que no será mucho. Pero intentar venderle la burra a nadie de que la salida se encuentra en la puerta de atrás, es ingenuista o falaz. No me vale.
Ni que decir tiene que reinventarse la historia para argumentar que la creación de esos estados neobalcánicos no es sino la restitución de un antiguo estado de las cosas es una falacia aún mayor. Claro que hay mucho burro suelto que puede morder el anzuelo, pero quiero creer que el nivel cultural medio tiende a aumentar, y que el actual acceso universal a la información puede ayudar a ello. Y el que quiera que mire un poco, que la evidencia salta a la vista: jamás existió Euskal Herria, y pretender que el reino medieval de Navarra fue algo equivalente es una idiotez similar a decir que el Califato de Córdoba, o la Tartesos de Argantonio fueron los antecedentes de la actual Andalucía. Y tampoco, señores catalanes, hay quien sujete que la guerra de sucesión que libraron las potencias europeas en estas tierras hace trescientos años fue una contienda entre Cataluña y España. La verdad es que lamento que ganaran los Borbones, y creo que de haberlo hecho los Hasburgo nuestra historia —y la de toda la humanidad— podría haber sido distinta y mejor. Pero el reino de Catalunya, como el de Euskal Herria, tan solo son creaciones literarias, equivalentes a la Ínsula Barataria; o a la Isla Utopía, como acaso prefiráis, que no es lo mismo, pero es igual.
Dicho todo lo anterior, y lo anterior de lo anterior, incluidas las cien entradas que ya acumulo en este blog, podría venirme quien quisiera y decirme que apenas soy un chavalote con limitada cultura que pontifica desde su púlpito particular, pero que no le llega intelectualmente a la suela de los zapatos a decenas y decenas de sabios nacionalistas de todas las condiciones, catedráticos de historia, de derecho, gentes que han dado siete vueltas al mundo y que me sacan dos ceros en cociente intelectual ¿Si? Pues me voy a revolver contra esa razonable argumentación.
Cuando digo que el nacionalismo es un atavismo neolítico que lastra a la humanidad no estoy diciendo que los individuos nacionalistas, a título particular, sean idiotas, ni muchísimo menos. Digo que esa línea ideológica, al margen de lo bien que se venda y de quién la venda, es algo rancio y dañino. Algo que quiero considerar demodé… acaso con cierta licencia buenística por mi parte, queriendo creer que la humanidad ha avanzado algo desde la Ilustración hasta aquí.
Me apoyaré de nuevo en los otros dos supremacismos que estoy empleando como muletas especulares: el machismo y el racismo.
Como biólogo que soy, admiro desde lo más profundo de mi ser a Charles Darwin, que no se inventó ninguna teoría ni promulgó ninguna ley, sino que, simplemente, tuvo la perspicacia suficiente para entender algunas de las claves básicas de porqué los seres vivos que vemos son lo que son. La evolución no es una hipótesis, es la formulación de una realidad, equivalente a la gravedad o a la esfericidad de la Tierra. Pues bien, mi amigo Charles era machista hasta la nausea, considerando a la mujer una especie de hombre imperfecto e incurablemente inferior, tanto física como intelectualmente ¿Debemos por ello denostar a Darwin? O peor aún, ¿tenemos que reconsiderar nuestra opinión respecto al machismo, dado que un biólogo tan preclaro lo era abiertamente? Pues no, y no: Darwin fue un iluminado; pero como hijo de su tiempo, cargó con ideas que hoy en día ya están superadas. Y punto.
¿A alguien le cabe la menor duda respecto a que Jesús de Nazaret era total y profundamente machista? ¿Y cómo iba a ser de otra manera, viviendo en el patriarcado global de la Antigüedad? ¿Debemos en consecuencia mirar con recelo la figura de Jesús… o tocará reconsiderar lo de si el machismo tiene o no cierto sentido?
Como ya recordé en este foro, George Washington tenía centenares de esclavos en sus plantaciones de tabaco ¿Toca considerarle un monstruo, o justificamos la esclavitud (y el tabaquismo)?
Que no, que me da igual si Puigdemont habla siete idiomas o si le dan el premio Novel a algún gurú del procés: sus talentos seguirán siendo suyos aunque profesen una doctrina perversa; y respecto a lo perverso de la doctrina en cuestión, me remito a lo que llevo escrito.
Bueno, pues todo lo anterior, y lo digo en serio, no era sino la intro. Ahora viene la chicha de la cosa: ¿Cómo es posible que llevemos tantas y tantas décadas haciendo tan mal las cosas en relación con los nacionalismos en España?
El franquismo, también lo he dicho ya aquí, fue una teocracia fascista. Lo último de lo último en Europa a mediados del siglo pasado. Nada original; pero tampoco buenas noticias para los ciudadanos/súbditos a los que les/nos tocó en suerte. Y con respecto a los nacionalismos periféricos, su criterio básico fue sepultarlos bajo el nacionalismo centralista de la España Una, Grande y Libre. Algo así como sorprender a tu hijo en medio de una pelea y sacarlo de allí a hostias para explicarle que no se pega ¡Que no se pega…! (y toma porrazo), ¡pedazo de burro! (otro porrazo), ¡Más respeto! (y otro más). Además, y en paralelo, el franquismo supo valorar el talento y la tradición emprendedora de ciertas áreas de la geografía patria (el Levante, Vascongadas, Cataluña…), e invirtió en ellas facilitándoles las cosas, porque esa complicidad suponía generación de riqueza —cosa que no le venía nada mal a la España Imperial– y porque calmaba las turbulencias locales: cuando hay dinero, toda reivindicación pude dejarse para luego.
