domingo, 23 de abril de 2017

Lo del colesterol es un mito

No soy conspiranoico. Ya he dejado aquí constancia de ello más de una vez, por más que la versión oficial no sea siempre la correcta, y que las confabulaciones destinadas a intereses bastardos sean una realidad. De modo que no tengo la menor duda de que el hombre ha paseado por la Luna en cinco ocasiones, y de que no existen extraterrestres en formol en el Área 51. Pero el Área 51 sí existe (el gobierno americano reconoció en 2003 la veraz existencia del “Centro de Pruebas de Vuelo de la Fuerza Aérea: Destacamento 3”, que es su nombre oficial), de la misma menara que la obsolescencia programada es una realidad: cuando se inventaron, las medias de nylon era irrompibles, y las bombillas eléctricas de principios del siglo XX podían durar cien años; pero para conseguir que la gente siguiera comprando eternamente, las grandes marcas secuestraron las patentes de esos productos perfectos y sacaron al mercado las mierdas que desde entonces compramos, tiramos y volvemos a comprar. El asunto es realmente impresionante, y para quien tenga curiosidad por él le dejo aquí un link que merecen la pena: https://www.youtube.com/watch?v=24CM4g8V6w8;
Bueno, pues anoche pude ver un programa en la 2 de TVE (la 2, cómo no: ese oasis de cultura y conocimiento), relativo al colesterol, que me dejó igual de perplejo: Colesterol, el gran engaño.
Después de dormir regular, esta mañana me he zambullido en la Red buscando más información al respecto. Hay que tener mucho cuidado con estas cosas, saber desbrozar bien y separar lo que tiene consistencia de lo que simplemente se parece a lo que quieres oír. Supongo que los años que me tiré haciendo ciencia, de la de verdad (etología de insectos sociales, a principios de los ochenta), me dejaron un sanísimo poso de escepticismo y autocrítica que me ayudan a no caer en brazos de charlatanes. Así, esta mañana me he encontrado un montón de veces con páginas en las que a la vez que se metían con Danone o con las grandes firmas farmacéuticas, aportando aparentemente datos creíbles, incluían otros apartados destinados a negar el holocausto judío, el cambio climático o la llegada del hombre a la Luna, asunto que me deja más perplejo aún que lo de la obsolescencia y el colesterol juntos: ¿cómo puede haber tanta gente tan idiota como para ignorar incluso las pruebas actuales que constatan que los cacharros que mandamos allí en los sesenta siguen donde los dejamos? (imágenes actuales de los restos de los alunizajes).
Bueno, pues después de desbrozar lo necesario he podido constara que los escépticos del mito del colesterol no son precisamente alucinados conspiranoicos, y que sus argumentos son absolutamente sólidos. El principal referente mundial que agrupa a estas gentes es el denominado THINCS, acrónimo ingles de The International Network of Cholesterol Skeptics; lo que viene siendo la Red Internacional de Escépticos del Colesterol
(Llevo un par de años estudiando inglés, pero estoy seguro de que más de uno agradecerá que traduzca el título de esa publicación: Grasa y colesterol no son la causa de los ataques al corazón; y las estatinas no son la solución)
No me voy a enrollar aquí intentando un resumen atropellado y parcial de la barbaridad de información disponible en la media docena de links con los que os estoy bombardeando, contra lo que suele ser mi costumbre. Pero de verdad que os recomiendo, cuanto menos, que le echéis un ojo a la cosa. Yo todavía estoy medio aturdido. Además, como biólogo que soy correría el serio riesgo de adentrarme en detalles técnicos que, o bien sería largo y aburrido explicar, o bien podrían dejaros a la mitad fuera de juego. De modo que me reservo esas disertaciones, que ya tenéis ahí donde encontrarlas, seguro que mucho mejor estructuradas. Pero lo que sí voy a hacer es daros cuatro datos de mi relación personal con ese asunto. De mi actuación como víctima inconsciente de fraude y estafa durante casi diez años, a costa de mi salud.
En mi familia, entre mis antecesores, son excepcionales los casos de cáncer y muy numerosos los de infartos. Con esa perspectiva, mi mujer me convenció, hace cosa de una década, de que me hiciera análisis para ver cómo estaba la cosa. Lógicamente, mi colesterol estaba “alto” para las referencias de aquel entonces (ojo al dato: en 2008 no se consideraba alarmante el nivel total de colesterol si no se superaban los 240). Me puse a régimen serio, perdí unos cuantos kilos sin comer prácticamente nada de grasa animal… ¡y mi colesterol subió! El médico me dio la enhorabuena, pues los datos indicaban que mis elevados niveles de colesterol eran metabólicos, no debidos a la dieta, y que con tomarme una pastilla de simvastatina al día, todo quedaba resuelto. Y así lo hice, bajando mi nivel de colesterol hasta estabilizarse en torno a los 220/230. Y estuve sano durante un tiempo, hasta que a alguien se le ocurrió que eso de 240 era mucho, que o se ponía el colesterol a 200 como referencia o los vendedores de yogures y estatinas dejarían de hacerse ricos, de modo que rebajaron el listón y volví a ser declarado oficialmente enfermo. Yo, imbécil de mi, he seguido con mi pastillita diaria, comiendo lo que siempre comí, que es básicamente dieta mediterránea (con más carne que de pescado y más cerveza que vino, pero dieta mediterránea sin duda, con sus abundantes vegetales, su aceite de oliva y mínimo porcentaje de comidas precocinadas), y haciendo más ejercicio que un vigoréxico por causa de mi trabajo (no os podéis imaginar el esfuerzo físico que hace un jardinero). Al fin mi colesterol está ligeramente por debajo de los 200… pero pienso corregir eso, y esperemos que no sea demasiado tarde. Tirando del hilo, empiezo a pensar si no habrá tenido algo que ver mi ingesta sistemática de estatinas con ciertas modificaciones de mi respuesta hormonal… efecto secundario ignorado por los fabricantes de estatinas y que es abrumadoramente obvio si tienes unos mínimos conocimientos de bioquímica y fisiología: ¡pero si todas las hormonas esteroideas son derivadas del colesterol…!. Pero, por supuesto, nunca se me ocurrió ponerme a escarbar, dando por hecho que la verdad oficial de la inocuidad y eficacia de las estatinas debía ser algo tan incuestionable como la de los antibióticos para combatir las infecciones bacterianas (me refiero a la eficacia, no a la inocuidad... que los antibióticos también tienen lo suyo, aunque ahora no toque).
No os aburro más, pero insisto en que tengáis esto en cuenta. Yo, mañana lunes, pienso pedir hora a mi médico. Es un tío la mar de majo, con quien puedo hablar en confianza; y el hecho de saber que en frente tiene a un biólogo le anima a explayarse más. De hecho, fue él quien me dijo que la reducción del listón del colesterol a 200 era una pura maniobra de marketing, y que no tenía por qué preocuparme. Cuando le vea, le voy a decir que no me pienso tomar ni una pastillita más y le voy a preguntar su sincera opinión al respecto de todo este asunto. Y si, como sospecho, termina reconociéndome que las relaciones entre colesterol y obstrucciones coronarias, o el poder preventivo de las estatinas, es más que discutible ¿por qué coño se las recetan a todo el mundo? Incluido él a mí…
No hay conspiración mundial, pero sí miles de intereses bastardos detrás de casi todo, entremezclados con los intereses legítimos e incluso con los más altruistas. Mundo difícil, este que nos ha tocado a los que estrenamos el universo del exceso de información. Pero por nuestra salud, o lo que viene a ser lo mismo, por nuestra calidad de vida, creo que merece la pena dedicarle algún tiempo a este tipo de asuntos, y tener después el valor de asumir las consecuencias de las conclusiones alcanzadas.
Y ahora, solo queda celebrarlo con un chuletón de medio kilo, con su ensalada a la derecha, su pan a la izquierda y su buen vino delante.
¡Salud!



