miércoles, 9 de noviembre de 2016

¡Ánimo…! Que a pesar de los pesares, la Humanidad avanza

Hace año y medio colgué aquí mismo una entrada con el título “Vienen tiempos mejores”. Ahora, y aún a pesar de la que está cayendo, me reafirmo. Lo mismo el problema radica en que nos cuesta trabajo entender que cada asunto sigue su propia dinámica, que no todo avanza a la misma velocidad, y de la misma manera que erradicar la esclavitud costó siglos, dejar atrás el ultranacionalismo seguramente costará otros tantos. Porque lo cierto es que, menuda rachita…
Trump por un lado…

…por otro lado el Brexit…

…triunfo en Polonia del ultraconservador Adrzej Duda …
…Vicktor Orban y su partido Fidesz consolidados en el poder en  Hungría…
…Turquía rendida al personalismo populista y ultranacionalista de Recep Tayyip Erdogan…
…avance constante del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia…
Merece destacarse que todos los líderes que acabo de citar —y he parado ya para no aburrir, pero podía poner a un cerro más— están ahí como resultado de legítimas elecciones democráticas. Ya alertaba en la última entrada sobre las contradicciones y efectos desconcertantes de la democracia. La "mayoría de lo que sea" es simplemente "los que son más", y eso es solo un dato. En función de lo bien o mal formadas e informadas que estén en cada caso las masas de votantes, y de qué sea lo que se pregunta, los resultados de las votaciones pueden ser unos u otros. Imaginemos que sometemos a la votación de los adolescentes de determinado país la alternativa de que los fines de semana duren cinco días, en lugar de dos ¿Alguien duda de cuál sería el resultado?
Ojo, que pese a mi perspectiva tengo un conocimiento muy limitado de los entresijos de la política estadounidense, francesa o inglesa; y no digamos ya de la húngara, polaca o turca. Las circunstancias de cada caso son únicas, y no descarto que los contrincantes derrotados fueran peores gestores o merecedores de menos confianza aún que los ganadores. Pero lo que sí es obvio es que los seis ejemplos que he traído a colación muestran una tendencia planetaria que nos está desconcertando a todos (qué finos los analistas de turno: otra vez la realidad nos pilla por sorpresa, como con la crisis económica mundial, las avalanchas migratorias, el auge del integrismo islamista…), y que cabe resumir en el triunfo general del populismo nacionalista.
Siempre igual. Se parte de un pasado idealizado que forma parte del inconsciente colectivo y del que nadie se atreve a dudar (el esplendor americano que ganó la Guerra Fría, Le Grandeur de la France de Napoleón, el Imperio Austrohúngaro, la gran patria otomana de Atatürk…), el cual se contrasta con una realidad actual que nunca es ni remotamente tan satisfactoria. Luego se buscan elementos diferenciadores entre aquél pasado glorioso y el actual gris presente, y siempre resulta que la raíz de los males está en la contaminación de las esencias: pasa lo que pasa porque se han perdido los valores tradicionales, nos hemos contaminado, viciado con extranjerismos, con modas foráneas… ¡incluso nos hemos dejado invadir por extranjeros, que solo han venido a quitarnos lo nuestro…! La solución es simple: carguemos contra los de fuera, que no venga ni uno más y echemos a cuantos podamos. Cerremos filas en torno a nuestras tradiciones, a lo de siempre, a nuestra moral más secular… y con seguridad volveremos a ser el Imperio que fuimos.
Como decía mi padre con frecuencia —con todo su sarcasmo y a propósito del suceso más anecdótico que se pueda imaginar­— ¡Qué lucha contra la ignorancia….!
(METO UNA CUÑA, QUE NO ME AGUANTO MÁS, Y LUEGO SIGO: Mi mujer, extranjera de nacimiento —ahora tiene doble nacionalidad, pero el proceso al completo nos llevó ¡siete años…! Lo mismo que a cualquier futbolista, vaya— contribuye al PIB nacional muy por encima de la media de lo que lo hacen sus compatriotas mesetarios más carpetovetónicos. Y eso solo hablando del vil metal, porque su contribución a esta nuestra/su sociedad, es infinitamente más amplia y diversa).
No, hombre, no. Está imparablemente en curso una auténtica globalización que tiene poco que ver con la deslocalización de empresas y la imposición forzada de modelos políticos del siglo XXI en sociedades medievales. Una globalización que hace que la información fluya imparable, de acá para allá, que universaliza todo y que inevitablemente determinará que todo el mundo incorpore a sus propios micromundos lo que es mejor de los otros, y al tiempo viable en su propio contexto. Obviamente, los lapones tendrán difícil adoptar la dieta mediterránea, como es improbable que los cubanos se aficionen al esquí o los mongoles al windsurf. Pero lo realmente importante, lo que es eficaz y sirve para que la gente sea más feliz, inexorablemente cala y seguirá calando. Las vacaciones laborales, la sanidad y la enseñanza pública, universal y gratuita, la elección popular de los cargos públicos, el respeto a la infancia, la equiparación de derechos para ambos géneros, la preocupación por el medio ambiente, el respeto a las opciones espirituales individuales, el respeto a la orientación sexual de cada cual... Ese tipo de cosas, con carácter general (obviando ahora interpretaciones o reflexiones respecto a hasta dónde se ha llegado en cada campo), son verdades universales hacia las que se avanza. Y no, no son una mera invasión cultural, una imposición de Occidente al resto del globo. De espiritualidad, Oriente o Sudamérica aportan ahora mismo al planeta diez veces más que Occidente. De eficacia, China tira sola del carro más que Alemania y EEUU juntas. En Occidente llevamos un puñado de décadas insistiendo en la necesidad de la medicina preventiva, cosa que en otras culturas es tradición milenaria ¿Quién aporta más perspectiva en lo relativo a la preservación del entorno, un yanomami o un ecologista neoyorkino? Y etcétera, etcétera, etcétera.
¿Lo Veis? Vamos bien, creedme: vamos bien. Despacio, pero bien.
Otra vez, de nuevo, todo vuelve a ser cuestión de cultura, de perspectiva. El American Dream siempre estará ahí, y no deja de ser una aportación —otra más— de los EEUU a la humanidad; pero la absoluta hegemonía planetaria americana de finales del siglo pasado nunca volverá, por mucho que expulsen a veinte millones de indocumentados y que aviven las brasas del rencor cruzado con el mundo islámico. La Frace siempre será grande, y el mundo sería ininteligible sin la Revolución Francesa, la Ilustración, el paté y el vino tinto. Pero su imperio jamás regresará, como tampoco lo harán el británico, el austrohúngaro o el otomano.
No sé si eso de cerrarse sobre su propia concha de los populismos nacionalistas es una estrategia de embauque y supervivencia de castas y poderes locales, o si realmente es un efecto espontáneo de acción-reacción, como cuando los niños escupen un alimento nuevo la primera vez que lo prueban. Pero independientemente de que su existencia se deba a la maldad de unos pocos o a la ignorancia de muchos, los populismos nacionalistas terminarán en la cuneta de la historia. El tiempo y el conocimiento todo lo curan.
Seguro que tú y yo también escupimos la primera vez que nuestra madre nos metió en la boca una cucharada de papilla de frutas. Y seguro que, hoy en día, tanto tú como yo tenemos nuestras frutas favoritas. Nuestras frutas y nuestro de todo. Con el tiempo y la curiosidad suficiente, la lista se va ampliando y evolucionando, empezando probablemente por la naranja y el plátano para incorporar después a la fresa, y acaso la chirimoya, el níspero… y ya puestos la papaya, el mango, el dátil… aunque antes del postre podemos empezar por una buena paella, o un cocido, o un cuscús, o sushi, o quesadillas, o kebab, o paté, o rosbif, o…
Que los del amor enfermizo por el propio ombligo coman lo que quieran. El restaurante universal continúa abierto, y cada vez con más sucursales. Y el día que dejen de escupir las papillas que les resulten novedosas, creo que deberíamos dejarles entrar.

