martes, 8 de mayo de 2018

REFLEXIONES BREVES, PERO INTENSAS (XI)

En un universo paralelo, sumamente improbable aunque no imposible, soy invitado a hablar ante el Congreso de los Estados Unidos de América en calidad de Mente Inquieta con Perspectiva, para formularles una pregunta que acaso pueda ayudarles a reflexionar.
Senadores, Representantes, Señor Presidente. Antes de formular mi pregunta, permítanme que la contextualice ¿Cuántos siux hay en la sala? ¿Y apaches? ¿cheroquis? ¿navajos, pueblo, chippewa, potawatomi, creck, chotaw, comanches, cheyene…? ¿Ninguno? En el año 1800 vivían en este país poco más de seis millones de personas, incluidos seiscientos mil indígenas. En 1900 setenta y cinco, y ahora más de trescientos veinticinco millones, de los que apenas dos y medio son nativos norteamericanos, ninguno de los cuales, por cierto, tiene aquí representante de su propia cultura ¿De dónde creen ustedes que procede su masa poblacional? ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que todos ustedes, todos, son emigrantes, o a lo sumo bisnietos de emigrantes? ¿Cómo es posible que hayan olvidado que la inmensa mayoría de sus antepasados —no tan lejanos— de origen inglés, italiano, irlandés, afroamericano (permítanme la licencia; de la esclavitud ya hablaremos otro día), francés o español, eran gente valiente y emprendedora, pero en su mayoría pobres y analfabetos?
Una vez centrado el asunto, ahí va mi pregunta: ¿Cómo es posible, almas de cántaro, que consideren a los actuales emigrantes una amenaza, en lugar de una oportunidad, si todo lo que les ha llevado a ser lo que son procede de oleadas de emigración mucho más masivas, caóticas y de gentes menos preparadas de las que ahora les piden una oportunidad…?

