lunes, 11 de mayo de 2020

Reflexiones coronavíricas (4 de n)

Desde que nací, y hasta 2004, Brasil era un lugar lejano y exótico del que brotaban sin cesar músicos sorprendentes, futbolistas geniales y mujeres esculturales. Pero en 2004 conocí a una bahiana que cambió mi vida, para siempre y para bien, y Brasil pasó a ser un territorio inmenso en todos los sentidos: inmensamente grande, rico, diverso, contradictorio…
Brasil tiene recursos de todo tipo suficientes como para mantener a dos planetas como este. Si brasileños y alemanes se intercambiasen sus territorios, en cinco años la economía brasileña le sacaría un cero a la americana y la china juntas. Pero yanquis y chinos pueden dormir tranquilos, porque la sociedad brasileña arrastra aún problemas intrínsecos tan fabulosos que me temo que, hasta dentro de tres o cuatro generaciones, es improbable que las cosas cambien sustantivamente.
Lo primero, y más flagrante, es el nivel de desigualdad. La estructura de clases brasileña se parece poco a la europea, y no me voy a entretener ni a aburrir a nadie con estimaciones o citas, pero hay consenso acerca de que apenas un tercio de los 210 millones de brasileños tiene un nivel de vida comparable al europeo; la mitad de la población vive en unas condiciones absurdamente precarias, para un país que como ya he dicho desborda todo tipo de riquezas; y una cuarta parte del total, más gente que toda la que vive en España, sobrevive en condiciones misérrimas comparables a las del África profunda.
Con una losa como la anterior, ya da igual qué tema se saque: las perspectivas son siempre malas o muy malas. Y la singularidad del coronavirus no es una excepción.
Para aproximarse a la compleja sociología brasileña harían falta dos o tres wikipedias monográficas, de modo que no voy a intentarlo en una entrada de blog, que por otra parte siempre me quedan más largas de lo deseable. Pero se hacen necesarias al menos tres o cuatro pinceladas, para poder contextualizar la situación actual y lo que a mi entender me temo que les espera.
(É possível que o que eu vou dizer agora pareça pesado, que vários de meus amados brasileiros fiquem zangados comigo. Acreditem que eu amo sua terra e várias coisas do caráter brasileiro, seu otimismo, sua alegria, sua proximidade... deixando fora a sua maestria para fazer uma música com harmonias inacreditáveis e para esfriar cerveja. Mas precisamente por respeito a essa terra e a esse povo, acho que é preciso falar com toda sinceridade. Ainda assim, desculpem pelo que está por vir.)  
Lo primero de todo: ¿cuál puede ser la causa de esa gigantesca desigualdad? De lo que llevo visto, oído y leído (menos de lo deseable, sin duda; pero no poco), llego a la rotunda conclusión de que el germen del asunto está en la esclavitud, en la salida en falso de la misma, en la preservación, cosméticamente disimulada, de una sociedad conceptualmente esclavista: la práctica totalidad de ese 50% de brasileños pobres son descendientes de esclavos. Desde la promulgación de la Ley Aurea hasta hoy sólo han pasado 130 años, cinco generaciones que jamás han disfrutado de las adecuadas condiciones educativas; y si no hay educación no hay posibilidades de ningún tipo de mejora social. Ya dije que no me entretendré en cifras, el que se aburra que las busque, pero la situación es aún hoy en día patética: el 7% de la población brasileña es totalmente analfabeta; y los analfabetos funcionales, rondan el 30%. Para qué hablar del color de piel de estos sesenta millones de infelices.
Estoy convencido de que esa desigualdad monstruosa, con la pobreza que acarrea, está en la base de lo que considero segundo drama en importancia de la sociedad brasileña: el “sálvese el que pueda”, que tiene diversos niveles de cristalización: la picaresca, como norma popular. La corrupción política, como versión agigantada de la picaresca. La delincuencia, como versión extrema de la picaresca.
Otros dos problemas sociales, de menor rango que los anteriores pero que son los primeros que me saltaron a la cara cuando conocí aquella tierra, son el exceso de Dios y el exceso de sexo. Ambas cosas son intrínsecamente humanas, forman parte indisociable de todas las culturas. Pero a mi entender, en Brasil la tentación de poner todo en manos de Dios… y sentarse a esperar que sea Él solito quien resuelva los problemas, actúa como palo en las ruedas del progreso. Y respecto al sexo… creedme que es una de las cuatro o cinco cosas que más me gustan de esta vida (algún día haré una entrada con la lista justificada de las mismas); pero en aquella tierra actúa con demasiada frecuencia como causa de fuerza mayor, arrasando sin pudor alguno lo que pille por delante. En este caso, el palo de la promiscuidad se cuela entre las ruedas de la estabilidad familiar y de la crianza responsable.
Para terminar la crucifixión, citaré otra singularidad que, para el tema concreto del coronavirus, sí está teniendo un peso decisivo: la fascinación por los Estados Unidos de América. Para la inmensa mayoría de los brasileños, USA es el ideal, la meta, el objetivo. Tudo o que vem de lá é ótimo, el modelo a seguir, sus modas, gustos, estética… Y esa imitación ha llegado al paroxismo eligiendo a un presidente populista y ultranacionalista que es apenas una parodia del paródico presidente estadounidense, Donald Trump.
Pero me temo que no, queridos brasileiros: Brasil jamás será USA, como España nunca será Alemania ni China Japón. Cada sociedad tiene su propia idiosincrasia, su razón de ser, la historia que les llevó hasta allí, y aunque a nivel planetario se pueda –y se deba– compartir tantos valores y reglas del juego como sea posible –los derechos humanos, el derecho internacional…– cada tierra da finalmente un fruto diferente.
De Brasil, como de cualquier otro sitio, pueden hacerse infinidad de retratos, dependiendo del ángulo que se utilice. Si me hubiera centrado en otros territorios hacia los que siento inclinación, como la naturaleza, la música o la literatura, habría salido una foto bien distinta, en donde no habría ni sombra de la mayor parte de lo que llevo dicho. Pero era necesario el enfoque que he empleado para entender qué es lo que creo que se les viene encima a cuenta del coronavirus. Intentaré extenderme lo menos que pueda, que ya sé que os canso.