lunes, 17 de octubre de 2016

Crear opinión

Cabe considerar una verdad universalmente aceptada que la democracia es el mejor de los sistemas políticos de cuantos se han inventado. O al menos el menos malo, que como diría Silvio Rodríguez, “no es lo mismo; pero es igual”.
No obstante lo anterior, hay algunos aspectos de la democracia que son regularmente objeto de controversia, porque su materialización admite una infinidad de modalidades y matices que no gozan en absoluto de la unanimidad que antes comentaba. Así, no es lo mismo la democracia directa (como lo de que sea presidente el que más votos directos saque), que la representativa (elegir diputados y que entre ellos decidan quién es el presidente), de la misma manera que hay muchos criterios para considerar si un referéndum es o no vinculante y a quién vincula. Pero hay un aspecto en el que rara vez se repara, y para mí es de largo el más crucial: ¿es libre la opinión de los votantes?
A todo el mundo le gustaría tener más recursos, más dinero, más tiempo, más libertad. Pero es casi imposible oír a alguien que pida más criterio. Eso se le supone al individuo. Negárselo o dudar de él es hacerlo de su dignidad, de su integridad, de su condición único dueño y señor de su persona, de sus sueños, anhelos, ideales y esperanzas. Valiente ingenuidad. O peor aún: valiente hipocresía.
No somos bolitas de cristal, puras e iguales. Cada uno de nosotros es fruto de una mezcla única de genes e historia; y lo que pensamos, da igual si se trata de gustos musicales, culinarios o políticos, es igualmente el resultado de unas determinadas predisposiciones y aptitudes, y del poso que nos han dejado nuestras vivencias.
A veces me asombro de hasta dónde ha sido capaz de llegar mi generación, teniendo en cuenta el demoledor adoctrinamiento ultraconservador que recibimos en nuestra infancia. Como cuento en un ambicioso ensayo al que llevo años dando forma, y que se llama nada menos que “Aproximación a lo intangible” (tranquilos, cuando lo edite ya os lo haré saber), “Manu militari se entraba en clase, y con ese mismo espíritu tenía uno que acometer y memorizar las tablas de multiplicar, los afluentes del Tajo por la izquierda y por la derecha o el catecismo. Lo que pudiera sustanciar la religión era intrínsecamente equivalente a lo que sustanciara —a saber qué— la geometría, la ortografía o la gimnasia: disciplinas inapelables que había que limitarse a absorber como prolongación natural de las enseñanzas recibidas nada más nacer: andar, agarrar, lanzar, el fuego quema, el agua moja, “no” es para, “sí” es sigue, siete por siete cuarenta y nueve, cuatro son las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza”.
Los que nacimos a finales de los cincuenta nos tragamos de adolescentes la Transición —esa adolescencia nacional— y el golpe de Tejero y la llegada al poder de los temidos Rojos —que luego resultaron ser gente normal— nos pilló en la Universidad. Un buen surtido de ambientes y contextos, vaya, que seguro ayudaron a que la mayoría adquiriéramos cierta perspectiva y nos alejáramos de dogmatismos.
Pero las envolventes trazadas desde el poder para condicionar nuestro modo de pensar son una constante histórica. Es evidente que la España democrática se encuentra varios siglos más avanzada que la España nacional-socialista de mi infancia. Pero los intentos de condicionar la opinión de la gente, de crear opinión a la chita callando para después ponerse delante de esas corrientes “surgidas espontáneamente del pueblo” y ayudar a conducirlas a donde ellas “libremente” quieren llegar, siempre ha estado y estará ahí. La política, que no es algo ajeno a la persona sino parte intrínseca de su naturaleza, tiene cosas maravillosas y cosas nauseabundas. Esta es de las segundas.
Los nacionalistas lo vieron muy claro, a finales de los setenta, cuando lucharon a muerte por conseguir las transferencias en educación. Cuarenta años después, su visión sesgada y tendenciosa de la realidad ha calado de forma muy considerable en sus sociedades. Tanto, que están locos por celebrar referendos para que la gente decida libremente. Y para terminar de encubrir la estratagema se parapetan detrás del derecho a decidir, derecho sagrado e inalienable que parte, como ya decía al principio, de considerar indiscutible que la gente es libre, autónoma, dueña de sus propios criterios. Pero como las cosas han cambiado globalmente mucho desde mi infancia, resulta que pese a sus denodados esfuerzos de adoctrinamiento los secesionistas sólo suman la mitad de la población de sus respectivas aldeas, más o menos. Qué vergüenza: Franco, en 1966, consiguió un 95,06% en su referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado.