martes, 1 de mayo de 2018

Apología de lo cutre

Supongo que todo se debe a una mezcla de afición a los mitos y mala memoria. O lo mismo es que soy yo el que tiene demasiada memoria y no consigo descontextualizar, que es lo que parece hacer la mayoría, metiendo todo en un limbo arqueológico en el que cualquier cosa se vuelve admirable por el hecho de ser antigua. Desde esa perspectiva, el acueducto de Segovia y el carro de Manolo Escobar, o López de Vega y Paco Martínez Soria, son intrínsecamente equivalentes: nuestros símbolos, nuestras referencias. Manuel de Falla y Massiel en la Eurovisión, Serrat cantando a Machado y Raphael siendo aquél, qué más da.
Pues a mí, vaya usted a saber porqué, sí me da.
Apenas tengo 58 años, edad relativamente modesta a estas alturas de siglo XXI; pero a menudo me veo haciendo de anciano de la tribu, perplejo al ver que todo el mundo parece haber olvidado lo que en su momento se dio por obvio. Porque una cosa es el análisis antropológico, la justificación histórica, la indulgencia, la empatía retroactiva o incluso la simple nostalgia, y otra bien diferente venir a ensalzar cosas que fueron, son y serán la cumbre de la caspa y el cutrerío.
Entendámonos: Raphael, El Fary y los realities de Telecinco siempre han tenido y tendrán su legión de fieles. Pero lo inconcebible es que tanta gente razonablemente culta, leída y viajada, parezca asumir ahora con naturalidad que lo que siempre se consideró la cumbre de lo chabacano, populachero y sin clase, merece tomar asiento junto a las auténticas y unánimes cumbre de lo meritorio y valioso.
Me da no sé qué liarme a dar más nombres de los que ya llevo dados, porque no es mi intención ofender a nadie, en serio. Una hamburguesa del McDonald’s es un plato absolutamente digno que no tiene de qué avergonzarse, y en más de una ocasión me ha sacado felizmente de algún apuro. Pero de ahí a considerar a las hamburguesas de franquicia alta cocina, y que reconocidos gourmets se dediquen a ensalzarlas, pues hay un mundo ¿no? Exactamente a eso me refiero.
¿Qué es lo que ha podido pasar? ¿Es, como decía al principio, necesidad de mitos y falta de memoria? ¿No será que entre los influencer con más tirón se han colado una buena panda de gente sin clase, y que para evitar líos la gente que sí tiene clase finge compartir sus gustos? ¡Ay de aquel infeliz al que se le ocurra cuestionar la grandeza de Raphael o de Manolo Escobar (ya he dicho que no daré más nombres)!
Por cierto, aprovecho para decir que me espeluzna y me desconcierta a partes iguales el propio concepto de “influencer”, cuya existencia solo puedo atribuir a la profunda inseguridad y falta de personalidad de la gente: como yo no sé qué es lo que se lleva, qué es lo que se considera adecuado y qué no, y para mi es crucial la aceptación de los demás, pues miro a ver qué se pone —o come, o bebe, o lo que sea— alguien de solvencia reconocida, y me limito a imitarle.
No sé si se puede ser más imbécil, en el sentido literal de la palabra (imbécil, como supongo que la mayoría ya sabéis, viene del latin lmbaculum: sin bastón, sin apoyo, sin punto de referencia). Porque una cosa es tener tus propias referencias —todos las tenemos; aunque a medida que maduramos se van diluyendo— e intentar aproximarte a estilos que lucen gentes a las que admiras (de ahí los peinados a lo Marilyn Monroe o a lo Cristiano Ronaldo, las chupas de cuero a lo James Dean, etc.), y otra intentar aproximarte a estéticas que publicitan personas que no son absolutamente nadie… salvo publicitadores de estéticas.
En fin, dejemos el asunto por el momento y continuemos repartiendo cera por donde tocaba hoy, que era a propósito de lo del ensalzamiento de lo cutre. Y qué mejor ejemplo al respecto que el glorioso Festival de la Canción de Eurovisión. La cosa viene de lejos, de modo que se hace imprescindible un poco de arqueología emocional. Vamos a ello.
Allá por el 68, España era una teocracia fascista. No se vivía mal, en serio. Muchísimo mejor de lo que se había vivido nunca hasta entonces en este país (obviando a las clases de arriba, que siempre han jugado en otra liga); aunque para ello había que asumir la situación y no tener ideas descabelladas, como pretender que hombres y mujeres tuvieran los mismos derechos, querer elegir a tus representantes políticos o cualquier otra locura similar.
Lo anterior no hacía a España muy popular. La comunidad internacional nos consideraba un país atrasado al que venir a tomar el sol. Apenas se nos dejaba participar en las olimpiadas, y poco más. Y de repente, en un concurso de canciones ligeras de las televisiones públicas europeas, mandamos a una chica en minifalda diciendo La-La-La (como nuestro himno… pero en femenino), ¡Y GANAMOS…! ¡Yupiiii… España ganó...! España había ganado… a algo, a lo que fuera (¿qué más daba?).
