lunes, 25 de febrero de 2019

Cómo combatir la pederastia en la Iglesia Católica

Crecí en la España de los sesenta, de modo que me eduqué en un contexto tradicionalista católico, como no podía ser de otro modo. Sin estridencias ni exageraciones, pero tradicionalista y católico. Solo que como era muy curioso e inquieto, pronto me alejé de aquella fe. Primero, buscando alternativas con las que contrastar; y luego, tras darme cuenta de que todo lo que me parecía atractivo del cristianismo no era en realidad patrimonio suyo, sino parte de un sustrato humanista universal. Y desde ahí, salí navegando en busca de mis propias explicaciones. O mejor dicho, de mis propias aproximaciones a una verdad por naturaleza inasible. Y en ello sigo…
Lo anterior lo he dejado caer para que, quien no me conozca, pueda situarme y hacerse cargo de quién y desde dónde suelta las pedradas que me dispongo a soltar.

Francisco, el actual Papa, me parece una buena persona. Probablemente mejor que sus últimos antecesores. Pero lo va a tener jodido, porque gobierna una nave que salió de los mismos astilleros que El Titanic: un monstruo con más inercia que una galaxia y menos cintura que una tabla del pan. Acaso por eso su publicitada cumbre contra la pederastia se vaya a quedar en muy poquito. Y no lo digo dando coba a las víctimas, cuyas críticas no son obviamente demasiado imparciales, e inevitablemente hacen pensar en esa delgada línea que separa la justicia de la venganza. Lo digo porque, para mí, la cosa se resume en recetar calmantes para combatir el de dolor de muelas… cosa inteligente y necesaria, pero que si se queda ahí, con seguridad no servirá para nada. Además de calmantes habrá que tirar de antibióticos, y cuando acabe la infección hacer una endodoncia, o lo que sea para luchar decididamente contra la causa del dolor. O de lo contrario, todo volverá al punto de partida.
La cosa me recuerda a otras soluciones simplistas, aparentemente eficaces en el corto plazo pero que es imposible que puedan resolver los auténticos problemas de fondo. Por ejemplo, el iluminado de Bolsonaro, ese Trump brasileiro que, acaso fruto de una epifanía (no en vano su nombre de pila es Jair Messias), ha dado con la fórmula mágica para acabar con la delincuencia en Brasil, una de las más altas de todo el planeta: “poderes absolutos a la policía, y armar a la población”. O sea, para acabar con el mal, acabemos con los malos ¿Eso es todo, alma de cántaro? ¿No se te ha ocurrido que, detrás de cada capo, de cada jefe de pandilla o de banda, hay un segundo, y detrás un tercero, y un cuarto…? ¿Cuánto calmante piensas administrar a tu sociedad… antes de acordarte de que existen los antibióticos?
Lo de ir a la infección, en el caso de la pederastia en la inglesa, yo lo veo así: no se puede imponer la asexualidad a nadie, porque somos seres intrínsecamente sexuados. Sería como imponerle a alguien renunciar al sentido del humor, o al gusto por la música. Si te haces cura, prohibido reírte, prohibido tararear u oír música. Ridículo, ¿verdad? Pues igual de ridículo es decirle a alguien “a partir de ahora, para que tus energías no se disipen y se concentren en el amor universal no particularizado, quedas declarado asexuado” ¿Así de fácil…? Pues va a ser que no. Y es que no. No funciona, no sucede. Cierto que hay gente rara, rara, rara, a la que cosas así le pasan. Gente que decide no hablar nunca más, y lo consiguen. Eremitas herméticos de todas las fes, que viven en el fondo de una cueva, o subidos a una piedra durante años incontables. Pero son excepción, no norma ¿Cómo habría de serlo eso de ser asexuado por decisión, criterio o decreto?
Ahí tenemos la infección: una legión de buenas personas asumiendo una castración metafísica como elemento imprescindible para formar parte de una casta de santos. Menudo dislate…
Querido Jair Messias (permitidme el bucle, que tiene su sentido): si no acabas con las causas de la delincuencia, siempre tendrás malos que suplan a los malos eliminados. Y las causas de la delincuencia, en un 90%, como poco, son la miseria y la desigualdad. Compara los niveles de miseria y de desigualdad de Brasil con los de Canadá o Suiza, y cotéjalos con los de delincuencia. No es probable que los brasileños sean intrínsecamente peores personas que los canadienses o los suizos. Lo que tenéis es muchos más miserables, y una parte de ellos, como pasa siempre, capaz de todo para mejorar su situación, aunque solo sea fugazmente y un poco. O luchas contra la miseria y la desigualdad, o no habrá jamás suficientes calmantes y plomo para acabar con la delincuencia de tu/mi amado país.
Francisco: da igual que reconozcas la culpa, que te comprometas a denunciarla, que pongas pilas con calmantes al lado de las de agua bendita: o acabas con la castración metafórica de la curia, o la infección rebrotará, y rebrotará, y rebrotar, per secula seculorum. Haz compatible el sacerdocio con la vida de pareja, que los curas puedan ser hombres al completo. Hay abogados de sobra para resolver posibles problemas patrimoniales y de herencias. Y el que tiene carisma lo tiene, sí o sí, tenga pareja o no. O no lo tendrá nunca.
Otra es que en los seminarios se castre químicamente a los futuros sacerdotes… aunque me parece un poco más bestia.
Y ojito, que no digo que con eso que propongo se resuelva todo. Pero que llovería menos, no lo dudéis ¿O acaso no hay bastante menos delincuencia en Canadá o en Suiza que en Brasil…?

