martes, 24 de octubre de 2017

Pero ¿cómo es posible que, hoy en día, tantos españoles odien a España?

La respuesta es rotunda y sin matices: Gracias a Francisco Franco Baamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Con un par: por la Gracia de Dios, argumento irrebatible con el que aquél hombrecillo, genio militar y persona miserable, armó una teocracia ególatra y fascista cuya onda expansiva aún sacude y convulsiona nuestra fatigada piel de toro.
No pienso aburrirme ni aburrir a nadie intentando una torpe aproximación histórica al franquismo. Eso ya se ha hecho decenas de miles de veces, con más argumentos y perspectiva que yo; que no dejo de tener la mía, pues mi infancia y adolescencia transcurrieron en aquella España del Caudillo. Pero como parece que por estos lares hay muy poca memoria, me siento casi obligado a sacar cuatro datos del baúl para ayudar a aclarar algunas cosas y poner a más de uno en su sitio.
Y vaya por delante: la motivación fundamental que me nueve a escribir esto es el patético y desorientado buenismo equidistante de Podemos, que pretende que los nacionalistas, por un lado, y el resto del universo, por otro, son alternativas equipotenciales a las que lo único que les hace falta es dialogar. Me morderé la lengua para no preguntarles, directamente, si los problemillas que tuvieron nazis y judíos, o negros y Ku Klus Clan, también se debieron a falta de diálogo.
Hace poco oí decir por la radio, no recuerdo a qué reconocido historiador, que el lastre mayor con el que había tenido que cargar la “Marca España”, antes aún de que tal concepto se inventase, era la reformulación cuasi esperpéntica de la historia y de la esencia de lo español perpetrada por el franquismo. La España inventada por El Caudillo y sus secuaces, ese puré de pasado imperial sacrosanto e intachable, ultraortodoxia católica, excelsitud de sus élites y rancio casticismo de su abnegado populacho, era tan infumable, tan casposo, tan mentira de cabo a rabo, que consiguió el rechazo unánime no ya de sus enemigos naturales (los republicanos y todas las izquierdas derrotadas en la guerra civil que convirtió a ese gallego en Caudillo), sino de todo aquél que tuviera un mínimo de cultura y alguna ilusión por alcanzar un futuro que no oliera a naftalina.
Lo peor no fue el hecho de que el franquismo se inventara una historia de España y de “lo español” a su medida, sino que además perpetró una sistemática apropiación indebida de todo tipo de símbolos. La bandera de España pasó a ser “su” bandera, el himno “su” himno, los logros históricos, científicos o deportivos que cualquier español consiguiera o hubiera conseguido a lo largo de la historia, eran “sus” logros, los éxitos de su imaginada e inventada España imperial, que al parecer existía desde el principio de los tiempos (de hecho romanos y musulmanes no habían invadido la Península Ibérica, sino España), y cuya católica identidad había alcanzado su cristalización suprema en El Caudillo. No lo olvidemos: Caudillo de España por la Gracia de Dios.
Inevitablemente, los que no comulgaban —qué verbo más oportuno, ¿verdad?— con la ideología del Estado fueron sintiendo un progresivo desapego hacia lo que éste exhibía como  materia propia, hasta terminar odiando sus símbolos, sus referencias… al margen de que éstos no fueran en realidad los suyos, sino los de todos: rojo, amarillo y rojo, eran los colores de referencia de España desde 1785 (en origen, fue un pabellón de la marina de guerra destinado a facilitar a distancia el reconocimiento de los buques), y la Marcha de Granaderos la cancioncita que servía para identificar a nuestro país desde 1770. Pero 150 años después, un cruel iluminado había conseguido que todo el mundo identificara tales cosas como referencias de su poder, estandartes de su ideología. Y cuando murió el perro, nos dejo de herencia la rabia.
Se cambió el escudo, retirando el águila imperial —conocida vulgarmente como “El Pollo”— los símbolos falangistas, el cartelito de “Una, Grande, Libre”, se cambió la corona por otra más borbónica, y poco más. Pero la bandera siguió siendo roja y amarilla con un escudo en medio, indistinguible de la de El Caudillo a diez metros. Y el himno también se dejó como estaba, con esa afinación y cadencia que tan bien armonizaba con el “Cara al sol” (para quien no lo sepa: “El Cara al sol” es el himno de la Falange, movimiento político fascista español fagocitado por el franquismo por necesidad, dado que el franquismo no tenía en origen ideología política alguna, más allá de la tradición y un catolicismo ultra ortodoxo).
(La imagen anterior es exagerada —no he encontrado otra mejor— pues el escudo franquista era de tamaño similar al constitucional, por lo que a cierta distancia y ondeando al viento, ambas banderas parecen la misma)
A los españoles no franquistas, como a una jauría bien educada por Pavlov (el descubridor de los reflejos condicionados), les resultó inevitable sentir urticaria cada vez que veían aquellos símbolos, por mucho que estuvieran remozados y que ya no representaran nada oscuro. Y lo más gracioso es que esa perversa y absurda asociación de ideas sigue aún ahí, lastrando a gentes de generaciones posteriores que solo conocen a Franco como figura histórica, comparable a Calígula (no diré César para no regalarle una grandeza inmerecida): Pablo Iglesias Turrión… ¡nació en 1978, tres años después de la muerte de Franco y dieciocho después que yo! ¿Cómo es posible que los de su generación, que no tuvieron que entrar desfilando en clase —y yo sí—, que no tenían ángelus obligatorio a las 12 —y yo sí—, que no se tragaron año tras año el Desfile de La Victoria (cientos de tanques y aviones conmemorando el sometimiento de las huestes marxistas a manos del Caudillo de España, por la Gracia de Dios, bajo un mar  de banderas rojigualdas y con el himno nacional de fondo), sean incapaces de disociar esos símbolos de un pasado que no vivieron… y yo sí?
