martes, 19 de septiembre de 2017

El fondo de la cuestión

Esta va a ser una entada corta. Muy corta, para lo que es mi costumbre. Y para colmo el tema no es ninguno de los anunciados la última vez que me asomé aquí, pero es que la actualidad obliga, y no consigo aguantar más el dolor de cerebro que me producen tantas patadas juntas a la inteligencia. Por desgracia sí: el tema es el famoso referéndum sobre la independencia de Cataluña. Pero tranquilos, que apenas es una corta reflexión.
Está claro qué es el fondo de una cosa y qué es la forma, tanto si hablamos de una realidad tangible como informacional. No existe lo uno sin lo otro, y si nos empeñamos en ningunear alguna de las dos partes estamos haciendo trampa. Exactamente esa es la jugada de los independentistas en Cataluña: lo importante es la forma, no el fondo, ardid escandaloso que me deja perplejo que pueda llegar a embaucar a tanta gente ¿O acaso no hay tal embauque? Mucho me temo que entre las huestes independentistas hay tantos embaucados como tramposos, incluidas miles de personas más cultas, leídas y viajadas que yo. Esos son los peores, los tramposos de alto nivel, máquinas de intoxicar que se dedican ininterrumpidamente a hablar de la forma, hasta conseguir que ya no se sepa cuál era el fondo.
Lo anterior se concreta en cosas como “La gente tiene derecho a decidir su futuro”. “Votar es democracia, siempre”. “Poner urnas y convocar un referéndum no puede ser ilegal: es democracia pura”
¿Alguien con dos dedos de frente puede creer que los tres puntos anteriores son axiomas desligables del fondo de la cuestión: quién vota y qué vota?
Tus derechos terminan donde empiezan los de los demás. Yo tengo derecho a decidir si quiero buscar pareja o no, tener o no hijos, trabajar en una cosa u otra. Pero yo no puedo imponerle a nadie que sea mi pareja, que me haga padre o que me contrate.
Votar es el acto supremo de la democracia. Pero no se puede votar cualquier cosa, sea o no legal y tengan o no los votantes en cuestión jurisdicción sobre el asunto ¿O acaso tendría sentido que votáramos los españoles la derogación de la pena de muerte en EEUU, por muy deseable que tal derogación pudiera parecernos? ¿Qué tal si los andaluces votan que la tauromaquia sea asignatura obligatoria de secundaria, en toda España? Y ya puestos, ¿Porqué no convocan los de la CUP y el resto de su banda un referéndum para declarar a la Luna quinta provincia catalana?
EL FONDO DE LA CUESTIÓN ES SI CATALUÑA ES O NO PATRIMONIO EXCLUSIVO DE LOS CATALANES.
Si se aclara lo anterior, si tal extremo es aceptado, ya no hay problema alguno: que voten si quieren declararse país independiente o provincia de Andorra. Pero ¿realmente es así? ¿Cataluña es solo de los catalanes? ¿Dónde y desde cuándo pone eso? En su estatuto de autonomía, tanto el que se aprobó en el Parlament en 2005 como el enmendado que aprobaron las Cortes en 2006, desde luego no (el que tenga dudas, que los relea), y aunque haya multitud de matices entre ambos los dos establecen que Cataluña forma parte del estado español, y en consecuencia patrimonio común de todos los españoles, como el resto de las comunidades que integran ese país, que dicho sea de paso (me parece increíble tener que recordarlo), no es nada en sí mismo diferente de la suma de sus partes y sus sinergias: NO EXISTEN LOS ESPAÑOLES QUE SOLO SON ESPAÑOLES: todos son, además, de algún sitio en concreto, gallegos, murcianos, madrileños, catalanes, vascos…
De modo que basta ya de intoxicar intentando hacer quedar como no demócratas a los que no aceptamos que una parte decida sobre algo que es de todos. Una parte pequeña, además, porque aunque gracias a la torpeza de muchos el sentimiento independentista ha crecido exponencialmente en Cataluña en la última década (sería demasiado largo tratar aquí eso), siguen sin llegar a ser la mitad de los que votan. Si fueran abiertamente independentistas el 80 o el 90% de los catalanes, pues seguro que el resto de españoles, lamentando la circunstancia, nos dispondríamos a despedirnos de ellos, como en su día nuestros bisabuelos se despidieron de los cubanos. Pero es que no es así.
De modo que no hay abrumador sentimiento independentista que valga, ni tampoco contexto legal de ninguna clase que, en estos momentos, establezca que Cataluña es propiedad exclusiva de los catalanes. Esas son las reglas del juego, y si no nos gustan pues las cambiamos; pero no a mitad de partido, sacándonos una ley de la chistera al más puro estilo Groucho Marx. Eso ya lo he hecho yo, en este mismo Blog, y me divertí un montón con el chiste:: celebramos un referéndum en mi casa, y por tres votos contra uno aprobamos la incorporación de España a la República Federativa do Brasil; pero no pretendí después que nadie se lo tomara en serio, cosa que Puigdemont y su banda parece ser que pretenden.
¿Es posible que tanta gente tan inteligente como seguro hay entre los independentistas catalanes, no sean conscientes de las obviedades que estoy comentando? ¿Lo son pero les da igual, porque no les importa hacer trampas, engañar, embaucar, con tal de llegar a lo que consideran un fin justificado? Pues por si es así, les dejo aquí un par de recordatorios, que son verdades no negociables:
1º EL FIN NUNCA JUSTIFICA LOS MEDIOS
2º EL NACIONALISMO NO ES MODERNIDAD NI FUTURO: ES SIGLO XIX