Machacar territorios, sepultando sus señas de identidad, y contribuir al tiempo a su prosperidad, no parece una estrategia brillante para diluir aspiraciones nacionalistas. No sé muy bien que creían los jerarcas de turno que estaban construyendo, pero lo que resultaron fueron territorios más desarrollados y más justificadamente reivindicativos que el resto. Buen coctel.
Se acabó el franquismo. España tenía que reinventarse… y ahí teníamos el grano en el culo de los territorios más apaleados, y al tiempo más ricos ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! Dicho y hecho: privilegios por aquí, cuponazo por allá, transferencia de educación (que con el criterio de “café para todos” acabó siendo urbi et orbi), ley electoral sesgada y tendenciosa para que pesasen más de lo que realmente pesaban, manga ancha para lo que fuera… e ¡la, voilà…! ¿Se apaciguaron las ansias independentistas? ¡Antes al contrario!: cogieron más brío. Y en esa piedra, tozudamente, tropezaron con el mismo garbo Suarez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy… todos igual de torpes e igual de cobardes: ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! ¿Qué se nos van a dónde, almas de cántaro? ¿Qué se nos van cómo y a qué? No tenían opciones, su paja mental llegaba ciento cincuenta años tarde (fue entonces cuando se inventaron las actuales Italia o Alemania), pero nuestros preclaros y cobardes dirigentes no repararon en ello y alimentaron el monstruo a sus pechos… hasta que éste terminó despertando y arrancándoselos de una dentellada. Qué cuento más bonito.
Y ahora, ¿qué? La última y brillante idea de nuestro actual presidente es “mirushté, que se cumpla la ley”, y meterles a todos en la cárcel ¿No están incumpliendo flagrantemente la ley? Pues a la cárcel y resuelto el tema. Ciertamente, a los golpistas se les fusilaba al amanecer, de modo que lo de la cárcel, como se hizo con Tejero, pudiera parecer casi una solución humanitaria. Pero Mariano ¿te has dado cuenta de cuántos son, infeliz? ¿A cuántos independentistas piensas meter en la cárcel, pedazo de burro? ¿A los dos millones declarados que ahora mismo son? (la población total de Cataluña, contando a todos, es siete millones, de modo que dos millones son muchos pero no llegan a la tercera parte, no nos hagamos líos). Habría que construir campos de concentración mesopotámicos para acogerlos, y el mundo entero se nos tiraría encima llamándonos de todo, con razón. No, sin duda esa no es una opción.
¿Y entonces…?
Vamos a ver, es obvio que hay que cumplir la ley. Pero las leyes han de estar al servicio de la sociedad, y no al revés, y cuando dejan de funcionar, hay que cambiarlas. Si no se hubieran cambiado las leyes seguiría habiendo esclavos y las mujeres no podrían votar. La sociedad evolucionó, maduró, superó prejuicios e ignorancias y se cambiaron las leyes para dar cauce de normalidad a los comportamientos que habían pasado a ser considerados normales. Toca hacerlo otra vez.
Ojito: ni por lo más remoto estoy proponiendo retorcer las leyes para contentar a los que se las saltan. No se trata de premiar a los tramposos, sino de quitarles los argumentos para ponerlos en evidencia. Y, por supuesto, cambiar las leyes aplicando la ley, sin hacer trampas, como los nacionalistas catalanes nos tienen acostumbrados al más puro estilo Groucho Marx (“Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros”), sacándose de la manga, con unas mayorías exiguas y circunstanciales, leyes que se autodefinen como supremas y absolutas, por encima de cualquier otro marco jurídico humano o divino. No, así no, en serio.
Cambiar las leyes a saco, sin miedo. Empezando por preguntarles a todos los españoles si quieren monarquía o republica, estado central, federal o confederal, etc., etc., etc. Luego, habría que consensuar de qué se encarga cada quien, blindando para siempre competencias… y en mi opinión, el Estado, además de la representación internacional, jamás debería abrir la mano de cosas como la sanidad o la educación, para garantizar la igualdad real de todos. ¿Cuál es el problema? Recuerdo bien los pavores de la España de mediados de los setenta. Aquello era como la casa de Bernarda Alba… solo que quien se había muerto era precisamente Doña Bernarda, y el miedo al caos y el desamparo lo teñía todo ¿Y qué paso? Pues nada malo: la gente votó, se pactaron nuevas reglas y todo el mundo se dedicó a lo suyo, haciendo que la cosa tirara globalmente para adelante, y a mayor velocidad de la que lo había hecho nunca ¿Por qué no habría de pasar algo parecido ahora, que la gente está muchísimo mejor preparada que la de entonces, en todos los sentidos?
Y no digo que lo anterior, que me parece imprescindible por pura higiene social, fuera a resolver mágicamente el eterno marrón de los nacionalismos; pero sin duda contribuiría a su deslegitimación. Y no vendrían mal algunas otras ayudas complementarias, como que nuestros socios europeos se tomaran en serio la cosa y les expusieran a las claras a todos los balcanizadores que si se inventan un nuevo chiringuito la UE jamás les daría cancha, y que quedarían condenados a ser nuevas Argelias o Somalias durante décadas.
Que las mujeres pudieran votar no acabó con el machismo, pero fue un paso decisivo en la dirección correcta, y seguimos avanzando, aunque aún falte muchísimo camino por recorrer. Superar el nacionalismo, que la gente deje de mirarse tanto al ombligo y de inventarse victimismos y levante la frente, aún costará siglos. Sí, he dicho siglos. Pero soñando un poco más flojito, superar la actual fase crítica que nos aqueja podría conseguirse en apenas dos o tres generaciones (menos, imposible), si se toman ya las decisiones valientes que toca.