 1.- La descentralización del Estado Brasileño operará severamente en contra de la eficacia en la lucha contra la pandemia, pues cada nivel administrativo reivindicará sus competencias, Prefeituras, Governos Estaduais, Governo Federal  Algunas de esas reivindicaciones serán razonables y legítimas, no es lo mismo Manaos que Santa Catarina; pero muchas de ellas obedecerán en realidad a simple lucha política. Como en USA. Como en España.
2.- Soluciones que son viables en otras partes del mundo, allí no lo son. Pese a los grandísimos esfuerzos realizados en las últimas décadas, el agua corriente de calidad en los hogares aún es un problema. La mitad de brasileños más desfavorecidos (no digamos ya el 25% de abajo del todo), se amontona en viviendas precarias, y en la mayoría de ellas el acceso a Internet (número de ordenadores por casa, acceso a datos móviles, etc.), es insuficiente. Con ese panorama, lo de extremar la higiene, teletrabajar o estudiar desde casa, parecen consignas destinadas solo al 30% de la población. El otro 70%, por mucho que quiera, puede intentarlo… pero la mitad de ellos es casi imposible que lo consigan.
3.- Como pobreza e incultura van totalmente de la mano, casi la mitad de la población brasileña resulta fácilmente embaucable por los líderes a los que siguen, como auténticos holligans: si Jair Messias Bolzonaro dice que “isso é uma gripezinha”, sin duda lo es. Así que, hala, todos a la playa, a misa, a fazer churrasco
4.- Según datos oficiales, el trabajo informal supone el 41,1% de los ocupados brasileños (en Europa la media ronda el 10%). Podría parecer mucho, pero eso está en la media baja de Sudamérica ¿Cómo se pretende que se confine la gente, si para 4 de cada 10 trabajadores su subsistencia depende de no hacerlo?
5.- La medicina privada brasileña está entre las mejores del mundo. Pero la pública está muy por detrás de la media europea. El tercio de arriba, podrá contar con una atención digna si se enferma; pero el tercio de en medio, y no digamos ya el de abajo, con seguridad, no.
6.- Como el coronavirus es cien veces más letal entre viejos que entre jóvenes, su impacto en Brasil, donde no se llega al 10% de población de más de 65 años, siempre será menor que en la vieja Europa (en España los mayores de 65 rondan el 20%).
(CUÑA IMPRESCINDIBLE: propongo no pensar en Donald Trump como en un ser perverso y malicioso, sino simplemente como el representante de una corriente ideológica relativamente sencilla, basada en tres principios: 1.-“Solo me importa mi clan; el resto son gente a la que usar, o una amenaza”. 2.- “Hay un modelo de sociedad perfecta, que debe ser impuesta” (en el caso USA esa sociedad perfecta se articula en torno al culto a la libertad, la iniciativa y el éxito personal, el supremacismo blanco patriarcal y la ortodoxia cristiana). Y 3.- “El fin justifica los medios” FIN DE LA CUÑA)
7.- La actual presidencia de Brasil va a imitar punto por punto lo que hagan los americanos en relación con el coronavirus, desde su delirante perspectiva de que Brasil es unos EEUU a medio construir. Y a la actual presidencia yanqui, el que pueda morir un cuarto de millón de sus compatriotas (llevan solo 80.000, pero la cosa sigue subiendo… mientras ya vuelven a la vida normal), no le preocupa en absoluto (250.000 es apenas el 0,08% de 320.000.000), comparado con el batacazo económico que está suponiendo la pandemia: más de 20 millones de puestos de trabajo perdidos, solo en el mes de abril. El clan se tambalea. China, sospechosamente, provocó el problema, apenas lo sufrió y ahora va a adelantarnos. Hay que parar eso como sea, y algunos cientos de miles de muertos no es un precio excesivo.
8.- El drama económico está garantizado, porque la recesión es mundial y va a sacudir todos los mercados, al margen de lo que produzca o consuma cada cual. Es comprensible el miedo a que una crisis económica golpee a la sociedad como un segundo tsunami, consecutivo al sanitario, y hay que pensar desde ya como intentar minimizar el golpe. Pero esgrimir eso como argumento único (el tercer punto del decálogo que antes planteaba: “El fin justifica los medios”), es absolutamente inmoral: nadie tiene derecho a pensar que un porcentaje “X” de la población es un precio asumible. “X” no es tal cosa, sino gente de una en una, hermanos, madres, abuelas, padres, compañeras, amigos, namoradas… Pensar que da lo mismo que mueran cincuenta mil o doscientos mil, porque “The economy, the first”, es un argumento nauseabundo e inaceptable. Por mucho que Trump lo esgrima. Por mucho que su guiñol brasileño le haga de eco.
Bueno, y todo esto… ¿cómo acaba la cosa? Pues no lo sé. Soy un auténtico maestro en elaborar hipótesis perfectas… que jamás se cumplen. Pero hay algunas cosas que sí pueden afirmarse: como este virus solo mata a un número limitado de los que infecta (hay tantos asintomáticos que todos los números son inciertos, pero su letalidad probablemente esté entre el 0,5 y el 5%), no acabará con la humanidad. Si todo siguiera como hasta ahora, en dos o tres años ya estaría tan implantado en el mundo entero como el virus de la gripe común, tras haberse llevado por delante a algunas decenas de millones de personas, añadiendo a partir de entonces medio millón más cada año a su cuenta. Si damos con una vacuna antes, pues eso quedará en la mitad o la tercera parte. Y si el virus, él solito, tiene a bien mutar y se convierte en un coronavirus más, como el del catarro, pues lo mismo la cosa se desinfla sola como un suflé sacado del horno antes de tiempo. Ojalá… De estas hipótesis, justificadamente, pienso hablar en mi próxima entrada.
Y por lo que respecta a Brasil, pues las expectativas a corto son inevitablemente malas, dada la precariedad de partida y la temeraria aplicación de la perspectiva estadounidense, por simple mimetismo desorientado. En Europa, el máximo de contagios y muertes solo se ha alcanzado tras meses de distanciamiento social, y no sabemos qué ocurrirá tras el relajamiento de esas medidas. En USA tal distanciamiento ha sido apenas un amago, no han alcanzado máximo alguno y ya están volviendo a la vida normal. Brasil, fiel imitador, seguirá un destino parecido… o algo peor, dadas las diferencias entre ambas sociedades.
Ya me gustaría poder decir otra cosa. Pero son malos tiempos para la lírica. Incluida la Bossa.
 Qué ganas tengo de hablar de otras cosas…