Y lo de los símbolos no fue lo peor. Lo realmente grave fue que todo lo que tuviera que ver con España, hasta el propio nombre, se vio infectado por el mismo virus. A partir de la llegada de la democracia todo aquel que no quisiera ser relacionado con un pasado declarado oficialmente ominoso (dejaré para otro momento el que esa simplificación satanizadora es incorrecta y desproporcionada), tenía que abjurar de “lo español”. Había que quitar eso de “España” de todos sitios, como si apestara. Esto era “El Estado”, “El País”, o como mucho “El Estado español”, pero jamás España, término repugnante que al parecer se refería a cierto reino fascista del pasado.
La política, ya se sabe, hace extraños compañeros de cama. Y uno de los casos más surrealistas que quepa imaginar es el de la comunión acaecida en España entre las izquierdas —sobre todo las más radicales— y los nacionalismos periféricos.
Los nacionalismos catalán y vasco, al margen de hipotéticas razones históricas seculares (en las que por su complejidad no entraré aquí), nacieron a mediados del siglo XIX, integrados en la misma ola nacionalista que alumbró los estados unificados de Italia y Alemania. Y brotó en el seno de las clases más tradicionales y acomodadas de Cataluña y Las Vascongadas, tan meapilas y tan de derechas como lo sería posteriormente el franquismo, que inevitablemente terminaría por convertirse en su enemigo natural, dada su condición de nacionalismo españolista.
A comienzos de la democracia, una frase que se hizo célebre, y que aunque Iglesias Turrión y los suyos supongo que la conocerán por las hemerotecas yo la usé a menudo, decía “contra Franco, vivíamos mejor”. La frase, cuyo primer padre no recuerdo ahora (acaso el magistral humorista Forges), era una broma especular de un mantra franquista del momento: “con Franco vivíamos mejor”. Lo genial del asunto era que ponía en descarnada evidencia la mediocridad e incompetencia de muchos progres y revolucionarios, que cuando tuvieron que dejar las pancartas y empezar a poner en práctica lo que predicaban no supieron dar una a derechas. Porque es muy distinto predicar que dar trigo, como están aprendiendo en cursos acelerados los podemitas ¿verdad, mis tiernos románticos?
A lo que íbamos:
1º) Los símbolos del franquismo son la bandera rojigualda, la marcha de granaderos y cualquier cosa que huela a España.
2º) Los enemigos del franquismo lo son también por inercia de sus símbolos: bandera, himno y cualquier cosa que huela a España.
3º) Los enemigos de mis enemigos son mis mejores amigos. De modo que ¡Demócratas todos, socialistas, liberales, revolucionarios de todas las orientaciones, luchadores antifranquistas de cualquier condición (lo que obviamente incluye a todo tipo de nacionalistas antiespañoles): unámonos todos contra el monstruo! ¡Recuperemos la libertad y la democracia…!
¿Sabíais esto, oh mis tiernos podemitas treintañeros? ¿Sabíais que la alergia espontánea que sentís hacia la bandera, el himno, las sevillanas, la paella, el gol de Hiniesta, la Macarena, la Tuna, la Jota, el Camino de Santiago y los otros siete mil referentes de lo inequívocamente español, se debe a que vuestros padres y abuelos no fueron capaces de disociar tales cosas de la nefasta apropiación indebida que hizo de ellos Francisco Franco Baamonde, Caudillo de España por la gracia de Dios?
¿Sabíais, oh mis tiernos podemitas, que los nacionalistas encarnan el anticristo de vuestro ideario, que son lo peor de lo peor —dentro de lo legalmente aceptado por la sociedad— que os podríais echar a la cara?
Nacionalismo, por definición, es supremacismo. Para un nacionalista, su patria, lo suyo, los suyos, son los más de lo más, algo incomparable y que debe ser defendido a capa y espada de los otros, los que no son ellos, los demás —¡Puaj— que solo pueden ser clientes o amenaza ¿Esos son vuestros compañeros de viaje, los luchadores por la libertad? ¿De quién se supone que nos estáis defendiendo, junto a ellos? ¿De Franco? ¿Tenéis a mano un calendario?
Izquierdistas de toda la vida (y mi corazón es y será siempre uno de los vuestros), vamos a intentar reescribir juntos el referente inamovible de todas las izquierdas, “La Internacional”, para acoger como se merecen a nuestros nuevos camaradas, los nacionalistas. Pero centrémonos por el momento solo en el estribillo, para no aburrir al respetable. Cantad conmigo:
“Separémonos todos,
en la reivindicación interminable,
y se alce mi pueblo con valor (porque el resto de pueblos me importan una mierda),
por la Nacionalista…”
¿Pero no lo veis, almas de cántaro, que el nacionalismo es exactamente lo opuesto de todos vuestros ideales? El nacionalismo son las fronteras, clasificar y valorar a los seres humanos en función de su procedencia, amar con pasión desmedida lo puntual y considerar lo global algo subsidiario, un territorio por conquistar, una oportunidad de rapiña para la mayor gloria de tu patria excluyente, sacrosanta y suprema. Nacionalismo es Trump, proclamando con impúdica soberbia “America, the first”. Es el populacho sexagenario rural británico, soñando con su extinto imperio y lastrando al resto de sus compatriotas con el Brexit. Son los seguidores de Le Pen, nostálgicos en este caso de su pasada “Grandeur”, abogando por la disolución de la UE. Es Erdogan islamizando Turquía, son Orbán en Hungría, Kaczynski en Polonia...
Todos amamos a nuestra madre, y eso es algo natural e inocuo. Pero los nacionalistas sufren un complejo de Edipo compulsivo, lo que además de una triste dolencia merecedora de compasión es algo tremendamente peligroso para los que les rodean. Jalear a un nacionalista, decirle que estás a su lado en la defensa de las libertades, es como regalarle una botella de whisky a un alcohólico, como darle cerillas a un pirómano.