Nada contribuiría tanto a erradicar el cáncer de pulmón como conseguir que el tabaquismo fuera historia. Para eso también faltan generaciones, pero estamos dando los pasos correctos. En el primer mundo ya nadie fuma en los espacios públicos cerrados, y eso se consiguió porque ciertos políticos con coraje se atrevieron a promulgar normas restrictivas de popularidad cuestionable, pero imprescindibles. Si se hubieran limitado a abaratar las aspirinas y las pastillas contra la tos, lo mismo los fumadores habrían ganado algo de calidad de vida, pero el problema estaría en el mismo punto.
Decir que hay que cumplir la ley, mirushté, es lo mismo que decir que para acabar con el paro lo que hay que hacer es crear empleo: una obviedad vacua. Claro que hay que cumplir la ley; pero la ley ha de ser realmente aplicable —no se puede encarcelar a millones de independentistas activistas y confesos— y abrumadoramente aceptada por la sociedad.
Y tampoco vendría mal una separación total, efectiva y libre de sospechas de los tres poderes del Estado; o de lo contrario ni siquiera unas leyes tan modernas y popularmente aclamadas como las que me estoy dejando soñar podrían ponerse en práctica de forma duradera y efectiva.
Van 3.109 palabras ¿Os hago un resumen?:
La enfermedad del nacionalismo —amor enfermizo hacia lo propio— solo puede curarse viajando y con paciencia, y jamás con palos y sentencias.
Parece mentira. Si con veintidós había bastante ¿para qué tengo que castigar a nadie con otras tres mil ochenta y siete?
Lo mío es vicio, sin duda. Vicio de pensar, quiero creer. Y vicio compartido, ya que me estás leyendo…

sábado, 17 de febrero de 2018

Los soldaditos

Desde que nací y hasta cumplir veintiséis viví en el barrio madrileño de Chamberí, en la calle Rios Rosas, en un séptimo piso en el que también lo hacía una familia peculiar para aquella España tan poco mestiza: un malagueño y una alemana con sus dos hijos, uno casi de mi edad y otro algo menor, de los que me hice amigo inseparable a eso de los cinco años. Y con ocho o nueve, no sé muy bien cómo ni por qué, nos enviciamos con los soldaditos de la marca EKO, escala HO: figuritas de poco más de un centímetro de altura, así como tanques y aviones más o menos proporcionales. Eran una monada, increíblemente bien acabados para su diminuto tamaño. Son el único juguete de mi infancia que he conseguido conservar, bastante dignamente, como podéis ver.
Van unas cuantas fotillos más de esta joya, y luego os cuento detalles. Y empezaré por la caja de la holla magefesa de mi madre, que es donde han estado guardados desde hace… ¡qué barbaridad!: como mínimo, 50 años.



Los soldaditos en cuestión no dejaban de ser trocitos de plástico, de modo que qué hacer con ellos dependía de la imaginación de cada cual. Y poco a poco, acabamos por armar un conjunto de reglas realmente intrincado, más cercano a las de un sofisticado juego de mesa, tipo Monopoli o Estratego, que a los combates simples y primarios que desarrollábamos con Los Indios, como ya conté aquí en la entrada anterior.
Intentaré resumir las reglas en cuestión, que tienen tela.
  • La cosa iba de guerra, lo que en aquellos tiempos equivalía a decir Segunda Guerra Mundial. Aquello era de todos contra todos, contando cada cual con un ejército de unos doscientos soldaditos (de diversas nacionalidades, aunque cada uno tenía sus orientaciones: yo tenía, sobre todo, alemanes), veinte o treinta tanques y cañones y la mitad de aviones.
  • Cada uno de los contrincantes edificaba una “base”, empleando fichas de construcción de Exín Castillos u otras similares. Las bases eran fortalezas amuralladas, tan intrincadas y barrocas como posibilitara la imaginación de cada cual… y las fichas disponibles, aunque solían tener poco más de 50 x 50 cm de planta. Toda una ciudad, para tan diminutas figuritas.
  • Cada cual armaba su base con tanques y cañones, y desplegaba una guarnición, de no más de una cuarta parte de sus efectivos. Entonces, alguien decía: “ataco tu base”. Y empezaba el asalto.
  • El asalto solía comenzar con un bombardeo aéreo. Para ello, el atacante, en pie, sostenía un avión en la mano, con el brazo estirado, y lo hacía sobrevolar la base, a una velocidad razonable (no valía pararse). En esa misma mano, además del avión, se sujetaba una ficha del Exín Castillos rellena de plastilina —para darle peso y consistencia— que era la bomba que se dejaba caer sobre la base. Si caía sobre un tanque o cañón, este se daba por destruido (se le ponía patas arriba y listo); y si era sobre una construcción, pues se “deconstruía” un trozo razonablemente proporcional de la misma, siendo bajas todos los soldaditos que estuvieran en ese entorno. El avión tenía derecho a tirar tres bombas. Después, si aún quedaba alguna defensa antiaérea en pie —como solía ocurrir— el avión era derribado. Si en la base no quedaban defensas antiaéreas, el avión se escapaba indemne. En ocasiones ocurría que la mala puntería del piloto determinase mínimos daños, y que el dueño de la base se apiadase de éste y dejase escapar al avión sin más.
  • Tras el ataque aéreo, venía el terrestre. Para ello, el atacante desplegaba sus tropas y tanques en uno o varios flancos de la base, intentando no colocar muy juntos a sus soldados, y sin emplear nunca tampoco a más de la cuarta parte de sus efectivos (para que el juego pudiera durar varios envites). Cuando ya había colocado a “casi todas” sus tropas, el jugador propietario de la base debía darse la vuelta y cerrar los ojos, o salir del cuarto durante unos segundos, para que el atacante pudiera esconder estratégicamente a algunos soldados de especial valor. En seguida explicaré cuáles y por qué.