Pero al margen de las obvias estrategias políticas, ya sean a plazo más largo o más corto y sea quien sea su promotor, lo que resulta demoledor es comprobar que el principio de crear opinión se ha convertido en una herramienta crucial usada sin contemplaciones por absolutamente todo el mundo, sea cual sea la naturaleza de los objetivos perseguidos.
¿Alguien ha oído que en Siria haya muerto algún soldado? No, en esa guerra sólo mueren civiles. Todos los horribles bombardeos que perpetran unos y otros tienen como únicos objetivos barrios residenciales, mercados, hospitales… Ambos bandos luchan con ese tipo de informaciones para conmover a la opinión internacional y crear opinión a su favor.
Las encuestas en general, y las electorales en particular, no son vaticinios, sino descarados intentos de hacer que la realidad se ajuste a determinado plan. Si la encuesta la lanza ABC, el apoyo popular a la monarquía y al PP será abrumador, mientras que si lo hace el diario Público, un clamor colocará a Podemos a las puertas del gobierno de España. Y, ojo, que no digo que sus encuestan mientan: es que quienes participan en ellas son sus respectivos seguidores, de modo que el resultado está siempre cantado. Pero luego se venden como análisis sociológicos, con la descarada intención de crear opinión.
UPyD entró en horas bajas por su propia torpeza­. Y entonces, oh casualidad, se desató una marea unánime que proclamaba que estaban muertos. Se creó tal opinión, y efectivamente, fallecieron. Qué casualidad ¿verdad? Pues yo, que soy muy mal pensado, imagino al Sr. Rivera acudiendo al entierro con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero la cosa no tiene solo que ver con la política ¿Qué es la publicidad, toda ella y en su misma esencia, sino el arte de crear opinión? Se trata de bombardear tu consciente y tu subconsciente de tal manera que, cuando luego te pares delante del escaparate, libremente escojas el producto que alguien ya había decidido por ti que era el que debías escoger.
Publicitar, crear opinión, poner de moda. Convencerte de qué es lo que necesitas, qué es lo que quieres. Y hacerlo de tal forma que luego te creas que has sido tú el que ha tomado libremente las decisiones. Publicidad, marketing, política. Economía de la política y política económica que requiere de su marketing. Y esto afecta al arte, a la ciencia, a las relaciones. A ver cómo has hecho tu currículum. Hay que venderse bien, tener cuidado con lo que se dice, con las fotos que se muestran, o de lo contrario nos crearemos una opinión contraria. No nos venderemos, no tendremos seguidores, nadie nos clicará, no seremos. Nuestra única alternativa es crear opinión favorable.
¿Todos de acuerdo?
Pues ahí va mi respuesta, que probablemente es incorrecta desde innumerables puntos de vista (político, social, económico, moral, publicitario, de opinión…):
La única alternativa viable, honesta y completamente revolucionaria frente a los Creadores de Opinión, es la CULTURA.
Saber algo de todo, aunque solo sea un poco. Y si de tres o cuatro cosas sabes algo más que un poco, pues mejor aún. Cuantos más datos interrelacionados tengas más difícil serás de manejar, más difícil será que alguien forme tu opinión, inpedientemente del tema que se trate.
Mi propuesta no garantiza la felicidad. Acaso antes al contrario, pues es probable que un ser elemental que se limita a seguir las consignas tenga más fácil eludir las angustias. Eso también le pasa a mi perro, que con no hacer lo indebido ya sabe que tiene garantizados mimos, paseo y comida. Pero si estás leyendo esto seguro que la alternativa no te resultará demasiado sugestiva.
Ahí va mi receta:
Lee todo lo que puedas, sea lo que sea. Ve cine, ve al teatro, oye música, cuanto más variada mejor. Viaja, viaja mucho y a ser posible a sitios que nadie te recomiende. Saborea, prueba cuanto puedas, picotea de aquí y de allá. Ponte en la cola que tenga menos gente, asómate a los escaparates frente a los que nadie se para. Un poco de cuantas más cosas mejor. Pero sobre todo, resérvate siempre tiempo y espacio interior para que todas esas cosas encuentren acomodo dentro de ti.
Ya lo dije: no os garantizo para nada la felicidad; aunque sí varios grados de reconfortante libertad por encima de la media y de lo que al “poder” le gustaría que tuvierais. Y lo que sí puedo aseguraros es que no os aburriréis. No os dará tiempo. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Reflexiones breves, pero intensas IX


