domingo, 31 de marzo de 2019

¿Por qué no rellenamos la España Vaciada... con emigrantes?

Aunque el término sea relativamente nuevo, hace ya mucho que conozco personalmente a la famosa “España Vaciada”. Cuando más la traté fue durante las décadas dedicado a redactar Estudios de Impacto Ambiental de grandes infraestructuras, tipo autovías y trenes de alta velocidad. Como mera referencia, que a muchos sorprenderá: desde que a alguien se le ocurre que podría ser interesante implantar determinada infraestructura hasta que los usuarios la transitan, es frecuente que pasen diez o más años de estudios, análisis, anteproyectos, proyectos, obras…
Pues bien, yo participé en los primeros estudios de si merecía la pena construir una autovía entre Valencia y Zaragoza, a comienzos de los noventa; y llegué a hacerlo también en las obras de uno de sus tramos, a comienzos de este siglo. Década y pico analizando datos, y datos, y datos (geología, hidrología, clima, fauna, flora, paisaje, usos del suelo, economía, costumbres, demografía, arqueología…), de un territorio que tenía cosa de 180 Km de largo (desde el puerto de Escandón, al sur de Teruel, hasta Zaragoza), por 20 de ancho, que era la franja de territorio por donde se analizaban las alternativas para construir la autovía en cuestión. 180 x 20 Km dan 3.600 Km2, que es bastante más que Luxemburgo, o diez veces Malta. Pues bien, en ese territorio vivían entonces —ahora supongo que no llegarán— menos de 50.000 personas, incluyendo las 30.000 de la populosa Teruel City (dejando obviamente fuera a Zaragoza). Menos de la mitad de los que vivían en el madrileño distrito de Chamberí, en el que me crié. Por cierto, tanto en Luxemburgo como en Malta viven y ya vivían entonces más de medio millón de personas.
Pero no me quiero enrollar más con mi relación personal con la España Vaciada —el ejemplo anterior es uno de los muchísimos que podría poner— sino apoyar una idea que siempre me rondó la cabeza, y que últimamente se empieza a oír, por aquí y por allá: ¿qué tal si para repoblar esas inmensas superficies de tierras semideshabitadas, no acudimos a la más obvia y sencilla de las soluciones, como es traer gente?
Parece consensuado que eso de que el campo se quede vacío es una mala idea. Es desaprovechar recursos, perder tradiciones y culturas, que todos nos apiñemos en una pequeña superficies de territorio que sometemos al máximo estrés. En el campo se produce la comida. Del campo vienen todas las materias primas. En el campo se produce la energía (esto cada vez es más absolutamente así, desde que las renovables cogieron definitivamente el relevo). Dejar que el campo se vacíe es un lujo que ninguna sociedad se puede permitir. Pero el proceso lleva andando desde la Revolución Industrial, recrudeciéndose en España a partir de los años 60 y acelerando aún más en la actualidad, por una sencilla razón: la vida en el campo es menos confortable, más dura, más aburrida, con menos posibilidades; y generalmente, más corta.
Si os dais cuenta, todas las razones que citaba en el párrafo anterior son relativas: menos confortable, más aburrida, etc., confrontando a un campesino de la meseta con un funcionario de cualquiera de nuestras urbes. Pero si la comparamos con otras circunstancias vitales, como por ejemplo las de ser pastor de cabras en Senegal o agricultor del Sertão brasileiro, la vida de los labriegos aragoneses y manchegos seguramente pasaría a parecernos idílica. Y a ellos, también.
Los problemas demográficos españoles van más allá de los derivados del despoblamiento rural. Por mucho que les duela a los retrógrados que vienen ahora añorando pasados casposos, las mujeres en España ya nunca volverán a ser electrodomésticos ni ganado sexual/fábricas de descendientes, y como nuestra legislación en materia de conciliación es tan precaria, cada vez van a tener menos hijos. Eso por una parte. Y por la otra, nuestra longevidad es tremenda ¡Somos el segundo país del mundo con mayor esperanza de vida, solo superados por Japón…! No me resisto a añadir, como cuña, que ellos lo consiguen a base de comer muy poco, básicamente algas y pescado crudo, y nosotros a base de aceite de oliva, jamón, vino e intensa vida social. Yo no me cambiaba por ellos ni aunque me garantizaran diez años más de vida.
Total, que tenemos ya, y cada vez será más acusado, un país de viejos urbanitas. Mañana,  ¿quién cultivará los campos? ¿Quién tendrá nuevas ideas para que sigan pasando cosas? (los viejos no somos precisamente locomotoras de la innovación). Yendo a lo más prosaico, y con independencia de que las cosas en un futuro puedan ser algo distintas de lo que ahora son: ¿quién pagará nuestras pensiones?
Blanco y en botella. Y no es horchata: necesitamos más gente. Un chorro de gente, joven y con ilusiones, que a su vez fabriquen más gente. Pues mira tú por dónde, resulta que de eso mismo, este planeta tiene de sobra: millones y millones muriendo de ganas de que se les brinde esa oportunidad. El favor sería mutuo: ayudaríamos a esa gente a mejorar radicalmente de vida, y su integración en nuestra sociedad sería para nosotros una transfusión de vitalidad, en todos los sentidos, que nos es absolutamente imprescindible.
Ojito: todo con cabeza. Una cosa es tener la humanidad de no dejar que pobres infelices se ahoguen a nuestras puertas en barquitos de juguete, y otra pensar que ese es el caladero que estoy proponiendo para repoblar nuestros campos. Lo que propongo es una migración ordenada, no para saturar aún más de manteros las Ramblas y Gran Vía, sino para que en los tristes pueblos de la España profunda en los que ahora viven doscientos infelices vuelvan a vivir los dos mil que eran a principios del siglo XX. Ahora mismo, hay 4.000 municipios con menos de 500 habitantes. Pongamos que, de media, tengan unos 250. Elevar esas poblaciones hasta los 2.000 requeriría de un aporte migratorio de 7 millones. El Estado tendría que aportar los medios adecuados para que los nuevos pobladores tuvieran una vida digna (educación, sanidad, cultura…), recolocar a la gente con cuidado para no crear guetos monoculturales, y ayudarles en la arrancada para poder hacer de nuevo nuestros campos productivos. Y productivos de qué se yo, no necesariamente de la cebada de siempre. Acaso otros cultivos, otros ganados o incluso otros usos (energía solar, por ejemplo), que ahora son viables y antes no lo eran. Y todo ello asumiendo que el cambio climático no es una hipótesis, sino nuestro presente: lo siento, mis tiernos ecologistas, eso es absolutamente imparable, y solo nos queda adaptarnos a él. Nuestros ancestros también se adaptaron al final de la glaciación… y no  les fue mal del todo.
A lo que estábamos: traer ordenadamente a gente a que revitalice nuestros campos. El beneficio para todos sería tremendo. Parte de la riqueza que generasen iría de vuelta sin duda a sus países de origen —las famosas remesas— contribuyendo a la mejora de las condiciones de vida en aquellas tierras. Pero la inmensa mayoría de su esfuerzo y de su talento se quedaría entre nosotros.
Y no, no es buenismo ingenuista, no es generosidad gratuita, como si nos sobrase para ello: es inversión pura y dura, es búsqueda de savia nueva para evitar que nos marchitemos. Porque a base de mejorar internet en los pueblos y de disminuir la carga fiscal a los emprendedores rurales, que es por donde nuestros actuales políticos parecen ir, lo mismo se consigue ralentizar algo el despoblamiento; pero con ese tipo de medidas, revertirlo es totalmente imposible.