  • Alternativamente, disparaban un jugador y otro. Cada disparo, acompañado de todos los efectos sonoros bucales imaginables, se hacía con el dedo, simplemente tumbando a soldados del contrario, poniendo patas arriba un tanque del contrario o rompiendo algún trozo de su fortaleza (de entre 3 y 10 cm), dependiendo de si el disparo había sido de pistola o fusil (una baja), fusil-ametrallador (dos bajas), ametralladora pesada o lanzallamas (tres bajas), granada (destrucción de unos 3 cm de construcción y su entorno), bazuca (5 cm) o tanque (hasta 10 cm). Ya he dicho que los soldaditos estaban muy bien acabados, de modo que era fácil distinguir qué armamento portaba cada cual. Van fotos:

Soldaditos “de uno”
Soldaditos “de dos”
Soldaditos “de tres”
Soldaditos “granada, bazuca, etc.”
  • Las ráfagas de dos y de tres debían ser razonables, derribando a soldaditos que estuvieran próximos entre sí. Cada jugador podía efectuar un tipo de disparo u otro dependiendo de qué efectivos tuviera disponibles, y de ahí que intentara no agrupar a sus soldados (evitando así la efectividad de los cañonazos del contrario), y “esconder” en la medida de lo posible (un pliegue de la alfombra, la pata de una silla, un recoveco del radiador o del rodapié…) sus ametralladoras pesadas, soldaditos portadores de bazucas y similares. Si te mataban a todos “los de tres” (ametralladoras pesadas, etc.), tanques y similares, ya solo podías hacer tiros “de dos” o “de uno”, con lo que tus tropas iban mermando más rápidamente. Y como en las bases solía haber más soldados y más rincones donde esconder soldados “de tres”, pues lo normal era que la batalla terminase con la aniquilación de los atacantes o su retirada preventiva, al quedarse éstos sin armas pesadas.
  • Tras la batalla, había que retirar las bajas. Los tanques, cañones y aviones destruidos, se guardaban aparte y ya no podían participar en nuevas batallas. En cuanto a los soldaditos caídos, cada contrincante hacía un montón, y con los ojos cerrados retiraba con una mano dos a la derecha y con la otra uno a la izquierda, dos a la derecha y uno a la izquierda, acompañando el rito con la cantinela “herido, herido, muerto… herido, herido, muerto…”, de forma que al final una tercera parte de las bajas se correspondían con muertos que había que retirar del juego junto con los tanques y aviones destruidos, y las otras dos terceras partes quedaban disponibles para futuros combates. De ahí que la selección entre heridos y muertos debiera hacerse deprisa y a ciegas, para no poder seleccionar tramposamente como heridos a los “de tres” (ametralladoras pesadas, lanzallamas, etc.).

Sobre el esquema anterior de funcionamiento del juego se fueron incorporando miles de matices y complicaciones, a medida que nos íbamos haciendo mayores. Las bases se fueron sofisticando. Llegamos a armar aeródromos, islas, tramos de costa… y las batallas fueron desembarcos, lanzamientos de paracaidistas…. Los escenarios eran tan complejos (las horas y horas de armarlos eran a menudo el auténtico juego), que dejábamos todo listo, ocupando al completo el cuarto de juegos durante días y días, hasta que nuestros padres nos obligaban a desmontarlos.
A medida que crecimos la cosa se complicó aún más. Elaborábamos cartografías de las zonas de guerra (empleando mapas mudos escolares), con banderitas y líneas que marcaban los dominios de cada ejército y los avances y retrocesos, en función del resultado de los combates. Establecimos reglas para la adquisición de nuevas tropas, para que no ganase la guerra el niño con padres más ricos —o blanditos— y llegamos a crear una especie de ¡Banco Central con moneda propia…!. Solo podías incrementar tus efectivos si disponías de divisas adecuadas y hacías el correspondiente depósito. Capitalismo de guerra puro y duro.
Tremendo.
En todo caso, lo cierto es que el juego era una guerra de desgaste, y aunque el objetivo fuera aniquilar al enemigo había tantas bajas por ambos lados que resultaba difícil decidir quién iba ganando. A decir verdad, apenas recuerdo haber terminado la guerra (rendición de alguien a quien apenas le quedaban un puñado de soldados y un camión, y desfile de la victoria del vencedor, al que apenas le quedaba el doble de efectivos), más que en alguna ocasión aislada, cuando el juego era relativamente sencillo y yo no tenía más de diez años. Después, cuando la cosa se sofisticó e incorporamos los escenarios realistas, los mapas, la compra sistemática de refuerzos, el dinero… aquello pasó a ser un juego intrínsecamente interminable, como lo son ciertas guerras reales. Bueno, interminable no: el juego acabó cuando acabó el contexto que lo propiciaba; cuando nos empezó a salir bigote, comenzamos a robarle pitillos a nuestras madres, y nos moríamos de vergüenza de pensar que otros amigos —o peor aún, ¡amigas…!— de fuera del círculo de jugadores supieran de nuestras batallitas. No diré la vergonzosa edad a la que eso ocurrió, pero con los datos que he dejado caer seguro que puede deducirse.