El orgullo patrio se desbordó por las calles con una fuerza similar a la de los brasileños cuando ganan un mundial de fútbol. Volvíamos a estar en el mundo, contábamos. Al año siguiente seríamos los anfitriones… Lo fuimos… ¡Y VOLVIMOS A GANAR…! Con otra chica en minifalda que vivía cantando —hey!— ( ex-aequo con Francia, Holanda y Gran Bretaña; pero ganamos). El Festival de Eurovisión pasó a ser el foro de reconocimiento internacional que el franquismo necesitaba, una cuestión de Estado, y como tal se publicitó y se publicitó hasta calar en la gente, que consideraba ese concursillo irrelevante como la más alta competición en la que medían su prestigio las naciones europeas.
Pero llegaron los 70, España se fue modernizando, Franco se murió por fin, y la gente empezó a ver Eurovisión como lo que realmente siempre había sido: un concurso de música pop que siempre ganaban los mayores productores de ese estilo musical (ingleses, irlandeses, franceses, suecos, holandeses…). Luego la cosa se puso aún peor, pues resultaba difícil disociar a ese concurso del uso que el franquismo había hecho del mismo, por lo que cada vez fue siendo más arrinconado. A mediados de los 90, Eurovisión tenía en España el mismo tirón que los campeonatos canadienses de curling (sí, hombre: eso de deslizar una plancha redonda por el hielo mientras otros barren frenéticamente delante de ella).
El Festival de la Canción de Eurovisión siguió su camino, y se fueron incorporando más y más países a medida que Europa se homogeneizaba políticamente y se balcanizaba al tiempo (qué curiosa contradicción ¿verdad?); pero en España continuó siendo un evento del pasado, intrínsecamente cutre y demodé, hasta que a ciertos gurús iluminados se les ocurrió convertir a ese concurso en el premio final de otro: el que ganase Operación Triunfo representaría a España en Eurovisión. Los que por aquél entonces teníamos cuarenta años, nos miramos los unos a los otros y estallamos en carcajadas: ¿Eso es un premio? ¿Quién va a querer ir a ese desastre, a hacer como siempre el ridículo? ¿Cómo se atreve nadie a decir que “va a representar a España”, como se decía en tiempos de Franco? ¡Pero si eso es una especie de convención del pop británico, organizado por las televisiones públicas europeas, y poco más…!
Pues nos equivocábamos de medio a medio: lo de OT se convirtió en la Madre de todos los realities, de él salieron un montón de artista de verdadero talento y la ganadora casi gana también Eurovisión, reconvertida de nuevo, por arte de los Mass Media, en las modernas Olimpiadas del Arte. Claro, estamos hablando de comienzos de siglo, de los años de la España optimista y en subida libre, galopando una burbuja que aún tardaría más de un lustro en explotar. El franquismo o Massiel eran referencias históricas comparables a Napoleón o los Reyes Católicos, nada que atañera ya a nadie. Eurovisión acababa de ser inventada y era claramente hermana de la final de la Super Bowl o la entrega de Los Oscar, sin parentesco alguno con los Festivales de San Remo y de la OTI.
Pero el entusiasmo duró poco, y la cosa fue tumbándose cada vez más del lado de la mediocridad, la horterada y el populacheo ¿Queréis que os recuerde a los cantantes y las canciones que sucedieron a nuestra Rosa de España del 2002 y su Europ´s living a celebration? Sujetaros que la pedrada es fuerte:
2003
Dime
Beth
2004
Para llenarme de ti
Ramón del Castillo
2005
Brujería
Son de sol
2006
Un BloodyMary
Las Ketchup
2007
I love you mi vida
D'Nash
2008
Baila el Chiki-chiki
Chikilicuatre
2009
La noche es para mi
Soraya
2010
Algo pequeñito
Daniel Diges
2011
Que me quiten lo bailao
Lucía Pérez
2012
Quédate conmigo
Pastora Soler
2013
Contigo hasta el final
El Sueño de Morfeo
2014
Dancing in the rain
Ruth Lorenzo
2015
Amanecer
Edurne
2016
Say yay
Barei
¿Alguien recuerda alguna de esas canciones? Bueno, lo del Chikilicuatre seguro que sí, porque ese tipo de sucesos traumáticos son muy difíciles de borrar. Y lo de los artistas… salvo dos o tres —¿honrosas?— excepciones ¿alguien se acuerda de ellos?
El imperio Mass Media, en esta Era de los influencers, acaba de obrar de nuevo el milagro y el Festival de Eurovisión, las Olimpiadas del Arte, a vuelto de ser reinventado. Y esta vez vamos a ganar… porque llevamos a una pareja de enamorados (lo siento muchísimo, pero su historia me parece una versión Disney de la de Los Juegos del Hambre) ¿Quién puede estar en contra del amor? Además, cantan una canción preciosa… que ciertamente lo es, aunque el hecho de haberla oído treinta y siete millones de veces en los últimos tres meses ha determinado que le coja una manía comparable a la que le tengo a la de Paquito el Chocolatero.
Si ya lo he dicho: que vivan Raphael (por cierto: su “Yo soy aquél” fue la representante de RTVE en la Eurovisión del 66), Sálvame de Luxe y de todos los Cítricos, los Gypsy Kings, el Torito Bravo y la madre que los parió a todos ellos. Pero no perdamos el norte y no confundamos popularidad o curiosidad antropológica con verdadero valor. Digan lo que digan todos los influencers de todos los ámbitos del planeta.