domingo, 10 de marzo de 2019

El disputado voto del Señor Míguel

No he podido resistirme a la paráfrasis, bastante obvia para los que tengáis ya unos cuantos años: “El disputado voto del Señor Cayo”, oportunísima novela de Miguel Delibes (aunque seguramente casi todos lo que recordaréis será la película, magistralmente protagonizada por Francisco Rabal), que reflejaba con patética ironía las contradicciones de la llegada de la democracia a una España que era varias: la roja, la azul, la urbana, la rural…
Las cosas han cambiado por suerte muchísimo desde el 77, y yo no soy ningún alcalde ermitaño al que seducir. Pero siento mi voto como mínimo igual de dividido que lo sintió en su día el Señor Cayo. Se nos avecina un diluvio de elecciones y estoy más indeciso que nunca; lo que en mi caso no es poco, ya que llevo toda la vida votando la opción que acaba ganando tras duras luchas internas entre un irrenunciable idealismo y el más racional pragmatismo.
Hace poco oí hablar de Jason Brennan, otro pensador a contracorriente, como yo; solo que catedrático reconocido y algo más famoso que este poliedro. No le he leído, lo reconozco, y es probable que si analizo en detalle sus ideas lo mismo me espeluznan. Pero el mensaje que me llegó de él me pareció de una demoledora lucidez. Intentaré un resumen: “La democracia es de largo el mejor sistema con el que hemos dado hasta la fecha, y las sociedades más prósperas y justas son las democracias consolidadas. Pero acaso habría que intentar dar con otro sistema mejor, pues el punto débil de la democracia es la ignorancia supina de la mayoría de los votantes, que cabe agrupar en tres categorías: 1) Hobbits, gente inculta que viven en su microcosmos y cuya pulsión natural es no votar; pero como son muy manipulables, a veces sí lo hacen… con resultados desastrosos: Trump, Le Pen, Brexit…; 2) Hooligans, fanáticos compulsivos que votan siempre a sus colores, vaya quien vaya en las listas y hayan hecho lo que hayan hecho; 3) Vulcanianos, seres analíticos, cultos e implicados, que se informan y votan a la opción que consideran en cada caso más adecuada para la resolución de los problemas. Si los Vulcanianos fueran mayoría, la democracia sería perfecta. Pero como rara vez superan el 20%, es el otro 80% de Hobbits y Hooligans quienes finalmente deciden (¿deciden?) quién manda”.
No sé si me ha quedado un poco largo, pero es que ahí hay un montón de ideas interesantes, y no he sido capaz de mayor brevedad.
El lío, lo peligroso de la argumentación anterior, es que abre la puerta a las restricciones del derecho a voto (tirando de ese hilo, solo deberíamos votar el 20% de Vulcanianos… porque, con todos los respetos, lo soy), y eso históricamente está más que probado que acaba desembocando en la tiranía, en el gobierno de unos pocos, que por muy cultos que sean no dejan de ser humanos, y al final acaban arrimando el ascua a su propia sardina. Salimos de la sartén, para caer en el fuego.
De acuerdo con el diagnóstico de Brennan, a mí lo que se me ocurre como mejor opción no es privar del derecho a voto a los burros, o hacer que sus votos valgan menos que los de los listos (¿quién pondría las rayas, con qué criterios…?), sino poner como objetivo prioritario social y común reducir el número de Hobbits y Hooligans y aumentar el de Vulcanianos. Lo mismo el ilustre Vulcaniano Brennan no se ha dado cuenta, pero las sociedades más justas y prósperas del planeta no son necesariamente las democracias más antiguas y consolidadas, sino aquellas en las que, además, el nivel cultural medio es más alto. Vale, yo tampoco soy tonto, y no se me escapa que una sociedad con pocos Vulcanianos es mucho más fácil de dirigir ¿verdad, Putin, Erdogan y compañía? El problema es endiabladamente complejo, y por eso lleva ahí lo que lleva.
Bueno, tras la divagación anterior voy ya a lo que se supone que iba, que si no esto se hace eterno: ¿a quién voto ahora yo, con el panorama que tenemos delante?