Hace unos días me enredé con un amigo brasileño en una pequeña controversia en torno a muestras afinidades por Beethoven y Mozart; cosa que no deja de ser una versión pseudointelectual de la eterna confrontación entre Beatles y Rolling, Madrid y Barça, playa y montaña… Todas esas dicotomías parten necesariamente de que los discutidores saben del asunto y del valor de ambas opciones, aunque se decanten por una de ellas. Pero mi amigo introdujo una referencia que me hizo reflexionar:
- Piensa que Mozart nació después de Haydn y murió mucho antes que él. Que no conoció el Romanticismo, que apenas vivió 35 años, y en ese tiempo compuso más de 600 obras, entre ellas 41 sinfonías y 22 óperas, incluidas multitud de piezas de belleza abrumadora e incuestionable… Su mérito es sin duda inmenso.
Yo no tenía, obviamente, argumentos imparciales para rebatir su alegato. Sólo disponía de uno, que es el único que pude esgrimir:
- Si no te digo que no. Simplemente, que a mí… no me pone.
La reflexión, sin más preámbulos ya, es la siguiente: ¿Es el mérito argumento suficiente como para otorgar valía a las cosas? Todos admiramos al que es capaz de superar las dificultades que a cualquiera habrían hecho desistir, e insisten e insisten hasta conseguir "algo". Pero ¿no es acaso mucho más crucial el interés de ese "algo", que la mera dificultad de conseguirlo? Parece obvio que sí ¿verdad? Pues me temo que la realidad nos dice lo contrario. Y si alguien lo duda, que eche un vistazo a la lista de vídeos más  vistos en youtube, o al sacrosanto y referencial libro Guinness de los récords.
Y que conste que Mozart me gusta. Pero con él apenas he conseguido emocionarme de verdad, dos o tres veces, mientras que Mahler, Fripp, Ligeti o Jon Anderson, me han llevado al cielo y el infierno en infinidad de ocasiones Cosa que, sin duda, no deja de tener su mérito, digan lo que digan las listas de éxitos.

martes, 23 de agosto de 2016

Sexo

Sexo es intención, complicidad. Sexo es un filtro que tiñe y proyecta la realidad más allá de sí misma, elevándola a una categoría superior que solo gracias a nosotros alcanza. Sexo es una de las dimensiones que conforman lo más puro de nuestra esencia. Como el arte, como el amor, como el humor. El universo sería una broma de mal gusto si no fuera por Bach, por Romeo y Julieta, por Les Luthiers, por la mirada oblicua de Norma Jeane.
Seguro que ella no se ha dado ni cuenta ¿Cuenta de qué, si en realidad no ha pasado nada? Andaba ahí, donde casi siempre, delante de su ordenador, vete tú a saber si trabajando o en sus cosas. Y de pronto algo la ha contrariado o sorprendido y ha soltado un suspiro de los suyos, profundo, sentido; de esos que hacen que sus labios permanezcan durante largo rato en un rictus peculiar, que habrá a quien pueda parecerle de cansancio o hastío, pero que para mí es una evocación del beso. No ha pasado nada. Pero un dedo invisible acaba de pulsar con fuerza en el botón preciso.

Sexo es derroche, arrebato, fructificación desmedida, inversión suicida de darlo todo por puro placer, como si no existiera un después (¿realmente existe?). Sexo es lujo al alcance de todos los mortales, paraíso accesible sin carnet por el mero hecho de estar vivo y dispuesto a celebrarlo. Y además de gratuito, algo intrínsecamente inocuo, como el agua, como la luz, como el resto de los elementos naturales que conforman la existencia. Lo cual no impide, obviamente, que la ignorancia o la cobardía puedan darle un uso terrible. También hay gente que se ahoga; pero no me parece serio echarle la culpa al agua.
Por fin se digna abrir la puerta del baño. Seguro que otra vez llegamos tarde, aunque lo cierto es que no me importa —¿Qué tal?— y sus ojos chispeantes me sonríen bajo la manta de tirabuzones y rizos color oro viejo que lleva horas componiendo para conseguir ese ficticio desaliño —¡Estás preciosa…!— exclamo con total sinceridad mientras estiro mi mano para intentar acariciar su melena —¡No me jodas, no me toques el pelo…! Me refiero a ahora, claro…