sábado, 7 de abril de 2018

REFLEXIONES BREVES, PERO INTENSAS (X)

En la crisis catalana todo es delirante, ridículo, patético. Lo es que dos millones de personas, en pleno siglo XXI, crean que el nacionalismo integrista es modernidad. Lo es que para combatir ese dislate haya quienes usen como argumento otros nacionalismos. Lo es constatar que los poderes del Estado están menos separados de lo que deberían. Pero para mí hay un disparate que supera a todos los anteriores: darle tal importancia a las formas que al final el fondo resulta irrelevante.
FONDO OBVIO, Y POR LO VISTO IRRELEVANTE: una organización, muy numerosa y perfectamente estructurada, tras abonar durante décadas ciertos sentimientos romántico-endogámicos, dio un golpe de estado cuyos objetivos eran liquidar España y crear en su lugar un Estado Catalán independiente, abandonando a su suerte al resto de territorios de la ex-España. El golpe falló. Pero lo intentaron.
FORMA, QUE POR LO VISTO ES LO IMPORTANTE: Romper dos coches de la Guardia Civil ¿es o no violencia? ¿Cómo de violenta ha de ser la violencia para que se considere Rebelión? ¿Un escrache es violencia? Comprar unos tupperware en IKEA y una bridas en un chino para hacer una parodia de referéndum ¿es malversación de fondos públicos?
No hace falta mancharse las manos de sangre para cometer un crimen. Se ahorca igual con un pañuelo de seda que con una soga de esparto. Un golpe de estado, lo dé Franco, Tejero o Puigdemont, termine en guerra civil o en breve tumulto, es intrínsecamente el más grave de los delitos políticos que cabe imaginar en democracia, y debería castigarse siempre con la inhabilitación a perpetuidad de los golpistas. Para el flagrante intento de golpe que nos ocupa, sin necesidad de prisiones preventivas ni otras idioteces incendiarias, tres meses habrían sobrado para instruir el caso, ya estarían inhabilitados de por vida los promotores del golpe —varias decenas— y podríamos dedicarnos todos a cosas más interesantes.