lunes, 28 de enero de 2019

Guerra al coche

No es que sea una tendencia, es que hay unanimidad: GUERRA AL COCHE. El coche es un objeto dañino, contaminante, egoísta, un lujo individual que no nos podemos permitir, y todos los políticos que quieran seguir ahí no tienen otra que apuntarse a la cruzada.

Vale, pues para no perder la costumbre, el Poliedro se va a colocar en el ángulo contrario. Y no para defender al coche como opción, sino para evidenciar su inevitabilidad, al menos en esta fase de la evolución humana, como lo fueron en su día el caballo, y antes el cuchillo, y antes aún el fuego.
Hay por ahí quien argumenta que la guerra al coche es un invento del rojerío cool. La cosa podría tener su lógica, pues quienes van contra el coche generalmente ensalzan el transporte público, y esa dicotomía podría interpretarse como la eterna lucha entre lo privado y lo colectivo, lo individual y lo social, la derecha y la izquierda, trasladado al universo de la movilidad. Pero lo cierto es que va más allá, porque si se mira un poco alrededor es fácil comprobar que las políticas aticoche, sea al nivel que sea, no son patrimonio de ninguna orientación política, sino un axioma de la modernidad. Si quieres estar a la última (y si no lo estás, adiós a los votos, adiós al poder, etc.), guerra al coche. Valga como ejemplo al alcaldesa eterna de mi pueblo, que es tan roja como una pera, y que legislatura tras legislatura galopa hacia la peatonalización de su villa, restringiendo al mínimo los espacios para los coches y agrandando los destinados a los peatones, que hoy en día podrían acoger sobradamente a más del doble de los que somos sus reales usuarios.
Mi alcaldesa, decía, galopa a caballo de la ola de la modernidad, y ésta es dictada desde los grandes centros de poder, en todos los sentidos, que no son otros que las grandes ciudades. Allí se elaboran los modelos y desde allí se reparten las consignas. Solo que, por increíble que parezca, nadie parece haberse dado cuenta de que las grandes urbes, aunque concentren a mucha población (lo que determinan que sean los motores de la humanidad), apenas representan una superficie insignificante del planeta, y en ellas no vivimos ni la tercera parte de los humanos. Ojito, que a nivel nacional me estoy refiriendo a media docena de ciudades (Madrid, Barcelona, Sevilla, etc.), no a Cáceres o Santander. Y no digamos ya a las localidades de quince mil habitantes o menos, que es por donde yo ando. Está bien el concepto de “ciudadano” como individuo dotado de derechos individuales emanado de la Revolución Francesa, pero es muy torpe equipararlo al de “habitante de una ciudad”, cosa que yo creo que quedaría mucho mejor definida como “urbanita”, término al que podría contrastarse el de “ruralita”, que es lo que yo soy. Que es lo que somos más del 60% de los españoles: gente que vive en el campo, ya sea en grupos de unos cientos o de unos pocos miles, pero que, sin ninguna duda, no vivimos en una ciudad.
Yo fui urbanita desde que nací hasta los veintitantos, y desde entonces soy ruralita. Voy a Madrid y a otras ciudades con frecuencia, por motivos de trabajo o simplemente a socializar. Pero vivir en una ciudad sería ahora para mí inconcebible. En ellas el peso de lo artificial es absoluto, el planeta Tierra es apenas un lejano sustrato imperceptible. Todo está construido, armado, acoplado a la escala humana. Y además, gente a cascoporro, gente y gente y gente… y todo lo que eso tiene de bueno, por las posibilidades que ofrece, lo tiene al tiempo de restrictivo en lo referente a la libertad y la intimidad. Las ciudades. Sitios deslumbrantes que visitar, donde hacer cosas... y de las que salir después corriendo.
Vale, pues el 99% de los políticos con mando, los que dirigen el cotarro, son urbanitas. Peor aún, algo más de un tercio de ellos son también funcionarios… Como suena (ya advertí que no me iba a romper los cuernos buscando datos que avalaran mis argumentos, pero el que quiera que lo compruebe, que es fácil). Y lógicamente, estos funcionarios urbanitas legislan desde su perspectiva, que no es precisamente la de los ruralitas no funcionarios, como yo y como la mayoría de sus compatriotas. Manuela Carmena, (urbanita, funcionaria y roja), como antes Ana Botella y Ruiz Gallardón (urbanitas, funcionarios y azules), y todos los anteriores alcaldes de Madrid, fueron empujando siempre en la misma dirección, cada cual a su paso, guerreando contra el coche, echándolo de la ciudad. Y lo más probable es que hicieran lo correcto, que en las megalópolis del planeta el vehículo de transporte individual no sea una opción. De todas ellas también se expulsó en su día a los caballos, que habían sido los coches durante varios milenios, y la idea fue acertada.
El problema no es que las grandes ciudades se organicen eliminando a los vehículos automóviles particulares como medio de transporte interno (por cierto ¿los urbanitas del futuro tendrán prohibido tener coche, aunque sea para usarlo fuera de la ciudad? Y si no es así ¿dónde los van a guardar, y por dónde los van a meter y a sacar?), sino que las ciudades medianas intentan imitar a las grandes, y después las pequeñas a las medianas, y al final mi pueblecito quiere parecerse a Madrid, se lía a resolver problemas que no tiene y nos complica a todos la vida gratuitamente.
La guerra al coche está destinada al fracaso, porque el coche es libertad. Obviamente, los coches no deberían funcionar a base de quemar dinosaurios y bosques de helechos, disparate anacrónico delirante en pleno siglo XXI. Pero una cosa es exigir que los coches dejen de contaminar, y ya estamos en ello, y otra que, de la mano de la cosa, se satanice con carácter general al coche. “Le recomendamos que utilice el transporte público” ¿No te jode…? A Madrid claro que voy en bus, y allí claro que me muevo en metro. Pero en mi pueblo ¿cómo llevo a mis hijos al colegio, cómo hago la compra, cómo voy a trabajar, sin coche? Si el planeta entero, algún día, fuera una gigantesca ciudad que lo cubriera todo, obviamente no tendrían sentido los medios de transporte individuales. Imágenes como esa, que para mí siempre son distópicas, salen a menudo en películas futuristas. Pero mientras no sea así, mientras los ruralitas sigamos existiendo, el coche, ya sea eléctrico, o impulsado por algún otro sistema hoy en día inimaginable, ya sea terrestre o volador, será una herramienta imprescindible para nuestra subsistencia, como lo fue antes el caballo, y antes el cuchillo, y antes aún el fuego…
Rematemos el asunto con una broma genial que viene bastante al pelo, de mis admirados editores de elmundotoday: CARMENA INICIA LA PEATONALIZACIÓN DE MARTE