Los que ya me conocéis sabéis que no estoy diciendo que el nacionalismo catalán o vasco sean malos y el nacionalismo español bueno. Nada de eso. Lo que digo es que mi madre era una mujer guapísima e inteligente, pero que tenía sus cosas y nunca busqué una pareja que se le pareciera. Es probable que ame más a mis círculos concéntricos más próximos (mi familia, mis amigos, el barrio en el que me crié, las montañas donde aprendí a escalar…), que a los más alejados (España, la UE, la Civilización Occidental, el planeta Tierra, la Vía Láctea…), pero no pierdo la cabeza idolatrando uno de esos niveles o considerando que el círculo siguiente es el enemigo. No puedo evitar ser madrileño, porque nací y me crié en esa ciudad, y eso me hace español —cosa que tampoco puedo ni pretendo evitar— y europeo, y occidental, y terrícola, y etc., etc., etc.
Lo anterior, lo de vivir rodeado de un conjunto de círculos concéntricos de afinidades y afectos, no es que me pase a mí como bicho raro: es que la condición humana es así.
Y creedme, ni vuestra madre es la mejor del universo ni ningún monstruo: es simplemente vuestra madre. Os aconsejo que os limitéis a aceptarla como tal, y que no le dediquéis más tiempo ni energías de las realmente necesarias ¡Anda que no hay por ahí asuntos mil veces más interesantes a los que prestar atención…!

martes, 19 de septiembre de 2017

El fondo de la cuestión

Esta va a ser una entada corta. Muy corta, para lo que es mi costumbre. Y para colmo el tema no es ninguno de los anunciados la última vez que me asomé aquí, pero es que la actualidad obliga, y no consigo aguantar más el dolor de cerebro que me producen tantas patadas juntas a la inteligencia. Por desgracia sí: el tema es el famoso referéndum sobre la independencia de Cataluña. Pero tranquilos, que apenas es una corta reflexión.
Está claro qué es el fondo de una cosa y qué es la forma, tanto si hablamos de una realidad tangible como informacional. No existe lo uno sin lo otro, y si nos empeñamos en ningunear alguna de las dos partes estamos haciendo trampa. Exactamente esa es la jugada de los independentistas en Cataluña: lo importante es la forma, no el fondo, ardid escandaloso que me deja perplejo que pueda llegar a embaucar a tanta gente ¿O acaso no hay tal embauque? Mucho me temo que entre las huestes independentistas hay tantos embaucados como tramposos, incluidas miles de personas más cultas, leídas y viajadas que yo. Esos son los peores, los tramposos de alto nivel, máquinas de intoxicar que se dedican ininterrumpidamente a hablar de la forma, hasta conseguir que ya no se sepa cuál era el fondo.
Lo anterior se concreta en cosas como “La gente tiene derecho a decidir su futuro”. “Votar es democracia, siempre”. “Poner urnas y convocar un referéndum no puede ser ilegal: es democracia pura”
¿Alguien con dos dedos de frente puede creer que los tres puntos anteriores son axiomas desligables del fondo de la cuestión: quién vota y qué vota?
Tus derechos terminan donde empiezan los de los demás. Yo tengo derecho a decidir si quiero buscar pareja o no, tener o no hijos, trabajar en una cosa u otra. Pero yo no puedo imponerle a nadie que sea mi pareja, que me haga padre o que me contrate.
Votar es el acto supremo de la democracia. Pero no se puede votar cualquier cosa, sea o no legal y tengan o no los votantes en cuestión jurisdicción sobre el asunto ¿O acaso tendría sentido que votáramos los españoles la derogación de la pena de muerte en EEUU, por muy deseable que tal derogación pudiera parecernos? ¿Qué tal si los andaluces votan que la tauromaquia sea asignatura obligatoria de secundaria, en toda España? Y ya puestos, ¿Porqué no convocan los de la CUP y el resto de su banda un referéndum para declarar a la Luna quinta provincia catalana?
EL FONDO DE LA CUESTIÓN ES SI CATALUÑA ES O NO PATRIMONIO EXCLUSIVO DE LOS CATALANES.
Si se aclara lo anterior, si tal extremo es aceptado, ya no hay problema alguno: que voten si quieren declararse país independiente o provincia de Andorra. Pero ¿realmente es así? ¿Cataluña es solo de los catalanes? ¿Dónde y desde cuándo pone eso? En su estatuto de autonomía, tanto el que se aprobó en el Parlament en 2005 como el enmendado que aprobaron las Cortes en 2006, desde luego no (el que tenga dudas, que los relea), y aunque haya multitud de matices entre ambos los dos establecen que Cataluña forma parte del estado español, y en consecuencia patrimonio común de todos los españoles, como el resto de las comunidades que integran ese país, que dicho sea de paso (me parece increíble tener que recordarlo), no es nada en sí mismo diferente de la suma de sus partes y sus sinergias: NO EXISTEN LOS ESPAÑOLES QUE SOLO SON ESPAÑOLES: todos son, además, de algún sitio en concreto, gallegos, murcianos, madrileños, catalanes, vascos…
De modo que basta ya de intoxicar intentando hacer quedar como no demócratas a los que no aceptamos que una parte decida sobre algo que es de todos. Una parte pequeña, además, porque aunque gracias a la torpeza de muchos el sentimiento independentista ha crecido exponencialmente en Cataluña en la última década (sería demasiado largo tratar aquí eso), siguen sin llegar a ser la mitad de los que votan. Si fueran abiertamente independentistas el 80 o el 90% de los catalanes, pues seguro que el resto de españoles, lamentando la circunstancia, nos dispondríamos a despedirnos de ellos, como en su día nuestros bisabuelos se despidieron de los cubanos. Pero es que no es así.