De siempre, fui más de izquierdas que de derechas. Pero sin exageraciones. Socialdemócrata, supongo, o algo así. Todo lo cual no quita que, en su momento, votase por ejemplo ecologista, cuando consideraba imprescindible que se prestara más atención a los problemas medioambientales, cosa que en los ochenta a nadie parecía preocuparle en exceso. Estamos en otra fase de la historia, y no considero que un voto de ese tipo sea ahora mismo de utilidad.
Años atrás, anduve cerca de UPyD. Incluso estuve en una de sus listas a las elecciones de mi pueblo, aunque en un puesto simbólico y sin posibilidad alguna de salir concejal. Pero el proyecto se murió (sería muy largo aquí hacer una elegía o una autopsia, de modo que nos la ahorraremos), de modo que ya no es ninguna opción.
Seguí con cariño y simpatía el nacimiento de Ciudadanos. Pero poco a poco se han ido escorando y escorando, haciendo recordar aquello de que “la cabra, tira al monte”, como mis amigos más de izquierdas siempre se empeñaron en señalarme, de modo que aunque me siguen gustando mucho algunas de sus ideas y de sus gentes, me dan más miedo que un nublado. Sobre todo después de pactar en Andalucía con una gente que son, literalmente, el franquismo sin Franco. Nada menos. Y como diría Sabina “…como habrán adivinado, la señora y el señor, los apellidos del muerto al que me refiero yo…”, pues me voy a dar el gustazo de evitar nombrarlos, que para mí que, a base de hacerlo, se les está haciendo más grandes e importantes de lo que en realidad son.
Con todos los anteriores antecedentes, parecería obvio que soy carne de PSOE. Pero es que después de la que acaban de liar, pollito, me dan como mínimo el mismo miedo que Ciudadanos ¿Pero cómo se le puede ocurrir a nadie ir a pactar con los secesionistas catalanes, una gente cuyo objetivo cuasi único es liquidar España para crear un estado inviable, con lo que el 20% de mis compatriotas se irían al mismísimo limbo, durante varias generaciones? Es como hacer jefe de bomberos a Nerón. Da igual lo noble de la causa: el fin nunca justifica los medios. Jamás se debió pactar con esa gente, de la que ya tengo hablado en este foro en un montón de ocasiones, y de la que tengo una opinión muy clara, que cabe resumir en la siguiente idea: El nacionalismo (CUALQUIER NACIONALISMO), es supremacismo aldeano, amor enfermizo por el propio ombligo que se justifica en un único argumento: “qué confortable es mi zona de confort”.
De modo que, menudo panorama... Para los utopismos, es tarde (de aquí a 8 meses, cumpliré 60). Ciudadanos me da miedo, por cómo se está escorando. El PSOE también, por haber perdido el norte con aquello de el fin y los medios.
Si pudiera elegir, al menos para España y Europa (mi pueblo y mi región son asuntos más locales, y ahí me importan más las personas que las siglas), querría una coalición PSOE-Ciudadanos, que son las dos formaciones de cuyas perspectivas me siento más cercano. De hecho, sus ideologías no están tan alejadas, y seguramente por eso se tiran a degüello la una contra la otra, sabiendo que buena parte de sus votos los pescan en los mismos caladeros.
El PSOE, de la mano de Ciudadanos, podría llevar adelante la mayor parte de sus políticas, sin la hipoteca de tener que contentar a los eternos chantajistas periféricos. Ciudadanos, de la mano del PSOE, podría llevar adelante la mayor parte de sus políticas, sin deberles nada a los herederos del franquismo. No me puedo creer que Sánchez se sienta más cómodo con los trasnochados Garibaldis que han llegado a la historia 150 años tarde, o con la amalgama heterogénea de buenismos y utopías que es Podemos, que con la gente de Ciudadanos. Y tampoco me creo que Rivera se sienta más cerca de la rancia derecha pepera, que aún no sabe que perdió el poder por culpa de una corrupción intrínseca que se empeña en ningunear, o de la aún más rancia nostalgia de la Panña del NODO de Abascal, que de la gente del PSOE.