sábado, 12 de enero de 2019

¡He vueeeltooooooo...!

♪ He vueeeltooooooo ♫
Feliz 2019 a todos, y no temáis, que no he vuelto para abduciros al más allá de ninguna pesadilla, sino para seguir aquí, compartiendo cosas variopintas con vosotros.
Este año, al tomarme las uvas, como supongo que hicisteis casi todos, me prometí a mi mismo hacer cosas interesantes a lo largo del año que empieza. Le dediqué poco tiempo a los compromisos buenistas e imposibles, tipo ponerme en forma (en forma… ¿de qué?), y me centré en lo que más me pone, tipo viajar, tocar, escribir…
Os reconozco que la casi única razón de este blog es darme motivos para escribir (así se llama, por cierto, un disco muy recomendable de mi admirado pianista belga Vin Mertens), porque los mil focos de interés, motivaciones y sumideros de energías que tiene la vida le dejan a uno tan exhausto que, al final, lo de escribir porque sí y sin más se convierte en artículo de lujo, excepción. Años y años, y décadas, escribí cuentos y poemas (e incluso novelas), casi solo como catarsis y alimento de cajón. Pero luego, saqué algo por aquí y por allá, publiqué y autopubliqué… y la literatura cerró en mí su círculo mágico y dejó de ser diván o bidé para convertirse en vehículo de comunión, forma de compartir, de ser más de lo que se es, prolongándose uno a través de unas ideas, o personajes, o lo que sea, que penetran en los demás y se convierten en otra cosa, en algo lleno de matices diferentes, algo más rico, más grande, más imprevisible, más interesante…
De modo que gracias, literatura, por ayudarme a hacer de la vida un lugar con más posibilidades. Gracias a vosotros, que sois la parte imprescindible de la literatura que escapa de mis manos (siendo refractario a esas locuras de la dominación, de que alguien te someta, de las Sombras de Grey y demás, reconozco que lo de no ser el único dueño de los mandos, me motiva); y basta de idioteces, de ausentarme de este foro como si lo hiciera de los deberes del cole. Ahí va mi compromiso de campanadas de inicio de año:
ME COMPROMETO A METER, COMO MÍNIMO, UNA ESTRADA EN MI BLOG CADA QUINCE DÍAS.
¿Sabéis cuál ha sido la razón de fondo que más me ha limitado para no escribir más aquí, además de los manidos y referidos avatares del día a día? Pues mi compromiso con el rigor, con la precisión. Como, al final, la mayor parte de las entradas tenían que ver con asuntos cercanos y concretos, me atenazaba siempre la angustia de estar diciendo algo sin soporte, no contrastable, subjetivo, cuestionable... Total, que me pasaba más tiempo buscando fuentes, citas, datos, etc., que contando lo que quería contar, para hacer mis argumentos más sólidos.
Creo que era un ángulo equivocado, ya que no soy historiador, político, propagandista doctrinal o religioso ni nada parecido. No creo que mi perspectiva poliédrica gane o pierda gran cosa por el hecho de que vaya acompañada de una serie de datos estadísticos precisos, o de citas eruditas. En el fondo ¿qué más dará? Cuento lo que soy, comparto mi perspectiva de las cosas, que casi siempre tiene considerable fundamento (alguna utilidad tenía que tener ser asquerosamente culto… para lo que es la media del mundo que me ha tocado en suerte), pero que casi nunca es sino un punto de vista totalmente equiparable otros muchos posibles puntos de vista alternativos. Mi paso por la ciencia me dejó, entre otras, esa bendita secuela: la verdad no es sino la mejor explicación disponible para describir lo constatado. En cuanto alguien da con una explicación mejor, esa pasa a ser la verdad, cuyo efímero reinado terminará cuando venga otro con una aproximación aún mejor. De modo que ¿para qué me voy a dejar los cuernos?
Pues eso.
Que he vuelto. Y que un par de veces al mes, como mínimo, aquí me asomaré a compartir ideas y contaros cosas. Y os adelanto que ando preparando un proyecto musical TREMENDO: He conseguido embaucar a un buen grupo de musicazos de mucho nivel para que me ayuden a dar forma y poner en escena composiciones mías del siglo pasado, ambiciosas, barrocas, coloridas y magníficas (yo suponía que lo eran; pero el entusiasmo por el proyecto de los musicazos que citaba, me lo confirma), y ya tengo hasta teatro en donde representarlo. Yo le daba al proyecto dos o tres años de gestación, pero el sabio criterio de mis colaboradores me ha persuadido para que sea este verano. De aquí a seis o siete meses (glub: menudo trabajazo nos espera…). Ya os iré informando.
Lo dicho:

♪ He vueeeltooooooo ♫

lunes, 8 de octubre de 2018

¡S.O.S.: BRASIL, AL BORDE DEL FASCISMO...!


POR FAVOR, SOBRE TODO AQUELLOS QUE CONOZCÁIS A ALGÚN BRASILEÑO: AYUDADME A AYUDARLES, DIFUNDIENDO ESTO

(Llevo algunos meses ausente de este foro, por falta de tiempo y exceso de trabajo, pero pronto volveré. Entre tanto, me asomo aquí puntualmente, y a la carrera, por una razón singular)

Se conoce que hace ya demasiado del fin de la Segunda Guerra Mundial, la población es joven y cree que todo eso está superado por la historia, perdido en algún cajón del pasado junto a las guerras napoleónicas y el Imperio Romano. Pues no, chavalotes: mis padres vivieron aquello en primera persona, e incluso mi infancia y adolescencia se desarrolló en una teocracia fascista. Y lo que se nos está viniendo encima es primo hermano de aquello. Estos son otros tiempos, claro, y todo tiene otros modos. Pero la base, lo que late debajo, es lo mismo.

Emotividad pura, la política convertida en un Reality. Decirle a la gente lo que quiere oír, apelar a sus emociones más primarias, a sentimientos irrenuciables. Decir que se lucha contra el demonio, identificar a los contrarios con todos los males y a ti con el redentor. Hacer una apropiación indebida y global de lo que todos anhelan, y proclamarte Messias destinado a redimir a la sociedad de sus pecados.

Si tu pueblo está suficientemente escaldado y es suficientemente ignorante, manejable y proclive a la idolatría (como por desgracia le sucede a más de la mitad de la población brasileña), pues la democracia se alía contigo, oh Messias, y ya son tuyos. Ya has ganado. Ya puedes quemar el Bundestag, Adolf, y mandar a voluntad sobre tu rebaño de borregos. Un solo pueblo, un solo líder ¡Heil Bolsonaro...!