miércoles, 15 de abril de 2020

Reflexiones coronavíricas (3 de n)

Me cuesta escribir, cosa que no deja de ser curiosa. Esta cotorra, que no se calla ni debajo del agua, y cuya única queja es siempre la falta de tiempo, ahora que le sobra reconoce que le cuesta escribir. Y sospecho que la razón principal es que, además de la pandemia que nos encarcela y nos mata, han surgido como efectos secundarios otras mil, todas ellas cansinas, a las que no me apetece sumarme. Y resulta muy difícil abrir la boca, o el teclado, sin acabar haciéndolo.
La pandemia del optimismo compulsivo, seguros de que todo va a ir mejor, de que la gente reaccionará para bien, y los gobiernos, las empresas, los partidos, las naciones, todas las estructuras sociales del planeta aprenderán la lección y se volverán más empáticas y solidarias.
La pandemia de las habilidades manuales, quedando taxativamente prohibido dejar pasar el tiempo sin sacarle algún brillante y sorprendente partido, ya sea culinario, literario, musical, lúdico, místico, onanístico, da igual, lo que sea, porque sin duda será algo enriquecedor e inolvidable que guardabas dentro y que solo esperaba un momento tan maravilloso como éste para florecer.
La pandemia del buenismo obligatorio, como si todos los días fuera Navidad o algo así, y nadie pudiera resistir las ganas de llevarse bien con ese vecino… con el que, si nunca congeniaste, era por algo.
La pandemia de cultura súbita, el diluvio de sabios de todas las materias, economía, microbiología, epidemiología, bolsa, derecho, demografía, seguridad, globalización, climatología, historia, ingeniería industrial, todo lo concebible e inconcebible, doctores cum laudem cuyas titulaciones se las han firmado ellos mismos tras dos noches de insomnio colgados de la Wikipedia.
Es como si la Tierra fuera un gigantesco trasatlántico que acabase de naufragar, y cada cual con lo puesto, algunos en solitario y otros en familia, hubiéramos acabado en nuestros botes salvavidas privados. Unos pocos —hay quien habla del dos por ciento, otros del doble— no pudieron llegar a sus botes y se ahogaron. El resto nos hemos salvado de momento; pero estamos absolutamente perdidos y en el bote no hay ni mapas, ni vela, ni motor ni timón. No tenemos la más remota idea de a dónde nos llevará la marea, qué habrá allí a donde lleguemos o si una tormenta nos hará zozobrar por el camino. De momento tenemos provisiones; pero tampoco sabemos si durarán toda la travesía. Y para no enloquecer, inventamos juegos, elaboramos teorías del porqué del naufragio y planificamos un futuro del que quedan excluidos los errores del pasado. Varios miles de millones de botes fatigan estos días el océano planetario, cada uno con la misma escena; matices aparte, que en el fondo son irrelevantes.
Desde esa perspectiva, me da vergüenza escribir, lo digo en serio, porque al hacerlo siento que le estoy dando la matraca a los ocupantes de los tres o cuatro botes más cercanos al mío, a los que abrumo con mis floridos pensamientos por la única razón de mi facilidad de palabra. Fuera de eso, mis sueños no son más altos ni más sólidos que los de nadie. Y mi cacareada perspectiva aquí vale bien poco, en medio de este uniforme e infinito océano de dudas.
Bajando la voz, para no incomodar a nadie, tan solo comentaré que yo ya había estado en algún que otro naufragio. Básicamente en tres: en una carretera, de la que salí cojo de por vida; en una montaña, en la que aunque me maté, pacté con mi amiga la muerte una prórroga, que aún disfruto; y en una relación eterna, que duró algo menos de veinte años. En cada uno de esos naufragios la situación fue ciertamente parecida a la de ahora: punto de inflexión, replanteamiento absoluto de un futuro que ya no podrá parecerse a lo imaginado, inseguridad, dolor, soledad, miedo… Hay naufragios mucho peores, estoy seguro, y el primero que se me ocurre es una guerra. Vivir una guerra de las de verdad, en primera persona, casi me da igual si como soldado o como víctima civil. No soy capaz de imaginar nada más brutal y traumático. Frente a ese tipo de cosas, casi parece obsceno tratar de hecatombes a los vaivenes de mi vida que antes comentaba. Pero para mí, afortunado desconocedor de lo que es un conflicto bélico, realmente lo fueron. Y salí de ellas, llegué a tierra y continué camino. No necesariamente mejor persona, pero sin duda sí más sabio y más sólido. Como dice el refrán, lo que no te mata te hace más fuerte. Aunque supongo que todo tiene un límite, y es probable que los supervivientes de una guerra tengan una visión diferente.
Lo realmente desconcertante de este naufragio planetario es precisamente eso: su condición de universal. Lo habitual, cuando alguien se caía por la borda, era que se tratase de una historia íntima, que al margen de que terminase en el fondo del mar o en alguna isla salvadora, no alteraba en absoluto el discurrir del resto del mundo. Pero es que ahora parece haberse caído por la borda la humanidad al completo ¿Es realmente así? ¿Este naufragio es realmente global…? Pues, según lo pienso, ahora mismo, en vivo y en directo...  creo que no.
Lo que sin duda está siendo es un palo muy serio e imprevisto para la endiosada civilización occidental, que se creía todopoderosa, y está comprobando que no lo es. Su alcance final solo podrá medirse con perspectiva dentro de algunas décadas, aunque me cuesta trabajo creer que se aproxime, ni de lejos, a lo que supuso la Segunda Guerra Mundial. Aquella contienda duró siete años, costó setenta millones de muertos y redibujó todos los mapas: EEUU y la URSS pasaron a ser la primera y la segunda potencias mundiales, cuando antes de la guerra apenas eran actores secundarios (bueno, EEUU no del todo; pero no quiero entretenerme ahora en eso). Desapareció el Imperio Británico, el más grande de todos los tiempos. El resto de grandes naciones europeas se quedaron en caricaturas de sí mismas. Se acabó definitivamente la época colonial. La humanidad dio un salto tecnológico sin precedentes. Esta pandemia no va a generar, ni de lejos, revoluciones semejantes (luego revisaré esto, apuntando las hipótesis más extremas), aunque sin duda sí mucho mayores que las que provocó la famosa crisis del 2008.
Aquella crisis financiera, que en España fue inmobiliaria y llegó dos años después que al resto el planeta, fue una auténtica conmoción. Acabó con millones de empleos, incluido en mío, y además de rebajar sustantivamente el nivel de vida de casi toda la población (aunque como en toda crisis, ciertas minorías se forraron), desmontó el sueño global de la prosperidad infinita, del crecimiento sin límites, de la mejora sobre la mejora como única expectativa imaginable para nosotros y para nuestros hijos. Nada de eso. Fue un brutal fin de fiesta, como si hubiese irrumpido la policía en un guateque de adolescentes, justo cuando sacabas a bailar a la chica más bonita del pueblo. Todo eso. Pero solo eso.
Ahora, la desilusión es mayor, pues la globalización ha demostrado que interdependencia es también fragilidad, y ya nadie está tan convencido de que la disolución de las fronteras y la externalización urbi et orbi de todo, bajo el único criterio de la rentabilidad, sea garantía de nada. Antes al contrario, es incertidumbre. Ojalá  hubiéramos tenido cerca los medios, los recursos para afrontar imprevistos. Todo lo cual nos arroja en brazos del nacionalismo. Y el nacionalismo, queramos o no, lo justifíquemos o relativicemos tanto como queramos, el nacionalismo, es la guerra. Lo dijo De Gaulle en otro contexto, pero la frase es tan precisa como el “Eppur si muove” de Galileo: el nacionalismo es la guerra. Nada menos. Solo con eso, ya estamos más que jodidos.
A nivel práctico, esta hecatombe global va a doler más que nada de lo que ninguno con menos de setenta años podamos recordar. A título de ejemplo: para combatir la pandemia los viajes se van a restringir tanto como se pueda durante el mayor tiempo posible, lo que equivale a decir que el turismo queda en barbecho. Y el turismo es uno de los principales, o acaso el principal, motor de la economía española, de manera que congelar el turismo es equivalente a decirle a un árabe que deje de extraer petróleo. Va a haber millones de parados, millones de familias pasándolo fatal, y en cascada el nivel de vida de todo el país va a retroceder décadas. En cada sitio la onda pegará a su modo. Pero aquí, con seguridad, va a ser como mínimo diez veces peor que en 2008.
Y estoy obviando el tema de la salud, propiamente dicha.