De modo que no hay abrumador sentimiento independentista que valga, ni tampoco contexto legal de ninguna clase que, en estos momentos, establezca que Cataluña es propiedad exclusiva de los catalanes. Esas son las reglas del juego, y si no nos gustan pues las cambiamos; pero no a mitad de partido, sacándonos una ley de la chistera al más puro estilo Groucho Marx. Eso ya lo he hecho yo, en este mismo Blog, y me divertí un montón con el chiste:: celebramos un referéndum en mi casa, y por tres votos contra uno aprobamos la incorporación de España a la República Federativa do Brasil; pero no pretendí después que nadie se lo tomara en serio, cosa que Puigdemont y su banda parece ser que pretenden.
¿Es posible que tanta gente tan inteligente como seguro hay entre los independentistas catalanes, no sean conscientes de las obviedades que estoy comentando? ¿Lo son pero les da igual, porque no les importa hacer trampas, engañar, embaucar, con tal de llegar a lo que consideran un fin justificado? Pues por si es así, les dejo aquí un par de recordatorios, que son verdades no negociables:
1º EL FIN NUNCA JUSTIFICA LOS MEDIOS
2º EL NACIONALISMO NO ES MODERNIDAD NI FUTURO: ES SIGLO XIX

martes, 29 de agosto de 2017

Anacronismos imbéciles

Hay un montón de asuntos sobre los que me apetece hablar, pero como entre pitos y flautas llevo tiempo prestándole a este blog menos atención de la que se merece, pues se me acumula la plancha. He estado pensando incluso en meter una entrada titulada algo así como “cosas que contaros”, que incluyera una lista de asuntos tratables, para consultar vuestra opinión y reordenarla teniendo en cuenta aquello que pudiera suscitar más interés. La lista incluiría cosas del tipo:
-       Internet: ¿una ventana al mundo… o a tu ombligo?: Reflexiones respecto a cómo los buscadores saben ya tanto de nuestras preferencias que dirigen nuestras búsquedas, limitando las posibilidades de que conozcamos cosas realmente nuevas.
-       La legalización planetaria de todas las drogas: Si los niños mendigos de todas las favelas ganaran lo mismo trapicheando con drogas que con sal, no tendrían otra alternativa que ir a la escuela. Ese solo hecho cambiaría a medio plazo la faz del planeta.
-       Los problemas de saber demasiado: Por ejemplo: una vez asumido que “patria” es tan solo una asociación imaginada e históricamente acotada que vincula cierta tierra y cierta gente, apenas una versión agigantada del clan paleolítico… ¿tiene sentido que me emocione cuando la selección española marca un gol?.
-       Qué hacer con la sobredosis de imágenes: Desde que los móviles son pequeños ordenadores portátiles generamos compulsivamente más imágenes de las que somos capaces de gestionar ¿No deberíamos hacer muchas menos fotos? ¿Podría ser una opción incluso renunciar a las fotos y limitarse a vivir intensamente cada momento?
-       El terrorismo como cajón de sastre: El término se ha usado tanto y con tan sesgadas intenciones que hoy en día apenas quiere decir “los malos”. Pensad en a quiénes se refieren cuando usan el término Erdogan, al Ásad, Maduro, Putin, Merckel, Rajoy… Cada “terrorismo” es un problema diferente, y pretender homogeneizarlos es manipulatorio.
-       Contradicciones de la democracia: La democracia es el menos malo de los sistemas políticos inventados hasta la fecha; pero admite mil modulaciones (proporcionalidades, circunscripciones, ámbitos de competencia), y si se aplican las adecuadas podrían minimizarse disparates como el Brexit, el inefable Trump, etc.
Bueno, al final he dejado media docena de asuntos (de entre los mil que pululan por mi cabeza), que a lo mejor algún día se convierten en entradas, con un desarrollo mínimamente aceptable. Lo de consultar su interés no es tan fácil, porque este blog lo armé en un portal que tan solo permite dejar comentarios a quienes también tienen aquí su propio blog (TREMENDO ERROR, en el que no reparé hasta que la cosa ya llevaba tiempo rodando), de forma cualquier encuesta estaría sesgada. Ya le preguntaré a alguien que sepa de la cosa cómo armar alguna suerte de “buzón de sugerencias” específico, y cuando cuelgue la entrada en cuestión, os lo haré saber.
Bueno, acaba la no-entrada y empieza la que toca. Y toca porque anoche oí una noticia que me costó trabajo creer: RETIRAN “LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ” DEL CINE ORPHEUN  DE MEPPHIS, POR SER INSENSIBLE CON LA ESCLAVITUD
Casi me caigo de la silla.
Me van ustedes a perdonar, y ya saben que mi vocabulario no es precisamente escaso, pero me veo necesitado de acudir al palabroterío más visceral para expresar con nitidez mi perplejidad, y de paso desahogarme un poco: ¿Se puede ser más gilipollas? ¿Cabe imaginar una puta mamarrachada más repugnantemente ignorante, un buenismo más nauseabundo, un elevar lo políticamente correcto al abismo más negro de la más peligrosa incultura?
Para los pobres analfabetos que consideraron a esa obra maestra del cine “poco sensible con la esclavitud y paródica con los afroamericanos”, para los cobardes —estos lo mismo no son tan ignorantes, lo que no sé si les absuelve o termina de condenarles— que retiraron la cinta de las pantallas, y para los millones de desorientados que por lo visto han aplaudido la medida, dejo aquí una sencilla definición:
Anacronismo
Del gr. ἀναχρονισμός anachronismós.
1. m. Condición de anacrónico.
2. m. Persona o cosa anacrónicas.
3. m. Error consistente en confundir épocas o situar algo fuera de su época.
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¿Pasamos ahora por el filtro de la actualidad, de los principios y valores de inicios del siglo XXI a todos los que nos precedieron, sus costumbres, moral, obras…? No quedaría títere con cabeza, obviamente. Solo como juego perverso, vamos a ver algunos ejemplos.