Tengo fuertes vinculaciones con Brasil, pues llevo ya quince felices años junto a una maravillosa bahiana, y dos de mis cuatro hijos tienen como ella doble nacionalidad, brasileña y española. Reconozco que no sigo al detalle la política de ese país, aunque sí lo suficiente como para estar razonablemente al día. Vaya por delante, y que quede claro, que NO SOY DEL PT, no tengo adscripción política definida. Por encima de todo, en política soy pragmático. Los políticos son administradores temporales a los que colocamos ahí para que gestionen lo público. Y punto. Jamás fui a un mitin, jamás compré una bandera. Pero siempre asumí de cara las consecuencias de mis actos. Yo, junto con otros diez millones, puse ahí en su día a Felipe González, y lo mantuve, y luego me vi obligado a quitarlo de en medio cuando la corrupción se lo comía, para poner a Aznar. Años después me vi obligado a echar a Aznar (reconozco que más asqueado de él que lo que lo estuve de Felipe), y a poner a Zapatero, a quien no hubo otro remedio que terminar quitando por su contumaz torpeza. Lo de poner a Rajoy no fue culpa mía, a mí no me miréis... Con ese bagaje, confío en que nadie me tome por extremista de ningún extremo. Pues desde esa ecuanimidad, desde esa perspectiva, creed lo que os digo:

- El voto castigo es una idiotez, una rabieta infantil. Con ello no castigas al que lo hizo mal, sino a ti mismo, dándole las llaves de tu destino a quien no lo merece.

- Votar nulo o en blanco es razonable si nadie te convence, aunque sí te convenza el sistema (o al menos lo consideres el menos malo). Pero si uno de los que puede salir, gracias a tu inhibición, se declara amante de la dictadura y enemigo de la democracia… entonces no puedes inhibirte: ANTES QUIEN SEA, QUE UN ANTIDEMÓCRATA CONFESO.

- Entiendo la frustración de quienes han sufrido la corrupción (a un español le vais a venir con eso…), que no es otra cosa que el abuso de confianza y el atraco de lo que es de todos a manos de los administradores que habíamos nombrado. Pero echar a los ladrones no puede hacerse a cualquier precio. No tiene sentido impedir que sea el zorro quien cuida del gallinero... para poner en su lugar a un lobo.

- Ya la habéis cagado, brasileños de mi corazón, ya os habéis acorralado a vosotros mismos, poniendo como finalistas a un PT que arrastra demasiada corrupción como para que nadie se crea que no conserva aún en su interior gérmenes tóxicos, y a vuestro particular Donald Trump. Tenéis que elegir entre que os amputen una pierna... o el cerebro. Vosotros mismos; pero los cojos hablan, escriben, beben cerveza, hacen el amor... y los lobotomizados solo hacen lo que se les dice que hagan, sin criterio ni gozo alguno.

-Al margen de lo anterior, conviene no olvidar que la corrupción no la inventó el PT, como tampoco la inventaron aquí ni el PSOE ni el PP. Ya estaba antes que todos ellos, y a todos debe reprochárseles que no hayan combatido como se debía ese terrible cáncer social. Pero no os hagáis líos: Bolsonaro ya era diputado en 1990, 12 años antes de la llegada de Lula. Ojo, que no le estoy acusando de nada. Pero que tampoco vega ahora dándoselas de renovador adalid anticorrupción, después de llevar 30 años en escena.

- Se habla todo el tiempo de lo que Bolsonaro es, porque él mismo lo confiesa con orgullo: machista, racista, xenófobo, homófobo, partidario de la tortura, enemigo de la democracia y admirador de la dictadura; pero apenas  se habla de sus políticas. Y su ideario, que está ahí y es fácil consultar, es espeluznante: estado confesional, marginación de las minorías (eliminando cualquier clase de ayudas o de discriminación positiva) cuando no persecución directa, instauración de la pena de muerte, normalización de la tortura, universalización del uso particular de las armas de fuego…

- Brasil es un país inmenso y complejo, y cualquier generalización, de lo que sea, no es otra cosa que una exhibición de ignorancia y torpeza. Pero nadie podrá negarme, incluidos los 200 millones de brasileños, que uno de los problemas cruciales de ese país es la existencia de ingentes bolsas de incultura y pobreza. Da igual que 50 millones de brasileños tengan el nivel de los suizos: mientras otros cincuenta tengan el de los africanos más pobres, perdurarán los problemas de narcotráfico, bandas, miseria… y también los de corrupción, pues es fácil engañar o comprar el voto de los misérrimos e ignorantes. Pues bien: no hay ninguna posibilidad de que el führer Bolsonaro reduzca los niveles de miseria y de reparto desigual de la riqueza. A lo mejor disminuyen los de delincuencia… a base de torturar y asesinar al mayor número posible de delincuentes (ese es uno de sus sueños); pero el porcentaje de miserables en Brasil crecerá, con lo que a medio plazo todos los problemas, incluidos los relativos a la inseguridad, irán a peor.

- Por todos los dioses de todos los Olimpos: dejad de mezclar religión y política. Votad a funcionarios, con contrato temporal, pero no a Mesías, no a enviados del cielo para que os rediman. En Europa hicimos eso mismo durante siglos; pero desde que dejamos de hacerlo y salimos de la Edad Media, nos va mucho mejor.