Todos los países mienten, en lo relativo a contagios y muertos. Ya lo dije en la anterior entrada: los muertos se cuentan mal, aposta, para que salgan los menos posibles, y que los gobiernos así no queden tan retratados. Y los contagios son solo un reflejo de las pruebas de detección realizadas: cuantas más se hacen, más contagios se detectan. Solo como anécdota: estoy casi seguro de que los cuatro que compartimos bote salvavidas ya hemos pasado el  virus, hace casi dos meses (sería largo y anecdótico contar nuestros recientes y atípicos episodios gripales), pero no hubo pruebas y no podemos saberlo. Según hipotetizan los expertos, es probable que el nivel de contagios real sea, de media, un 85% mayor que el de caso detectados. Nada menos
Y con respecto a los muertos, es probable que los realmente producidos por la pandemia sean el doble de los declarados. En España, a mediados de abril del 2020, unos 35.000. En USSA, 50.000. Si estamos a mitad de proceso, cuando se acabe esta envestida, para finales de verano, los contagiados declarados en el mundo serán unos diez millones (los reales serán, como mínimo, más de cincuenta), y un millón de muertos (aunque pasarán de dos). Siendo tremendas, son cantidades irrisorias si se comparan con las víctimas de la gripe de 1918, o de la Segunda Guerra Mundial.
Voy a intentar resumir qué es lo que creo más probable que acabe finalmente pasando, por lo que respecta al primer mundo. En el segundo mundo las cosas serán parecidas, pero con importantes matices (sigue pendiente, para una próxima entrada, analizar la situación de Brasil, que puede ser extrapolable a una buena parte del planeta). Y en el tercero, esta pandemia solo se sentirá por las implicaciones económicas derivadas del seísmo sufrido en los países ricos: tendrán menos turistas, caerá la demanda de sus productos, etc.; pero a efectos sanitarios, la cosa será tan irrelevante para ellos como debió serlo la salud bucodental para los prisioneros de Auschwitz.
Vamos con ello (¿lo veis? Ya estoy haciendo de experto espontáneo, saltando sin red. Me exculpa, si acaso, vuestro y mi aburrimiento…):
- Para el verano, y con las cifras reales y oficiales de víctimas que antes señalaba, se relajará progresivamente el confinamiento. Pero no las fronteras, al menos hasta el año que viene, por lo que las economías de las tres cuartas partes del planeta caerán en picado. En los países más endogámicos, tipo China, el PIB caerá hasta un 5%. En los más interdependientes, tipo España, entre el 10 y el 20%. La recuperación será explosiva, a partir de los dos años desde el inicio del desastre; pero las cunetas habrán quedado sembradas de todo tipo de cadáveres.
- En invierno de 2020 nos estarán haciendo a todos pruebas serológicas obligatorias, que confirmarán que el virus ya ha visitado a un porcentaje tremendo de la población, acaso entre el 20 y el 40%. A los agraciados se les repartirá algo parecido a un “carnet de inmune”, y se les permitirá llevar una vida aproximadamente normal (el ocio y los espectáculos de masas seguirán prohibidos, y las fronteras cerradas), y al resto se les tendrá medio al ralentí, y bajo estrecha vigilancia.
- El sugerido “carnet de inmune” probablemente sea una aplicación en tu móvil (herramienta de la que estará prohibido alejarse), que vincule tu identidad y tu imagen a un código QR, que posibilite tu reconocimiento facial. Por cierto, a cuenta de la seguridad y la salud, despídete de lo que te pudiera quedar de intimidad: eso es historia, como la quimera de la protección de datos. Desde ya y hasta siempre, eres y serás absolutamente transparente. La distopía de Gattaca empezará a hacerse realidad. Y que viva el Gran Hermano.
- Surgirán rebrotes por aquí y por allá, pero serán controlados mucho mejor: porque en las residencias de ancianos las cosas ya no serán jamás como antes; porque los más vulnerables ya estarán muertos; porque habrá disponibles antivirales que reducirán sustantivamente la letalidad del virus; y porque las medidas radicales de cuarentenas y aislamientos se aplicarán sin oposición ni reticencias.
- Para el verano de 2021 ya tendremos vacuna, y se vacunará obligatoriamente a todos los que carezcan del carné de inmunidad.
A partir del otoño de 2021, el mundo estará ya en otra fase… que me da vértigo intentar imaginar, si miro más allá de las tremendas fiestas que todos organizaremos (bueno, solo aquellos que aún conserven algunos fondos o crédito), y de la pasión viajera que recorrerá el planeta. Las incertidumbres son muchísimas, los cambios de paradigma están garantizados, y los riesgos de que la cosa acabe en distopía, lamentablemente son elevados. Citaré apenas tres, no muy tranquilizadores, en orden de malo a peor:
1ª) O la Unión Europea pisa el acelerador a tope, se deja de idioteces y se embarca en pasos decisivos hacia la creación de algo parecido a unos Estados Unidos Confederados de Europa, unificando la sanidad, la fiscalidad, el derecho laboral, los ejércitos, etc., de sus países miembros, o la gente va a terminar de desengancharse del invento. O de aquí se sale con mucha más Europa, o dentro de dos años en Francia gobierna la Agrupación Nacional, en Italia La Liga y en España Vox.
 2ª) La fragilidad de occidente ha demostrado que se han tendido en poca consideración los efectos secundarios de la globalización. Y la antiglobalización, casi inevitablemente, conduce al nacionalismo ¿Alguien recuerda lo que dijo De Gaulle al respecto…?
3ª) La pandemia ha surgido en un contexto de guerra comercial China-USA. Cuando todo esto acabe, es evidente que Estados Unidos solo serán primera potencia mundial desde el punto de vista militar, y la única manera de recuperar su hegemonía global será haciendo uso de ese poder. Conviene recordar que EEUU, casi como costumbre histórica, se ha inventado siempre que lo ha necesitado casus belli para desencadenar conflictos, o justificar su participación en ellos. Esto no es una soflama antiyanqui, es pura historia, que hasta ellos mismos reconocen. Y no me estoy refiriendo a la autovoladura del Maine en 1898, excusa que sirvió a Estados Unidos para arrebatar a España Cuba y Filipinas y sobre la que, ignoro por qué, aún parece haber cierta controversia. Hay casos mucho menos ambiguos, reconocidos por los propios americanos, como el denominado “Incidente del golfo de Tonkin”, enfrentamiento inventado que jamás ocurrió y que sirvió de excusa para la participación de EEUU en la guerra de Vietnam. Si irnos tan lejos, ¿recordáis el cuento de las armas de destrucción masiva de Saddam Husein, que se esgrimió como argumento para la invasión de Irak? Pues bien, si los americanos quieren, argumentar que el covid-19 ha sido un ataque biológico chino premeditado les costaría menos que nada, ya que todo en torno a esta pandemia está lleno de sombras, y los convencidos de esa versión se cuentan por millones; y no solo entre los conspiranoicos compulsivos. Según esa teoría, la Tercera Guerra Mundial está a punto de terminar, y la va a ganar China, con apenas algunas decenas de miles de muertos (diez veces lo reconocido), por fuego biológico amigo. Si EEUU quiere salir del pozo, no le queda otra que desencadenar la Cuarta Guerra Mundial, de carácter nuclear, único territorio en el que es netamente superior. Pero ¿se puede ganar una guerra nuclear abierta? ¿Qué precio es aceptable, para interpretar que has ganado?
Madre mía, y eso que me daba vergüenza escribir…
Bueno, ahí lo dejo. Aún me quedan varias semanas a la deriva, antes de que se nos permita desembarcar de nuestros botes, quién sabe dónde. Reconozco que esta baza me ha pillado en una situación laboral muy diferente a la de la crisis del 2008. Entonces, mi trabajo estaba vinculado a la obra pública, por lo que recibí el impacto con la misma fuerza con la que lo están recibiendo ahora los actores o camareros. Ahora, trabajo vinculado a energías renovables, por lo que es probable que, al menos fuente de sustento, no nos falte. Pero eso no me hace inmune –qué raro suena ahora y aquí ese término ¿verdad?– al resto de las consecuencias del marasmo global que vamos a encontrarnos. Vienen tiempos duros para todos. Muy duros, sin duda.
En todo caso, ojalá acierte en mis vaticinios de la primera parte: “para finales del 2021, todos inmunes o vacunados y consumiendo como posesos”; y falle en la segunda: “antiglobalización, nacionalismo y riesgo de guerra nuclear mundial”. 
A la próxima, lo prometo, hablaré de Brasil. Y sin vergüenza. Dejo como anticipo una imagen de su patético presidente, una parodia de Sr Trump… quien ya es en sí mismo otra parodia.