Pero no se vota a coaliciones, sino a opciones teóricamente autosuficientes…
¡Ay Cayo, Cayo…! Tú que tienes más perspectiva que yo de estas cosas… ¿qué hago…?

lunes, 25 de febrero de 2019

Cómo combatir la pederastia en la Iglesia Católica

Crecí en la España de los sesenta, de modo que me eduqué en un contexto tradicionalista católico, como no podía ser de otro modo. Sin estridencias ni exageraciones, pero tradicionalista y católico. Solo que como era muy curioso e inquieto, pronto me alejé de aquella fe. Primero, buscando alternativas con las que contrastar; y luego, tras darme cuenta de que todo lo que me parecía atractivo del cristianismo no era en realidad patrimonio suyo, sino parte de un sustrato humanista universal. Y desde ahí, salí navegando en busca de mis propias explicaciones. O mejor dicho, de mis propias aproximaciones a una verdad por naturaleza inasible. Y en ello sigo…
Lo anterior lo he dejado caer para que, quien no me conozca, pueda situarme y hacerse cargo de quién y desde dónde suelta las pedradas que me dispongo a soltar.

Francisco, el actual Papa, me parece una buena persona. Probablemente mejor que sus últimos antecesores. Pero lo va a tener jodido, porque gobierna una nave que salió de los mismos astilleros que El Titanic: un monstruo con más inercia que una galaxia y menos cintura que una tabla del pan. Acaso por eso su publicitada cumbre contra la pederastia se vaya a quedar en muy poquito. Y no lo digo dando coba a las víctimas, cuyas críticas no son obviamente demasiado imparciales, e inevitablemente hacen pensar en esa delgada línea que separa la justicia de la venganza. Lo digo porque, para mí, la cosa se resume en recetar calmantes para combatir el de dolor de muelas… cosa inteligente y necesaria, pero que si se queda ahí, con seguridad no servirá para nada. Además de calmantes habrá que tirar de antibióticos, y cuando acabe la infección hacer una endodoncia, o lo que sea para luchar decididamente contra la causa del dolor. O de lo contrario, todo volverá al punto de partida.
La cosa me recuerda a otras soluciones simplistas, aparentemente eficaces en el corto plazo pero que es imposible que puedan resolver los auténticos problemas de fondo. Por ejemplo, el iluminado de Bolsonaro, ese Trump brasileiro que, acaso fruto de una epifanía (no en vano su nombre de pila es Jair Messias), ha dado con la fórmula mágica para acabar con la delincuencia en Brasil, una de las más altas de todo el planeta: “poderes absolutos a la policía, y armar a la población”. O sea, para acabar con el mal, acabemos con los malos ¿Eso es todo, alma de cántaro? ¿No se te ha ocurrido que, detrás de cada capo, de cada jefe de pandilla o de banda, hay un segundo, y detrás un tercero, y un cuarto…? ¿Cuánto calmante piensas administrar a tu sociedad… antes de acordarte de que existen los antibióticos?
Lo de ir a la infección, en el caso de la pederastia en la inglesa, yo lo veo así: no se puede imponer la asexualidad a nadie, porque somos seres intrínsecamente sexuados. Sería como imponerle a alguien renunciar al sentido del humor, o al gusto por la música. Si te haces cura, prohibido reírte, prohibido tararear u oír música. Ridículo, ¿verdad? Pues igual de ridículo es decirle a alguien “a partir de ahora, para que tus energías no se disipen y se concentren en el amor universal no particularizado, quedas declarado asexuado” ¿Así de fácil…? Pues va a ser que no. Y es que no. No funciona, no sucede. Cierto que hay gente rara, rara, rara, a la que cosas así le pasan. Gente que decide no hablar nunca más, y lo consiguen. Eremitas herméticos de todas las fes, que viven en el fondo de una cueva, o subidos a una piedra durante años incontables. Pero son excepción, no norma ¿Cómo habría de serlo eso de ser asexuado por decisión, criterio o decreto?
Ahí tenemos la infección: una legión de buenas personas asumiendo una castración metafísica como elemento imprescindible para formar parte de una casta de santos. Menudo dislate…
Querido Jair Messias (permitidme el bucle, que tiene su sentido): si no acabas con las causas de la delincuencia, siempre tendrás malos que suplan a los malos eliminados. Y las causas de la delincuencia, en un 90%, como poco, son la miseria y la desigualdad. Compara los niveles de miseria y de desigualdad de Brasil con los de Canadá o Suiza, y cotéjalos con los de delincuencia. No es probable que los brasileños sean intrínsecamente peores personas que los canadienses o los suizos. Lo que tenéis es muchos más miserables, y una parte de ellos, como pasa siempre, capaz de todo para mejorar su situación, aunque solo sea fugazmente y un poco. O luchas contra la miseria y la desigualdad, o no habrá jamás suficientes calmantes y plomo para acabar con la delincuencia de tu/mi amado país.
Francisco: da igual que reconozcas la culpa, que te comprometas a denunciarla, que pongas pilas con calmantes al lado de las de agua bendita: o acabas con la castración metafórica de la curia, o la infección rebrotará, y rebrotará, y rebrotar, per secula seculorum. Haz compatible el sacerdocio con la vida de pareja, que los curas puedan ser hombres al completo. Hay abogados de sobra para resolver posibles problemas patrimoniales y de herencias. Y el que tiene carisma lo tiene, sí o sí, tenga pareja o no. O no lo tendrá nunca.
Otra es que en los seminarios se castre químicamente a los futuros sacerdotes… aunque me parece un poco más bestia.
Y ojito, que no digo que con eso que propongo se resuelva todo. Pero que llovería menos, no lo dudéis ¿O acaso no hay bastante menos delincuencia en Canadá o en Suiza que en Brasil…?

lunes, 28 de enero de 2019

Guerra al coche

No es que sea una tendencia, es que hay unanimidad: GUERRA AL COCHE. El coche es un objeto dañino, contaminante, egoísta, un lujo individual que no nos podemos permitir, y todos los políticos que quieran seguir ahí no tienen otra que apuntarse a la cruzada.