lunes, 20 de marzo de 2017

Equilibrio

Todos somos poliedros
La mano que de mañana afianza a tu hijo
es la misma que hará temblar de noche a tu amante.
Mano tendida, regalo.
Mano crispada, amenaza.

Todos somos poliedros.
Boca que besa, que sonríe,
reza, blasfema,
acaricia, desgarra.
Es tu boca,
la misma boca:
máquina perfecta para la entrega o el ataque.

Tu brazo empuja y renuncia,
sujeta y desiste.
Miras y amueblas el mundo.
Miras y fulminas.
Todo eso eres

No te aferres a tu versión más eficaz, a la más consensuada.
El blanco y negro
es el territorio de los mediocres,
la gramática de los cobardes
desbordados por la policromía de la vida.
Porque la alternativa no son los grises,
por más infinita que sea su gama,
sino el malva del crepúsculo y el naranja del amanecer
el verde selva, el blanco nieve, el blanco sábana,
los mil azules de mis ojos cuando te miro y sonrío,
los mil marrones de los tuyos
cuando me devuelves la sonrisa
sabiendo lo que yo apenas sospecho.

Todos somos poliedros,
y el equilibrio
acaso consista tan solo en usar en cada momento

nuestro lado correcto.

domingo, 12 de marzo de 2017

Malos tiempos para lo laboral

Me dan ganas de vomitar cada vez que oigo al político de turno celebrar la llegada de los buenos tiempos, esgrimiendo como argumento los datos del Paro, del PIB, de la Deuda, de la Prima de riesgo y de la Hermana de su madre ¿Viven realmente tan lejos de la realidad, o es solo estrategia? Por muy poliédrico que sea no soy es economista, y ellos disponen de muchos más datos que tú, que yo y que el común de los mortales. Por tanto ¿son realmente imbéciles y no se dan cuenta de lo que está pasando —acaso los árboles no les dejen ver el bosque— o es que consideran más prudente hacer como que no pasa nada?
¿Que si pasa algo? PUES SOLAMENTE QUE ESTAMOS ENTRANDO EN UNA NUEVA EDAD DE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD. Solo eso.
Así que no hay “crisis” que superar (crisis, del griego κρίσις, no es otra cosa que “separación”, “resolución”, “cambio”), ni normalidad a la que regresar. Estamos en el siglo XXI, las reglas están en plena mutación, y acabe la cosa como acabe con seguridad no se parecerá nada a lo que fueron las últimas décadas del siglo pasado; periodo que casi todos miramos ahora con nostalgia, evocándolo como “lo normal, lo de siempre”; aunque obviamente no lo eran.
(Este soy yo, trabajando en una fábrica de conservas hace año y medio. En youtube doy algún dato más de ese episodio —no sin cierto sarcasmo— que duró un par de meses)
Nadie se acostó un día en la Edad Media y se despertó en la Edad Moderna, por mucho que fuera trece de octubre de 1492. Los cambios de época no son tan fulgurantes, aunque las revoluciones duren cada vez menos, embarcados como estamos en una especie de frenética espiral evolutiva. Desde que los primeros homínidos empezaron a usar el fuego hasta la aparición del Homo sapiens pasaron millones de años. La revolución neolítica, abandonar el nomadismo y la caza para convertirnos en ciudadanos agricultores, nos costó algunos milenios. La Revolución Industrial la empezamos a mediados del XVIII, y apenas un siglo después la artesanía se había convertido en folklore y vivíamos rodeados de objetos salidos de las fábricas. Y todo apunta a que la Revolución de la Información, en la que andamos, tan sólo durará unas décadas. Pero como todas las anteriores, su advenimiento está suponiendo poner patas arriba absolutamente todo, reinventar el mundo, incluida nuestra concepción de la realidad. En este momento apenas podemos constatar tendencias, acciones y reacciones, tensiones y desencadenamientos, cuya auténtica transcendencia solo podemos intuir.
A la imposibilidad de ponerles puertas al campo de la información le llamamos Globalización, e interpretamos que además de un hecho incuestionable era un logro definitivo en la evolución de la humanidad. Todos íbamos a poder comprar y vender de todo y en todos sitios, acceder a lo que fuera sin otro límite que nuestra curiosidad, imaginación y valía. Pero luego resultó no ser así, porque los siete mil millones de personas que recibieron su certificado de empadronamiento en la Aldea Global pertenecían a universos muy diferentes. Los había que vivían en sociedades medievales, por las que no es que no hubiera pasado aún la Revolución Industrial: es que no tenían ni noticias de la Revolución Francesa. Sociedades sin la más remota idea de qué pudiera ser eso de la separación de poderes. Otras machistas hasta el delirio. Otras tan enamoradas de su propio ombligo que interpretaron la Globalización como una declaración de guerra a sus microcosmos. Y entre unas cosas y otras, nos vimos envueltos por sorpresa en una marea retrógrada de proteccionismo, ultranacionalismo, ultraortodoxia…
Si lo anterior fuera el final del camino, de verdad que yo me bajaba de este planeta. Pero como no lo es y todo sigue hirviendo, los optimistas empecinados como yo nos empeñamos en creer que el progreso será capaz de vencer a la caspa. Ya se verá. O acaso ya lo verán nuestros descendientes, Pero, de momento, voy a intentar aproximarme a lo que a mi entender está ocurriendo en nuestro entorno en relación con el mundo del trabajo. Y a ese respecto, y vaya si lo lamento, lo único que soy capaz de constatar es lo siguiente: ADIÓS PARA SIEMPRE AL MARCO LABORAL DEL SIGLO XX.
Outsurcing. Bonita palabra, ¿verdad? No, no la traigo a colación porque esté estudiando inglés, como ya os conté, sino porque resulta que ese es el término que ha terminado por imponerse para referirse a la externalización, que no es otra cosa que el advenimiento del imperio de la subcontrata.
Cualquier empresa, la que sea, tiene subcontratadas la inmensa mayoría de las actividades vinculadas con su negocio a otras empresas, que a su vez hacen lo mismo, y así una y otra vez hasta llegar al elemento unitario e indivisible del trabajo, que es el trabajador. El autónomo, el Sr. Juan Palomo.
A finales del siglo XX, los Sres. Palomo eran un grupo minoritario, justificado y circunscrito a ámbitos específicos. Autónomo era el taxista dueño de su taxi, el fontanero del barrio o el abogado del piso de al lado. Ahora, no. Ahora mismo, y al menos en España, somos autónomos —de derecho o de hecho— la inmensa mayoría de los trabajadores. Y ya sé que las estadísticas dicen que solo somos un 20% de la masa laboral, ni más ni menos. Pero las estadísticas son lo que son, como ya hablé en su momento en otra entrada de este blog, seguramente más divertida que esta: La diosa Estadística.
Cuando dicen que somos un 20% se refieren a que algo más de tres millones de imbéciles, como mi mujer y como yo, estamos apuntados a una ventanilla en donde se nos exige pagar todos los meses una bonita cantidad de euros (en nuestro caso ¡casi 350,00 € cada uno…!), antes de haber facturado un solo euro, a cuenta de unas hipotéticas pensiones que acaso nunca lleguemos a cobrar, según nos informan ciertos políticos que, curiosamente, son amigos de los vendedores de seguros de pensiones. Y en el caso de mi mujer es más que probable que, efectivamente, en su vida vea un solo euro, pues “solo” lleva cotizando en España 12 años, y el día que se jubile a lo mejor no ha alcanzado el mínimo que entonces esté establecido para tener derecho a algo. Ahora, eso sí, o pasa por caja a primero de mes, o no trabaja.
Bueno, pues vale, un 20% de imbéciles ¿Y el resto? Pues si quitamos al otro 20% de funcionarios públicos (por mucho que estos sean también malos tiempos para ellos, desde aquí les digo con todo mi corazón que son una envidiable casta sacerdotal), del otro 60% las dos terceras partes son lo que yo llamaba “autónomos de hecho”, al margen de cuál sea la ventanilla de cotización en la que estén inscritos. Explicaré el concepto, y seguro que me entendéis.
Todo contratado temporal es funcionalmente un autónomo. A mí, como autónomo que soy, me contrata la empresa “x” para que le resuelva tal cosa, con el compromiso de hacerlo en dos semanas. Lo hago, cobro, y hala, a buscar otro encargo. A ese otro trabajador, con el que empezaba este párrafo, la empresa “y” le mete en su plantilla durante quince días para resolver tal otra cosa. Lo hace, y a las dos semanas, lo mismo que yo, ya tiene que estar buscando por ahí a alguien que le contrate de nuevo. Las diferencias entre él y yo son de matiz, de en qué ventanilla tenemos que ir a darle al Estado “lo suyo”; pero muy poco más. Ambos somos autónomos de hecho.
¿Y cuánto cobra un autónomo? Pues exactamente su precio de sustitución: si alguien puede hacer lo mismo que tú por un euro menos, y con nivel equivalente de prestaciones, el trabajo es suyo. Hace mucho ya que quedó atrás el concepto de justiprecio, la posible justificación del valor de las cosas. Nada de eso: si tú ofreces lo mismo por menos, pues para ti. Todo lo cual conduce a una guerra sucia de todos contra todos, tirando los precios hasta el límite de la subsistencia. Hace diez años, un jardinero podía cobrar tranquilamente 18 o 20 € por hora de trabajo; pero la crisis del ladrillo hizo desembarcar en el oficio a miles y miles de desesperados, de manera que hoy en día nadie contratará por horas a un jardinero que le pida más de 12 €.
(Y este soy, trabajando de jardinero hace unos meses; actividad que alterno con la de asesor ambiental. Unos días, reuniones, ordenadores e informes. Y otros, azadón, sudor y naturaleza; cosa, esta última, que me encanta)