martes, 31 de marzo de 2020

Reflexiones coronavíricas (2 de n)

Me decía una amiga que ella, coronavirus aparte, hacía ya mucho que consideraba la aparición de Internet como el hito más llamativo para referenciar la entrada en la era que ahora transitamos. La verdad es que los historiadores se sobraron un poco con eso de decir que desde las revoluciones francesa e industrial en adelante todo era “Edad Contemporánea”. En rigor, contemporáneo solo es aquello que sucede a la vez, de modo que sin duda son  contemporáneos el papado de Vojtyla y el desmoronamiento del bloque soviético (la asociación no es inocente). Pero hacerme a mí contemporáneo de Robespierre… como que no lo veo.
Si, amiga. Internet simboliza mejor que nada la entrada de la humanidad en la Edad de la información. Edad curiosa y asimétrica, en donde las posibilidades de conocer y de elegir han crecido a ritmo exponencialmente inverso al del criterio de la gente. Cualquiera tiene a su disposición infinitos datos respecto cualquier cosa; pero la inmensa mayoría está absolutamente perdida, abrumada por la sobredosis de opciones, incapaz de diferenciar la verdad del bulo, lo banal de lo sustantivo, el descubrimiento de lo ya conocido, el original de la copia. Quién podría haber imaginado algo así. Históricamente, a las masas se las dominó gracias a su ignorancia. Ahora, se consigue abrumándola con tal cantidad de datos que el común de los mortales acaba interpretando que jamás podrá alcanzar una perspectiva propia, que lo mejor es seguir al líder, al influencer que corresponda, para poder así “decidir” qué comer, qué oír, a dónde viajar, a quién votar, en qué creer…
La Edad de la Información es la era de la Sobredosis de Información. Y no solo para “el común de los mortales”, como antes decía. Incluso los putos marcianos, como yo y como seguro que bastantes de vosotros, por más que nos revolvamos, contrastemos y sopesemos escépticamente todo, acabamos sucumbiendo al vértigo del exceso de información.
Veamos el bonito caso del monotema de nuestro tiempo: la pandemia del coronavirus.
Estoy totalmente de acuerdo con vosotros: ¿qué cojones representa ese gráfico? Podría poneros más, bien lo sabéis. Miles como ese, o más intrincados aún Pero lo malo no es eso. Lo malo es que ni siquiera los aparentemente sencillos y que se supone que transmiten información precisa e inteligible, son de fiar. Por ejemplo:
Nada de lo que aparenta mostrar ese gráfico es de fiar. Ya me conocéis, soy un apóstol de la anticospiranoia y no me estoy refiriendo a que algún grupo ultrasecreto (Spectra ¿quién si no?), esté filtrando información sesgada para entontecer a las masas y desplegar por detrás su plan de control planetario mediante la propagación mundial de un virus malo malísimo diseñado en el laboratorio. Lo mismo otro día tratamos el tema del posible origen de esta desgracia, y ya veréis cómo mi perspectiva de biólogo se aleja bastante de las películas de espías. Es una pena, porque sería mucho más divertido. Pero me temo que ese tipo de explicaciones resisten mal el principio de la navaja de Ockham.
A lo que íbamos: la información que nos suministran es engañosa, porque nos induce a efectuar comparaciones de cosas incomparables. En una misma gráfica, se nos contrastan peras, manzanas, metáforas e índices bursátiles. Nosotros, que estamos ávidos de explicaciones, nos las tragamos como podemos e intentamos llegar en vano a alguna conclusión. Entonces, y para nuestro alivio, aparece el gurú de turno —nuestro influencer temático— para resolver el enigma: “Como puede apreciarse con claridad, la curva de deceleración negativa del incremento de tasas de contagio se aleja progresivamente de la asíntota de nuevas altas, lo que nos permite ser moderadamente optimistas, a medio plazo”. ¡Menos mal! Y yo, tonto de mí, que aún seguía preocupado…
Y ahora, llamémosle a la cosas por su nombre:
- El lio empezó en China, un país comunista que encarcela sistemáticamente a los periodistas que informan de lo que no deben. Toda la información que nos llegue de allí tendrá que ver sin duda con la realidad; pero no será la realidad, sino la parte de aquella que más le convenga al régimen. A saber cuántos contagios ha habido realmente allí y cuántas muertes.
- En cuanto a Rusia, los mayores tramposos de la historia (algún día lo mismo le dedico un rato a sus mayores hits, como su liderazgo mundial en la propagación de fakes o el dopaje de estado de todos sus deportistas olímpicos), la fiabilidad de sus datos no merece ser ni comentada.
- Los coronavirus son viejos conocidos de los microbiólogos; pero éste es una versión recién mutada que está haciendo su puesta de largo, de modo que aún sabemos poco de su biología. No sabemos qué porcentaje lo porta sin enfermar. No sabemos cuánto tiempo los portadores pueden ser fuente de contagio. No sabemos si el que lo porta, padezca enfermedad o no, se vuelve inmune, y si aquellos que ya padecieron enfermedades emparentadas poseen inmunidad frente a este virus. No sabemos otras cuarenta cosas, pero con esas ya tenemos suficiente para lo que ahora nos ocupa: los datos sobre estado, evolución y perspectivas de la pandemia tienen mucho más de conjeturas que de otra cosa.
- Los test para detectarlo con fiabilidad no son sencillos y escasean (lo de si tienes o no tos y fiebre no son más que indicios: el 20% de la población mundial tiene todos los años en algún momento tos y fiebre, por miles de causas conocidas y triviales), de modo que en realidad se han hecho poquísimas pruebas de detección. Para colmo, los países dan información contradictoria respecto a cuántos test llevan hechos, aunque algunos números de referencia creíbles hablan de cerca de medio millón en USA, trescientos mil en Corea del Sur y doscientos mil en Italia, a 30 de marzo de 2020. Siendo generosos, un millón en el mundo entero. Como somos cosa de siete mil setecientos millones, sale un test cada 7.700 personas. Resumiendo: no se tiene más que una vaga idea del número de contagiados que hay en el mundo. Se tiene constancia de unos 700.000 casos. El número real puede tener uno o dos ceros más.
- La contabilidad de los muertos por coronavirus cada país la hace a su modo, de forma que resulta irreal comparar los datos. Es sabido que los ancianos son el grupo más vulnerable. Pues bien, en España solo se contabilizan como muertos por coronavirus en residencias a los que se les ha hecho previamente el test, con lo que no se han contado centenares de casos que con total seguridad se deben a la pandemia. En Alemania aún es más descarado, pues solo se tienen en consideración los muertos en hospitales que han dado positivo (fuera de los hospitales, no se hacen test), lo que distorsiona más aún las estadísticas. Y lo de Holanda es ya directamente vergonzoso: a los ancianos enfermos no se les hospitaliza y se les manda a morir (sin contabilizar y sin test alguno), a sus casas o residencias, para no colapsar los hospitales y no contagiar a los médicos. Sabia decisión, sin duda —aunque digna del mismísimo Adolf Hitler— que además de ayudar a conseguir los citados objetivos mejora notablemente las estadísticas, para poder así colgarse medallas y mirar por encima del hombro a los países del sur de Europa, que todo lo hacen mal.
- Y para qué hablar de la fiabilidad y representatividad de los datos que aportan los países del tercer mundo. Esos pobres llevan toda su historia combatiendo a mil enfermedades mucho más terribles y que para nosotros ya son historia, de modo que seguro que el coronavirus en el fondo les debe de interesar bien poco. Lo incorporarán a la lista de sus desgracias (no tienen cómo combatirlo), simplemente como otra más, y no de las peores. Y punto.
Con el panorama anterior… ¿cómo puedo ser tan idiota de mirar siete veces al día la evolución de los datos? ¿Cómo puedo deprimirme o esperanzarme ante sutiles modificaciones de ésta o aquella variable?
Intentando exculparme, y conmigo a los muchos que seguro llenáis parte de vuestro tiempo de reclusión con este tonto vicio, apuntaré que, con ojo y perspectiva, leyendo entre líneas, sí pueden sacarse algunas conclusiones. La diosa estadística escribe derecho con gráficos torcidos. Por ejemplo:
1º) Quédate con los datos de un solo país, no los compares con ningún otro, pues son peras y manzanas. En mi caso (qué le voy a hacer), me quedaré con los de España.
2º) Asume que los datos que se ofrecen no son la realidad, sino un reflejo distorsionado. Pero siempre igual de distorsionado, de manera que si te dicen que el día 23 de marzo murieron 462 personas por coronavirus, y que el día 28 fueron 832, lo que cabe interpretar es que está muriendo una burrada de gente, y que entre el día 23 y el 28 la cosa ha empeorado muchísimo. Lo mismo el número real de muertos es el doble, eso da igual: eran muchísimos, y la cosa ha ido empeorando.
3º) De la misma manera, si te dicen que los muertos los días 28, 29 y 30 de marzo han sido respectivamente 832, 838 y 812, con independencia de que te creas o no el número, lo que está claro es que la cosa sigue fatal, pero que ha dejado de empeorar. Si no fuera así, los muertos diarios contabilizados hoy deberían ser más de 1.200. O sea, que vamos objetivamente mejor, y si la tendencia se consolida lo mismo estamos en el camino correcto para llegar a superar esto… a saber cuándo.
4º) De la contabilidad de positivos, ni caso. La información respecto al número real de test realizados es contradictoria. A veces dicen los test repartidos, otras veces los efectuados. No dicen que a los que dan positivo hay que hacerles varios más antes de darles el alta, y lo mismo un solo paciente puede constar como varios casos positivos (el de el día que ingresó y los de confirmación) y uno negativo (el test que le hicieron antes de darle el alta).
5º) Siguiendo con la absoluta incredulidad hacia la contabilidad de casos positivos: si es verdad que se incrementan a lo burro las pruebas, como se pretende, se incrementarán con seguridad los positivos constatados y bajará el índice de mortalidad, sin que en realidad haya cambiado nada. Así, ahora mismo hay en España 85.195 “positivos” y 7.340 “muertos contabilizados”, de donde cabría estimar una mortandad de nada menos que el 8,6%. Y si fuera verdad lo que decía antes, si hay que considerar más de un test por individuo, la cosa se pondría aún peor. Pero si, como algunos virólogos sostienen, es probable que la extensión real de la enfermedad sea diez veces mayor que lo que indican los casos detectados (¡diez veces…!), entonces en España habría cosa de un millón de contagiados y algo menos de 10.000 muertos. Una letalidad del 1%. La diferencia es tan brutal, que lo mejor obviar el dato.