lunes, 19 de febrero de 2018

Ponerle letra al himno de España

El asunto colea desde hace ni se sabe, pero ahora ha vuelto a ponerse de actualidad gracias a la ocurrencia de Marta Sánchez, que apenas ayer se nos vino arriba y se marcó una versión personal del himno patrio, con letra de su propia cosecha. Toma ya, con un par.
La aportación literaria de la cantante, cuya calidad y potencia de voz es incuestionable —al margen de que te pueda gustar o no su estilo— se concretó en lo siguiente:
"Vuelvo a casa, en mi amada tierra, la que vio nacer mi corazón aquí. Hoy te canto para decirte cuánto orgullo hay en mí, por eso resistí. Crece mi amor cada vez que me voy, pero no olvides que sin ti no sé vivir. Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón y no pido perdón. Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin. Como tu hija llevaré ese honor, llenar cada rincón con tus rayos de sol. Y si algún día no puedo volver, guárdame un sitio para descansar al fin".
Hombre, así a botepronto, pelín cursi sí que es. Voluntariosa… pero con la métrica y la rima un poco cogida por los pelos.
Lo que no deja de tener su gracia es que ya hayan surgido entusiasmados seguidores de la propuesta y sarcásticos detractores, a todos los cuales se les importa una higa si se trata de una construcción poética o alegórica meritoria o no, porque a lo que van es a una exaltación de la patria  —a Mariano y a Albert, literalmente, se les saltan las lágrimas— o a una escepticismo crítico de la misma —sonrisita burlona de Pablo y compañía— Y es que el problema real, gordo y de fondo, me temo, no es si tal o cual letra es más o menos cursi, agresiva o doctrinal, sino si es moderno y aceptable eso de emocionarse e identificarse con una patria en concreto… y con esa a la que le dicen España, pues la decisión es particularmente delicada.
Primera e imprescindible puntualización: el himno de España no carece de letra. De hecho tiene dos, la “L” y la “O”. Su versión más conocida, popularizada por Manolo el del Bombo, dice más o menos así:
 “Ló lo, ló lo… lololololololololo ló, ló, ló…. lo lo lo lo lo lóóóóóóó…
Ló lo, loló lo, loló lo loló, lololo ló, ló, ló, lololo, ló, ló, lóóóóóóó….”
(ponerle vosotros la música y seguir el fraseo; veréis que mi transcripción es ajustada)
Para mí, y os hablo ahora como poeta, que también lo soy, es perfecta. Concisa, rotunda, precisa… No ofende a nadie, acude al género neutro, para que todos y todas nos sintamos representados y representadas por este himno y esta himna. Métrica de diez, que en ningún momento pisa fuera ni arrastra el compás. Simplicidad nemótica inclusiva, que permite que hasta los peces puedan recordarla ¿Puede haber algo más redondo?
Porque lo de intentar ponerle letra a la Marcha de Granaderos, para no ser menos que los demás y que nuestro himno sea cantable, se lleva intentando desde hace siglos; pero no hay manera de que salga una propuesta que cuaje. Lo mismo es que España es un país tan diverso y peculiar que no hay forma de resumirlo en cuatro estrofas, y o te destapas por arriba o te quedas corto por abajo, como con esas mantas malditas que todos tenemos en casa para no-resolver imprevistos y que nunca nos decidimos a tirar.
La última aventura a este respecto la protagonizó el Comité Olímpico Español, en 2007, abandonando la épica tradicional y apostando por el buenismo . Pero la cosa quedó tan blandita que no convenció a nadie, y ahí se quedó.
El problema, además de que España es un pifostio tan peculiar que no hay manera de encontrar un resumen que englobe los 47 millones de versiones de la misma —una por español— es que llegamos tarde. Como suena: llegamos tarde. Y tiene mérito, que un país con 500 años de historia llegue tarde a la confección de su tonadilla patria; pero es así. Porque otros, como alemanes, italianos, franceses o británicos, escogieron directamente cancioncilla con letra (o muy pegadas unas y otras), hace dos o tres siglos, cuando valía todo y aún no se habían inventado ni las minorías ni las susceptibilidades.
Reparad un momento en las burradas que dicen himnos consagrados que a nadie se le ocurre cuestionar:
Ahí va un extracto del himno de nuestros vecinos del norte:
¡Marchemos, hijos de la patria, el día de gloria ha llegado…!
Contra nosotros, la tiranía alza su estandarte sangriento.
¿No oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados?
¡Vienen hasta nuestros brazos para degollar a nuestros hijos y esposas…!
¡A las armas, ciudadanos, formad vuestros batallones…!
¡Marchemos, marchemos… y que la sangre impura inunde nuestros campos…!
En cinco palabras A CO JO NAN TE. Y no me estoy refiriendo a acojonante del verbo “muy bueno”, sino del verbo “dar miedo”. ¡Santo Dios, qué cosa más gore! Eso no lo superaría ni el mismo Freddy Krueger, si se quitara por un momento las uñas de matar y cogiera un boli.
Pues no pasa nada. La Marsellesa es La Marsellesa, La France es el país de l´amour, y todos tan felices. Aquello se escribió en 1792. Si alguien intenta ponerle esa letra a un himno nacional ahora mismo ni siquiera iría a la cárcel: lo llevarían al manicomio.
Vámonos un poquito más arriba. Ahí va el inicio del himno alemán:
Alemania, Alemania sobre todo,
sobre todo en el mundo
Así será si en la protección y en la defensa
siempre nos unimos como hermanos.
Desde el Mosa hasta el Niemen, desde el Adigio hasta el Belt:
¡Alemania, Alemania sobre todo, por encima del mundo entero…!
Toma geroma, pastillas de goma, y olé sus cojones ¿Se creía Trump que estaba inventando algo con lo de America the first ¡Eso sí que es supremacismo teutón, a lo bestia y sin anestesia…! Esta letra fue escrita en 1841, pero lo cierto es que se sigue cantando en la actualidad, como si tal cosa, y a nadie le ruboriza. Imaginad algún españolito proponiendo que nuestro himno dijese algo tipo “España, España por encima del mundo entero…” A ese lo linchan por la calle antes de llegar al manicomio.
Para que esto no se haga eterno, que sé que luego os cansáis, no voy a continuar con el God Save The Queen, el The Star-Spangled Bannner, o Il Canto Degli Italiani, pero creedme que no tienen desperdicio: sangre por aquí, muerte por allá, supremacismo sin pudor alguno, confesionalidad doctrinal descarada… Si realmente reparáramos en qué coño están cantando cuando lo hacen los políticos, diplomáticos o deportistas de esos países —o casi de cualquier otro— cuando suenan sus himnos, salíamos por patas de allí mismo a escondernos… o a coger un buen garrote, para resistir sus envestidas.
De modo que la letra de Manolo… bueno, las dos letras de Manolo, son la mejor contribución que puede hacer nuestro país a la cosa de la hermandad planetaria, en lo relativo a las cancioncitas patrias.
Gracias, Marta, por el trigésimo-nono intento. Pero creo que lo que toca en este caso es aplicar un viejo aforismo que no recuerdo a quien oí en una obra, hace ya muchos años:
“Si no está roto, no lo arregles”