Y ¿sabéis lo que os digo? Que no me avergüenzo en absoluto de aquello, ni aún del detalle de haber seguido jugando tan mayores. Fueron años maravillosos, en los que disfruté un montón de de mi condición de niño y de mi capacidad y autorización para fantasear. Pero al tiempo me deja perplejo la sustancia del asunto: la guerra como juego. Os aseguro que entre los críos que compartimos aquella historia no ha salido ningún militar, policía o similar, y que más de uno lo que realmente somos es militantemente anti-violentos.
Lo mismo, como ya apunté en la entrada anterior, la belicosidad infantil sirvió para gastar de forma prematura e inocua la testosterona negativa, y eso a la postre que hemos ganado.
O lo mismo cuando dejamos el juego no se debió solo a la vergüenza de que nos consideraran unos críos, sino a que, por aquél entonces, empezamos a tomar conciencia de que las guerras reales se parecían bien poco a las edulcoradas películas épicas que nos habían servido de referencia, y que era mucho más interesante lo que se sentía al intentar sacar a bailar a una chica que al evocar ardores guerreros alineando pedacitos de plástico.

sábado, 2 de diciembre de 2017

¿Recuerdas a qué jugabas de niño?

Vale ya de política, que últimamente solo sirve para criar bilis ¿Os acordáis de a qué jugabais de pequeños?

La verdad es que yo tuve una infancia muy feliz. En mi casa y en el mundo pasaban cosas, sin duda, y mientras Cruschev y Kennedy flirteaban con la tercera guerra mundial, mis hermanos solían resolver sus diferencias a puñetazos y mi padre bebía demasiado; pero nada de eso me llegaba, feliz como una perdiz en mi acolchado y diminuto mundo, en donde la fantasía era la norma y el cariño incondicional de mi madre el visto bueno con el que seguir siempre adelante.
Apenas recuerdo casi nada de antes de los seis años. Por aquél entonces, hasta esa edad los niños eran poco más que geranios, seres biológicos a los que jamás se les preguntaba nada ni se contaba con que pudieran aportar algo. Pero no creo que mis escasos recuerdos de aquella época se deban a la ausencia de estimulación precoz, pues hay gente de mi edad que recuerda con nitidez episodios de su más tierna infancia. Un caso casi patológico es el de mi hermano mayor, el cual guarda nítidos recuerdos de cosas que le pasaron con dos años y aún antes (está más que comprobado que es efectivamente así, y que lo suyo no son recuerdos de otros recuerdos o de cosas que oyera contar después).
Otra diferencia significativa respecto a la actualidad es lo mucho que duraba entonces la infancia. De los 0 a los 6, ya lo he dicho, eras apenas un bichejo que trasteaba por la casa (nadie era escolarizado a esas edades, salvo casos excepcionales), y desde los 6 hasta los 13 o 14 eras un niño sin otra obligación que aprobar y jugar. Las niñas, no sé muy bien a qué edad, comenzaban antes a echar una mano en casa, pero de los niños no se esperaba apenas nada, ni siquiera que se hicieran la cama, hasta que no empezaban a tener bigotillo. El concepto de preadolescencia no existía, y uno pasaba de golpe de jugar con los indios a robarle pitillos a su madre y a ir de bares con los amigos, en donde por supuesto te servían sin reparar en tu edad, solo con que tu cabeza sobresaliera de la barra y tuvieras dos duros —diez pesetas, seis céntimos de euro— para pagarte la caña.
Como antes adelantaba, uno de los juegos a los que dedicaba más tiempo de crío eran "los indios”; es decir, inventar y desarrollar historias con la ayuda de muñequitos de plástico de unos pocos centímetros, que representaban a los personajes característicos de los western; de las películas del oeste, que era como se les llamaba: indios, vaqueros, soldados...
Las historias en cuestión eran aproximaciones a los guiones de las películas que veíamos, aunque puliendo las partes románticas —nunca o casi nunca había “chica”— y las tramas complejas, centrándose casi todo en peleas y más peleas. Se cogía a un indio con una mano y a un soldado o vaquero con la otra, se les chocaba y frotaba, y listo. Otras veces, se dejaba a uno de los contendientes en pié y con una mano se le acercaba el otro, al que se hacía girar bruscamente entre los dedos, de forma que algún saliente del muñequito golpeara al que no era sujetado, mandándolo despedido. Los personajes que tenían un brazo extendido con un arma al final, como un hacha o una pistola, eran los que tenían “mejor puñetazo”, y solían ser escogidos para hacer de “el mío” o de “el amigo del mío”. Porque en cada sesión tú manejabas a todos los muñequitos, pero algunos en concreto tenían relevancia especial, era el eje de la historia, y lo más normal era que además del protagonista —“el mío”— hubiera al menos un actor secundario de cierta relevancia —“el amigo del mío”—  que en ocasiones terminaba por pasar a primer plano: no era raro que “me mataran al mío”, y que tuviera que “seguir jugando con el amigo del mío”, que probablemente no tuviera tan buen puñetazo, pero servía para concluir la historia.
A los indios se podía jugar solo o con amigos. Con amigos era más divertido, claro, porque la historia se enriquecía, aunque lo habitual era que todos los compañeros estuvieran en el mismo bando, y tanto “el mío y el amigo del mío” como “el tuyo y el amigo del tuyo” fueran todos vaqueros o soldados, y lucharan codo con codo contra los indios. Aunque lo cierto es que siempre que podía, como por ejemplo cuando jugaba solo, me pedía a los indios. Y si no, a los confederados. Como mucho podía ir con los soldados azules, pero prácticamente nunca con los vaqueros. A saber porqué los perdedores me parecían mucho más interesantes, su lucha más creíble, más justificada. Y encima conmigo solían ganar, en una especie de revancha simbólica frente al desenlace unánime de todos los celuloides.