6º) LOS DATOS DE RECUPERADOS APENAS SON REFERENCIA DE NADA. Desde que te contagias, al mes o te has recuperado o estás muerto, de forma que los datos de recuperados solo informan de cuántos de los contagiados que fueron detectados hace un mes siguen vivos. Contagios detectados, insisto, no contagios reales. De modo que, lógicamente, cuanto más nos acerquemos al mes de distancia de las puntas de contagios detectados, más recuperados habrá, y todo el que entonces diga ¡qué bien...!, simplemente es que será tonto. Y si se consigue que bajen los contagios, al mes siguiente habrá menos recuperados (y el que se entristezca entonces será igual de tonto) 
7º) Mirando a China, como realidad en sí misma y sin compararla con nadie, parece que con disciplina de hormiga podría llegar a erradicarse absolutamente el virus de determinado territorio. Pero como éste ya es planetario, el tercer mundo será un reservorio eterno del virus hasta que deje de ser tercer mundo, de modo que la reinfección está garantizada.
8º) Si llegase el día que en España, o donde fuera, no hubiera ni un solo contagio más, y dado que en menos de un mes o el virus te mata o lo matas tú a él, pues treinta días después de ese último caso, esa tierra estaría “limpia”. Pero la única manera de permanecer así sería cerrar absolutamente y para todo las fronteras, y como eso es inviable, la reinfección es segura.
9º) Si la reinfección es segura, la única solución viable es la inmunización, ya sea por contagio universal o por vacunación.
Vamos, que lo mismo dentro de un par de meses estamos haciendo una vida pseudonormal, aunque con las fronteras semicerradas y luchando contra los continuos rebrotes, hasta que se desarrolle y distribuya plenamente la vacuna. No se me ocurren más opciones.
Y lo anterior para España y resto de países equiparables. Pero ¿qué expectativas hay para otras tierras, como por ejemplo Brasil? Mira, ya tenemos motivos para una tercera entrega de estas reflexiones.

sábado, 28 de marzo de 2020

Reflexiones coronavíricas (1 de n)

Disculpadme, oh mi minúscula pero inquebrantable legión de seguidores. El tiempo que llevo ausente no se debe como en otras ocasiones a exceso de trabajo, sino a simple y llana perplejidad.