¿Hacemos una huelga, para denunciar la situación anterior? ¿Contra quién, y por qué motivo? ¿No es caso justo que el dueño de un jardín escoja, entre las ofertas disponibles, la que le resulte más conveniente? Y lo de los jardines lo he puesto como ejemplo porque lo conozco bien, pero vale absolutamente para cualquier gremio o sector, por la ya referida subcontratación de la subcontratación de la subcontratación: menos los “trabajadores clásicos”, con varias décadas de contrato en vigor, el staf duro las grandes empresas y la casta sacerdotal del funcionariado público, el resto somos todos autónomos de hecho y/o de derecho.
¿De qué me vale a mí que existan los sindicados, o un convenio colectivo que establezca tales o cuales condiciones? Trabajé durante quince años por cuenta ajena, entre 1984 y 1998, en diversas empresas de medio ambiente y de ingeniería, y entonces sí que tenía vigor mi convenio colectivo, y el movimiento sindical era una pieza clave en el marco laboral de entonces. Anualmente, en “mi” convenio se fijaba la evolución de mis remuneraciones, los horarios laborales, las vacaciones, etc. No es que fueran cosas absolutamente fijas e inamovibles, pero sí referencias válidas para concretar después con tus jefes lo que correspondiera.  
Ahora, me resulta cómico imaginarme explicándole a un potencial cliente que si le voy a cobrar tanto o cuanto es porque así se establece en el convenio de mi sector, o que si la entrega no se la podré tener hasta tal día es porque mi convenio me limita las horas que le puedo dedicar a lo suyo ¿A sí? Pues hasta siempre: que pase el siguiente. Y punto. Mi precio de sustitución por servicio equivalente, ese es el único parámetro. Guerra a muerte con mis competidores, para dar lo máximo, lo antes posible y al menor coste. Y se acabó.
En el paroxismo del cinismo, a los autónomos se nos exige, además, que seamos pulcros hasta lo paródico. Con menos cultismos y yendo al grano: se nos exige que cumplamos treinta normas UNE y cuarenta ISO, que tengamos Seguro de Responsabilidad Civil, Convenio con Mutua Laboral, que estemos titulados en Prevención de Riesgos, que firmemos treinta documentos de aceptación de las Políticas de Empresa de cada uno de nuestros clientes, que seamos respetuosos al máximo con el medio ambiente y con todo lo imaginable, la prevención del maltrato animal, yo qué sé… la lucha contra la xenofobia y el racismo, la defensa de la igualdad de géneros, la beligerancia contra el machismo y la homofobia…
Tenemos que ser limpios, pulcros y civilizados hasta rozar la caricatura. Eso, para que acepten mirarnos a la cara. Entonces, nos hacen la pregunta clave: ¿Qué y por cuanto? Y si das la respuesta correcta, el trabajo es tuyo. Y si no… pues a casa a reflexionar qué has hecho mal, a revisar la vigencia de tus trescientos certificados y acreditaciones; y, por supuesto, a rebajar tus precios.
La situación actual de hecho, por mucho que haya un marco global teóricamente garantista (que al final acaba enredando más que protegiendo: es de ahí de donde emanan las mil normas de obligado cumplimiento que a nadie importa si se cumplen o no, la asfixiante presión fiscal, etc.), se parece a un mercado medieval: tu llegas, pones tu chiringuito en medio de la plaza y si a alguien de los que pasa por allí le gusta lo que tienes, te lo compra; y si no, pues nada. Y mañana igual que ayer y que pasado mañana.
Como ya he dicho antes, esto no es “al final”, sino “de momento”. Pero por lo que respecta a lo laboral, no cabe duda de que no son los mejores tiempos.