Vale, pues para no perder la costumbre, el Poliedro se va a colocar en el ángulo contrario. Y no para defender al coche como opción, sino para evidenciar su inevitabilidad, al menos en esta fase de la evolución humana, como lo fueron en su día el caballo, y antes el cuchillo, y antes aún el fuego.
Hay por ahí quien argumenta que la guerra al coche es un invento del rojerío cool. La cosa podría tener su lógica, pues quienes van contra el coche generalmente ensalzan el transporte público, y esa dicotomía podría interpretarse como la eterna lucha entre lo privado y lo colectivo, lo individual y lo social, la derecha y la izquierda, trasladado al universo de la movilidad. Pero lo cierto es que va más allá, porque si se mira un poco alrededor es fácil comprobar que las políticas aticoche, sea al nivel que sea, no son patrimonio de ninguna orientación política, sino un axioma de la modernidad. Si quieres estar a la última (y si no lo estás, adiós a los votos, adiós al poder, etc.), guerra al coche. Valga como ejemplo al alcaldesa eterna de mi pueblo, que es tan roja como una pera, y que legislatura tras legislatura galopa hacia la peatonalización de su villa, restringiendo al mínimo los espacios para los coches y agrandando los destinados a los peatones, que hoy en día podrían acoger sobradamente a más del doble de los que somos sus reales usuarios.
Mi alcaldesa, decía, galopa a caballo de la ola de la modernidad, y ésta es dictada desde los grandes centros de poder, en todos los sentidos, que no son otros que las grandes ciudades. Allí se elaboran los modelos y desde allí se reparten las consignas. Solo que, por increíble que parezca, nadie parece haberse dado cuenta de que las grandes urbes, aunque concentren a mucha población (lo que determinan que sean los motores de la humanidad), apenas representan una superficie insignificante del planeta, y en ellas no vivimos ni la tercera parte de los humanos. Ojito, que a nivel nacional me estoy refiriendo a media docena de ciudades (Madrid, Barcelona, Sevilla, etc.), no a Cáceres o Santander. Y no digamos ya a las localidades de quince mil habitantes o menos, que es por donde yo ando. Está bien el concepto de “ciudadano” como individuo dotado de derechos individuales emanado de la Revolución Francesa, pero es muy torpe equipararlo al de “habitante de una ciudad”, cosa que yo creo que quedaría mucho mejor definida como “urbanita”, término al que podría contrastarse el de “ruralita”, que es lo que yo soy. Que es lo que somos más del 60% de los españoles: gente que vive en el campo, ya sea en grupos de unos cientos o de unos pocos miles, pero que, sin ninguna duda, no vivimos en una ciudad.
Yo fui urbanita desde que nací hasta los veintitantos, y desde entonces soy ruralita. Voy a Madrid y a otras ciudades con frecuencia, por motivos de trabajo o simplemente a socializar. Pero vivir en una ciudad sería ahora para mí inconcebible. En ellas el peso de lo artificial es absoluto, el planeta Tierra es apenas un lejano sustrato imperceptible. Todo está construido, armado, acoplado a la escala humana. Y además, gente a cascoporro, gente y gente y gente… y todo lo que eso tiene de bueno, por las posibilidades que ofrece, lo tiene al tiempo de restrictivo en lo referente a la libertad y la intimidad. Las ciudades. Sitios deslumbrantes que visitar, donde hacer cosas... y de las que salir después corriendo.
Vale, pues el 99% de los políticos con mando, los que dirigen el cotarro, son urbanitas. Peor aún, algo más de un tercio de ellos son también funcionarios… Como suena (ya advertí que no me iba a romper los cuernos buscando datos que avalaran mis argumentos, pero el que quiera que lo compruebe, que es fácil). Y lógicamente, estos funcionarios urbanitas legislan desde su perspectiva, que no es precisamente la de los ruralitas no funcionarios, como yo y como la mayoría de sus compatriotas. Manuela Carmena, (urbanita, funcionaria y roja), como antes Ana Botella y Ruiz Gallardón (urbanitas, funcionarios y azules), y todos los anteriores alcaldes de Madrid, fueron empujando siempre en la misma dirección, cada cual a su paso, guerreando contra el coche, echándolo de la ciudad. Y lo más probable es que hicieran lo correcto, que en las megalópolis del planeta el vehículo de transporte individual no sea una opción. De todas ellas también se expulsó en su día a los caballos, que habían sido los coches durante varios milenios, y la idea fue acertada.
El problema no es que las grandes ciudades se organicen eliminando a los vehículos automóviles particulares como medio de transporte interno (por cierto ¿los urbanitas del futuro tendrán prohibido tener coche, aunque sea para usarlo fuera de la ciudad? Y si no es así ¿dónde los van a guardar, y por dónde los van a meter y a sacar?), sino que las ciudades medianas intentan imitar a las grandes, y después las pequeñas a las medianas, y al final mi pueblecito quiere parecerse a Madrid, se lía a resolver problemas que no tiene y nos complica a todos la vida gratuitamente.
La guerra al coche está destinada al fracaso, porque el coche es libertad. Obviamente, los coches no deberían funcionar a base de quemar dinosaurios y bosques de helechos, disparate anacrónico delirante en pleno siglo XXI. Pero una cosa es exigir que los coches dejen de contaminar, y ya estamos en ello, y otra que, de la mano de la cosa, se satanice con carácter general al coche. “Le recomendamos que utilice el transporte público” ¿No te jode…? A Madrid claro que voy en bus, y allí claro que me muevo en metro. Pero en mi pueblo ¿cómo llevo a mis hijos al colegio, cómo hago la compra, cómo voy a trabajar, sin coche? Si el planeta entero, algún día, fuera una gigantesca ciudad que lo cubriera todo, obviamente no tendrían sentido los medios de transporte individuales. Imágenes como esa, que para mí siempre son distópicas, salen a menudo en películas futuristas. Pero mientras no sea así, mientras los ruralitas sigamos existiendo, el coche, ya sea eléctrico, o impulsado por algún otro sistema hoy en día inimaginable, ya sea terrestre o volador, será una herramienta imprescindible para nuestra subsistencia, como lo fue antes el caballo, y antes el cuchillo, y antes aún el fuego…
Rematemos el asunto con una broma genial que viene bastante al pelo, de mis admirados editores de elmundotoday: CARMENA INICIA LA PEATONALIZACIÓN DE MARTE