“Hacerlo como bestias, fornicar como animales”. Es curioso hasta dónde puede llegar la ignorancia biológica de los integristas. Lo cierto es que ya querrían el resto de las especies animales, menos algunas honrosas excepciones, tener una sexualidad comparable a la nuestra. Para la inmensa mayoría el sexo es algo esporádico, circunstancial y muy acotado temporalmente; aunque de todo hay en la viña de Eros: los comportamientos homosexuales habituales están perfectamente documentados en más de 1.500 especies, y más de una está considerada abiertamente bisexual. Los campeones del mundo mundial en este territorio no somos los humanos, sino nuestros primos los bonobos: para ellos las relaciones sociales y las relaciones sexuales son la misma cosa y viven prácticamente en una orgía permanente, con la única excepción de madres e hijos, que siempre se evitan. Un par de datos más: sus sociedades son matriarcales, las relaciones más frecuentes son las lésbicas, no establecen parejas estables, aunque sus vínculos afectivos son muy fuertes (entre madres e hijos, para siempre); y son, de largo, la especie menos violenta de todas las socialmente complejas de este planeta. No digo que los envidie, porque yo no podría ceñirme a un patrón así; pero admiración y respeto, máximos.
La reunión se estaba pareciendo a lo esperado. Buenos amigos, buena cena, buen vino. La conversación iba de acá para allá, entre anécdotas y novedades, y en una de éstas me tocó contar algo a mí, siguiendo la inercia de la charla y atendiendo a la insistencia general en que diera más detalles de ya no recuerdo qué asunto. Según comenzaba a hablar sentí como su mano se deslizaba lentamente bajo la mesa, recorriendo mi muslo, avanzando hasta llegar a donde ella bien sabía qué encontraría y cómo debía actuar para provocar mi respuesta. Me extendí cuanto pude en mi disertación, seguro de que lo mejor era que aquello se alargase tanto como pudiese… Las risas y aprobaciones que acompañaron el final de mi relato me ayudaron a disimular mi excitación y sonrojo. Alguien insistió en rematar el encuentro con champán. Mientras lo esperábamos, ella se disculpó y se dirigió al baño, mandándome discretamente un sugerente guiño”

De las múltiples sandeces que han lastrado desde siempre al sexo, merece destacarse la de su vinculación estricta a la procreación. Obviamente, sin sexo no hay descendencia; pero intentar equiparar ambas cosas es comparable a equiparar la gastronomía y la tortilla de patatas. Una simplificación excesiva ¿no? A fin de cuentas, el sexo que deviene en vástagos es únicamente el coito vaginal a término y sin medidas preventivas entre individuos en edad fértil; y para dar cabida al resto de cosas que conforman el universo de la sexualidad, a todos los niveles, harían falta varias wikipedias.
Pero hay otra sandez más moderna que está causando actualmente aún más estragos: someter la sexualidad a la belleza. Solo quien entre dentro de los cánones puede licitarse a ser deseado y a mostrar su deseo. El resto, que somos el 99%, debemos intentar esconder nuestros múltiples defectos, disimular nuestra pasión, apagar la luz, no hacer demasiado ruido… Patética estupidez, amigos y amigas mías —sobre todo amigas—. Y además, rigurosamente falsa: superada la adolescencia (de acuerdo: acepto que hay quien nunca lo hace), es más poderosa una mirada de deseo que la más perfecta biometría.

Por supuesto que estaba disfrutando del beso, que me estaba entregando a través de él y no tenía la más mínima intención de interrumpirlo por un detalle técnico. Pero lo cierto era que me estaba clavando en las costillas la palanca de cambios. Ella debió notar algo, porque se separó de mí de golpe, y tras una traviesa sonrisa me apresuró —Corre, vamos a la cama—. Tampoco iba a hacerle ascos a esa invitación, aunque me sorprendió un poco su urgencia –Vale mujer, por supuesto; pero ¿a qué esas prisas?—. Ella, que ya estaba casi saliendo, retiró la mano de la puerta, abrió su bolso y extrajo de él una caja rosada del tamaño de un paquete de tabaco, que se recreó en pasear a una cuarta de mi nariz y que reconocí al instante: era algo que yo le había regalado por su último cumpleaños, y que creía que finalmente nunca estrenaría —¿Recuerdas antes, cuando he ido al baño? Pues en las instrucciones pone que no es aconsejable llevarlas puestas más de una hora seguida ¿Me ayudas a quitármelas…?

lunes, 20 de junio de 2016

BREXIT: ¿VOLVEMOS AL S.XIX?