martes, 7 de febrero de 2017

Estudiar inglés, rondando los sesenta

Llevo un par de años estudiando inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de Villalba, a veinte minutos de mi casa. Estoy en Pre-intermediate level, y lo cierto es que consigo sobrevivir y seguir dignamente la clase; lo que no deja de ser sorprendente, dado el poco tiempo que dedico al estudio. Si estudiara un poco más seguro que me cundiría el doble, pero a mi edad resulta muy difícil establecer y mantener rutinas y disciplinas suplementarias a todas las que la vida te obliga a asumir. No, el inglés no es una “obligación”, sino algo que libremente he elegido por diversas y convincentes razones, que pretendo aquí compartir con vosotros; aprovechando, como hago siempre, para sacarle punta a las cosas.
Nunca en mi vida había estudiado inglés. En el colegio estudié francés, sin pasar de un nivel elemental aunque suficiente para manejarme en mis viajes —tampoco muchos— por Francia y Suiza, básicamente a escalar montañas. Llegué a pensar que el área de mi cerebro destinada a los idiomas debía ser más bien pequeña, porque cuando hace doce años aprendí portugués, al conocer a mi mujer, olvidé casi por completo el poco francés que sabía. Pude comprobarlo en un viaje que hicimos a Túnez (antes de que se liara; ahora, cualquiera va), en donde cada vez que intentaba decir algo salía por mi boca una jerga mestiza ininteligible. Una de mis actuaciones más notables fue pidiendo vino, cuando solté con toda naturalidad: “Pardon: ten vin?”
Lo del reducido espacio de mi cerebro parece estar siendo desmentido por mi relación con el inglés, pues lo que voy consiguiendo aprender no ha desplazado al portugués; que es por otra parte el idioma que más tiempo hablamos en casa.
Bueno, vayamos a lo interesante de asunto: ¿Qué sentido tiene empezar a aprender un nuevo idioma, a estas alturas del partido? Ya avisé que tengo unas cuantas razones bien argumentadas, pero lo cierto es que por encima de todas ellas destaca la más poderosa y evidente: si todavía eres capaz de seguir aprendiendo algo, sea lo que sea, es que aún queda partido. Nada menos. Frente a eso, lo de dotarme de más herramientas con las que ampliar mis expectativas laborales (tengo 58, edad a la que lo razonable sería pensar en la jubilación; pero en mis circunstancias es probable es que aún me falten diez o doce años de remar en la galera), lo de que sin el inglés no se navega por Internet, sino que se naufraga, o lo de que con ese  idioma puedes viajar a cualquier parte, son asuntos relativamente menores.
Cuadernos, apuntes, libros, fotocopias, compañeros, pupitres, pizarras (da igual que ahora sean digitales: siguen siendo pizarras), horarios, deberes, exámenes, nervios, culpa de no haber estudiado, orgullo de conocer la respuesta… Todas esas cosas son valiosas en sí mismas, y no porque simulen retrotraernos a nuestra infancia o juventud, sino porque forman parte de lo que acaso sea nuestro bien más preciado, el auténtico elemento diferenciador que justifica que nos consideremos a nosotros mismos una realidad aparte: nuestra capacidad de aprender. Si al hombre le quitas eso, deja automáticamente de ser un hombre.
Por supuesto que aprender es algo mucho más amplio que recibir una docencia reglada. Se pueden aprender miles de materias distintas y de millones de formas. Pero seguir un método y que éste no sea el que tú mismo has establecido, sino algo que otros pensaron, y que es administrado por alguien a quien aceptas situar en un nivel superior al tuyo (me refiero al campo temático concreto objeto de la docencia), es una buena alternativa. Si no lo fuera, no llevaría miles de años funcionando con escasísimas modificaciones, básicamente de tipo técnico, como las pizarras digitales que antes citaba. Por cierto, aprovecho la ocasión para decir que he tenido  muchísima suerte con los profesores: tanto María, el año pasado, como Pedro, este año, son dos magníficos profesionales  —cada uno en su estilo— que consiguen motivarte, entretenerte y hacer que progreses, pese a lo largas que son las clases y lo tarde que empiezan (cosa inevitable, dada la edad media de los alumnos). El año pasado rematamos el curso con una corta actuación de teatro, muy divertida. Os dejo aquí un enlace.
Bien, una vez hecha la alabanza general de la docencia y al aprendizaje, vayamos a lo del inglés.
Cada idioma es una manera de entender la realidad. El trabajo de los traductores es realmente admirable (y no lo digo porque mi mujer sea traductora), porque traducir no es transcribir información de un código a otro, sino transportar una interpretación de la realidad a otra interpretación distinta, pero equivalente. O lo más equivalente que se pueda, cosa relativamente sencilla si estamos hablando de un texto meramente descriptivo —por ejemplo, periodístico— pero mucho más compleja cuando los componentes emocionales adquieren peso. Y cuando llegamos a la poesía la cosa llega ya al paroxismo. Probablemente, lo más razonable sería no traducir jamás la poesía… a no ser que el traductor sea un poeta bilingüe que lo que haga sea generar —o intentar generar— poemas especulares de los originales.
Cada idioma es una manera de entender la realidad. Me ha gustado la frase. Y ahí os dejo un ejemplo: namorar ¿Sabéis cual es la traducción al español de ese verbo portugués? Pues ninguna: no tiene traducción. Namorar, en portugués, es todo lo que hacen los namorados, desde mirarse tiernamente a los ojos a tener sexo salvaje, incluidos los infinitos puntos intermedios que hay entre ambos extremos. Pasear de la mano es namorar. Besarse, es namorar. Hablar por teléfono también puede serlo, siempre que quienes lo hagan sean namorados y lo hagan bajo el influjo de la pulsión amorosa. Por cierto, “namorado o namorada” tampoco son términos sencillos de traducir, pues aunque en origen se refieren a quienes están fase de pre-noviazgo, en la práctica se acaba extendiendo a “cualquiera que esté sintiendo amor por alguien”. Ojo, que no es que los hispanoparlantes amen menos o peor que los lusoparlantes; pero el simple dato anterior ya está alertando de que ambos modelos disponen de ángulos diferentes desde los que conceptuar el hecho amoroso.
Cuando realmente hablas un idioma piensas en ese idioma. Dejas de traducir, de pensar antes de hablar “¿cómo diablos se decía tal cosa…?”, y directamente formas y compartes conceptos desde la interpretación de la realidad que es propia de ese idioma. A mí me pasa con el portugués: quando eu falo português não traduzo nada não: simplesmente mudo meu jeito de pensar e deixo fluir as palavras. De hecho, cuando cambias de idioma incluso cambia tu timbre de voz. Si tienes algo de oído no es tan difícil percatarse. Para llegar a eso con el inglés me faltan años, lo sé. Pero a cada paso que doy en esa dirección me siento más rico, y me llevo mejor conmigo.
Si estoy diciendo que el español y el portugués, que no dejan de ser idiomas hermanos, son perspectivas diferentes de la realidad, es fácil hacerse una idea de la diferencia de perspectivas vitales que separan a las lenguas germánicas de las romances, como es el caso del inglés y el español. Sus arquitecturas gramaticales son completamente distintas, lo que equivale a decir que la forma de construir pensamientos lógicos de sus hablantes también lo es. De ahí, como mínimo y en sí mismo, lo interesante de aprender un idioma tan diferente del materno para gente tan curiosa como yo (y como imagino que seréis la mayoría de los que me leéis).