Eu amo vocês e amo o Brasil. Tenham cabeça, não olhem para o outro lado. Entrar no fascismo é fácil; para sair, os espanhois demoraram quarenta anos…

martes, 8 de mayo de 2018

REFLEXIONES BREVES, PERO INTENSAS (XI)

En un universo paralelo, sumamente improbable aunque no imposible, soy invitado a hablar ante el Congreso de los Estados Unidos de América en calidad de Mente Inquieta con Perspectiva, para formularles una pregunta que acaso pueda ayudarles a reflexionar.
Senadores, Representantes, Señor Presidente. Antes de formular mi pregunta, permítanme que la contextualice ¿Cuántos siux hay en la sala? ¿Y apaches? ¿cheroquis? ¿navajos, pueblo, chippewa, potawatomi, creck, chotaw, comanches, cheyene…? ¿Ninguno? En el año 1800 vivían en este país poco más de seis millones de personas, incluidos seiscientos mil indígenas. En 1900 setenta y cinco, y ahora más de trescientos veinticinco millones, de los que apenas dos y medio son nativos norteamericanos, ninguno de los cuales, por cierto, tiene aquí representante de su propia cultura ¿De dónde creen ustedes que procede su masa poblacional? ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que todos ustedes, todos, son emigrantes, o a lo sumo bisnietos de emigrantes? ¿Cómo es posible que hayan olvidado que la inmensa mayoría de sus antepasados —no tan lejanos— de origen inglés, italiano, irlandés, afroamericano (permítanme la licencia; de la esclavitud ya hablaremos otro día), francés o español, eran gente valiente y emprendedora, pero en su mayoría pobres y analfabetos?
Una vez centrado el asunto, ahí va mi pregunta: ¿Cómo es posible, almas de cántaro, que consideren a los actuales emigrantes una amenaza, en lugar de una oportunidad, si todo lo que les ha llevado a ser lo que son procede de oleadas de emigración mucho más masivas, caóticas y de gentes menos preparadas de las que ahora les piden una oportunidad…?