Tengo que reconocer que a mí también me gusta más la primera época de Woody Allen que la actual; pero con toda probabilidad se debe a esa inercial adoración del pasado que nos hace limar sus asperezas y abrillantar su esencia, como si solo en eso hubiera consistido. ¡Oh, el Mayo del 68! ¡Oh la Santa Transición! ¡Oh la Movida Madrileña!... Regresando a Woody Allen y a su ninguneada segunda época, creo aún con todo merece destacarse Midnigt in Paris, delicioso guiño nostálgico que trata precisamente de lo que antes comentaba, la idealización del pasado. Y lo más brillante de la película en cuestión, cómo no, es su guión: cuando el protagonista consigue llegar a su pasado ideal se encuentra allí con gente que a su vez quiere retroceder aún más en el tiempo, hasta su propio pasado idealizado. Porque tal cosa solo es una quimera privada, un sueño escasamente relacionado con la realidad.
Punset nos argumentó de forma magistral que, para cuestiones de carácter general, cualquier tiempo pasado siempre fue peor. Amén. Pero en cuanto dejamos de racionalizar todos acabamos como el protagonista de Midnigt in Paris, cada cual en su propia Belle Époque, que es lo que nos pone. El que haya habido un tiempo idílico nos permite abjurar del presente, tacharlo de birria sin pudor y con fundamentos. ¡Ay, aquellos tiempos, cómo era todo entonces…! Lo anterior, para la mitad británicos, parece ser que se llama S.XIX; pongamos que último tercio del siglo antepasado, cuando su Imperio llegó a su máximo esplendor (bueno, eso fue en realidad a comienzos del XX, pero permitidme la licencia). Y de eso trata en el fondo ahora el famoso Brexit: ¿aceptas que la historia evoluciona, o prefieres retrotraerte a tu glorioso pasado imperial? ¿Cómo no va a tener adeptos la segunda opción? Lo extraño es que haya en torno a un 50% de británicos tan maduros como para no dejarse atraer por los cantos de sirena de la nostalgia.
Lo que más me duele y me desconcierta es que la campaña de los contrarios al regreso al pasado lo único que contraponen son razones económicas. Por lo visto solo se trata de eso, de pelas; es decir, de libras. Es como si para decidir si te casas o te divorcias, o si eres padre o no, la cosa consistiese en resolver una ecuación. Si tu matrimonio o tu paternidad dependen de que las cuentas cuadren, ya te aseguro que vas de cabeza al desastre, digan lo que digan los números.
¡POR GOD, QUE NO SE TRATA DE ESO, HIJOS DE LA GRAN BRETAÑA…!
Yo también soy rarito, aunque no conduzca por la izquierda ni use unidades incomprensibles. Todos somos raros y únicos, si se nos mira suficientemente de cerca. Vale, ¿y? La Humanidad, señores míos, NO avanza hacia atrás, hacia Belles Époques particulares, nostálgicas y fraudulentas. Eso de enrocaros en vuestra isla y que el mundo vaya a lo suyo mientras vosotros seguís a lo vuestro, es una flagrante estupidez que, a lo sumo, lo más que puede suponer es un retraso en la natural evolución de las cosas. Un palo en las ruedas, vaya, que tarde o temprano será retirado o partido, y que no habrá servido sino para tardar más en llegar a donde indefectiblemente se acabará llegando, que, creedme, jamás será de nuevo el S. XIX.
Otra es que yo, también, estoy indignado con la filfa que es la Unión Europea, club pusilánime donde los haya, mandado por segundones y deliberadamente laberíntico. En estos momentos, la mitad o más de nuestras reglas del juego y del destino de nuestros cuartos se decide allí, y sin embargo aquello es una especie de ser etéreo, compuesto de quién sabe cuántos estamentos de poder superpuestos e imbricados, que ninguno tenemos conciencia de haber elegido de forma concreta. Al final, ¿eso era Europa? Me imagino a Adenaur, Churchill y el resto de padres del invento retorciéndose en la tumba al ver la chapuza de club comercial en el que parece ser que ha acabado desembocando su grandioso proyecto. Un club timorato capaz de las filigranas más surrealistas para no ofender al ultranacionalista o neofascista de turno —ya sea húngaro, polaco o lo que toque—  que llegue argumentando que se está vulnerando su sacrosanta soberanía.
A pesar de los pesares, yo soy de los que opina que la actual fase de tibieza europea terminara por superarse, que lo que hoy en día se le llama “cesión de soberanía” terminará por conceptuarse como “ampliación de soberanía”, pasando de la perspectiva paleta y provinciana a la global y planetaria. Europa será, entonces, un modelo de valores y un paso en el camino hacia la planetarización del planeta (dicho sea redundando en la redundancia).
Puestos a hablar de desencantos ¿qué me decís de la ONU? ¿Cuántas guerras ha evitado? ¿Cómo se comporta con los Estados miembro que se pasan sistemáticamente por el arco del triunfo todos los acuerdos que suscriben? ¿Qué fue de los Objetivos del Milenio? Hace falta ser muy tonto para estar enamorado de la actual ONU. Pero ¿qué hacemos, tiramos con ella e intentamos poco a poco mejorarla, o directamente nos la cargamos? ¿Volvemos directamente al S. XIX?
Por más que la desconcertante evolución nos regale más y más camadas de cromañones neolíticos que vivan por y para la defensa y grandeza de su clan, el tiempo jamás irá para atrás. Gran Bretaña no volverá a ser un imperio de 450 millones de almas y 30 millones de kilómetros cuadrados. España tampoco volverá a serlo. EEUU, pronto, dejará de serlo. Las fronteras, indefectiblemente, irán a menos, nos englobarán cada vez a más, hasta que llegue un momento en el que ya no quede ninguna. Lennon y yo sabemos que el proceso será lento. No importa, no tenemos prisa. Los tataranietos de nuestros tataranietos, dentro de apenas tres siglos, sonreirán repasando los documentos históricos en los que se narren estas triviales controversias.
Entre tanto, soñad si queréis, británicos, catalanes y resto de protagonistas de Midnigt in Paris. Vuestros palos en las ruedas jamás detendrán el devenir de la historia; aunque sin duda os ganaréis un merecido puesto en el grupo de los que hicieron que todo fuera mucho más lento y doloroso de lo que podía haber sido. 