Es cierto que la anterior argumentación podría valer para cualquier otro idioma (seguro que los chinos dejarían de parecernos tan raros si entendiéramos su idioma; es decir, su forma de pensar), pero el inglés tiene además el interés añadido de constituir en estos momentos la herramienta de comunicación más universal que existe.
Tras las loas anteriores, vayamos ahora con las patadas: al margen de que la gramática inglesa sea sin duda muchísimo más sencilla que la de las lenguas derivadas del latín (el the como artículo único, los géneros casi no existen, no usan tildes, las conjugaciones verbales son elementales…), estoy convencido de que su hegemonía como lengua internacional no se debe en absoluto a eso, sino a que la Revolución de la Información que nos ha tocado vivir ha coincidido con el apogeo de los EEUU, tras las guerras mundiales que acabaron con dos mil años de supremacía europea. Y punto. Nunca hubo un congreso mundial en el que se debatiera si para entendernos todos, japoneses con turcos, holandeses con peruanos o mongoles con senegaleses, era mejor usar el inglés, el chino o alguna variedad del bantú. Simplemente, el cine, y luego la tele, y ahora internet, se extendieron por todo el planeta partiendo básicamente desde allí. Si todo aquello hubiera empezado a comienzos del siglo XIX, es probable que el idioma universal fuese el francés, y si lo hubiera hecho dos siglos antes, el español. Pero no fue así, la historia es la historia, y el código de información/perspectiva para la formación de ideas casi obligatorio para relacionarte con todos aquellos con los que no compartes lengua materna, es el inglés. Hecho consumando.
O te manejas en inglés, o estás condenado a que tu universo termine en los límites de tu aldea lingüística. Y como no estoy dispuesto a ello, pues Here I am, with almost sixty years old and starting to study English. Pero que nadie venga con que es inglés es el idioma universal por su versatilidad y simpleza: lo es por una simple casualidad histórica.
Y ahora viene una patada de las buenas, de esas que cuando las sueltas te quedas más ancho que largo: LA RELACIÓN ENTRE LA GRAFÍA Y LA FONÉTICA INGLESA ES DEPLORABLE. El inglés escrito y el hablado son tan diferentes que parecen idiomas distintos. Casi resulta ridículo. Para empezar, hay veinte sonidos vocales (¡veinte…!), y cada letra suena cuando quiere como quiere, dependiendo de a quién acompañe, de en qué parte de la palabra esté y de miles y miles de rules, cada una de las cuales tiene miles y miles de exceptions. Hay letras que no suenan, porque sí, y otras que se escriben en un orden y se leen en otro ¿Cuáles, por qué, cómo saber qué hay que hacer en cada caso? ¡Ah…! Toca memorizar, y punto. Aprender inglés es aprender dos idiomas, uno oral y otro escrito, con una relación sólo circunstancial y enigmática entre ambos. Vayamos con dos o tres ejemplos:
Manzana, se dice algo parecido a “Apl”, y se escribe Apple. ¿Porqué la “a” suena aquí como la “a” española, si el sonido de esa letra, ella sola, es “ei”? Cabría pensar que es que la “a” suena como “a” española cuando está al principio de la palabra, o cuando antecede a una “p” ¿no? Pues no, no es así: ¿sabéis como se escribe Simio? Pues Ape; ¿y cómo se pronuncia? Pues “Eip”. Muy lógico, ¿verdad? Y no nos olvidemos de cómo termina esta bendita palabra, con un sonido parecido a la “l” ¿Y a dónde se ha ido la “e”?
Caminar, pasear, se escribe Walk, y se dice algo parecido a “Uok”. Ahora la “a” ya no suena ni como “a” ni como “ei”, sino como ”o”. Con un par. Eso sí, la “l” parece haberse ido al mismo limbo que la “e” de Apple. A lo mejor se encuentran por allí a la “l” de Half (mitad, media), que también se escribe pero no se pronuncia, como tantísimas otras letras que, vaya usted a saber porqué, unas veces suenan y otras no.
Cinco se escribe Five y se dice algo parecido a “Faif”. Parece razonable, ya que el sonido habitual de la letra “i” es el mismo del diptongo español “ai”. Pues tranquilos, que en seguida la liamos: El ordinal “quinto” se escribe Fifth y se dice “Fiz”. El que la “th” final suene como “z”, se acepta sin problemas. El que no suene la f que antecede a las dos letras anteriores se puede perdonar, pues resulta muy difícil pronunciar seguidos los sonidos “f” y “z”. Pero lo de la “i” es imperdonable: ¿por qué coño suena aquí como la “i” española, y no suena “ai” como debía ser su obligación y como hace en la palabra Five, de la que se deriva?
No voy a seguir para que esto no se haga eterno, pero podría hacerlo durante horas.
¿Porqué el inglés no tiene un alfabeto propio (como el griego, como el ruso, etc.), sino que usa —de forma perversa, arbitraria e imprevisible— el alfabeto latino? Buscando respuestas, por aquí y por allá, he conseguido armarme algo parecido a una explicación, que puede que no sea del todo precisa, pero que al menos me sirve de consuelo cada vez que me llevan los demonios al tener que aceptar que comfortable se dice poco más o menos  “camftbl” (la “o” suena como “a”, la mitad de las letras no suenan…), o que rhythm debe pronunciarse algo así como “ridem”. La explicación sería la siguiente:
Por lo visto, el inglés es hijo de cuarenta padres, y su historia ha sido tumultuosa. Durante siglos, la catarata de lenguas germánicas que iban desembarcando en las islas británicas se fueron hibridando, dando lugar a numerosos dialectos y variedades. El anglosajón, o inglés antiguo, fue la lengua dominante en las islas entre los siglos V y XI, y originalmente empleaba las runas, propias de las lenguas nórdicas y germánicas antiguas. Pero con la llegada de los monjes cristianos, y la posterior dominación normanda, las runas se abandonaron, sustituyéndose por las letras del alfabeto latino, al tiempo que el propio idioma evolucionaba notablemente. Parece evidente que la labor de monjes y monarcas normandos no fue muy brillante, que sus intentos de establecer equivalencias entre runas y letras latinas, entre sonidos de la lengua sajona y grafía normanda, fue una chapuza antológica. Así quedaría esclarecido el origen del lío. Ahora, lo que sigo sin entender es cómo es posible que no se fuera corrigiendo, a lo largo de los siglos. Si el español incorporó la ñ, que refleja un sonido bien concreto, ¿por qué coño —con ñ— el inglés no incorporó la schwa “Ә”, que es el sonido vocálico más usado en ese idioma? Y lo dejo ahí,  pero las posibles incorporaciones son tantas que por eso decía que el inglés lo mismo justificaría tener una abecedario propio, tipo el cirílico.
Hala, ya me he desahogado un poco. Por lo demás, es lo que hay: el inglés tiene lo que tiene, y por las razones ya expuestas, no solo estoy encantado de estar estudiándolo, sino que desde aquí animo a todo el mundo a hacerlo. Especialmente a aquellos que tienen ya cierta edad, y que creen que no necesitan aprender nada más en la vida. Todo lo contrario: ser capaces de seguir disfrutando de aprender es una de las cosas que hace que la edad, realmente, no importe.
Por cierto, y para terminar: me he hartado a echar pestes de la absurda distancia que hay entre la grafía y la fonética inglesa. Pues bien, es evidente que cualquier angloparlante podría echar similares o peores pestes a propósito de nuestras conjugaciones verbales. Y no con menos razón.