martes, 1 de mayo de 2018

Apología de lo cutre

Supongo que todo se debe a una mezcla de afición a los mitos y mala memoria. O lo mismo es que soy yo el que tiene demasiada memoria y no consigo descontextualizar, que es lo que parece hacer la mayoría, metiendo todo en un limbo arqueológico en el que cualquier cosa se vuelve admirable por el hecho de ser antigua. Desde esa perspectiva, el acueducto de Segovia y el carro de Manolo Escobar, o López de Vega y Paco Martínez Soria, son intrínsecamente equivalentes: nuestros símbolos, nuestras referencias. Manuel de Falla y Massiel en la Eurovisión, Serrat cantando a Machado y Raphael siendo aquél, qué más da.
Pues a mí, vaya usted a saber porqué, sí me da.
Apenas tengo 58 años, edad relativamente modesta a estas alturas de siglo XXI; pero a menudo me veo haciendo de anciano de la tribu, perplejo al ver que todo el mundo parece haber olvidado lo que en su momento se dio por obvio. Porque una cosa es el análisis antropológico, la justificación histórica, la indulgencia, la empatía retroactiva o incluso la simple nostalgia, y otra bien diferente venir a ensalzar cosas que fueron, son y serán la cumbre de la caspa y el cutrerío.
Entendámonos: Raphael, El Fary y los realities de Telecinco siempre han tenido y tendrán su legión de fieles. Pero lo inconcebible es que tanta gente razonablemente culta, leída y viajada, parezca asumir ahora con naturalidad que lo que siempre se consideró la cumbre de lo chabacano, populachero y sin clase, merece tomar asiento junto a las auténticas y unánimes cumbre de lo meritorio y valioso.
Me da no sé qué liarme a dar más nombres de los que ya llevo dados, porque no es mi intención ofender a nadie, en serio. Una hamburguesa del McDonald’s es un plato absolutamente digno que no tiene de qué avergonzarse, y en más de una ocasión me ha sacado felizmente de algún apuro. Pero de ahí a considerar a las hamburguesas de franquicia alta cocina, y que reconocidos gourmets se dediquen a ensalzarlas, pues hay un mundo ¿no? Exactamente a eso me refiero.
¿Qué es lo que ha podido pasar? ¿Es, como decía al principio, necesidad de mitos y falta de memoria? ¿No será que entre los influencer con más tirón se han colado una buena panda de gente sin clase, y que para evitar líos la gente que sí tiene clase finge compartir sus gustos? ¡Ay de aquel infeliz al que se le ocurra cuestionar la grandeza de Raphael o de Manolo Escobar (ya he dicho que no daré más nombres)!
Por cierto, aprovecho para decir que me espeluzna y me desconcierta a partes iguales el propio concepto de “influencer”, cuya existencia solo puedo atribuir a la profunda inseguridad y falta de personalidad de la gente: como yo no sé qué es lo que se lleva, qué es lo que se considera adecuado y qué no, y para mi es crucial la aceptación de los demás, pues miro a ver qué se pone —o come, o bebe, o lo que sea— alguien de solvencia reconocida, y me limito a imitarle.
No sé si se puede ser más imbécil, en el sentido literal de la palabra (imbécil, como supongo que la mayoría ya sabéis, viene del latin lmbaculum: sin bastón, sin apoyo, sin punto de referencia). Porque una cosa es tener tus propias referencias —todos las tenemos; aunque a medida que maduramos se van diluyendo— e intentar aproximarte a estilos que lucen gentes a las que admiras (de ahí los peinados a lo Marilyn Monroe o a lo Cristiano Ronaldo, las chupas de cuero a lo James Dean, etc.), y otra intentar aproximarte a estéticas que publicitan personas que no son absolutamente nadie… salvo publicitadores de estéticas.
En fin, dejemos el asunto por el momento y continuemos repartiendo cera por donde tocaba hoy, que era a propósito de lo del ensalzamiento de lo cutre. Y qué mejor ejemplo al respecto que el glorioso Festival de la Canción de Eurovisión. La cosa viene de lejos, de modo que se hace imprescindible un poco de arqueología emocional. Vamos a ello.
Allá por el 68, España era una teocracia fascista. No se vivía mal, en serio. Muchísimo mejor de lo que se había vivido nunca hasta entonces en este país (obviando a las clases de arriba, que siempre han jugado en otra liga); aunque para ello había que asumir la situación y no tener ideas descabelladas, como pretender que hombres y mujeres tuvieran los mismos derechos, querer elegir a tus representantes políticos o cualquier otra locura similar.
Lo anterior no hacía a España muy popular. La comunidad internacional nos consideraba un país atrasado al que venir a tomar el sol. Apenas se nos dejaba participar en las olimpiadas, y poco más. Y de repente, en un concurso de canciones ligeras de las televisiones públicas europeas, mandamos a una chica en minifalda diciendo La-La-La (como nuestro himno… pero en femenino), ¡Y GANAMOS…! ¡Yupiiii… España ganó...! España había ganado… a algo, a lo que fuera (¿qué más daba?).