George Washington
El venerado y sacrosanto padre de los Estados Unidos de América nació en el seno de una familia de terratenientes de Virginia, y él mismo fue un próspero cultivador de tabaco, en cuyas plantaciones trabajaban varios cientos de esclavos.
¿Un esclavista…? ¿Un cultivador de droga…? … ¿Qué se supone que tenemos que hacer, a ojos de los talibanes de la corrección política y de la aplicación a machamartillo de los valores morales contemporáneos? ¿Retiramos todas sus estatuas? ¿Derribamos el obelisco del National Mall? ¿Reescribimos los libros de historia y los de texto, para ponerle a bajar de un burro?
Aristóteles
El más grande de los filósofos griegos, el padre de la lógica, que es la base de todo el conocimiento científico, fue un aristócrata perfectamente integrado en su sociedad, por lo cual practicó con naturalidad la arraigada tradición de la paiderastia, la relación homosexual entre hombres adultos y adolescentes.
¿Un pederasta…? ¿Aristóteles era un homosexual pedófilo…? ¿Qué hacemos ahora? ¿Silenciamos esa parte de la historia, la negamos o la ocultamos, para poder preservar su inmenso legado… o directamente emprendemos la cruzada santa de derribar sus estatuas y abjurar de él?
La Biblia
El libro de libros, referente central de la religión más extendida del planeta, plasma con total claridad el contexto social de las diferentes culturas que abarca, las cuales comprenden cerca de dos milenios. En todos los casos, dichas culturas se corresponden con férreos patriarcados.
 ¿Que la Biblia es machista…? ¿Qué no respeta la igualdad de derechos de las mujeres? ¿Qué plantea una sociedad segregada, con reparto de roles por sexos en donde las mujeres tienen vetados los relativos a la intelectualidad y el poder…? ¿Qué hacemos ahora? ¿Prohibimos la impresión de ese libro? ¿Lo reescribimos, para que resulte políticamente correcto y no ofenda a nadie?
No se puede ser tan burro para no darse cuenta. Cada época es cada época, y la nuestra no es sino otra más, no el colofón de nada. Con seguridad que lo que ahora nos parece la culminación de la evolución ética y moral humana, dentro de un siglo resultará irrisorio.
La manera en la que nos relacionamos padres e hijos, por ejemplo, se ha ido modulando a lo largo de la historia, y con seguridad seguirá haciéndolo. Lo mismo dentro de una o dos generaciones se regresa a mucha mayor severidad, o lo mismo la cosa evoluciona en otra dirección y las relaciones paterno-filiales se restringen casi exclusivamente a lo emocional, delegando el resto a otros ámbitos.
A nuestros descendientes de comienzos del siglo XXII lo mismo les resultan grotescas cosas que ahora nos parecen sagradas, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Y si miramos un poco más lejos, dentro de uno o dos milenios, cuando la ciencia haya conseguido que la duración de la vida humana se ajuste a parámetros totalmente diferentes de los actuales ¿qué pensarán aquellos seres de nuestras angustias morales en relación con la eutanasia o con el suicidio?
En la no-entrada del principio ya formulaba como posible asunto sobre el que reflexionar las formas de “modular” la democracia. Porque estoy seguro de que la raíz de este contradiós de pretender que la Señorita Escarlata siente en su mesa a Mammy es que los incultos desorientados y fácilmente manejables son muchísimos (en EEUU y en todas partes), y como las reglas del juego dicen que su opinión y su voto vale tanto como la de cualquier otro, hace falta mucho valor para plantarse delante y decirles no. No. Lo siento, pero si las relaciones entre Edipo y Yocasta son incestuosas, pues lo son; pero ni se reescribe Edipo Rey ni deja de representarse. Y al que no le guste, pues que no vaya, y punto.
Si  de los 300 millones de estadounidenses un 20% son negacionistas (esto es, “no creen” en el cambio climático), eso no quiere decir que tal proceso planetario sea verdad solo en un 80 %, sino que en ese rincón del mundo perviven 60 millones de incultos —o de perversamente mal informados— que ignoran la realidad. Seguro que 60 millones de votos son un lote jugoso… pero no se  puede “dar la razón” a quien no la tiene.
Habrá que ver qué se hace para continuar mejorando el nivel cultural medio de la humanidad. Para conseguir que todo el mundo entienda que el mundo finalmente no es plano, que la “teoría de la evolución” no es tal cosa, sino una manera bastante aproximada de explicar lo constatado, comparable a la “ley de la gravedad”, y que anacronismo es colocar algo fuera de contexto y pretender después juzgarlo.

Este escrito, en el hipotético e improbabilísimo caso de que no se disuelva en la nada, seguro que causará carcajadas o indignación dentro de un par de siglos. Y si existieran las máquinas del tiempo y pudiera teletrasportarme con él al pasado, lo más probable es que tanto el texto como yo nos disolviéramos efectivamente en la nada… con la ayuda de una hoguera.

viernes, 30 de junio de 2017

Orgullo y discriminación positiva

Lo primero de todo: PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN por mis prolongados silencios. Como dicen mis amigos, con todo su sarcasmo “dejadle tranquilo a Miguel: esto solo es una etapa”. Me merezco la broma, pues me paso la vida diciendo que si ahora escalo poco, toco poco, compongo poco, escribo poco, viajo poco, salgo poco… es porque ando en otras urgencias, pero que esta etapa pasará y volveré a lo de siempre ¿Lo de siempre? Bonito autoengaño: nunca consigo el tiempo del que me gustaría disponer para hacer lo que más me gusta (bueno, obviando lo obvio; pero a ese respecto la disponibilidad de tiempo no es el factor más relevante), y siempre ando con deudas. Ahora, para empeorar mi situación, tengo al otro lado de la pantalla este foro, que con sus diez mil visitas (ya sé: un blog infinitesimal frente a lo que hay por ahí; aunque no deja de tener su mérito, habida cuenta sus ángulos y temáticas), me hace sentir un poco peor aún, si no me asomo a dejar algo al menos una vez al mes.