¡Ay los indios, los indios…! Solapándose con los indios aparecieron los soldaditos, como a partir de los diez. Y desde los doce en adelante ellos fueron los monopolizadores de ese tipo de juegos, que eran dramatizaciones épicas descaradamente trasladadas del cine a mi cuarto. Qué curioso todo. Lo primero, que dedicara tal cantidad de tiempo y energías a cosas relacionadas con luchar, destruir, matar, morir… A lo mejor mi beligerante pacifismo, mi cuasialergia a la violencia, tenga que ver con que ya gasté mi dotación de testosterona negativa durante la infancia. De hecho me he pegado poquísimo en mi vida, y aunque me he visto metido de rebote en algunos fregados, creo que la última vez que me ocurrió algo así tenía menos de veinte años.
Otra cosa no menos curiosa es que el cine tuviera tanta influencia en mi concepción de la realidad. Supongo que la vida cotidiana, lo tangible, lo que pasaba a mi alrededor, era demasiado plano y simple, y para llenar el pecho de emociones fuertes hacía falta saltar a un mundo fantástico, cuya referencia inevitable era el cine. Y tanto fue así, que tengo que reconocer que el primer recuerdo que tengo del amor también se lo debo al cine: yo me enamoré perdidamente, con nueve años y en el cine Espronceda, de Toshi, la jefa de las buceadoras de la película Krakatoa: al este de Java. Y como sucede con los recuerdos de mi hermano, tengo la absoluta certeza de que esa emoción, exactamente esa emoción, era amor del mismo tipo de amor que pocos años después pasaría a sentir por una amiga de mi pandilla de verano, y luego por otra, y por otra, y por otra… La verdad es que, ahora que lo pienso, creo que desde aquella tarde en el cine Espronceda de hace 48 años, no he dejado nunca de estar enamorado, solapando amores nuevos con otros que se me van marchitando sin terminar nunca de irse.
Bueno, a lo que íbamos: los soldaditos. Ahí sí que la cosa pegó un salto cualitativo respecto a los indios. Las reglas se fueron sofisticando a medida que yo mismo y mis amigos cómplices en este juego íbamos madurando, hasta que terminó por convertirse en algo mucho más parecido a un juego de mesa tipo el Stratego que a un mero frotar y hacer chocar figuritas de plástico.
Tan tremendamente divertido y complejo se fue haciendo el juego, que con algunos de los que siguen siendo mis mejores amigos llegué a jugar hasta edades inconcebibles, que por pudor me reservaré. Le incorporamos a la cosa mapas, dinero, reglas para adquirir o no nuevos efectivos… No éramos frikis de la cosa porque ni el término ni el concepto estaban aún inventados; pero lo éramos.
¿Sabéis lo que os digo? Que para explicaros las reglas y evolución del juego de los soldaditos necesitaría más del doble de las 1.300 palabras que ya van en esta entrada, de modo que lo dejaré para otra específica. Y creedme que merecerá la pena. Además, pienso adornarla con fotos actuales de los soldaditos en cuestión (EKO, escala HO), de los que aún guardo como oro en paño varios centenares, así como decenas de tanques, camiones, aviones…
Por otra parte, si dejamos de lado el mundo de las batallitas, hay muchísimos otros juegos de los que también me parece que puede ser divertido hablar. Y no me refiero ya a los que necesitaban para su desarrollo de juguetes, sino de juegos en los que tú mismo eras el juguete, empezando por Tula para seguir por Prusia, el Escondite, el Rescate, El Pañuelo, Las Tinieblas…
Creo que nuestros hígados van a agradecer que le demos unas vacaciones a la política y sigamos un ratillo más por este camino.
Lo dicho: la próxima, los soldaditos; y la siguiente pues a correr, a esconderse, a saltar…

martes, 24 de octubre de 2017

Pero ¿cómo es posible que, hoy en día, tantos españoles odien a España?

La respuesta es rotunda y sin matices: Gracias a Francisco Franco Baamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Con un par: por la Gracia de Dios, argumento irrebatible con el que aquél hombrecillo, genio militar y persona miserable, armó una teocracia ególatra y fascista cuya onda expansiva aún sacude y convulsiona nuestra fatigada piel de toro.
No pienso aburrirme ni aburrir a nadie intentando una torpe aproximación histórica al franquismo. Eso ya se ha hecho decenas de miles de veces, con más argumentos y perspectiva que yo; que no dejo de tener la mía, pues mi infancia y adolescencia transcurrieron en aquella España del Caudillo. Pero como parece que por estos lares hay muy poca memoria, me siento casi obligado a sacar cuatro datos del baúl para ayudar a aclarar algunas cosas y poner a más de uno en su sitio.
Y vaya por delante: la motivación fundamental que me nueve a escribir esto es el patético y desorientado buenismo equidistante de Podemos, que pretende que los nacionalistas, por un lado, y el resto del universo, por otro, son alternativas equipotenciales a las que lo único que les hace falta es dialogar. Me morderé la lengua para no preguntarles, directamente, si los problemillas que tuvieron nazis y judíos, o negros y Ku Klus Clan, también se debieron a falta de diálogo.
Hace poco oí decir por la radio, no recuerdo a qué reconocido historiador, que el lastre mayor con el que había tenido que cargar la “Marca España”, antes aún de que tal concepto se inventase, era la reformulación cuasi esperpéntica de la historia y de la esencia de lo español perpetrada por el franquismo. La España inventada por El Caudillo y sus secuaces, ese puré de pasado imperial sacrosanto e intachable, ultraortodoxia católica, excelsitud de sus élites y rancio casticismo de su abnegado populacho, era tan infumable, tan casposo, tan mentira de cabo a rabo, que consiguió el rechazo unánime no ya de sus enemigos naturales (los republicanos y todas las izquierdas derrotadas en la guerra civil que convirtió a ese gallego en Caudillo), sino de todo aquél que tuviera un mínimo de cultura y alguna ilusión por alcanzar un futuro que no oliera a naftalina.