sábado, 12 de enero de 2019

¡He vueeeltooooooo...!

♪ He vueeeltooooooo ♫
Feliz 2019 a todos, y no temáis, que no he vuelto para abduciros al más allá de ninguna pesadilla, sino para seguir aquí, compartiendo cosas variopintas con vosotros.
Este año, al tomarme las uvas, como supongo que hicisteis casi todos, me prometí a mi mismo hacer cosas interesantes a lo largo del año que empieza. Le dediqué poco tiempo a los compromisos buenistas e imposibles, tipo ponerme en forma (en forma… ¿de qué?), y me centré en lo que más me pone, tipo viajar, tocar, escribir…
Os reconozco que la casi única razón de este blog es darme motivos para escribir (así se llama, por cierto, un disco muy recomendable de mi admirado pianista belga Vin Mertens), porque los mil focos de interés, motivaciones y sumideros de energías que tiene la vida le dejan a uno tan exhausto que, al final, lo de escribir porque sí y sin más se convierte en artículo de lujo, excepción. Años y años, y décadas, escribí cuentos y poemas (e incluso novelas), casi solo como catarsis y alimento de cajón. Pero luego, saqué algo por aquí y por allá, publiqué y autopubliqué… y la literatura cerró en mí su círculo mágico y dejó de ser diván o bidé para convertirse en vehículo de comunión, forma de compartir, de ser más de lo que se es, prolongándose uno a través de unas ideas, o personajes, o lo que sea, que penetran en los demás y se convierten en otra cosa, en algo lleno de matices diferentes, algo más rico, más grande, más imprevisible, más interesante…
De modo que gracias, literatura, por ayudarme a hacer de la vida un lugar con más posibilidades. Gracias a vosotros, que sois la parte imprescindible de la literatura que escapa de mis manos (siendo refractario a esas locuras de la dominación, de que alguien te someta, de las Sombras de Grey y demás, reconozco que lo de no ser el único dueño de los mandos, me motiva); y basta de idioteces, de ausentarme de este foro como si lo hiciera de los deberes del cole. Ahí va mi compromiso de campanadas de inicio de año:
ME COMPROMETO A METER, COMO MÍNIMO, UNA ESTRADA EN MI BLOG CADA QUINCE DÍAS.
¿Sabéis cuál ha sido la razón de fondo que más me ha limitado para no escribir más aquí, además de los manidos y referidos avatares del día a día? Pues mi compromiso con el rigor, con la precisión. Como, al final, la mayor parte de las entradas tenían que ver con asuntos cercanos y concretos, me atenazaba siempre la angustia de estar diciendo algo sin soporte, no contrastable, subjetivo, cuestionable... Total, que me pasaba más tiempo buscando fuentes, citas, datos, etc., que contando lo que quería contar, para hacer mis argumentos más sólidos.
Creo que era un ángulo equivocado, ya que no soy historiador, político, propagandista doctrinal o religioso ni nada parecido. No creo que mi perspectiva poliédrica gane o pierda gran cosa por el hecho de que vaya acompañada de una serie de datos estadísticos precisos, o de citas eruditas. En el fondo ¿qué más dará? Cuento lo que soy, comparto mi perspectiva de las cosas, que casi siempre tiene considerable fundamento (alguna utilidad tenía que tener ser asquerosamente culto… para lo que es la media del mundo que me ha tocado en suerte), pero que casi nunca es sino un punto de vista totalmente equiparable otros muchos posibles puntos de vista alternativos. Mi paso por la ciencia me dejó, entre otras, esa bendita secuela: la verdad no es sino la mejor explicación disponible para describir lo constatado. En cuanto alguien da con una explicación mejor, esa pasa a ser la verdad, cuyo efímero reinado terminará cuando venga otro con una aproximación aún mejor. De modo que ¿para qué me voy a dejar los cuernos?
Pues eso.
Que he vuelto. Y que un par de veces al mes, como mínimo, aquí me asomaré a compartir ideas y contaros cosas. Y os adelanto que ando preparando un proyecto musical TREMENDO: He conseguido embaucar a un buen grupo de musicazos de mucho nivel para que me ayuden a dar forma y poner en escena composiciones mías del siglo pasado, ambiciosas, barrocas, coloridas y magníficas (yo suponía que lo eran; pero el entusiasmo por el proyecto de los musicazos que citaba, me lo confirma), y ya tengo hasta teatro en donde representarlo. Yo le daba al proyecto dos o tres años de gestación, pero el sabio criterio de mis colaboradores me ha persuadido para que sea este verano. De aquí a seis o siete meses (glub: menudo trabajazo nos espera…). Ya os iré informando.
Lo dicho:

♪ He vueeeltooooooo ♫

lunes, 8 de octubre de 2018

¡S.O.S.: BRASIL, AL BORDE DEL FASCISMO...!


POR FAVOR, SOBRE TODO AQUELLOS QUE CONOZCÁIS A ALGÚN BRASILEÑO: AYUDADME A AYUDARLES, DIFUNDIENDO ESTO

(Llevo algunos meses ausente de este foro, por falta de tiempo y exceso de trabajo, pero pronto volveré. Entre tanto, me asomo aquí puntualmente, y a la carrera, por una razón singular)

Se conoce que hace ya demasiado del fin de la Segunda Guerra Mundial, la población es joven y cree que todo eso está superado por la historia, perdido en algún cajón del pasado junto a las guerras napoleónicas y el Imperio Romano. Pues no, chavalotes: mis padres vivieron aquello en primera persona, e incluso mi infancia y adolescencia se desarrolló en una teocracia fascista. Y lo que se nos está viniendo encima es primo hermano de aquello. Estos son otros tiempos, claro, y todo tiene otros modos. Pero la base, lo que late debajo, es lo mismo.

Emotividad pura, la política convertida en un Reality. Decirle a la gente lo que quiere oír, apelar a sus emociones más primarias, a sentimientos irrenuciables. Decir que se lucha contra el demonio, identificar a los contrarios con todos los males y a ti con el redentor. Hacer una apropiación indebida y global de lo que todos anhelan, y proclamarte Messias destinado a redimir a la sociedad de sus pecados.

Si tu pueblo está suficientemente escaldado y es suficientemente ignorante, manejable y proclive a la idolatría (como por desgracia le sucede a más de la mitad de la población brasileña), pues la democracia se alía contigo, oh Messias, y ya son tuyos. Ya has ganado. Ya puedes quemar el Bundestag, Adolf, y mandar a voluntad sobre tu rebaño de borregos. Un solo pueblo, un solo líder ¡Heil Bolsonaro...!



Tengo fuertes vinculaciones con Brasil, pues llevo ya quince felices años junto a una maravillosa bahiana, y dos de mis cuatro hijos tienen como ella doble nacionalidad, brasileña y española. Reconozco que no sigo al detalle la política de ese país, aunque sí lo suficiente como para estar razonablemente al día. Vaya por delante, y que quede claro, que NO SOY DEL PT, no tengo adscripción política definida. Por encima de todo, en política soy pragmático. Los políticos son administradores temporales a los que colocamos ahí para que gestionen lo público. Y punto. Jamás fui a un mitin, jamás compré una bandera. Pero siempre asumí de cara las consecuencias de mis actos. Yo, junto con otros diez millones, puse ahí en su día a Felipe González, y lo mantuve, y luego me vi obligado a quitarlo de en medio cuando la corrupción se lo comía, para poner a Aznar. Años después me vi obligado a echar a Aznar (reconozco que más asqueado de él que lo que lo estuve de Felipe), y a poner a Zapatero, a quien no hubo otro remedio que terminar quitando por su contumaz torpeza. Lo de poner a Rajoy no fue culpa mía, a mí no me miréis... Con ese bagaje, confío en que nadie me tome por extremista de ningún extremo. Pues desde esa ecuanimidad, desde esa perspectiva, creed lo que os digo:

- El voto castigo es una idiotez, una rabieta infantil. Con ello no castigas al que lo hizo mal, sino a ti mismo, dándole las llaves de tu destino a quien no lo merece.

- Votar nulo o en blanco es razonable si nadie te convence, aunque sí te convenza el sistema (o al menos lo consideres el menos malo). Pero si uno de los que puede salir, gracias a tu inhibición, se declara amante de la dictadura y enemigo de la democracia… entonces no puedes inhibirte: ANTES QUIEN SEA, QUE UN ANTIDEMÓCRATA CONFESO.