El orgullo patrio se desbordó por las calles con una fuerza similar a la de los brasileños cuando ganan un mundial de fútbol. Volvíamos a estar en el mundo, contábamos. Al año siguiente seríamos los anfitriones… Lo fuimos… ¡Y VOLVIMOS A GANAR…! Con otra chica en minifalda que vivía cantando —hey!— ( ex-aequo con Francia, Holanda y Gran Bretaña; pero ganamos). El Festival de Eurovisión pasó a ser el foro de reconocimiento internacional que el franquismo necesitaba, una cuestión de Estado, y como tal se publicitó y se publicitó hasta calar en la gente, que consideraba ese concursillo irrelevante como la más alta competición en la que medían su prestigio las naciones europeas.
Pero llegaron los 70, España se fue modernizando, Franco se murió por fin, y la gente empezó a ver Eurovisión como lo que realmente siempre había sido: un concurso de música pop que siempre ganaban los mayores productores de ese estilo musical (ingleses, irlandeses, franceses, suecos, holandeses…). Luego la cosa se puso aún peor, pues resultaba difícil disociar a ese concurso del uso que el franquismo había hecho del mismo, por lo que cada vez fue siendo más arrinconado. A mediados de los 90, Eurovisión tenía en España el mismo tirón que los campeonatos canadienses de curling (sí, hombre: eso de deslizar una plancha redonda por el hielo mientras otros barren frenéticamente delante de ella).
El Festival de la Canción de Eurovisión siguió su camino, y se fueron incorporando más y más países a medida que Europa se homogeneizaba políticamente y se balcanizaba al tiempo (qué curiosa contradicción ¿verdad?); pero en España continuó siendo un evento del pasado, intrínsecamente cutre y demodé, hasta que a ciertos gurús iluminados se les ocurrió convertir a ese concurso en el premio final de otro: el que ganase Operación Triunfo representaría a España en Eurovisión. Los que por aquél entonces teníamos cuarenta años, nos miramos los unos a los otros y estallamos en carcajadas: ¿Eso es un premio? ¿Quién va a querer ir a ese desastre, a hacer como siempre el ridículo? ¿Cómo se atreve nadie a decir que “va a representar a España”, como se decía en tiempos de Franco? ¡Pero si eso es una especie de convención del pop británico, organizado por las televisiones públicas europeas, y poco más…!
Pues nos equivocábamos de medio a medio: lo de OT se convirtió en la Madre de todos los realities, de él salieron un montón de artista de verdadero talento y la ganadora casi gana también Eurovisión, reconvertida de nuevo, por arte de los Mass Media, en las modernas Olimpiadas del Arte. Claro, estamos hablando de comienzos de siglo, de los años de la España optimista y en subida libre, galopando una burbuja que aún tardaría más de un lustro en explotar. El franquismo o Massiel eran referencias históricas comparables a Napoleón o los Reyes Católicos, nada que atañera ya a nadie. Eurovisión acababa de ser inventada y era claramente hermana de la final de la Super Bowl o la entrega de Los Oscar, sin parentesco alguno con los Festivales de San Remo y de la OTI.
Pero el entusiasmo duró poco, y la cosa fue tumbándose cada vez más del lado de la mediocridad, la horterada y el populacheo ¿Queréis que os recuerde a los cantantes y las canciones que sucedieron a nuestra Rosa de España del 2002 y su Europ´s living a celebration? Sujetaros que la pedrada es fuerte:
2003
Dime
Beth
2004
Para llenarme de ti
Ramón del Castillo
2005
Brujería
Son de sol
2006
Un BloodyMary
Las Ketchup
2007
I love you mi vida
D'Nash
2008
Baila el Chiki-chiki
Chikilicuatre
2009
La noche es para mi
Soraya
2010
Algo pequeñito
Daniel Diges
2011
Que me quiten lo bailao
Lucía Pérez
2012
Quédate conmigo
Pastora Soler
2013
Contigo hasta el final
El Sueño de Morfeo
2014
Dancing in the rain
Ruth Lorenzo
2015
Amanecer
Edurne
2016
Say yay
Barei
¿Alguien recuerda alguna de esas canciones? Bueno, lo del Chikilicuatre seguro que sí, porque ese tipo de sucesos traumáticos son muy difíciles de borrar. Y lo de los artistas… salvo dos o tres —¿honrosas?— excepciones ¿alguien se acuerda de ellos?
El imperio Mass Media, en esta Era de los influencers, acaba de obrar de nuevo el milagro y el Festival de Eurovisión, las Olimpiadas del Arte, a vuelto de ser reinventado. Y esta vez vamos a ganar… porque llevamos a una pareja de enamorados (lo siento muchísimo, pero su historia me parece una versión Disney de la de Los Juegos del Hambre) ¿Quién puede estar en contra del amor? Además, cantan una canción preciosa… que ciertamente lo es, aunque el hecho de haberla oído treinta y siete millones de veces en los últimos tres meses ha determinado que le coja una manía comparable a la que le tengo a la de Paquito el Chocolatero.
Si ya lo he dicho: que vivan Raphael (por cierto: su “Yo soy aquél” fue la representante de RTVE en la Eurovisión del 66), Sálvame de Luxe y de todos los Cítricos, los Gypsy Kings, el Torito Bravo y la madre que los parió a todos ellos. Pero no perdamos el norte y no confundamos popularidad o curiosidad antropológica con verdadero valor. Digan lo que digan todos los influencers de todos los ámbitos del planeta.