martes, 29 de agosto de 2017

Anacronismos imbéciles

Hay un montón de asuntos sobre los que me apetece hablar, pero como entre pitos y flautas llevo tiempo prestándole a este blog menos atención de la que se merece, pues se me acumula la plancha. He estado pensando incluso en meter una entrada titulada algo así como “cosas que contaros”, que incluyera una lista de asuntos tratables, para consultar vuestra opinión y reordenarla teniendo en cuenta aquello que pudiera suscitar más interés. La lista incluiría cosas del tipo:
-       Internet: ¿una ventana al mundo… o a tu ombligo?: Reflexiones respecto a cómo los buscadores saben ya tanto de nuestras preferencias que dirigen nuestras búsquedas, limitando las posibilidades de que conozcamos cosas realmente nuevas.
-       La legalización planetaria de todas las drogas: Si los niños mendigos de todas las favelas ganaran lo mismo trapicheando con drogas que con sal, no tendrían otra alternativa que ir a la escuela. Ese solo hecho cambiaría a medio plazo la faz del planeta.
-       Los problemas de saber demasiado: Por ejemplo: una vez asumido que “patria” es tan solo una asociación imaginada e históricamente acotada que vincula cierta tierra y cierta gente, apenas una versión agigantada del clan paleolítico… ¿tiene sentido que me emocione cuando la selección española marca un gol?.
-       Qué hacer con la sobredosis de imágenes: Desde que los móviles son pequeños ordenadores portátiles generamos compulsivamente más imágenes de las que somos capaces de gestionar ¿No deberíamos hacer muchas menos fotos? ¿Podría ser una opción incluso renunciar a las fotos y limitarse a vivir intensamente cada momento?
-       El terrorismo como cajón de sastre: El término se ha usado tanto y con tan sesgadas intenciones que hoy en día apenas quiere decir “los malos”. Pensad en a quiénes se refieren cuando usan el término Erdogan, al Ásad, Maduro, Putin, Merckel, Rajoy… Cada “terrorismo” es un problema diferente, y pretender homogeneizarlos es manipulatorio.
-       Contradicciones de la democracia: La democracia es el menos malo de los sistemas políticos inventados hasta la fecha; pero admite mil modulaciones (proporcionalidades, circunscripciones, ámbitos de competencia), y si se aplican las adecuadas podrían minimizarse disparates como el Brexit, el inefable Trump, etc.
Bueno, al final he dejado media docena de asuntos (de entre los mil que pululan por mi cabeza), que a lo mejor algún día se convierten en entradas, con un desarrollo mínimamente aceptable. Lo de consultar su interés no es tan fácil, porque este blog lo armé en un portal que tan solo permite dejar comentarios a quienes también tienen aquí su propio blog (TREMENDO ERROR, en el que no reparé hasta que la cosa ya llevaba tiempo rodando), de forma cualquier encuesta estaría sesgada. Ya le preguntaré a alguien que sepa de la cosa cómo armar alguna suerte de “buzón de sugerencias” específico, y cuando cuelgue la entrada en cuestión, os lo haré saber.
Bueno, acaba la no-entrada y empieza la que toca. Y toca porque anoche oí una noticia que me costó trabajo creer: RETIRAN “LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ” DEL CINE ORPHEUN  DE MEPPHIS, POR SER INSENSIBLE CON LA ESCLAVITUD
Casi me caigo de la silla.
Me van ustedes a perdonar, y ya saben que mi vocabulario no es precisamente escaso, pero me veo necesitado de acudir al palabroterío más visceral para expresar con nitidez mi perplejidad, y de paso desahogarme un poco: ¿Se puede ser más gilipollas? ¿Cabe imaginar una puta mamarrachada más repugnantemente ignorante, un buenismo más nauseabundo, un elevar lo políticamente correcto al abismo más negro de la más peligrosa incultura?
Para los pobres analfabetos que consideraron a esa obra maestra del cine “poco sensible con la esclavitud y paródica con los afroamericanos”, para los cobardes —estos lo mismo no son tan ignorantes, lo que no sé si les absuelve o termina de condenarles— que retiraron la cinta de las pantallas, y para los millones de desorientados que por lo visto han aplaudido la medida, dejo aquí una sencilla definición:
Anacronismo
Del gr. ἀναχρονισμός anachronismós.
1. m. Condición de anacrónico.
2. m. Persona o cosa anacrónicas.
3. m. Error consistente en confundir épocas o situar algo fuera de su época.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
¿Pasamos ahora por el filtro de la actualidad, de los principios y valores de inicios del siglo XXI a todos los que nos precedieron, sus costumbres, moral, obras…? No quedaría títere con cabeza, obviamente. Solo como juego perverso, vamos a ver algunos ejemplos.
George Washington
El venerado y sacrosanto padre de los Estados Unidos de América nació en el seno de una familia de terratenientes de Virginia, y él mismo fue un próspero cultivador de tabaco, en cuyas plantaciones trabajaban varios cientos de esclavos.
¿Un esclavista…? ¿Un cultivador de droga…? … ¿Qué se supone que tenemos que hacer, a ojos de los talibanes de la corrección política y de la aplicación a machamartillo de los valores morales contemporáneos? ¿Retiramos todas sus estatuas? ¿Derribamos el obelisco del National Mall? ¿Reescribimos los libros de historia y los de texto, para ponerle a bajar de un burro?
Aristóteles
El más grande de los filósofos griegos, el padre de la lógica, que es la base de todo el conocimiento científico, fue un aristócrata perfectamente integrado en su sociedad, por lo cual practicó con naturalidad la arraigada tradición de la paiderastia, la relación homosexual entre hombres adultos y adolescentes.
¿Un pederasta…? ¿Aristóteles era un homosexual pedófilo…? ¿Qué hacemos ahora? ¿Silenciamos esa parte de la historia, la negamos o la ocultamos, para poder preservar su inmenso legado… o directamente emprendemos la cruzada santa de derribar sus estatuas y abjurar de él?
La Biblia
El libro de libros, referente central de la religión más extendida del planeta, plasma con total claridad el contexto social de las diferentes culturas que abarca, las cuales comprenden cerca de dos milenios. En todos los casos, dichas culturas se corresponden con férreos patriarcados.
 ¿Que la Biblia es machista…? ¿Qué no respeta la igualdad de derechos de las mujeres? ¿Qué plantea una sociedad segregada, con reparto de roles por sexos en donde las mujeres tienen vetados los relativos a la intelectualidad y el poder…? ¿Qué hacemos ahora? ¿Prohibimos la impresión de ese libro? ¿Lo reescribimos, para que resulte políticamente correcto y no ofenda a nadie?
No se puede ser tan burro para no darse cuenta. Cada época es cada época, y la nuestra no es sino otra más, no el colofón de nada. Con seguridad que lo que ahora nos parece la culminación de la evolución ética y moral humana, dentro de un siglo resultará irrisorio.
La manera en la que nos relacionamos padres e hijos, por ejemplo, se ha ido modulando a lo largo de la historia, y con seguridad seguirá haciéndolo. Lo mismo dentro de una o dos generaciones se regresa a mucha mayor severidad, o lo mismo la cosa evoluciona en otra dirección y las relaciones paterno-filiales se restringen casi exclusivamente a lo emocional, delegando el resto a otros ámbitos.
A nuestros descendientes de comienzos del siglo XXII lo mismo les resultan grotescas cosas que ahora nos parecen sagradas, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Y si miramos un poco más lejos, dentro de uno o dos milenios, cuando la ciencia haya conseguido que la duración de la vida humana se ajuste a parámetros totalmente diferentes de los actuales ¿qué pensarán aquellos seres de nuestras angustias morales en relación con la eutanasia o con el suicidio?
En la no-entrada del principio ya formulaba como posible asunto sobre el que reflexionar las formas de “modular” la democracia. Porque estoy seguro de que la raíz de este contradiós de pretender que la Señorita Escarlata siente en su mesa a Mammy es que los incultos desorientados y fácilmente manejables son muchísimos (en EEUU y en todas partes), y como las reglas del juego dicen que su opinión y su voto vale tanto como la de cualquier otro, hace falta mucho valor para plantarse delante y decirles no. No. Lo siento, pero si las relaciones entre Edipo y Yocasta son incestuosas, pues lo son; pero ni se reescribe Edipo Rey ni deja de representarse. Y al que no le guste, pues que no vaya, y punto.
Si  de los 300 millones de estadounidenses un 20% son negacionistas (esto es, “no creen” en el cambio climático), eso no quiere decir que tal proceso planetario sea verdad solo en un 80 %, sino que en ese rincón del mundo perviven 60 millones de incultos —o de perversamente mal informados— que ignoran la realidad. Seguro que 60 millones de votos son un lote jugoso… pero no se  puede “dar la razón” a quien no la tiene.
Habrá que ver qué se hace para continuar mejorando el nivel cultural medio de la humanidad. Para conseguir que todo el mundo entienda que el mundo finalmente no es plano, que la “teoría de la evolución” no es tal cosa, sino una manera bastante aproximada de explicar lo constatado, comparable a la “ley de la gravedad”, y que anacronismo es colocar algo fuera de contexto y pretender después juzgarlo.