Creo que del dios de Estós y del contrato que firmé con él, muy parecido al de Fausto, ya os he hablado en otras ocasiones. Pues eso, que aquí regreso a intentar al menos que la deuda no se me vaya de las manos. Vale de lloriqueos y al toro, que ya pasará esta etapa.
El planeta Tierra arde en fiestas por la cosa del Orgullo Gay. Los que tienen una orientación sexual minoritaria —así entran todos y no hay que acudir a acrónimos infinitos— se sienten orgullosos de su condición y lo proclaman. Pues me parece muy bien. Absolutamente nada que objetar. Pero la cosa no deja de ser curiosa.
Yo, por ejemplo, soy escalador, músico y escritor, y no hay ningún día del Orgullo Literario, Musical o Montañero ¿A qué se debe? Pues obviamente a que los miembros de esos tres colectivos, con carácter general, nunca hemos sido objeto singular de persecución, mientras que los sexualmente diferentes, casi siempre ¿Por qué?
Vivimos en la era de la información. El que quiera, tiene muy fácil documentarse un poco respecto a lo que sea, y resulta interesante y esclarecedor asomarse a este tema en concreto. Y no miréis solo la Wikipedia, que aunque es una magnífica herramienta para consultas rápidas, a veces es algo limitada y tendenciosa.
Lo primero que salta a la vista es que no hay un antes y un después, ni ninguna clase de linealidad temporal, cultural o geográfica, en lo que se refiere a la actitud de cada sociedad hacia el sexo. Por citar solo algunos ejemplos: en sus inicios, la república romana consideraba a la homosexualidad un comportamiento desviado importado de Grecia, pero terminó incorporándola a su cultura como algo completamente natural; y si nos vamos mil años atrás y cuatro mil kilómetros hacia el este, está constatado que mientras los asirios tenían tolerancia cero y máxima crueldad hacia todo lo que no fuera heterosexualidad, sus vecinos babilonios aceptaban sin problemas cualquier tipo de conducta sexual.
Si nos acercamos un poco más al presente y a la actual cultura planetaria (nunca los diferentes grupos humanos nos hemos parecido tanto ni compartimos tanto como lo hacemos ahora mismo), está más que claro que la intolerancia hacia cualquier actitud sexual que no sea la “oficial” es directamente proporcional al nivel de poder alcanzado por los monoteísmos. No pueden evitarlo, lo llevan en la masa de la sangre: para ellos, sus creencias no son tal cosa sino LA VERDAD, y siendo así no hay nada que negociar. Lo que es, es, y punto. Ellos tienen el teléfono de Dios, están en contacto permanente con Él y en consecuencia tienen certeza absoluta de lo correcto y lo incorrecto, de lo aceptable y lo inaceptable. Bueno, a lo mejor no a nivel individual, pero sí a nivel colectivo, de modo que si hay alguna duda solo hay que preguntar al cura/imán/rabino, y asunto resuelto. Y respecto a la sexualidad, Dios/Alá/Yavé, es meridianamente claro: solo hay dos géneros y solo son aceptables las relaciones entre miembros de diferente género. Además, solo son correctas ciertas prácticas y en determinadas y concretas circunstancias.
Lo anterior no pretendía ser una causa general contra las tres religiones del libro y sus cuatro mil millones de seguidores. El tema sería infinito, y además no soy tan tonto como para pretender homogeneizar y meter en el mismo saco a la historia de la humanidad de los últimos milenios y a más de la mitad de la población del planeta. Pero los hechos son incontestables: las mayores persecuciones por motivos sexuales han coincidido siempre con los techos de poder de los integrismos monoteístas: el cristianismo medieval y el islamismo contemporáneo (Ya sé que las dictaduras también les han dado cera. Luego retomaré ese asunto).
Pero ¿por qué demonios tienen esa maldita obsesión los radicales religiosos con dirigir el tráfico hormonal del resto de los mortales? Mi opinión, que creo haber expuesto ya en alguna ocasión en este foro, es bastante deprimente: se trata de religiones antiguas, nacidas en un mundo oscuro dominado por el dolor y la muerte, y su intención original fue ofrecer esperanza a una población cuyas expectativas eran casi siempre grises. La felicidad, a la que era lícito optar, jamás la encontrarían en este mundo, sino en el que vendría después de morir, de modo que era ridículo buscar aquí pequeños y efímeros placeres, y mucho más razonable aspirar a la exuberancia del más allá ¿Qué había que hacer para conseguirlo? Pues cumplir las normas, que básicamente se resumían en vivir por y para el altruismo absoluto y asumir con estoicismo lo que la vida les pusiera delante.
Bonita fórmula la anterior, ¿verdad?: Entrega y sumisión. Dos cualidades que sin duda forman parte de nuestra especie: sin entrega al clan y aceptación de la jerarquía seguiríamos en Atapuerca. Pero en nuestra naturaleza, y por suerte, además de las anteriores hay otras cuatrocientas cualidades que nos dotan de mucha mayor complejidad e interés. Si le diéremos prevalencia absoluta a las dos primeras ¿en qué cosa acabaríamos convirtiéndonos? Cuando eso ha sucedido nunca ha dado en una generación de ángeles, sino en las SS o en los Kemeres Rojos. En el mejor de los casos, a lo más que podría aspirarse es a una humanidad de hormigas; y eso no es ya que no me guste, es que simplemente es inviable. Las arañas tampoco construirán nunca hormigueros, ni los lobos se harán vegetarianos. Cada especie es lo que es, y un hombre no es un ángel defectuoso: es otra cosa.