Lo peor no fue el hecho de que el franquismo se inventara una historia de España y de “lo español” a su medida, sino que además perpetró una sistemática apropiación indebida de todo tipo de símbolos. La bandera de España pasó a ser “su” bandera, el himno “su” himno, los logros históricos, científicos o deportivos que cualquier español consiguiera o hubiera conseguido a lo largo de la historia, eran “sus” logros, los éxitos de su imaginada e inventada España imperial, que al parecer existía desde el principio de los tiempos (de hecho romanos y musulmanes no habían invadido la Península Ibérica, sino España), y cuya católica identidad había alcanzado su cristalización suprema en El Caudillo. No lo olvidemos: Caudillo de España por la Gracia de Dios.
Inevitablemente, los que no comulgaban —qué verbo más oportuno, ¿verdad?— con la ideología del Estado fueron sintiendo un progresivo desapego hacia lo que éste exhibía como  materia propia, hasta terminar odiando sus símbolos, sus referencias… al margen de que éstos no fueran en realidad los suyos, sino los de todos: rojo, amarillo y rojo, eran los colores de referencia de España desde 1785 (en origen, fue un pabellón de la marina de guerra destinado a facilitar a distancia el reconocimiento de los buques), y la Marcha de Granaderos la cancioncita que servía para identificar a nuestro país desde 1770. Pero 150 años después, un cruel iluminado había conseguido que todo el mundo identificara tales cosas como referencias de su poder, estandartes de su ideología. Y cuando murió el perro, nos dejo de herencia la rabia.
Se cambió el escudo, retirando el águila imperial —conocida vulgarmente como “El Pollo”— los símbolos falangistas, el cartelito de “Una, Grande, Libre”, se cambió la corona por otra más borbónica, y poco más. Pero la bandera siguió siendo roja y amarilla con un escudo en medio, indistinguible de la de El Caudillo a diez metros. Y el himno también se dejó como estaba, con esa afinación y cadencia que tan bien armonizaba con el “Cara al sol” (para quien no lo sepa: “El Cara al sol” es el himno de la Falange, movimiento político fascista español fagocitado por el franquismo por necesidad, dado que el franquismo no tenía en origen ideología política alguna, más allá de la tradición y un catolicismo ultra ortodoxo).
(La imagen anterior es exagerada —no he encontrado otra mejor— pues el escudo franquista era de tamaño similar al constitucional, por lo que a cierta distancia y ondeando al viento, ambas banderas parecen la misma)
A los españoles no franquistas, como a una jauría bien educada por Pavlov (el descubridor de los reflejos condicionados), les resultó inevitable sentir urticaria cada vez que veían aquellos símbolos, por mucho que estuvieran remozados y que ya no representaran nada oscuro. Y lo más gracioso es que esa perversa y absurda asociación de ideas sigue aún ahí, lastrando a gentes de generaciones posteriores que solo conocen a Franco como figura histórica, comparable a Calígula (no diré César para no regalarle una grandeza inmerecida): Pablo Iglesias Turrión… ¡nació en 1978, tres años después de la muerte de Franco y dieciocho después que yo! ¿Cómo es posible que los de su generación, que no tuvieron que entrar desfilando en clase —y yo sí—, que no tenían ángelus obligatorio a las 12 —y yo sí—, que no se tragaron año tras año el Desfile de La Victoria (cientos de tanques y aviones conmemorando el sometimiento de las huestes marxistas a manos del Caudillo de España, por la Gracia de Dios, bajo un mar  de banderas rojigualdas y con el himno nacional de fondo), sean incapaces de disociar esos símbolos de un pasado que no vivieron… y yo sí?
Y lo de los símbolos no fue lo peor. Lo realmente grave fue que todo lo que tuviera que ver con España, hasta el propio nombre, se vio infectado por el mismo virus. A partir de la llegada de la democracia todo aquel que no quisiera ser relacionado con un pasado declarado oficialmente ominoso (dejaré para otro momento el que esa simplificación satanizadora es incorrecta y desproporcionada), tenía que abjurar de “lo español”. Había que quitar eso de “España” de todos sitios, como si apestara. Esto era “El Estado”, “El País”, o como mucho “El Estado español”, pero jamás España, término repugnante que al parecer se refería a cierto reino fascista del pasado.
La política, ya se sabe, hace extraños compañeros de cama. Y uno de los casos más surrealistas que quepa imaginar es el de la comunión acaecida en España entre las izquierdas —sobre todo las más radicales— y los nacionalismos periféricos.
Los nacionalismos catalán y vasco, al margen de hipotéticas razones históricas seculares (en las que por su complejidad no entraré aquí), nacieron a mediados del siglo XIX, integrados en la misma ola nacionalista que alumbró los estados unificados de Italia y Alemania. Y brotó en el seno de las clases más tradicionales y acomodadas de Cataluña y Las Vascongadas, tan meapilas y tan de derechas como lo sería posteriormente el franquismo, que inevitablemente terminaría por convertirse en su enemigo natural, dada su condición de nacionalismo españolista.