Este escrito, en el hipotético e improbabilísimo caso de que no se disuelva en la nada, seguro que causará carcajadas o indignación dentro de un par de siglos. Y si existieran las máquinas del tiempo y pudiera teletrasportarme con él al pasado, lo más probable es que tanto el texto como yo nos disolviéramos efectivamente en la nada… con la ayuda de una hoguera.

viernes, 30 de junio de 2017

Orgullo y discriminación positiva

Lo primero de todo: PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN por mis prolongados silencios. Como dicen mis amigos, con todo su sarcasmo “dejadle tranquilo a Miguel: esto solo es una etapa”. Me merezco la broma, pues me paso la vida diciendo que si ahora escalo poco, toco poco, compongo poco, escribo poco, viajo poco, salgo poco… es porque ando en otras urgencias, pero que esta etapa pasará y volveré a lo de siempre ¿Lo de siempre? Bonito autoengaño: nunca consigo el tiempo del que me gustaría disponer para hacer lo que más me gusta (bueno, obviando lo obvio; pero a ese respecto la disponibilidad de tiempo no es el factor más relevante), y siempre ando con deudas. Ahora, para empeorar mi situación, tengo al otro lado de la pantalla este foro, que con sus diez mil visitas (ya sé: un blog infinitesimal frente a lo que hay por ahí; aunque no deja de tener su mérito, habida cuenta sus ángulos y temáticas), me hace sentir un poco peor aún, si no me asomo a dejar algo al menos una vez al mes.
Creo que del dios de Estós y del contrato que firmé con él, muy parecido al de Fausto, ya os he hablado en otras ocasiones. Pues eso, que aquí regreso a intentar al menos que la deuda no se me vaya de las manos. Vale de lloriqueos y al toro, que ya pasará esta etapa.
El planeta Tierra arde en fiestas por la cosa del Orgullo Gay. Los que tienen una orientación sexual minoritaria —así entran todos y no hay que acudir a acrónimos infinitos— se sienten orgullosos de su condición y lo proclaman. Pues me parece muy bien. Absolutamente nada que objetar. Pero la cosa no deja de ser curiosa.
Yo, por ejemplo, soy escalador, músico y escritor, y no hay ningún día del Orgullo Literario, Musical o Montañero ¿A qué se debe? Pues obviamente a que los miembros de esos tres colectivos, con carácter general, nunca hemos sido objeto singular de persecución, mientras que los sexualmente diferentes, casi siempre ¿Por qué?
Vivimos en la era de la información. El que quiera, tiene muy fácil documentarse un poco respecto a lo que sea, y resulta interesante y esclarecedor asomarse a este tema en concreto. Y no miréis solo la Wikipedia, que aunque es una magnífica herramienta para consultas rápidas, a veces es algo limitada y tendenciosa.
Lo primero que salta a la vista es que no hay un antes y un después, ni ninguna clase de linealidad temporal, cultural o geográfica, en lo que se refiere a la actitud de cada sociedad hacia el sexo. Por citar solo algunos ejemplos: en sus inicios, la república romana consideraba a la homosexualidad un comportamiento desviado importado de Grecia, pero terminó incorporándola a su cultura como algo completamente natural; y si nos vamos mil años atrás y cuatro mil kilómetros hacia el este, está constatado que mientras los asirios tenían tolerancia cero y máxima crueldad hacia todo lo que no fuera heterosexualidad, sus vecinos babilonios aceptaban sin problemas cualquier tipo de conducta sexual.
Si nos acercamos un poco más al presente y a la actual cultura planetaria (nunca los diferentes grupos humanos nos hemos parecido tanto ni compartimos tanto como lo hacemos ahora mismo), está más que claro que la intolerancia hacia cualquier actitud sexual que no sea la “oficial” es directamente proporcional al nivel de poder alcanzado por los monoteísmos. No pueden evitarlo, lo llevan en la masa de la sangre: para ellos, sus creencias no son tal cosa sino LA VERDAD, y siendo así no hay nada que negociar. Lo que es, es, y punto. Ellos tienen el teléfono de Dios, están en contacto permanente con Él y en consecuencia tienen certeza absoluta de lo correcto y lo incorrecto, de lo aceptable y lo inaceptable. Bueno, a lo mejor no a nivel individual, pero sí a nivel colectivo, de modo que si hay alguna duda solo hay que preguntar al cura/imán/rabino, y asunto resuelto. Y respecto a la sexualidad, Dios/Alá/Yavé, es meridianamente claro: solo hay dos géneros y solo son aceptables las relaciones entre miembros de diferente género. Además, solo son correctas ciertas prácticas y en determinadas y concretas circunstancias.
Lo anterior no pretendía ser una causa general contra las tres religiones del libro y sus cuatro mil millones de seguidores. El tema sería infinito, y además no soy tan tonto como para pretender homogeneizar y meter en el mismo saco a la historia de la humanidad de los últimos milenios y a más de la mitad de la población del planeta. Pero los hechos son incontestables: las mayores persecuciones por motivos sexuales han coincidido siempre con los techos de poder de los integrismos monoteístas: el cristianismo medieval y el islamismo contemporáneo (Ya sé que las dictaduras también les han dado cera. Luego retomaré ese asunto).
Pero ¿por qué demonios tienen esa maldita obsesión los radicales religiosos con dirigir el tráfico hormonal del resto de los mortales? Mi opinión, que creo haber expuesto ya en alguna ocasión en este foro, es bastante deprimente: se trata de religiones antiguas, nacidas en un mundo oscuro dominado por el dolor y la muerte, y su intención original fue ofrecer esperanza a una población cuyas expectativas eran casi siempre grises. La felicidad, a la que era lícito optar, jamás la encontrarían en este mundo, sino en el que vendría después de morir, de modo que era ridículo buscar aquí pequeños y efímeros placeres, y mucho más razonable aspirar a la exuberancia del más allá ¿Qué había que hacer para conseguirlo? Pues cumplir las normas, que básicamente se resumían en vivir por y para el altruismo absoluto y asumir con estoicismo lo que la vida les pusiera delante.