viernes, 17 de junio de 2016

El deporte es la ritualización de la guerra

Llevo toda mi vida rodeado de deporte. En mi casa, desde siempre, el deporte ha estado ahí como una referencia fundamental, al igual que la música. De hecho, mi padre, que fue quien me enseñó a tocar la guitarra, estuvo toda su vida vinculado al deporte, practicándolos casi todos —con desigual fortuna— y asumiendo papeles de organización de considerable entidad. El caso es que me eduqué en un entorno en el que el deporte estaba sacralizado, como sucede en casi todo el planeta desde hace ya más de un siglo. Y si no, reflexionad un instante: ¿quién está “en contra del deporte” obviando situaciones personales o puntuales? Porque siempre habrá madres a las que no les guste que su hijo entrene bajo la lluvia, novias que no soporten que mires la tele en el bar por encima de su hombro o gente a la que le aburra el tenis. Pero, ¿en contra del deporte, así, con carácter general? Muy pocos perros verdes hay sueltos por el mundo de esa categoría. Por cierto, aprovecho la ocasión para regalaros algo que me soltó hace algunos años mi hijo, que es más deportista que el Barón de Couvertin (el padre de los modernos juegos olímpicos): “Papá, los intelectuales son los que no hacen deporte ¿verdad?”.
Considerarme a mí mismo intelectual me parecería el culmen de la pedantería, aunque desde ciertos ángulos habría quien pudiera llamármelo. Sin duda mi hijo no, que me ha visto siempre practicar y disfrutar del deporte, dentro de mis posibilidades: al comenzar mi treintena un accidente de tráfico me dejó semicojo, y desde entonces debo evitar correr, saltar, etc.
Todo anterior era una introducción contextualizante, para que quede claro que lo que se avecina no lo planteo desde la distancia o la ignorancia, sino todo lo contrario. Y lo que viene, como en tantas otras ocasiones, no es un posicionamiento maniqueo, sino una disección despiadada que arroja sobre el deporte luces y sombras; incluidas sombras muy oscuras y usualmente obviadas.
La primera pedrada que se llevó mi imagen sacrosanta del deporte se la pegó hará treinta años mi ex cuñado Alejo (supongo que es la denominación que corresponde al marido de la hermana de mi ex mujer). Anestesista de pro, es uno de los tíos más cultos que jamás conoceré y posee un versátil sentido del humor, de forma que a veces es difícil saber si anda por territorios de la ironía o del sarcasmo. Pues este hombre me dijo un día “Créeme, Miguel Ángel, el deporte es terriblemente perjudicial para la salud”. Yo interpreté aquello como una broma de las suyas, una tentadora provocación para incentivar mi reflexión. Supuse que se refería al deporte de élite, por lo que tiene de exigencia extrema para quienes lo practican. Pero él insistía en que no, en que el jugador del partidito del fin de semana maltrata su cuerpo de forma severa, y que aunque crea que está haciendo algo saludable en realidad se está machacando.
No tardé demasiado en entenderlo, y llevo desde entonces haciendo en cierto sentido un apostolado ligth al respecto. La cosa la veo así:
  • El deporte es siempre una exacerbación de las capacidades naturales de nuestro cuerpo, para competir y ganar. Para ganar a quien sea, incluso a nosotros mismos; y exacerbar las potencialidades del cuerpo, forzarlas, sin duda no es saludable.
  • Andar, nadar, saltar, correr, usar tu cuerpo para lo que está diseñado, no es ya que sea bueno, es que es imprescindible para garantizar su conservación y buen funcionamiento. Pero forzarlo, exigirle que vaya más allá —el célebre altius, citius, fortius— genera inevitablemente un desgaste prematuro e “innecesario” (luego explicaré estas comillas).
  • Por lo que se ha asociado tradicionalmente deporte a la salud es porque se ha mostrado como lo opuesto al sedentarismo. El ardid es tan idiota que no entiendo cómo puede pasar desapercibido. Es como si se dijese, “el vino es salud, porque si no bebieses morirías”; o “respirar humo es saludable, porque si no respiras te mueres”. Esas obvias tonterías son equivalentes al célebre eslogan “el deporte es salud”, habida cuenta de que lo que en realidad hay detrás de esa frase es “forzar tu cuerpo es saludable, porque si no lo usas se oxida”.
Vamos con las comillas: ”Innecesario” ¿Qué es en esta vida necesario o innecesario? Si el objetivo de la vida fuera exclusivamente estar vivo la mayor cantidad de tiempo posible, las tres cuartas partes de lo que hacemos serían innecesarias. Y voy a reparar en una que acaso no os esperabais: La música, que también es terriblemente perjudicial para la salud. Palabra de músico.
Tocar un instrumento, el que sea, es forzar repetitivamente alguna de tus potencialidades naturales, como por ejemplo mover los dedos; y hacerlo mil millones de veces, para generar ciertos sonidos. Los pobres dedos, y las muñecas, y los codos, acaban indefectiblemente machacados. Dependiendo de cuál sea el instrumento de tortura en cuestión las lesiones se focalizan en un lugar o en otros. Los bajistas se destrozan la espalda (¿sabéis lo que pesa un bajo?), los violinistas el cuello, los pianistas los codos… En definitiva: tocar un instrumento es malo para la salud, entendiendo ésta como la conservación óptima de nuestros cuerpos. Pero es que no somos nuestros cuerpos, somos mucho más, y yo no cambiaría lo que siento cuando toco por diez reencarnaciones en las que no pudiera tocar instrumento alguno ¡Pero si soy percusionista porque no soy capaz de aguantar una tarde entera sin hacer que algo suene, aunque sean mis propios pies o manos contra cualquier superficie! 