viernes, 20 de enero de 2017

El día de la Infamia

Últimamente intento prestarle más atención a la poesía o a la filosofía que a la política. Pero por dignidad y vergüenza, tengo al menos que dejar aquí una breve nota de actualidad, para que nadie pueda después echarme en cara que miré para otro lado, como tantas veces y en tantas ocasiones ha pasado… y no pondré ahora ejemplos (¿alguien estaba pensando en los millones de alemanes que miraron para otro lado fingiendo que no sabía lo que Hitler estaba haciendo?), para no cargar las tintas más de lo que ya se van a cargar ellas solas, apenas con una sucinta descripción de la realidad.
Hoy toma posesión como 45ª presidente de los Estados Unidos de América Donald Trump. Hoy es el día de la Infamia.
Que exista gente como él es triste, y da cuenta de lo mucho que le queda aún por evolucionar a la humanidad. Ahora, que sea presidente de la primera potencia económica y militar del mundo, es patético. Tanto más, habida cuenta de que ha sido elegido democráticamente (¿otra vez pensando en Adolf y en cómo llegó él al poder? ¡Qué mala intención tenéis…!)
Este tipejo, por mucho que le hayan votado sesenta millones de sus compatriotas (2,5 millones menos de los que votaron a Clinton), es la panacea de la zafiedad. Es profundamente inculto, soberbio, prepotente, machista orgulloso de serlo, racista hasta la médula, xenófobo, ultra ortodoxo, homófobo, islamófobo, irrespetuoso, maleducado hasta lo paródico… Lo tiene todo, es un compendio casi perfecto de lo peor que ha dado la civilización occidental.
Aplaude el atavismo colonial del Brexit (cómo no iba a hacerlo: cuanto más débil sea Europa, mejor para su América Imperial), no cree en el cambio climático y va a sacar a EEUU del Acuerdo de París (mira que yo digo cosas raras del Cambio Climático, como que lo mismo acaba siendo bueno para la humanidad, a medio plazo; pero dudar de su existencia es como dudar de que la Tierra es esférica), se va a cargar el acuerdo que permitía impedir la nuclearización de Irán, va a torpedear la apertura al mundo de Cuba, ya está amenazando seriamente a China… Y TIENE EL BOTÓN ROJO DE LAS ARMAS NUCLEARES EN SU MESILLA DE NOCHE…
Como comenté el día de las infaustas elecciones (al margen de que a mí la Sra. Clinton no me caiga especialmente bien, y que sospeche que la clase política americana no debe ser muy diferente de la europea….), ni Obama salvó el mundo (¡qué desproporcionado lo de darle el Nobel de la Paz!), ni Trump será capaz de hundirlo. Pero ciertamente no parece que vayan a venir buenos tiempos para la lírica… ni para casi nada.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Lo que nunca pasaría en un encuentro con extraterrestres