Bonita fórmula la anterior, ¿verdad?: Entrega y sumisión. Dos cualidades que sin duda forman parte de nuestra especie: sin entrega al clan y aceptación de la jerarquía seguiríamos en Atapuerca. Pero en nuestra naturaleza, y por suerte, además de las anteriores hay otras cuatrocientas cualidades que nos dotan de mucha mayor complejidad e interés. Si le diéremos prevalencia absoluta a las dos primeras ¿en qué cosa acabaríamos convirtiéndonos? Cuando eso ha sucedido nunca ha dado en una generación de ángeles, sino en las SS o en los Kemeres Rojos. En el mejor de los casos, a lo más que podría aspirarse es a una humanidad de hormigas; y eso no es ya que no me guste, es que simplemente es inviable. Las arañas tampoco construirán nunca hormigueros, ni los lobos se harán vegetarianos. Cada especie es lo que es, y un hombre no es un ángel defectuoso: es otra cosa.
Bueno, continuemos con el esquema delirante de los integrismos monoteístas y sus resultados. Si de lo que va es de sufrir, callar y darse al 100%, ¿qué hueco queda ahí para el placer? ¿Ninguno…? Tranquilos, no hay que preocuparse: Dios, en su infinita bondad, ya sabe lo que te gusta, golosón (dejaremos ahora el asunto de que si fue Él quien te creó, es obviamente el responsable tanto de tus virtudes como de tus vicios), y ha previsto para ti algunas migajas de placer. Por ello, podrás disfrutar del sabor del pan arduamente conseguido y del placer del coito con tu pareja consagrada. Aceptar de modo estoico esos frugales placeres sí será lícito; pero recrearse intentando sacarles porciones extra de gozo será egoísmo, distracción de la recta vía del altruismo infinito. Camino equivocado para alcanzar el paraíso que te aguarda más allá de la muerte… siempre y cuando rectifiques tu error.
¿Por qué esa obsesión con el sexo? Lógicamente, también cabría considerar egoístas a los glotones o a los borrachos, por citar otros territorios de gozo personal que nunca han sido objeto de una persecución parecida.
Se me ocurre que acaso eso haya sido así porque las penurias generales en las que vivió la humanidad hasta hace nada determinaban que comer y beber en exceso fuera un lujo al alcance de muy pocos… y para colmo ricos (para qué hablar de las relaciones entre dinero, poder y religión), mientras que lo de tocarse uno mismo o tocar al otro podía hacerlo cualquiera. Y eso, dejando al margen el hecho de que el placer sexual puede llegar a ser tan atractivo, interesante y gratificante que podría conseguir que dejases de ver tu vida como algo miserable, y perdieses interés por un hipotético paraíso lejano ¿Y si ya has dado con él? En ese caso, sin zanahoria delante, ya no aceptarías el palo. Ni altruismo ni sumisión como ley suprema… lo que te pone a las puertas de la rebeldía, la revolución, la desestabilización de la sociedad…. ¿Veredicto?: ¡A LA HOGUERA…!
Todas las dictaduras parecen haber llegado igualmente a la conclusión de que gozar del sexo en libertad —como cualquier otra cosa que incluya el concepto “libertad”— puede volver a la gente más feliz; o peor aún, menos uniforme, y por tanto menos dócil. Me parece más probable que sea esa la razón de fondo de nazis y estalinistas para justificar su profunda homofobia, y no intentos de conservar “la tradición”. Lo que está claro es que absolutamente todos los regímenes dictatoriales han puesto cota al sexo, declarando la guerra a cualquier “desviación”; esto es, a todo lo que no sea ortodoxia heterosexual.
Si los monoteístas aceptaran la parte de verdad que subyacen a lo que estoy contando (yo no soy como ellos y acepto que lo que digo no es la verdad, sino una razonable aproximación a la misma), harían mayores esfuerzos de los que hacen para liberarse de su negro pasado, y acaso podrían contribuir en alguna medida a la felicidad de la gente, en lugar de ser el palo en las ruedas que acostumbran. A los dictadores y sus seguidores no les pido obviamente nada. Tan solo les deseo unas largas vacaciones en un psiquiátrico.
Lo que no deja de ser chocante es que en la actualidad, cuando las religiones han perdido buena parte de su peso como referentes estructurales y de poder de la sociedad, continúen existiendo niveles de homofobia tan elevadísimos en buena parte del planeta. De hecho es algo común en todos sitios, incluida mi tolerante España, que es uno de los 21 países del mundo donde es legal el matrimonio gay (¡en 173 no lo es!), aunque donde la homofobia tiene más fuerza es en África, en los países musulmanes, y, sorprendentemente, en Rusia y China. Ese dato evidencia que, en la actualidad, la homofobia no es solo el eco de una discriminación ancestral de base religiosa, sino que tiene mucho más que ver con la intolerancia hacia el diferente. El miedo al diferente reconvertido en odio, desde la profunda ignorancia de creer que el “raro” es un peligro, alguien que va contra ti, los tuyos, contra la tradición, contra lo de siempre, que es el único sitio donde el ignorante se siente cómodo y seguro. De modo que, homofobia, racismo o xenofobia no son sino manifestaciones concretas del mismo mal: ignorancia y miedo popular, dos frutos que se cultivan muy bien en casi todos los huertos que empiezan por “ultra” o por “fundamental”: ultranacionalismo, ultraconservadurismo, fundamentalismo cristiano, fundamentalismo islámico…
Soy biólogo, ya lo sabéis. Pero os voy a perdonar abordar el asunto desde un punto de vista técnico, para que esta entrada no sea directamente infinita. Baste citar, de pasada, que las argumentaciones supuestamente científicas de los homófonos retratan por sí solas su profunda ignorancia. Dejaré apenas una píldora: es obvio que sin las relaciones heterosexuales no existiríamos los humanos, ni los bonobos ni los delfines; pero en esas tres especies, como está constatado en varias miles más, las relaciones sexuales de todo tipo no vinculadas a la procreación son una seña identitaria más de las muchas que las caracterizan.
Bueno, disculpen el largo circunloquio y rematemos, para ir de verdad al toro: a todos los no heterosexuales puros y estándar se les ha dado cera y cera y cera en casi todo el planeta, gratuita e injustamente durante los últimos quince siglos, y en casi todos sitios aún se la dan. No es de extrañar que ahora, que la racionalidad se va imponiendo a los atavismos, se pongan en pie en donde les dejen y griten: ¡SOY LO QUE SOY, ESO NO ES MALO Y NO SOY CULPABLE DE NADA…!