Así que soy músico, aunque eso no sea saludable, y adoro el deporte, aunque tampoco lo sea. Si continuo con la lista y meto también la cerveza, el cordero asado, escalar montañas… me da la sensación de que mi lista de actividades insalubres —e irrenunciables— sería más larga que la de las saludables, de modo que deberé agradecer a la genética de mis padres mi resistencia. Porque llevo casi 57 años maltratándome y aquí sigo, con la intención de seguir haciéndolo durante otros treinta .
Regresando al deporte. Vale, no es saludable; pero ¿Por qué me/nos pone tanto? ¿Para qué sirve, qué valores tiene? Sin intentar una tesis al respecto (en realidad hay ya escritas bibliotecas enteras sobre el tema), voy a sintetizar algunas ideas que considero relevantes:
- El deporte es un juego, y jugar, mola. Somos las nutrias del universo, los seres más juguetones de este planeta. Nunca dejamos del todo atrás nuestra fase de cachorros (por eso somos capaces de aprender, sorprendernos y crear cosas nuevas a lo largo de toda nuestra vida), y nos sentimos atraídos e identificados con todo lo lúdico. Primer puntazo. Un diez para el deporte.
- El deporte es un vehículo extraordinario de socialización. A través de los juegos reglados que son el deporte los individuos aprendemos a relacionarnos, tanto con los de nuestro grupo como con los de otros grupos, a aceptar la existencia de reglas que deben respetarse para posibilitar la convivencia. Otro diez para el deporte.
- El deporte es una magnífica escuela de introspección y autoconocimiento. Pocos entornos comparables para aprender a superarte, a mejorar, para tomar conciencia del valor del esfuerzo, para aprender a sufrir (asignatura vital imprescindible y que en casi ningún foro se imparte), para alcanzar y saborear el reconocimiento merecido. Tercer diez.
- El deporte permite canalizar una serie de pulsiones primarias que forman parte de todos los seres humanos, y singularmente:
  • La pertenencia a un grupo y la defensa de éste frente a otros grupos, a base de altruismo, esfuerzo y capacidad de superación.
  •  La posibilidad de crear héroes, campeones dentro de cada grupo que idolatrar y con los que identificarse.
  •  La consecución de objetivos, éxitos, triunfos, tanto individuales como colectivos; y su imagen especular: la asunción de derrotas y fracasos, tanto individuales como colectivos.

El deporte, en definitiva, es un magnífico invento (acaso sea mejor decir una cristalización de la humanidad), que permite encauzar algunas de nuestras pulsiones vitales más primarias para que solo causen problemas menores —entre ellos, aunque no sólo, los relativos a la salud— desactivando otros cauces tradicionales y mucho más destructivos. Concretando: el deporte es un sucedáneo de la guerra.

Lo anterior es algo tan evidente como que las ruedas son redondas. Está más que estudiado y explicado, y no pretendo venir aquí a descubrir el Mediterráneo; pero acaso sí a indignarme con la ignorancia/indiferencia popular al respecto, y más aún con el nauseabundo cinismo oficial. Me refiero a frases tan recurrentes como las de “el fútbol sólo es fútbol”, “esto es un juego, nada más” “la violencia no tiene cabida en el deporte”, “el deporte nada tienen que ver la política”… ¿somos todos imbéciles, o qué?
¿Existe hoy en día alguna exaltación patriótica más descarada y universal que cualquier competición deportiva internacional? ¿Por qué todos los grupos que se reivindican como nación lo primero que exigen es tener su propia Selección”? ¿Por qué se pita a los himnos? ¿Por qué se exhiben símbolos políticos? ¿Por qué los Estados del Este, durante la guerra fría (a saber cuántos aún lo sigue haciendo), montaron un sistema de dopaje organizado de todos sus atletas? ¿Por qué americanos y soviéticos se boicotearon mutuamente las olimpiadas de 1980 y 1984? ¿Hace falta que siga…?
El Barça es el embrión simbólico del Ejercito dels Països Catalans, y Mesi e Iniesta son las versiones actualizadas de Aquiles e Ulises.

Cuando los madridistas cierran los ojos y se arrancan a cantar vuelven a sentirse un Imperio, seguros que esta vez la Armada Invencible sí derrotará a la Pérfida Albión.

Tampoco seguiré con más ejemplos, pero los aficionados/seguidores/hinchas de cada rincón del mundo saben perfectamente porqué aman sus colores, qué representan y lo absolutamente justificado que está el odio que sienten hacia sus eternos rivales.
El deporte solo es deporte ¿verdad? Un juego, algo que no tiene nada que ver con la política ¿verdad?
Siempre será preferible que te sometan a una goleada que a un bombardeo. Siempre será menos dramático que alguien conquiste un título que un país. No creo que nadie dude de que la humanidad muestra signos de evolución cuando vitorea a sus héroes al levantar trofeos, frente a los vítores que lanzaba no hace tanto al verlos levantar la cabeza cortada del campeón enemigo.
La política es la prolongación de la guerra por otros medios (cita inversa de la célebre frase de Karl von Clausewitz); y el deporte, a su vez, es la prolongación de la política por otros medios. Magnífico invento, qué duda cabe. Pero es lo que es, qué le vamos a hacer.
Ahora, eso sí: donde estén el golazo de Zidane o el solo de Jimmy Page en Stairway to Heaven... que se quite la salud.