Tengo que reconocer que me encantan las películas de ciencia ficción, aunque lo cierto es que ese “género” es un inmenso cajón de sastre en donde se acaba metiendo casi todo lo que tenga cierto trasfondo futurista, por más que buena parte de lo que así se etiqueta sean aventuras de acción y fantasía. Y no es que esas no me gusten, desde La Guerra de las Galaxias (batallas épicas) a Blade Runner (cine negro), pasando por Alien (thriller de monstruos), o Avatar (western ecologista). Pero las que más me ponen son aquellas en las que la ficción científica adquiere auténtico protagonismo y los guiones se retuercen de forma inquietante. Me estoy refiriendo a 2001 o a Interestelar, y también a Matrix, Gataca, Doce Monos, Marte u Oblivion, cada una a su nivel.
Pues bien, sin nos centramos en las películas más inequívocamente adscribibles a este género, resulta curioso comprobar que casi todas giran en torno a uno o varios de los siguientes ejes: los viajes en el tiempo, las distopías y los encuentros con extraterrestres. Me propongo aquí hacer algunas observaciones a propósito del último de dicho ejes, aprovechando el reciente estreno de La Llegada (tranquilos, que no hay spoilers: aún no la he visto), aunque desde un ángulo poco habitual, con un pie en la ciencia y otro en la filosofía. No en vano esta entrada está clasificada dentro de la categoría “espiritualidad”. Ya veréis qué tiene sentido.
Encuentros con extraterrestres. Para empezar, para que eso sea posible tendría que haber alguien ahí fuera ¿Vosotros creéis que lo hay?
Imaginaros a dos hormigas, miembros de una colonia que ha tenido a bien prosperar en un tiesto de tu terraza, asomadas en el filo de la maceta mirado al horizonte. Si su cerebro fuera un poco mayor (el de una hormiga tiene alrededor de un millón de neuronas y el tuyo cien mil millones) y pudieran hablar, y una le preguntase a otra “¿Crees que allá afuera habrá alguien más como nosotras?”, no estaría haciendo un ridículo mayor que el que hacía yo en el párrafo anterior.
Durante milenios vivimos en nuestro tiesto, sin saber siquiera que había más tiestos en la terraza. Desde nuestra ignorancia fabricamos explicaciones a medida de nuestro minúsculo universo, y nos quedamos tan contentos porque las cosas parecían efectivamente cuadrar. La Tierra, plana y quieta, era el centro del cosmos, todo giraba a su alrededor, y el resto de los seres vivos eran rematadamente idiotas comparados con nosotros. La única interpretación razonable para todo aquello era que nosotros constituíamos una maravillosa singularidad, creada para reinar por alguna clase de ser superior, Causa Primera e Incausada, a la que nos inflamos a ponerle nombres y a atribuirle las cualidades que más nos cuadraban en cada momento.
Pero un día, una hormiga especialmente osada se lanzó a recorrer el infinito mar de baldosas que se extendía más allá de nuestro tiesto; y algunas semanas después regresó contando historias de otros tiestos que, al parecer, había en el flanco contrario del balcón. Allí había más hormigueros, cuyos habitantes también se habían considerado a sí mismos una maravillosa singularidad, hasta que, en una ocasión, el viento arrastró hasta ellos a una hormiga un tanto diferente, que les informó de que también había hormigas viviendo en el suelo del parque, al otro lado de la calle.
Generación tras generación, hormiga tras hormiga, fuimos ampliando nuestro universo. Tales, Aristarco, Tolomeo, Copérnico, Kepler, Galileo, Newton, Einstein… Casi cumplido el primer cuarto del siglo XXI, nuestro conocimiento ha dado ya varios pasos en un territorio que está más allá de nuestro sentido común. Sabemos ahora que la realidad funciona a varios niveles, y que las leyes que rigen los objetos de nuestra escala no son de aplicación ni para las partículas elementales ni para el nivel astronómico.
Hoy en día sabemos también, y con datos constatados, que la Tierra es apenas una canica estelar más, que hay un número casi incontable de planetas ahí fuera (en la Vía Láctea varios cientos de miles de millones; y seguramente hay entre uno y dos billones —billones latinos, de los de un uno y doce ceros— de galaxias), de los cuales un porcentaje significativo son aptos para la vida. Porque el agua y el resto de elementos y condiciones necesarias para la vida abundan por los cuatro costados.
Nuestro tiesto no tiene nada de singular; y previsiblemente nosotros tampoco: si hay casi ilimitados planetas aptos para la vida, ésta estará presente en muchos de ellos; y si somos tan poco singulares, cabe suponer que la vida que se desarrolle en una buena parte de esos planetas siga reglas similares a las de la vida que conocemos, la cual es un proceso evolutivo que siempre tiende a lo complejo. De modo que aunque existan mundos habitados solo por microbios, gusanos y similares, habrá otros con seres realmente sofisticados. Y no conocemos nada más sofisticado que nuestro sistema nervioso y lo que de él se deriva: inteligencia, capacidad de modificar tu entorno, capacidad de soñar que eres una maravillosa singularidad… y también de viajar más allá de tu tiesto.
Resumiendo: hay trillones de planetas aptos para la vida, por lo que puede darse por seguro que en billones de ellos la habrá, y en numerosas ocasiones esa vida se habrá complicado hasta alumbrar seres inteligentes. Es deductivo, de acuerdo. Pero es blanco, está dentro de una botella y no es horchata ¿No será leche…?
Hay gente que se ha dedicado a intentar calcular lo anterior con rigor científico. Es la famosa Ecuación de Drake, y sus mil variantes y evoluciones (dejo un enlace a la Wikipedia para quien quiera curiosear). Pero las cuentas que echan son las del barquero, y mientras para algunos debe haber por ahí no más de diez civilizaciones extraterrestres contemporáneas a la nuestras, para otros son miles de millones. Ahora bien, lo que parece cada vez más asumido es que no se trata de un albur: allí fuera hay vida y hay “gente”; aunque no sepamos ni cuánta ni dónde.
Segunda cuestión: ¿podrían venir a vernos?
Esto es mucho más peliagudo que lo anterior. A la humanidad, oh maravillosa singularidad, le ha costado 200.000 años llegar a la Luna, que está aquí al lado. Nosotros aún no, pero nuestros trastos han conseguido incluso salir del sistema solar, lo que para las hormigas de nuestro cuento equivaldría a decir que hemos bajado del tiesto y cruzado la primera baldosa. Nos faltan otras cuarenta y nueve para llegar al tiesto de enfrente; pero puede que cuando lleguemos no demos con nadie, porque nunca haya aterrizado allí una reina preñada o porque la colonia que en él existió en su día ya haya desaparecido cuando lleguemos.
Seamos realistas: ni nosotros, ni nuestros hijos, ni probablemente los nietos de nuestros tataranietos lleguen en persona al planeta más cercano en el que poder coincidir con una civilización extraterrestre. Dentro de 15 años —tendré 72— estaré pegado a la tele para ver al primer hombre pasear por Marte, como hice en el 69, levantándome de la cama de madrugada para ver a Armstrong pisar la Luna. No será mucho después cuando nos lleguen datos desde las sondas que mandaremos a atravesar los geiseres de Encelado y Europa, que nos confirmarán la existencia de vida microbiana en sus océanos. Pero poco más. El conocimiento científico —y la técnica que de él se derivarán— necesarios para conseguir que pongamos artilugios en Próxima b, el planeta potencialmente habitable más próximo (está a “solo” 4 años luz de la Tierra; o lo que es lo mismo, a 40 billones de kilómetros), aún tardará siglos o milenios en alcanzarse. Con las máquinas que ahora tenemos tardaríamos decenas de miles de años en llegar. Consecuentemente, los “humanos” que se conviertan en viajeros interestelares no seremos nosotros, sino unos descendientes nuestros que a saber cuántas modificaciones habrán incorporado. No me estoy refiriendo a idioteces como que tengan manos con doce dedos o un ojo en medio de la frente (no abordaré aquí el espeluznante tema de los híbridos humano-máquina, aunque puede que algo de ello sí haya), sino a cosas infinitamente más sutiles… pero sustantivas.