Y a partir de ahí, a la sociedad en su conjunto, avergonzada y arrepentida, no le queda otra que aplicar discriminación positiva, a diestro y siniestro.
Eso de la discriminación positiva no es nuevo, y ya se ha puesto en práctica muchas veces, obligando a paridad de géneros (por ejemplo en listas electorales), reservando plazas exclusivas para determinadas etnias (eso se ha hecho en universidades brasileñas), etc. Básicamente la cosa consiste en “hacer trampas piadosas en favor del desfavorecido”, para corregir un agravio y compensar en parte las dificultades de las que, injustamente, parten determinados colectivos por razones históricas. Por su propia naturaleza, la discriminación positiva ha de ser algo excepcional, acotado temporalmente y sin vocación de perpetuidad ¿Qué podría querer decir que dentro de cincuenta años existiera una ley que obligase reservar un porcentaje de plazas en las universidades para determinadas etnias, o que los partidos políticos estuvieran obligados a presentar listas paritarias? ¿Sería eso un avance? Todo lo contrario: significaría que aún se seguían arrastrando los ecos de la esclavitud y del patriarcado. Que aún no se habría alcanzado una auténtica igualdad y libertad de los individuos, y que el Estado tendría que seguir protegiendo a los débiles, velando por los negritos y las mujeres, pobrecitos seres inferiores.
¿Va de eso? ¿Pobrecitos los homosexuales? El mundo entero, avergonzado y arrepentido ¿ha de dedicarles un día de desagravio? No es fácil responder a eso, pues mientras que en países como España o Alemania la cosa parece un poco excesiva, en otros es más que dramática. Acaso la fiesta no debería de ser tanto eso, una fiesta, como un día de luto. Aunque supongo que es mejor estrategia la juerga que el llanto.
Para mí, la condición sexual de cada cual es como su altura, el color de su pelo o sus aficiones artísticas. No le tengo ninguna clase de lástima, ni tampoco especial aprecio, o respeto, o nada de nada hacia los pelirrojos en su conjunto, a la gente de más de dos metros o a los aficionados al ballet. Yo, personalmente, no les he hecho nada de nada a ninguno de ellos, y lamento profundamente si la Inquisición quemó pelirrojos por considerarlos hijos de Satanás. Pero que quede claro yo no fui, yo no estaba, me parece una abominación, y punto.
No tengo ningún amigo íntimo homosexual, pero supongo que eso es simplemente fruto de la estadística, pues tampoco tengo ningún amigo íntimo pelirrojo ni de dos metros. Ahora, conocer conozco y he tenido relaciones de todo tipo con todos ellos: con calvos, lesbianas, melenudos, bajitos, gais, gigantones… De hecho, conozco y trato con frecuencia y cierta intimidad a una buena cantidad de gais y lesbianas (bisexuales también, aunque menos), algunos de ellos de mi familia, otros de la familia de mis amigos, gente del mundo del trabajo… Y para mí son gente. Ni más ni menos: GENTE.
La cosa consiste en actuar con normalidad ante lo que consideras normal, y ya está. Mi mujer es mulata —negra, para la mayoría de los españoles— y de niño recuerdo que en el Ramiro de Maeztu, de los más de tres mil que estudiábamos allí solo había un negro, hijo del embajador de Guinea Ecuatorial. Por ello, por mi experiencia personal, no pude evitar que al empezar a llegar negros a España me resultaran algo pintoresco. Era inevitable fijarse, lo cual seguro que era un incordio para ellos. Pero como nunca creí que la raza fuera un determinante intelectual ni nada parecido, nunca actué hacia ellos de manera discriminatoria, en ningún sentido. Luego fueron llegando más y más, dejaron de ser pintorescos hace más de veinte años y ahora relacionarme sea como sea con una persona de ese conjunto de razas no me resulta relevante en ningún sentido: son gente, y punto. Me da igual el color de los ojos, del pelo o de la piel —obviamente, también el sexo— de mi vecino, mi médico, mi cliente o mi jefe. Cada cual será lo que sea y tendré con él lo que proceda y corresponda. No tengo que apretar, me sale solo.
Pues con los homosexuales la cosa ha seguido un recorrido paralelo. Ver a dos hombres o a dos mujeres besándose fue en su momento exótico, luego pintoresco, y ahora perfectamente normal. Normal pero minoritario, como también lo es en mi pueblo la gente de la raza de mi mujer: de los quince mil que vivimos en Guadarrama, no creo que haya más de veinte o treinta negros. Pelirrojos lo mismo hay el doble, aunque gente de dos metros seguro que menos de la mitad. No tengo la menor idea de cuantos homosexuales habrá por aquí, pero sinceramente, me importa un pito.
Pienso que la mejor manera de acabar con la discriminación no es resaltar orgullosamente la legitimidad de las diferencias, sino demostrar a diario que esas diferencias no predeterminan nada. Tratar a los demás como lo que son, individuos de uno en uno cuyas características personales harán que seáis amigos, simples conocidos o que no os soportéis, pero que eso jamás estará predeterminado por componentes genéticos tales como el sexo o la raza, ni por componentes emocionales y de personalidad tales como ideas religiosas, políticas, aficiones u orientación sexual.
No obstante lo anterior, mientras el pleno respeto y la igualdad legal de todas las personas en todo el planeta, con independencia de su orientación sexual, no sea una realidad (y por desgracia, aún queda mucho), estará plenamente justificada la existencia de movimientos reivindicativos de tales derechos, y a cuantas más personas e instituciones —en especial, Estados— incluya, mejor. Es, en definitiva, una situación análoga a la de la mujer: mientras haya países en donde las mujeres no tengan los mismos derechos que los hombres, el movimiento feminista seguirá siendo necesario.
Mi más cariñoso, sincero y respetuoso abrazo a todas las gentes que estos días están de fiesta. Y, de todo corazón: ojalá esta fiesta deje cuanto antes de celebrarse, de la misma manera que ya nadie celebra fiestas por el fin de la esclavitud.
(… y en cuanto pase esta etapa, prometo dejaros cosillas por aquí, más a menudo)