- Entiendo la frustración de quienes han sufrido la corrupción (a un español le vais a venir con eso…), que no es otra cosa que el abuso de confianza y el atraco de lo que es de todos a manos de los administradores que habíamos nombrado. Pero echar a los ladrones no puede hacerse a cualquier precio. No tiene sentido impedir que sea el zorro quien cuida del gallinero... para poner en su lugar a un lobo.

- Ya la habéis cagado, brasileños de mi corazón, ya os habéis acorralado a vosotros mismos, poniendo como finalistas a un PT que arrastra demasiada corrupción como para que nadie se crea que no conserva aún en su interior gérmenes tóxicos, y a vuestro particular Donald Trump. Tenéis que elegir entre que os amputen una pierna... o el cerebro. Vosotros mismos; pero los cojos hablan, escriben, beben cerveza, hacen el amor... y los lobotomizados solo hacen lo que se les dice que hagan, sin criterio ni gozo alguno.

-Al margen de lo anterior, conviene no olvidar que la corrupción no la inventó el PT, como tampoco la inventaron aquí ni el PSOE ni el PP. Ya estaba antes que todos ellos, y a todos debe reprochárseles que no hayan combatido como se debía ese terrible cáncer social. Pero no os hagáis líos: Bolsonaro ya era diputado en 1990, 12 años antes de la llegada de Lula. Ojo, que no le estoy acusando de nada. Pero que tampoco vega ahora dándoselas de renovador adalid anticorrupción, después de llevar 30 años en escena.

- Se habla todo el tiempo de lo que Bolsonaro es, porque él mismo lo confiesa con orgullo: machista, racista, xenófobo, homófobo, partidario de la tortura, enemigo de la democracia y admirador de la dictadura; pero apenas  se habla de sus políticas. Y su ideario, que está ahí y es fácil consultar, es espeluznante: estado confesional, marginación de las minorías (eliminando cualquier clase de ayudas o de discriminación positiva) cuando no persecución directa, instauración de la pena de muerte, normalización de la tortura, universalización del uso particular de las armas de fuego…

- Brasil es un país inmenso y complejo, y cualquier generalización, de lo que sea, no es otra cosa que una exhibición de ignorancia y torpeza. Pero nadie podrá negarme, incluidos los 200 millones de brasileños, que uno de los problemas cruciales de ese país es la existencia de ingentes bolsas de incultura y pobreza. Da igual que 50 millones de brasileños tengan el nivel de los suizos: mientras otros cincuenta tengan el de los africanos más pobres, perdurarán los problemas de narcotráfico, bandas, miseria… y también los de corrupción, pues es fácil engañar o comprar el voto de los misérrimos e ignorantes. Pues bien: no hay ninguna posibilidad de que el führer Bolsonaro reduzca los niveles de miseria y de reparto desigual de la riqueza. A lo mejor disminuyen los de delincuencia… a base de torturar y asesinar al mayor número posible de delincuentes (ese es uno de sus sueños); pero el porcentaje de miserables en Brasil crecerá, con lo que a medio plazo todos los problemas, incluidos los relativos a la inseguridad, irán a peor.

- Por todos los dioses de todos los Olimpos: dejad de mezclar religión y política. Votad a funcionarios, con contrato temporal, pero no a Mesías, no a enviados del cielo para que os rediman. En Europa hicimos eso mismo durante siglos; pero desde que dejamos de hacerlo y salimos de la Edad Media, nos va mucho mejor.

Eu amo vocês e amo o Brasil. Tenham cabeça, não olhem para o outro lado. Entrar no fascismo é fácil; para sair, os espanhois demoraram quarenta anos…

martes, 8 de mayo de 2018

REFLEXIONES BREVES, PERO INTENSAS (XI)

En un universo paralelo, sumamente improbable aunque no imposible, soy invitado a hablar ante el Congreso de los Estados Unidos de América en calidad de Mente Inquieta con Perspectiva, para formularles una pregunta que acaso pueda ayudarles a reflexionar.
Senadores, Representantes, Señor Presidente. Antes de formular mi pregunta, permítanme que la contextualice ¿Cuántos siux hay en la sala? ¿Y apaches? ¿cheroquis? ¿navajos, pueblo, chippewa, potawatomi, creck, chotaw, comanches, cheyene…? ¿Ninguno? En el año 1800 vivían en este país poco más de seis millones de personas, incluidos seiscientos mil indígenas. En 1900 setenta y cinco, y ahora más de trescientos veinticinco millones, de los que apenas dos y medio son nativos norteamericanos, ninguno de los cuales, por cierto, tiene aquí representante de su propia cultura ¿De dónde creen ustedes que procede su masa poblacional? ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que todos ustedes, todos, son emigrantes, o a lo sumo bisnietos de emigrantes? ¿Cómo es posible que hayan olvidado que la inmensa mayoría de sus antepasados —no tan lejanos— de origen inglés, italiano, irlandés, afroamericano (permítanme la licencia; de la esclavitud ya hablaremos otro día), francés o español, eran gente valiente y emprendedora, pero en su mayoría pobres y analfabetos?
Una vez centrado el asunto, ahí va mi pregunta: ¿Cómo es posible, almas de cántaro, que consideren a los actuales emigrantes una amenaza, en lugar de una oportunidad, si todo lo que les ha llevado a ser lo que son procede de oleadas de emigración mucho más masivas, caóticas y de gentes menos preparadas de las que ahora les piden una oportunidad…?