Bueno, continuemos con el esquema delirante de los integrismos monoteístas y sus resultados. Si de lo que va es de sufrir, callar y darse al 100%, ¿qué hueco queda ahí para el placer? ¿Ninguno…? Tranquilos, no hay que preocuparse: Dios, en su infinita bondad, ya sabe lo que te gusta, golosón (dejaremos ahora el asunto de que si fue Él quien te creó, es obviamente el responsable tanto de tus virtudes como de tus vicios), y ha previsto para ti algunas migajas de placer. Por ello, podrás disfrutar del sabor del pan arduamente conseguido y del placer del coito con tu pareja consagrada. Aceptar de modo estoico esos frugales placeres sí será lícito; pero recrearse intentando sacarles porciones extra de gozo será egoísmo, distracción de la recta vía del altruismo infinito. Camino equivocado para alcanzar el paraíso que te aguarda más allá de la muerte… siempre y cuando rectifiques tu error.
¿Por qué esa obsesión con el sexo? Lógicamente, también cabría considerar egoístas a los glotones o a los borrachos, por citar otros territorios de gozo personal que nunca han sido objeto de una persecución parecida.
Se me ocurre que acaso eso haya sido así porque las penurias generales en las que vivió la humanidad hasta hace nada determinaban que comer y beber en exceso fuera un lujo al alcance de muy pocos… y para colmo ricos (para qué hablar de las relaciones entre dinero, poder y religión), mientras que lo de tocarse uno mismo o tocar al otro podía hacerlo cualquiera. Y eso, dejando al margen el hecho de que el placer sexual puede llegar a ser tan atractivo, interesante y gratificante que podría conseguir que dejases de ver tu vida como algo miserable, y perdieses interés por un hipotético paraíso lejano ¿Y si ya has dado con él? En ese caso, sin zanahoria delante, ya no aceptarías el palo. Ni altruismo ni sumisión como ley suprema… lo que te pone a las puertas de la rebeldía, la revolución, la desestabilización de la sociedad…. ¿Veredicto?: ¡A LA HOGUERA…!
Todas las dictaduras parecen haber llegado igualmente a la conclusión de que gozar del sexo en libertad —como cualquier otra cosa que incluya el concepto “libertad”— puede volver a la gente más feliz; o peor aún, menos uniforme, y por tanto menos dócil. Me parece más probable que sea esa la razón de fondo de nazis y estalinistas para justificar su profunda homofobia, y no intentos de conservar “la tradición”. Lo que está claro es que absolutamente todos los regímenes dictatoriales han puesto cota al sexo, declarando la guerra a cualquier “desviación”; esto es, a todo lo que no sea ortodoxia heterosexual.
Si los monoteístas aceptaran la parte de verdad que subyacen a lo que estoy contando (yo no soy como ellos y acepto que lo que digo no es la verdad, sino una razonable aproximación a la misma), harían mayores esfuerzos de los que hacen para liberarse de su negro pasado, y acaso podrían contribuir en alguna medida a la felicidad de la gente, en lugar de ser el palo en las ruedas que acostumbran. A los dictadores y sus seguidores no les pido obviamente nada. Tan solo les deseo unas largas vacaciones en un psiquiátrico.
Lo que no deja de ser chocante es que en la actualidad, cuando las religiones han perdido buena parte de su peso como referentes estructurales y de poder de la sociedad, continúen existiendo niveles de homofobia tan elevadísimos en buena parte del planeta. De hecho es algo común en todos sitios, incluida mi tolerante España, que es uno de los 21 países del mundo donde es legal el matrimonio gay (¡en 173 no lo es!), aunque donde la homofobia tiene más fuerza es en África, en los países musulmanes, y, sorprendentemente, en Rusia y China. Ese dato evidencia que, en la actualidad, la homofobia no es solo el eco de una discriminación ancestral de base religiosa, sino que tiene mucho más que ver con la intolerancia hacia el diferente. El miedo al diferente reconvertido en odio, desde la profunda ignorancia de creer que el “raro” es un peligro, alguien que va contra ti, los tuyos, contra la tradición, contra lo de siempre, que es el único sitio donde el ignorante se siente cómodo y seguro. De modo que, homofobia, racismo o xenofobia no son sino manifestaciones concretas del mismo mal: ignorancia y miedo popular, dos frutos que se cultivan muy bien en casi todos los huertos que empiezan por “ultra” o por “fundamental”: ultranacionalismo, ultraconservadurismo, fundamentalismo cristiano, fundamentalismo islámico…
Soy biólogo, ya lo sabéis. Pero os voy a perdonar abordar el asunto desde un punto de vista técnico, para que esta entrada no sea directamente infinita. Baste citar, de pasada, que las argumentaciones supuestamente científicas de los homófonos retratan por sí solas su profunda ignorancia. Dejaré apenas una píldora: es obvio que sin las relaciones heterosexuales no existiríamos los humanos, ni los bonobos ni los delfines; pero en esas tres especies, como está constatado en varias miles más, las relaciones sexuales de todo tipo no vinculadas a la procreación son una seña identitaria más de las muchas que las caracterizan.
Bueno, disculpen el largo circunloquio y rematemos, para ir de verdad al toro: a todos los no heterosexuales puros y estándar se les ha dado cera y cera y cera en casi todo el planeta, gratuita e injustamente durante los últimos quince siglos, y en casi todos sitios aún se la dan. No es de extrañar que ahora, que la racionalidad se va imponiendo a los atavismos, se pongan en pie en donde les dejen y griten: ¡SOY LO QUE SOY, ESO NO ES MALO Y NO SOY CULPABLE DE NADA…!
Y a partir de ahí, a la sociedad en su conjunto, avergonzada y arrepentida, no le queda otra que aplicar discriminación positiva, a diestro y siniestro.