domingo, 23 de abril de 2017

Lo del colesterol es un mito

No soy conspiranoico. Ya he dejado aquí constancia de ello más de una vez, por más que la versión oficial no sea siempre la correcta, y que las confabulaciones destinadas a intereses bastardos sean una realidad. De modo que no tengo la menor duda de que el hombre ha paseado por la Luna en cinco ocasiones, y de que no existen extraterrestres en formol en el Área 51. Pero el Área 51 sí existe (el gobierno americano reconoció en 2003 la veraz existencia del “Centro de Pruebas de Vuelo de la Fuerza Aérea: Destacamento 3”, que es su nombre oficial), de la misma menara que la obsolescencia programada es una realidad: cuando se inventaron, las medias de nylon era irrompibles, y las bombillas eléctricas de principios del siglo XX podían durar cien años; pero para conseguir que la gente siguiera comprando eternamente, las grandes marcas secuestraron las patentes de esos productos perfectos y sacaron al mercado las mierdas que desde entonces compramos, tiramos y volvemos a comprar. El asunto es realmente impresionante, y para quien tenga curiosidad por él le dejo aquí un link que merecen la pena: https://www.youtube.com/watch?v=24CM4g8V6w8;
Bueno, pues anoche pude ver un programa en la 2 de TVE (la 2, cómo no: ese oasis de cultura y conocimiento), relativo al colesterol, que me dejó igual de perplejo: Colesterol, el gran engaño.
Después de dormir regular, esta mañana me he zambullido en la Red buscando más información al respecto. Hay que tener mucho cuidado con estas cosas, saber desbrozar bien y separar lo que tiene consistencia de lo que simplemente se parece a lo que quieres oír. Supongo que los años que me tiré haciendo ciencia, de la de verdad (etología de insectos sociales, a principios de los ochenta), me dejaron un sanísimo poso de escepticismo y autocrítica que me ayudan a no caer en brazos de charlatanes. Así, esta mañana me he encontrado un montón de veces con páginas en las que a la vez que se metían con Danone o con las grandes firmas farmacéuticas, aportando aparentemente datos creíbles, incluían otros apartados destinados a negar el holocausto judío, el cambio climático o la llegada del hombre a la Luna, asunto que me deja más perplejo aún que lo de la obsolescencia y el colesterol juntos: ¿cómo puede haber tanta gente tan idiota como para ignorar incluso las pruebas actuales que constatan que los cacharros que mandamos allí en los sesenta siguen donde los dejamos? (imágenes actuales de los restos de los alunizajes).
Bueno, pues después de desbrozar lo necesario he podido constara que los escépticos del mito del colesterol no son precisamente alucinados conspiranoicos, y que sus argumentos son absolutamente sólidos. El principal referente mundial que agrupa a estas gentes es el denominado THINCS, acrónimo ingles de The International Network of Cholesterol Skeptics; lo que viene siendo la Red Internacional de Escépticos del Colesterol
(Llevo un par de años estudiando inglés, pero estoy seguro de que más de uno agradecerá que traduzca el título de esa publicación: Grasa y colesterol no son la causa de los ataques al corazón; y las estatinas no son la solución)
No me voy a enrollar aquí intentando un resumen atropellado y parcial de la barbaridad de información disponible en la media docena de links con los que os estoy bombardeando, contra lo que suele ser mi costumbre. Pero de verdad que os recomiendo, cuanto menos, que le echéis un ojo a la cosa. Yo todavía estoy medio aturdido. Además, como biólogo que soy correría el serio riesgo de adentrarme en detalles técnicos que, o bien sería largo y aburrido explicar, o bien podrían dejaros a la mitad fuera de juego. De modo que me reservo esas disertaciones, que ya tenéis ahí donde encontrarlas, seguro que mucho mejor estructuradas. Pero lo que sí voy a hacer es daros cuatro datos de mi relación personal con ese asunto. De mi actuación como víctima inconsciente de fraude y estafa durante casi diez años, a costa de mi salud.
En mi familia, entre mis antecesores, son excepcionales los casos de cáncer y muy numerosos los de infartos. Con esa perspectiva, mi mujer me convenció, hace cosa de una década, de que me hiciera análisis para ver cómo estaba la cosa. Lógicamente, mi colesterol estaba “alto” para las referencias de aquel entonces (ojo al dato: en 2008 no se consideraba alarmante el nivel total de colesterol si no se superaban los 240). Me puse a régimen serio, perdí unos cuantos kilos sin comer prácticamente nada de grasa animal… ¡y mi colesterol subió! El médico me dio la enhorabuena, pues los datos indicaban que mis elevados niveles de colesterol eran metabólicos, no debidos a la dieta, y que con tomarme una pastilla de simvastatina al día, todo quedaba resuelto. Y así lo hice, bajando mi nivel de colesterol hasta estabilizarse en torno a los 220/230. Y estuve sano durante un tiempo, hasta que a alguien se le ocurrió que eso de 240 era mucho, que o se ponía el colesterol a 200 como referencia o los vendedores de yogures y estatinas dejarían de hacerse ricos, de modo que rebajaron el listón y volví a ser declarado oficialmente enfermo. Yo, imbécil de mi, he seguido con mi pastillita diaria, comiendo lo que siempre comí, que es básicamente dieta mediterránea (con más carne que de pescado y más cerveza que vino, pero dieta mediterránea sin duda, con sus abundantes vegetales, su aceite de oliva y mínimo porcentaje de comidas precocinadas), y haciendo más ejercicio que un vigoréxico por causa de mi trabajo (no os podéis imaginar el esfuerzo físico que hace un jardinero). Al fin mi colesterol está ligeramente por debajo de los 200… pero pienso corregir eso, y esperemos que no sea demasiado tarde. Tirando del hilo, empiezo a pensar si no habrá tenido algo que ver mi ingesta sistemática de estatinas con ciertas modificaciones de mi respuesta hormonal… efecto secundario ignorado por los fabricantes de estatinas y que es abrumadoramente obvio si tienes unos mínimos conocimientos de bioquímica y fisiología: ¡pero si todas las hormonas esteroideas son derivadas del colesterol…!. Pero, por supuesto, nunca se me ocurrió ponerme a escarbar, dando por hecho que la verdad oficial de la inocuidad y eficacia de las estatinas debía ser algo tan incuestionable como la de los antibióticos para combatir las infecciones bacterianas (me refiero a la eficacia, no a la inocuidad... que los antibióticos también tienen lo suyo, aunque ahora no toque).
No os aburro más, pero insisto en que tengáis esto en cuenta. Yo, mañana lunes, pienso pedir hora a mi médico. Es un tío la mar de majo, con quien puedo hablar en confianza; y el hecho de saber que en frente tiene a un biólogo le anima a explayarse más. De hecho, fue él quien me dijo que la reducción del listón del colesterol a 200 era una pura maniobra de marketing, y que no tenía por qué preocuparme. Cuando le vea, le voy a decir que no me pienso tomar ni una pastillita más y le voy a preguntar su sincera opinión al respecto de todo este asunto. Y si, como sospecho, termina reconociéndome que las relaciones entre colesterol y obstrucciones coronarias, o el poder preventivo de las estatinas, es más que discutible ¿por qué coño se las recetan a todo el mundo? Incluido él a mí…
No hay conspiración mundial, pero sí miles de intereses bastardos detrás de casi todo, entremezclados con los intereses legítimos e incluso con los más altruistas. Mundo difícil, este que nos ha tocado a los que estrenamos el universo del exceso de información. Pero por nuestra salud, o lo que viene a ser lo mismo, por nuestra calidad de vida, creo que merece la pena dedicarle algún tiempo a este tipo de asuntos, y tener después el valor de asumir las consecuencias de las conclusiones alcanzadas.
Y ahora, solo queda celebrarlo con un chuletón de medio kilo, con su ensalada a la derecha, su pan a la izquierda y su buen vino delante.
¡Salud!



lunes, 20 de marzo de 2017

Equilibrio

Todos somos poliedros
La mano que de mañana afianza a tu hijo
es la misma que hará temblar de noche a tu amante.
Mano tendida, regalo.
Mano crispada, amenaza.