sábado, 7 de abril de 2018

REFLEXIONES BREVES, PERO INTENSAS (X)

En la crisis catalana todo es delirante, ridículo, patético. Lo es que dos millones de personas, en pleno siglo XXI, crean que el nacionalismo integrista es modernidad. Lo es que para combatir ese dislate haya quienes usen como argumento otros nacionalismos. Lo es constatar que los poderes del Estado están menos separados de lo que deberían. Pero para mí hay un disparate que supera a todos los anteriores: darle tal importancia a las formas que al final el fondo resulta irrelevante.
FONDO OBVIO, Y POR LO VISTO IRRELEVANTE: una organización, muy numerosa y perfectamente estructurada, tras abonar durante décadas ciertos sentimientos romántico-endogámicos, dio un golpe de estado cuyos objetivos eran liquidar España y crear en su lugar un Estado Catalán independiente, abandonando a su suerte al resto de territorios de la ex-España. El golpe falló. Pero lo intentaron.
FORMA, QUE POR LO VISTO ES LO IMPORTANTE: Romper dos coches de la Guardia Civil ¿es o no violencia? ¿Cómo de violenta ha de ser la violencia para que se considere Rebelión? ¿Un escrache es violencia? Comprar unos tupperware en IKEA y una bridas en un chino para hacer una parodia de referéndum ¿es malversación de fondos públicos?
No hace falta mancharse las manos de sangre para cometer un crimen. Se ahorca igual con un pañuelo de seda que con una soga de esparto. Un golpe de estado, lo dé Franco, Tejero o Puigdemont, termine en guerra civil o en breve tumulto, es intrínsecamente el más grave de los delitos políticos que cabe imaginar en democracia, y debería castigarse siempre con la inhabilitación a perpetuidad de los golpistas. Para el flagrante intento de golpe que nos ocupa, sin necesidad de prisiones preventivas ni otras idioteces incendiarias, tres meses habrían sobrado para instruir el caso, ya estarían inhabilitados de por vida los promotores del golpe —varias decenas— y podríamos dedicarnos todos a cosas más interesantes.