Eso de la discriminación positiva no es nuevo, y ya se ha puesto en práctica muchas veces, obligando a paridad de géneros (por ejemplo en listas electorales), reservando plazas exclusivas para determinadas etnias (eso se ha hecho en universidades brasileñas), etc. Básicamente la cosa consiste en “hacer trampas piadosas en favor del desfavorecido”, para corregir un agravio y compensar en parte las dificultades de las que, injustamente, parten determinados colectivos por razones históricas. Por su propia naturaleza, la discriminación positiva ha de ser algo excepcional, acotado temporalmente y sin vocación de perpetuidad ¿Qué podría querer decir que dentro de cincuenta años existiera una ley que obligase reservar un porcentaje de plazas en las universidades para determinadas etnias, o que los partidos políticos estuvieran obligados a presentar listas paritarias? ¿Sería eso un avance? Todo lo contrario: significaría que aún se seguían arrastrando los ecos de la esclavitud y del patriarcado. Que aún no se habría alcanzado una auténtica igualdad y libertad de los individuos, y que el Estado tendría que seguir protegiendo a los débiles, velando por los negritos y las mujeres, pobrecitos seres inferiores.
¿Va de eso? ¿Pobrecitos los homosexuales? El mundo entero, avergonzado y arrepentido ¿ha de dedicarles un día de desagravio? No es fácil responder a eso, pues mientras que en países como España o Alemania la cosa parece un poco excesiva, en otros es más que dramática. Acaso la fiesta no debería de ser tanto eso, una fiesta, como un día de luto. Aunque supongo que es mejor estrategia la juerga que el llanto.
Para mí, la condición sexual de cada cual es como su altura, el color de su pelo o sus aficiones artísticas. No le tengo ninguna clase de lástima, ni tampoco especial aprecio, o respeto, o nada de nada hacia los pelirrojos en su conjunto, a la gente de más de dos metros o a los aficionados al ballet. Yo, personalmente, no les he hecho nada de nada a ninguno de ellos, y lamento profundamente si la Inquisición quemó pelirrojos por considerarlos hijos de Satanás. Pero que quede claro yo no fui, yo no estaba, me parece una abominación, y punto.
No tengo ningún amigo íntimo homosexual, pero supongo que eso es simplemente fruto de la estadística, pues tampoco tengo ningún amigo íntimo pelirrojo ni de dos metros. Ahora, conocer conozco y he tenido relaciones de todo tipo con todos ellos: con calvos, lesbianas, melenudos, bajitos, gais, gigantones… De hecho, conozco y trato con frecuencia y cierta intimidad a una buena cantidad de gais y lesbianas (bisexuales también, aunque menos), algunos de ellos de mi familia, otros de la familia de mis amigos, gente del mundo del trabajo… Y para mí son gente. Ni más ni menos: GENTE.
La cosa consiste en actuar con normalidad ante lo que consideras normal, y ya está. Mi mujer es mulata —negra, para la mayoría de los españoles— y de niño recuerdo que en el Ramiro de Maeztu, de los más de tres mil que estudiábamos allí solo había un negro, hijo del embajador de Guinea Ecuatorial. Por ello, por mi experiencia personal, no pude evitar que al empezar a llegar negros a España me resultaran algo pintoresco. Era inevitable fijarse, lo cual seguro que era un incordio para ellos. Pero como nunca creí que la raza fuera un determinante intelectual ni nada parecido, nunca actué hacia ellos de manera discriminatoria, en ningún sentido. Luego fueron llegando más y más, dejaron de ser pintorescos hace más de veinte años y ahora relacionarme sea como sea con una persona de ese conjunto de razas no me resulta relevante en ningún sentido: son gente, y punto. Me da igual el color de los ojos, del pelo o de la piel —obviamente, también el sexo— de mi vecino, mi médico, mi cliente o mi jefe. Cada cual será lo que sea y tendré con él lo que proceda y corresponda. No tengo que apretar, me sale solo.
Pues con los homosexuales la cosa ha seguido un recorrido paralelo. Ver a dos hombres o a dos mujeres besándose fue en su momento exótico, luego pintoresco, y ahora perfectamente normal. Normal pero minoritario, como también lo es en mi pueblo la gente de la raza de mi mujer: de los quince mil que vivimos en Guadarrama, no creo que haya más de veinte o treinta negros. Pelirrojos lo mismo hay el doble, aunque gente de dos metros seguro que menos de la mitad. No tengo la menor idea de cuantos homosexuales habrá por aquí, pero sinceramente, me importa un pito.
Pienso que la mejor manera de acabar con la discriminación no es resaltar orgullosamente la legitimidad de las diferencias, sino demostrar a diario que esas diferencias no predeterminan nada. Tratar a los demás como lo que son, individuos de uno en uno cuyas características personales harán que seáis amigos, simples conocidos o que no os soportéis, pero que eso jamás estará predeterminado por componentes genéticos tales como el sexo o la raza, ni por componentes emocionales y de personalidad tales como ideas religiosas, políticas, aficiones u orientación sexual.
No obstante lo anterior, mientras el pleno respeto y la igualdad legal de todas las personas en todo el planeta, con independencia de su orientación sexual, no sea una realidad (y por desgracia, aún queda mucho), estará plenamente justificada la existencia de movimientos reivindicativos de tales derechos, y a cuantas más personas e instituciones —en especial, Estados— incluya, mejor. Es, en definitiva, una situación análoga a la de la mujer: mientras haya países en donde las mujeres no tengan los mismos derechos que los hombres, el movimiento feminista seguirá siendo necesario.
Mi más cariñoso, sincero y respetuoso abrazo a todas las gentes que estos días están de fiesta. Y, de todo corazón: ojalá esta fiesta deje cuanto antes de celebrarse, de la misma manera que ya nadie celebra fiestas por el fin de la esclavitud.
(… y en cuanto pase esta etapa, prometo dejaros cosillas por aquí, más a menudo)