Todos somos poliedros.
Boca que besa, que sonríe,
reza, blasfema,
acaricia, desgarra.
Es tu boca,
la misma boca:
máquina perfecta para la entrega o el ataque.

Tu brazo empuja y renuncia,
sujeta y desiste.
Miras y amueblas el mundo.
Miras y fulminas.
Todo eso eres

No te aferres a tu versión más eficaz, a la más consensuada.
El blanco y negro
es el territorio de los mediocres,
la gramática de los cobardes
desbordados por la policromía de la vida.
Porque la alternativa no son los grises,
por más infinita que sea su gama,
sino el malva del crepúsculo y el naranja del amanecer
el verde selva, el blanco nieve, el blanco sábana,
los mil azules de mis ojos cuando te miro y sonrío,
los mil marrones de los tuyos
cuando me devuelves la sonrisa
sabiendo lo que yo apenas sospecho.

Todos somos poliedros,
y el equilibrio
acaso consista tan solo en usar en cada momento

nuestro lado correcto.

domingo, 12 de marzo de 2017

Malos tiempos para lo laboral

Me dan ganas de vomitar cada vez que oigo al político de turno celebrar la llegada de los buenos tiempos, esgrimiendo como argumento los datos del Paro, del PIB, de la Deuda, de la Prima de riesgo y de la Hermana de su madre ¿Viven realmente tan lejos de la realidad, o es solo estrategia? Por muy poliédrico que sea no soy es economista, y ellos disponen de muchos más datos que tú, que yo y que el común de los mortales. Por tanto ¿son realmente imbéciles y no se dan cuenta de lo que está pasando —acaso los árboles no les dejen ver el bosque— o es que consideran más prudente hacer como que no pasa nada?
¿Que si pasa algo? PUES SOLAMENTE QUE ESTAMOS ENTRANDO EN UNA NUEVA EDAD DE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD. Solo eso.
Así que no hay “crisis” que superar (crisis, del griego κρίσις, no es otra cosa que “separación”, “resolución”, “cambio”), ni normalidad a la que regresar. Estamos en el siglo XXI, las reglas están en plena mutación, y acabe la cosa como acabe con seguridad no se parecerá nada a lo que fueron las últimas décadas del siglo pasado; periodo que casi todos miramos ahora con nostalgia, evocándolo como “lo normal, lo de siempre”; aunque obviamente no lo eran.
(Este soy yo, trabajando en una fábrica de conservas hace año y medio. En youtube doy algún dato más de ese episodio —no sin cierto sarcasmo— que duró un par de meses)
Nadie se acostó un día en la Edad Media y se despertó en la Edad Moderna, por mucho que fuera trece de octubre de 1492. Los cambios de época no son tan fulgurantes, aunque las revoluciones duren cada vez menos, embarcados como estamos en una especie de frenética espiral evolutiva. Desde que los primeros homínidos empezaron a usar el fuego hasta la aparición del Homo sapiens pasaron millones de años. La revolución neolítica, abandonar el nomadismo y la caza para convertirnos en ciudadanos agricultores, nos costó algunos milenios. La Revolución Industrial la empezamos a mediados del XVIII, y apenas un siglo después la artesanía se había convertido en folklore y vivíamos rodeados de objetos salidos de las fábricas. Y todo apunta a que la Revolución de la Información, en la que andamos, tan sólo durará unas décadas. Pero como todas las anteriores, su advenimiento está suponiendo poner patas arriba absolutamente todo, reinventar el mundo, incluida nuestra concepción de la realidad. En este momento apenas podemos constatar tendencias, acciones y reacciones, tensiones y desencadenamientos, cuya auténtica transcendencia solo podemos intuir.
A la imposibilidad de ponerles puertas al campo de la información le llamamos Globalización, e interpretamos que además de un hecho incuestionable era un logro definitivo en la evolución de la humanidad. Todos íbamos a poder comprar y vender de todo y en todos sitios, acceder a lo que fuera sin otro límite que nuestra curiosidad, imaginación y valía. Pero luego resultó no ser así, porque los siete mil millones de personas que recibieron su certificado de empadronamiento en la Aldea Global pertenecían a universos muy diferentes. Los había que vivían en sociedades medievales, por las que no es que no hubiera pasado aún la Revolución Industrial: es que no tenían ni noticias de la Revolución Francesa. Sociedades sin la más remota idea de qué pudiera ser eso de la separación de poderes. Otras machistas hasta el delirio. Otras tan enamoradas de su propio ombligo que interpretaron la Globalización como una declaración de guerra a sus microcosmos. Y entre unas cosas y otras, nos vimos envueltos por sorpresa en una marea retrógrada de proteccionismo, ultranacionalismo, ultraortodoxia…
Si lo anterior fuera el final del camino, de verdad que yo me bajaba de este planeta. Pero como no lo es y todo sigue hirviendo, los optimistas empecinados como yo nos empeñamos en creer que el progreso será capaz de vencer a la caspa. Ya se verá. O acaso ya lo verán nuestros descendientes, Pero, de momento, voy a intentar aproximarme a lo que a mi entender está ocurriendo en nuestro entorno en relación con el mundo del trabajo. Y a ese respecto, y vaya si lo lamento, lo único que soy capaz de constatar es lo siguiente: ADIÓS PARA SIEMPRE AL MARCO LABORAL DEL SIGLO XX.
Outsurcing. Bonita palabra, ¿verdad? No, no la traigo a colación porque esté estudiando inglés, como ya os conté, sino porque resulta que ese es el término que ha terminado por imponerse para referirse a la externalización, que no es otra cosa que el advenimiento del imperio de la subcontrata.
Cualquier empresa, la que sea, tiene subcontratadas la inmensa mayoría de las actividades vinculadas con su negocio a otras empresas, que a su vez hacen lo mismo, y así una y otra vez hasta llegar al elemento unitario e indivisible del trabajo, que es el trabajador. El autónomo, el Sr. Juan Palomo.
A finales del siglo XX, los Sres. Palomo eran un grupo minoritario, justificado y circunscrito a ámbitos específicos. Autónomo era el taxista dueño de su taxi, el fontanero del barrio o el abogado del piso de al lado. Ahora, no. Ahora mismo, y al menos en España, somos autónomos —de derecho o de hecho— la inmensa mayoría de los trabajadores. Y ya sé que las estadísticas dicen que solo somos un 20% de la masa laboral, ni más ni menos. Pero las estadísticas son lo que son, como ya hablé en su momento en otra entrada de este blog, seguramente más divertida que esta: La diosa Estadística.
Cuando dicen que somos un 20% se refieren a que algo más de tres millones de imbéciles, como mi mujer y como yo, estamos apuntados a una ventanilla en donde se nos exige pagar todos los meses una bonita cantidad de euros (en nuestro caso ¡casi 350,00 € cada uno…!), antes de haber facturado un solo euro, a cuenta de unas hipotéticas pensiones que acaso nunca lleguemos a cobrar, según nos informan ciertos políticos que, curiosamente, son amigos de los vendedores de seguros de pensiones. Y en el caso de mi mujer es más que probable que, efectivamente, en su vida vea un solo euro, pues “solo” lleva cotizando en España 12 años, y el día que se jubile a lo mejor no ha alcanzado el mínimo que entonces esté establecido para tener derecho a algo. Ahora, eso sí, o pasa por caja a primero de mes, o no trabaja.
Bueno, pues vale, un 20% de imbéciles ¿Y el resto? Pues si quitamos al otro 20% de funcionarios públicos (por mucho que estos sean también malos tiempos para ellos, desde aquí les digo con todo mi corazón que son una envidiable casta sacerdotal), del otro 60% las dos terceras partes son lo que yo llamaba “autónomos de hecho”, al margen de cuál sea la ventanilla de cotización en la que estén inscritos. Explicaré el concepto, y seguro que me entendéis.
Todo contratado temporal es funcionalmente un autónomo. A mí, como autónomo que soy, me contrata la empresa “x” para que le resuelva tal cosa, con el compromiso de hacerlo en dos semanas. Lo hago, cobro, y hala, a buscar otro encargo. A ese otro trabajador, con el que empezaba este párrafo, la empresa “y” le mete en su plantilla durante quince días para resolver tal otra cosa. Lo hace, y a las dos semanas, lo mismo que yo, ya tiene que estar buscando por ahí a alguien que le contrate de nuevo. Las diferencias entre él y yo son de matiz, de en qué ventanilla tenemos que ir a darle al Estado “lo suyo”; pero muy poco más. Ambos somos autónomos de hecho.
¿Y cuánto cobra un autónomo? Pues exactamente su precio de sustitución: si alguien puede hacer lo mismo que tú por un euro menos, y con nivel equivalente de prestaciones, el trabajo es suyo. Hace mucho ya que quedó atrás el concepto de justiprecio, la posible justificación del valor de las cosas. Nada de eso: si tú ofreces lo mismo por menos, pues para ti. Todo lo cual conduce a una guerra sucia de todos contra todos, tirando los precios hasta el límite de la subsistencia. Hace diez años, un jardinero podía cobrar tranquilamente 18 o 20 € por hora de trabajo; pero la crisis del ladrillo hizo desembarcar en el oficio a miles y miles de desesperados, de manera que hoy en día nadie contratará por horas a un jardinero que le pida más de 12 €.
(Y este soy, trabajando de jardinero hace unos meses; actividad que alterno con la de asesor ambiental. Unos días, reuniones, ordenadores e informes. Y otros, azadón, sudor y naturaleza; cosa, esta última, que me encanta)