Vamos a pensar en quiénes podrían venir a vernos, y a qué, tomándonos a nosotros mismos como referencia, pero asumiendo que los “hombres” que podrían hacer un viaje como ese a ver a sus vecinos serían nuestros descendientes remotos ¿Cómo sería esa gente?
El conocimiento no es una cosa aislada, y la evolución de la humanidad, tampoco. En paralelo al avance de la ciencia ha ido siempre el progreso de la técnica, y de la mano de los dos las estructuras sociales y la propia dimensión intelectual/emocional/espiritual de los individuos. Los egipcios o los romanos disponían de un nivel de desarrollo global impresionante; pero no tenían ni siquiera máquinas de vapor —no digamos ya ordenadores o aviones— de la misma manera que tampoco tenían ni vacaciones pagadas, ni seguridad social ni derechos de la infancia. Todo va parejo, y aunque las cosas tarden un mundo en prosperar (aún hay niños esclavos, por citar un ejemplo global y obvio), lo acaban haciendo. Alabado sea Punset y su certero y demoledor mensaje: cualquier tiempo pasado siempre fue peor.
Al margen de que las hecatombes sean literaria y cinematográficamente muy eficaces, estoy absolutamente seguro de que no nos dirigimos hacia la autodestrucción, ni muchísimo menos. No entraré aquí en detalles al respecto, o esta entrada acabaría siendo eterna, pero como  botón de muestra os dejo aquí un link a otra entrada de este blog, en la que hablo del Cambio Climático.
El futuro a corto plazo, como una década o incluso un siglo, puede intuirse y no será demasiado distinto del presente. Pero pensad en plazos mayores, mil años, diez mil años… ¿A dónde no habrá llegado entonces el conocimiento científico y la técnica derivada del mismo? Los problemas energéticos serán historia, como las enfermedades y hambrunas medievales. Y una vez resuelto el problema energético, quedarán automáticamente resueltos los problemas de contaminación y alimentarios, que al desaparecer se llevarán igualmente al recuerdo la inmensa mayoría de los problemas sanitarios. Coged el área temática que queráis y metedle cien o doscientos siglos de evolución. Aquella gente, nuestros descendientes, es imposible que sean como nosotros.
Imaginad un mundo en el que la bioteconolgía alcance tal desarrollo que la gente realmente no envejezca, que todo deterioro pueda ser frenado. La duración de la vida de esos seres podría ser de siglos, o incluso de milenios, hasta acabar… ¿cuándo y por qué habría de acabar? ¿Por accidente, y solo en casos excepcionales? ¿Por cansancio y aburrimiento, tras miles de repeticiones de todo lo potencialmente interesante? ¿Y si la biotecnología también tiene cómo combatir el cansancio y el tedio? ¿Podrían ser nuestros remotos descendientes prácticamente inmortales? Si eso llegase a suceder ¿qué tipo de principios éticos y morales tendrían? Sin duda no serían los nuestros, en los que el miedo a la muerte y el terror a dejar de ser lo condicionan absolutamente todo. También el miedo al dolor propio y la empatía con el dolor y la muerte ajena. Pero si tales cosas desaparecieran, o prácticamente desaparecieran, ¿qué clase de ética regiría a esos individuos?
¿Qué religiones o perspectivas espirituales tendría esa gente? La codicia, por citar algo muy sencillo, tiene que ver con las ansias de tener del que no tiene, y sabe además que la vida es corta. Pero si tu tiempo es prácticamente infinito, ¿para qué ser codicioso? La cuasi-inmortalidad lo mismo volvía a todo el mundo budista.
Intentad concebir la siguiente escena: en las navidades del año doce mil dieciséis, nuestros n-nietos, cuasi-inmortales, en sus naves inimaginables (seguro que ni remotamente se parecerían a trasatlánticos ni a aviones de combate), tras plegar el espacio-tiempo viajan a contactar con la civilización X del planeta Y, en la galaxia Z, a mil años luz de distancia ¿A qué os imagináis que podrían ir? ¿A invadirlos, a quitarle sus riquezas, a parasitar el planeta? Por favor…
Una pequeña cuña: no estoy tratando aquí el tema OVNI porque, aunque no lo parezca, es colateral y tremendamente complejo, y si me enredo con eso me distraería del asunto principal. Pero baste señalar que, aunque el 99% de los ovnis avistados puedan explicarse de un modo u otro, el 1% restante suma una ingente cantidad de realidades constatadas y aún no aclaradas. Podrían ser naves extraterrestres, cierto; aunque me inclino a pensar en otras posibles alternativas —que acaso algún día intente abordar en este foro— por la misma razón que adelantaba en el párrafo anterior y que continúo abordando en el siguiente: una civilización tan increíblemente avanzada como para realizar viajes interestelares… ¿podría ser avistada “por sorpresa”, en un descuido, mientras recolectan lechugas a lo ET, o abducen infelices a lo Encuentros en la Tercera Fase? Si quisieran hacerse públicos lo tendrían facilísimo. Y lo cierto es que aún no lo han hecho.
Dejemos pues a los ovnis para otra ocasión y continuemos con la miga de esta historia: suponiendo que existan civilizaciones extraterrestres hiperavanzadas capaces de hacer viajes interestelares, ¿para qué querrían venir a vernos?
Si viniera alguien a vernos sin duda lo haría desde muy lejos. Su conocimiento de la realidad tendría que ser apabullante, comparado con el que nosotros hemos conseguido hasta el momento. Solo así habrían podido fabricar agujeros de gusano, máquinas de teleportación cuántica, sillas con las que cabalgar agujeros negros, o la locura que sea la que se necesite hacer viajes interestelares, los cuales para nosotros son tan imposibles como lo eran para los neandertales los viajes en avión ¿Alguien se puede creer que una gente como esa iba a venir hasta aquí para hacer la guerra, para robar nuestra agua (una de las sustancias más abundantes del universo), para interferir en nuestras rencillas políticas o cualquier otra idiotez similar? ¿Alguien puede creer que el desarrollo científico/tecnológico de esos seres podría haber tenido lugar sin una paralela evolución psicológica, emocional, moral, espiritual…?
Stephen Hawking, entre otros, defiende que, si algún día una civilización extraterrestre viniese a la tierra nos tratarían como a simples bacterias. Yo pienso que el sabio —nadie podría dudar que lo es— se equivoca total y absolutamente: la única razón relevante para que una civilización extraterrestre viniese a la Tierra somos precisamente nosotros. El resto, el agua, todos los materiales que conforman nuestro planeta e incluso la propia vida que sustenta en su conjunto, es con toda probabilidad algo tan vulgar y abundante que jamás justificaría un viaje tan largo. Pero nosotros sí. Y no porque seamos una realidad única (de ello dan fe nuestros visitantes), pero sí poco común. Porque ¿sabéis lo que somos?:
SOMOS LA TIERRA, SU MÁXIMO FRUTO: POLVO DE ESTRELLAS CONSCIENTE Y CAPAZ DE AMAR, QUE SE ASOMA AL COSMOS PARA INTENTAR ENTENDERLO Y ENTENDERSE.
Desde esa perspectiva, planteamientos como los de 2001, Interestelar o Contact, me parecen plausibles, mientras que los de La Guerra de Los Mundos, Independence Day, etc., etc., etc., totalmente inverosímiles. Mejor, ¿no?

¡FELIZ AÑO A TODO EL MUNDO!