Yo fui uno de los que decía que esto era una gripe más, sólo eso, y que las reacciones eran desproporcionadas. Luego empecé a dudar. Cuantos más datos se acumulaban, menos información, más difícil entender todo, más contradicciones.
El 4 de septiembre de 467, Odorico depuso a Rómulo Augusto, último emperador de Roma. Al día siguiente, estoy seguro de que ninguno de los 800.000 habitantes que aún poblaban la primera megápolis de la historia sabía que acababa de entrar en la Edad Media. Estoy igual de seguro de que nadie del planeta imaginó la tarde del 29 de mayo de 1453, que al mismo tiempo que el sultán Mehmed II cruzaba las murallas de Constantinopla, estaba saliendo de la Edad Media y entrando en la Edad Moderna.
Lo mismo estamos asistiendo a un cambio de era de similar entidad. Y no lo sabremos hasta que el gremio de historiadores lo sentencie, en un futuro imprecisable.
Entendámonos: con la globalización y la revolución de la información, la humanidad ya estaba viviendo un cambio mucho más radical y rápido que cualquiera de los que han servido de referencia para definir otros límites de periodos históricos. Y la puntilla del coronavirus lo mismo se acaba convirtiendo en hito de referencia, tan puntual y significativo como los dos acontecimientos concernientes al mundo romano que antes citaba.
Pero los romanos del siglo V, y los bizantinos del XV, apenas sabían algunas cosas de sus pequeños microcosmos, que por lo demás eran casi idénticos a los de sus padres, abuelos y bisabuelos. Nosotros, por el contrario, sabemos muchísimo más de nuestro entorno, que es infinitamente mayor y radicalmente diferente del de nuestros antecesores. Y desde esa perspectiva, estamos asistiendo en vivo y en directo a un cataclismo social sin precedentes.
Como para no estar perplejo.
Sobrepasados como nunca, ocurren tantas cosas a la vez que apenas da tiempo siquiera a ser consciente de ello. Enumeraré unas cuantas, apenas las que más sobresalen en la turbamulta que agita la tempestad en la que se ha convertido mi cabeza, como imagino la de la mayoría de vosotros:
1º) Nuestra sofisticada y compleja sociedad es sorprendentemente frágil.
2º) Seguimos en pleno posneolítico, y el objetivo prioritario es la defensa del clan.
3º) La inmensa mayoría de la sociedad está compuesta por niños asustados e indignados, incapaces de asimilar la magnitud de lo que está pasando, y que se dedican básicamente a lo siguiente:
   - Exigir que alguien les acote las cosas y les garantice qué les espera.
   - Exigirle al Estado Padre buenas noticias. Las que sea, no importa.
   - Buscar culpables.
   - Exaltar el espíritu de la tribu, sea ésta en cada caso la que sea.
   - Buscar entretenimientos; cuanto más banales, mejor.
   - Intentar no engordar.
4º) Los políticos, todos, se consideran una casta superior destinada a pastorear esta sociedad de niños. Y para ello, el fin justifica los medios. Siempre. Sea cual sea el medio.
Vivimos tan bombardeados por iniciativas solidarias, mensajes de optimismo y buen rollito, que casi da vergüenza sentirse o mal. Esto, al parecer, es una especie de fiesta multitudinariamente privada, de la que todos tenemos que sentirnos orgullosos y de la que sin duda saldremos mucho mejor de lo que entramos.
Qué queréis que os diga. Todo me recuerda a lo que sucede cuando un niño se rompe una  pierna el primer día de vacaciones, y todo el mundo se dedica a ningunear el problema y ensalzar las inesperadas bendiciones que le van a llover a cuenta de ese percance, que van desde crecer más a que todas las chicas se dediquen a mimarle, o quedar liberado de las tareas domésticas.
Varios miles de millones de niños, cada cual en su casa, muestran orgullosos sus escayolas, esperando a que alguien se las firme. Tampoco es para tanto, esto pasará, y saldrán más altos y más listos.
Pero lo mismo estamos ante un cambio de Edad, mis pequeñuelos. El mundo, se ha parado. Si el virus es planetario, y su nivel de letalidad finalmente se asienta en, pongamos, un modesto 2%, eso supondrá que debemos ir cavando 75 millones de tumbas. Más o menos las mismas que requirió la segunda guerra mundial. Solo que esta vez no se dispondría de siete años para hacerlo, sino de uno o dos.

O lo mismo en unos meses hay vacuna, y a lo anterior hay que quitarle dos o tres ceros. Pero lo de que el mundo se ha parado, cosa que jamás en la historia había ocurrido, es ya una realidad. A saber cómo se sale de esta. A saber cómo seguirá después todo.
Como para no estar perplejo….

sábado, 29 de febrero de 2020

Desagravio de la bruja



Tengo dos noticias que daros. Una mala y una buena, como siempre. La mala, es que el túnel carpiano de mi mano derecha reclama su momento de gloria (su hermana, la izquierda, ya lo tuvo hace ocho años), y eso me convierte en guitarrista temporalmente manco –aunque como percusionista aún puedo sujetarme por un rato- con lo que el extraordinario proyecto de La Leyenda de Estós, del que ya os he informado aquí, abre un paréntesis de algunos meses. Todos los implicados en el asunto, una decena de artistas excelsos y temerarios (por aquello de apuntarse a los bombardeos que les propongo), entre músicos, actores, rapsodas, gente de la imagen, etc., me han reiterado su adhesión inquebrantable para rematar la cosa cuando sea posible, que previsiblemente será para finales del próximo verano. Permanezcan atentos a sus pantallas: se comunicará.

Y ahora la noticia buena:


Regresan las Brujas, espectáculo teatral más que original y más que conmovedor, en el que tengo el honor de participar por gentileza del alma mater de la cosa, Cayetana Martínez, hembra alfa de la jauría autodenominada Teatro Perro. Ahí participo como percusionista, de modo que antes de que mi mano derecha se me termine de dormir, contribuyo en la construcción de escenarios sonoros que ayudan a vestir esta peculiar e imaginativa vindicación histórica de la figura de la bruja.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Vaya por delante, y desde ya, que sí: es un alegato feminista. Pero no tiene nada de oportunista o de defensa a ultranza de las discriminaciones positivas. Es una reflexión seria entorno a cómo, histórica y reiteradamente, se ha usado el cajón de sastre de “bruja” para deslegitimar a aquellas mujeres que tenían la osadía de salirse de sus roles asignados, enfrentándose a lo que siempre se interpretó como el “orden natural de las cosas”, en donde el poder, la ciencia, el arte, y todo lo no funcional, eran patrimonio exclusivo del sexo masculino. Esa sandez es una de las más obvias cristalizaciones del patriarcado, sandez aún mayor cuyo origen localizo intuitivamente en un pasado remoto en el que mandaba el que daba los porrazos más fuertes. Y eso era todo.