A comienzos de la democracia, una frase que se hizo célebre, y que aunque Iglesias Turrión y los suyos supongo que la conocerán por las hemerotecas yo la usé a menudo, decía “contra Franco, vivíamos mejor”. La frase, cuyo primer padre no recuerdo ahora (acaso el magistral humorista Forges), era una broma especular de un mantra franquista del momento: “con Franco vivíamos mejor”. Lo genial del asunto era que ponía en descarnada evidencia la mediocridad e incompetencia de muchos progres y revolucionarios, que cuando tuvieron que dejar las pancartas y empezar a poner en práctica lo que predicaban no supieron dar una a derechas. Porque es muy distinto predicar que dar trigo, como están aprendiendo en cursos acelerados los podemitas ¿verdad, mis tiernos románticos?
A lo que íbamos:
1º) Los símbolos del franquismo son la bandera rojigualda, la marcha de granaderos y cualquier cosa que huela a España.
2º) Los enemigos del franquismo lo son también por inercia de sus símbolos: bandera, himno y cualquier cosa que huela a España.
3º) Los enemigos de mis enemigos son mis mejores amigos. De modo que ¡Demócratas todos, socialistas, liberales, revolucionarios de todas las orientaciones, luchadores antifranquistas de cualquier condición (lo que obviamente incluye a todo tipo de nacionalistas antiespañoles): unámonos todos contra el monstruo! ¡Recuperemos la libertad y la democracia…!
¿Sabíais esto, oh mis tiernos podemitas treintañeros? ¿Sabíais que la alergia espontánea que sentís hacia la bandera, el himno, las sevillanas, la paella, el gol de Hiniesta, la Macarena, la Tuna, la Jota, el Camino de Santiago y los otros siete mil referentes de lo inequívocamente español, se debe a que vuestros padres y abuelos no fueron capaces de disociar tales cosas de la nefasta apropiación indebida que hizo de ellos Francisco Franco Baamonde, Caudillo de España por la gracia de Dios?
¿Sabíais, oh mis tiernos podemitas, que los nacionalistas encarnan el anticristo de vuestro ideario, que son lo peor de lo peor —dentro de lo legalmente aceptado por la sociedad— que os podríais echar a la cara?
Nacionalismo, por definición, es supremacismo. Para un nacionalista, su patria, lo suyo, los suyos, son los más de lo más, algo incomparable y que debe ser defendido a capa y espada de los otros, los que no son ellos, los demás —¡Puaj— que solo pueden ser clientes o amenaza ¿Esos son vuestros compañeros de viaje, los luchadores por la libertad? ¿De quién se supone que nos estáis defendiendo, junto a ellos? ¿De Franco? ¿Tenéis a mano un calendario?
Izquierdistas de toda la vida (y mi corazón es y será siempre uno de los vuestros), vamos a intentar reescribir juntos el referente inamovible de todas las izquierdas, “La Internacional”, para acoger como se merecen a nuestros nuevos camaradas, los nacionalistas. Pero centrémonos por el momento solo en el estribillo, para no aburrir al respetable. Cantad conmigo:
“Separémonos todos,
en la reivindicación interminable,
y se alce mi pueblo con valor (porque el resto de pueblos me importan una mierda),
por la Nacionalista…”
¿Pero no lo veis, almas de cántaro, que el nacionalismo es exactamente lo opuesto de todos vuestros ideales? El nacionalismo son las fronteras, clasificar y valorar a los seres humanos en función de su procedencia, amar con pasión desmedida lo puntual y considerar lo global algo subsidiario, un territorio por conquistar, una oportunidad de rapiña para la mayor gloria de tu patria excluyente, sacrosanta y suprema. Nacionalismo es Trump, proclamando con impúdica soberbia “America, the first”. Es el populacho sexagenario rural británico, soñando con su extinto imperio y lastrando al resto de sus compatriotas con el Brexit. Son los seguidores de Le Pen, nostálgicos en este caso de su pasada “Grandeur”, abogando por la disolución de la UE. Es Erdogan islamizando Turquía, son Orbán en Hungría, Kaczynski en Polonia...
Todos amamos a nuestra madre, y eso es algo natural e inocuo. Pero los nacionalistas sufren un complejo de Edipo compulsivo, lo que además de una triste dolencia merecedora de compasión es algo tremendamente peligroso para los que les rodean. Jalear a un nacionalista, decirle que estás a su lado en la defensa de las libertades, es como regalarle una botella de whisky a un alcohólico, como darle cerillas a un pirómano.
Los que ya me conocéis sabéis que no estoy diciendo que el nacionalismo catalán o vasco sean malos y el nacionalismo español bueno. Nada de eso. Lo que digo es que mi madre era una mujer guapísima e inteligente, pero que tenía sus cosas y nunca busqué una pareja que se le pareciera. Es probable que ame más a mis círculos concéntricos más próximos (mi familia, mis amigos, el barrio en el que me crié, las montañas donde aprendí a escalar…), que a los más alejados (España, la UE, la Civilización Occidental, el planeta Tierra, la Vía Láctea…), pero no pierdo la cabeza idolatrando uno de esos niveles o considerando que el círculo siguiente es el enemigo. No puedo evitar ser madrileño, porque nací y me crié en esa ciudad, y eso me hace español —cosa que tampoco puedo ni pretendo evitar— y europeo, y occidental, y terrícola, y etc., etc., etc.
Lo anterior, lo de vivir rodeado de un conjunto de círculos concéntricos de afinidades y afectos, no es que me pase a mí como bicho raro: es que la condición humana es así.
Y creedme, ni vuestra madre es la mejor del universo ni ningún monstruo: es simplemente vuestra madre. Os aconsejo que os limitéis a aceptarla como tal, y que no le dediquéis más tiempo ni energías de las realmente necesarias ¡Anda que no hay por ahí asuntos mil veces más interesantes a los que prestar atención…!