¿Hacemos una huelga, para denunciar la situación anterior? ¿Contra quién, y por qué motivo? ¿No es caso justo que el dueño de un jardín escoja, entre las ofertas disponibles, la que le resulte más conveniente? Y lo de los jardines lo he puesto como ejemplo porque lo conozco bien, pero vale absolutamente para cualquier gremio o sector, por la ya referida subcontratación de la subcontratación de la subcontratación: menos los “trabajadores clásicos”, con varias décadas de contrato en vigor, el staf duro las grandes empresas y la casta sacerdotal del funcionariado público, el resto somos todos autónomos de hecho y/o de derecho.
¿De qué me vale a mí que existan los sindicados, o un convenio colectivo que establezca tales o cuales condiciones? Trabajé durante quince años por cuenta ajena, entre 1984 y 1998, en diversas empresas de medio ambiente y de ingeniería, y entonces sí que tenía vigor mi convenio colectivo, y el movimiento sindical era una pieza clave en el marco laboral de entonces. Anualmente, en “mi” convenio se fijaba la evolución de mis remuneraciones, los horarios laborales, las vacaciones, etc. No es que fueran cosas absolutamente fijas e inamovibles, pero sí referencias válidas para concretar después con tus jefes lo que correspondiera.  
Ahora, me resulta cómico imaginarme explicándole a un potencial cliente que si le voy a cobrar tanto o cuanto es porque así se establece en el convenio de mi sector, o que si la entrega no se la podré tener hasta tal día es porque mi convenio me limita las horas que le puedo dedicar a lo suyo ¿A sí? Pues hasta siempre: que pase el siguiente. Y punto. Mi precio de sustitución por servicio equivalente, ese es el único parámetro. Guerra a muerte con mis competidores, para dar lo máximo, lo antes posible y al menor coste. Y se acabó.
En el paroxismo del cinismo, a los autónomos se nos exige, además, que seamos pulcros hasta lo paródico. Con menos cultismos y yendo al grano: se nos exige que cumplamos treinta normas UNE y cuarenta ISO, que tengamos Seguro de Responsabilidad Civil, Convenio con Mutua Laboral, que estemos titulados en Prevención de Riesgos, que firmemos treinta documentos de aceptación de las Políticas de Empresa de cada uno de nuestros clientes, que seamos respetuosos al máximo con el medio ambiente y con todo lo imaginable, la prevención del maltrato animal, yo qué sé… la lucha contra la xenofobia y el racismo, la defensa de la igualdad de géneros, la beligerancia contra el machismo y la homofobia…
Tenemos que ser limpios, pulcros y civilizados hasta rozar la caricatura. Eso, para que acepten mirarnos a la cara. Entonces, nos hacen la pregunta clave: ¿Qué y por cuanto? Y si das la respuesta correcta, el trabajo es tuyo. Y si no… pues a casa a reflexionar qué has hecho mal, a revisar la vigencia de tus trescientos certificados y acreditaciones; y, por supuesto, a rebajar tus precios.
La situación actual de hecho, por mucho que haya un marco global teóricamente garantista (que al final acaba enredando más que protegiendo: es de ahí de donde emanan las mil normas de obligado cumplimiento que a nadie importa si se cumplen o no, la asfixiante presión fiscal, etc.), se parece a un mercado medieval: tu llegas, pones tu chiringuito en medio de la plaza y si a alguien de los que pasa por allí le gusta lo que tienes, te lo compra; y si no, pues nada. Y mañana igual que ayer y que pasado mañana.
Como ya he dicho antes, esto no es “al final”, sino “de momento”. Pero por lo que respecta a lo laboral, no cabe duda de que no son los mejores tiempos.