Por más que he buscado, no he encontrado una explicación consensuada de cuándo y cómo se asentó el patriarcado como perspectiva global planetaria. No os engañéis, no es un invento cristiano: asomaros al islam, al hinduismo, a la tradición o ámbito cultural que queráis, y veréis como el modelo básico es idéntico. Pero lo que sí parece aceptado es que no siempre fue así. No es probable que fuera ese el esquema dominante a comienzos del neolítico, al inicio de la civilización de las ciudades asentadas que sustituyeron a los clanes trashumantes de cazadores/recolectores. No: hace diez, ocho, seis mil años, el culto a la madre tierra, a los ciclos lunares, a la fertilidad, otorgaban a la condición femenina un estatus sagrado superior. Pero poco después, y quién sabe porqué, aquello fue pasando a ser algo primero subsidiario, y luego meramente funcional, bajo el argumento supremo de la hegemonía del bíceps. Qué delirio. Cuánto mejor nos habría ido de no haber prescindido del 50% de la inteligencia de la humanidad, reconvertida en poco más que ganado sexual. Y las perdedoras no fueron ellas, fuimos todos, porque a la evidente y flagrante injusticia de impedir que pudieran ser ellas mismas hay que añadirle lo que le cayó a la otra mitad: la obligación de llevar una vida sobreactuada, en la que triunfar era obligatorio y la emotividad y los sentimientos debilidades inaceptables.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

Tengo intención de colgar pronto una entrada que llevará el poco sutil título de “Soy un puto marciano”. Y lo soy, porque reafirmándome punto por punto en lo que llevo dicho, no soy feminista. Tampoco ecologista, a pesar de llevar toda mi vida trabajando y luchando por la defensa del medio ambiente. Parte de mi marcianidad, supongo. Pero no se debe al simple hecho de mi alergia insuperable a las banderas, sino a que discrepo de forma contundente en las diagnosis y en las estrategias de la mayoría de los “ismos”, empiecen por eco, por femi o por lo que sea. Pero ya le dedicaré la prometida entrada a desenredar mis contradicciones. Ahora toca otra cosa:

OS CONVOCO A UNA SESIÓN SINGULAR DE REHABILITACIÓN DE LAS BRUJAS. Casa de vacas, 06-03-2020, 18,00 h. Entrada libre hasta completar sus 140 butacas.

Fotografía del archivo privado de Teratro Perro

El tema es serio, me temo —o lo celebro, según se mire— por lo que la obra no es precisamente suavecita. Vaya también por delante: no la considero recomendable para gente que no tenga cierta madurez (ponerle edad a eso es difícil, aunque acaso pudiera usarse como referencia ¨…del final de la adolescencia para adelante”), y mejor si se tiene cierto nivel de culturilla clásica. Esto último no es que sea imprescindible, pero dado que algunas de las protagonistas son Casandra, Circe, Sherezade o Virginia Woolf, pues si te suenan Troya, La Odisea, Las Mil y Una Noches o las vanguardias feministas de inicios del siglo pasado, seguro que lo disfrutas más.

Llevo cuarenta años pisando escenarios, aunque haya sido de forma intermitente y sin vivir de ello. Pero recorrido, como que algo, tengo. Y os insisto en que, con pocas obras, me he sentido tan conmovido, tan implicado, tan concernido, tan… de alguna manera valioso, al contribuir a una causa indiscutiblemente noble y justa. Y encima, disfrutando más que un enano, cuando me toca ambientar nada menos que la destrucción de Troya o una fiesta a Dionisos. Último dato: como será de cargada la cosa, de verdad rotunda, sólida y tremenda, que en más de un ensayo termino llorando sobre mis tambores. Y mira que ya me sé la obra…

Allí nos vemos.

Y si no es allí, no os preocupéis, que esto tiene secuelas ya pactadas: permanezcan atentos a sus pantallas…

martes, 31 de diciembre de 2019

Expectativas

FELIZ 2020 A TODO EL MUNDO...!

Lo que sigue es el enlace a lo último que he compuesto: un tema que se llama "Expectativas", por lo que me parece más que adecuado para recibir un nuevo año.


Le atribuyen a Picasso la memorable frase "la inspiración existe; pero te tiene que pillar trabajando". No puedo estar más de acuerdo con ella. Y trabajando en la preparación de La Leyenda de Estós, hace algunas semanas, me vino a ver la idea de la que salió el tema que aquí os ofrezco, como regalo de Navidad.

No me voy a enrollar mucho, pero creo que proceden tres puntualizaciones.

La primera: pido disculpas por lo poquísimo que me asomo/muestro últimamente a este ventanuco/escaparate. Se debe simplemente a que llevo una larga temporada con mucho lio de trabajo y poco margen para sentarme a compartir. La vida es cambio permanente, de modo que tarde o temprano regresarán tiempos en los que disponga de más márgenes para compartir más cosas con todos vosotros.

La segunda va referida a La Leyenda de Estós: he embaucado a un nutrido grupo de excelentes profesionales para que me ayuden a dar forma compartible a algunos proyectos musicales míos antiguos, y singularmente a La Leyenda de Estós y a Saberse Tierra. De ambas, pero sobre todo de la primera, ya he hablado aquí en alguna ocasión, pues se trata de una obra que tiene versión literaria y musical. Ahora andamos con la musical, armando un espectáculo que incorpora imágenes, rapsodas, bailarinas... Algo tirando a brutal, que aún está a medias pero del que ya me siento orgullosísimo. Todavía no está rematado, ya digo, y falta además cerrar dónde lo enseñaremos (habrán de ser teatros, o salas similares; y probablemente varias), pero cuando tenga las cosas más claras no os preocupéis, que lo publicitaré con todas mis fuerzas y todo mi corazón.

Y la tercera: esta composición la grabé con ayuda de mi teléfono. Una chapuza impresentable, lo reconozco. Pero hoy en día esos artilugios, que en realidad son pequeños ordenadores, tienen la calidad suficiente como para dignos apaños; y además, mucha más versatilidad para montar algo de forma prácticamente inmediata (la guitarra eléctrica, que va soleando por encima, está grabada casi según la componía). Pero, claro, un teléfono no deja de ser un teléfono, y casi acabando la grabación de la segunda guitarra me entró una llamada. Se me puso a hervir la sangre... pero era la tercera toma que grababa, la que me parecía más conseguida (hay algunas entradas un pelín desajustadas; pero todas las ideas que se exponen me parecen interesantes), y no estaba dispuesto a dejar de tocar, por mucho que la llamada insistiese. Ya tiraría después de Audacity o de algún otro programa al uso para limpiar la intromisión. Pero antes de hacer nada, y muy contento con el resultado, me puse a compartir lo grabado con algunos allegados, advirtiéndoles de que "al final suena una llamada, que ya limpiaré. Cosas del directo...". Y mi hija Irene me respondió: "¡Ni se te ocurra...! A saber quién o para qué te llamaba; pero teniendo en cuenta que la composición se llama Expectativas, se han marcado un poema ¿Podría haber algo que evoque más nítidamente el concepto de expectativas que una llamada de teléfono...? Obviamente, ahí sigue y seguirá por siempre la llamada en cuestión.

Reitero mis mejores deseos a todos para este año que empieza. Y a llenarlo de cosas dignas de recordar.

Un abrazo,