domingo, 18 de febrero de 2018

El cáncer (nacionalista) no se cura con aspirinas (judiciales)

Mi opinión la he dejado ya más que clara en este foro: el nacionalismo es un atavismo neolítico, un palo entre las ruedas que ralentiza el progreso de la humanidad como lo hacen el resto de supremacismos: el racismo, el machismo... Porque el nacionalismo es simple y llanamente eso: supremacismo paleto, supremacismo de aldea cuyo único argumento y sustentación es que los nacionalistas consideran que no hay nada más confortable que su zona de confort. Y punto. Se acabó. Eso es todo. Esa simpleza, esa idiotez infantil es su único baluarte moral e ideológico. Qué bien se juega en casa, qué gusto da todo, qué rica la comida, sin sorpresas ni ingredientes desconocidos. Qué agradable entenderlo todo, coger todos los chistes, comprender todos los argumentos. Qué confortable, en resumen, es la zona del propio confort. La mejor, de largo y sin matices. Algo que hay que defender a toda costa, cuidando su pureza y evitando contaminaciones. Algo sobre lo que hay que cerrar filas, pie en pared, siempre y a cualquier precio, sin abrir la mano jamás a nada que pueda suponer mestizaje o pérdida de autonomía.
¿Cómo se dice en catalán —o en vasco, o valón, o en la legua que queráis— America the first?
Pues eso.
Dicho lo anterior, algo que es como mínimo igual de meridianamente obvio es que “tener razón” apenas es un dato, un punto de referencia. Un argumento imprescindible, sin duda; pero incapaz de cambiar por sí solo la realidad. Y al resto de supremacismos me remito para corroborar tal evidencia: ¿es o no algo aceptado que el machismo es una secuela de la sociedad patriarcal que dominó el planeta durante los últimos tres milenios, un vicio anacrónico superado por la historia… y al mismo tiempo una pesadilla actual y demoledora que aún nos atenaza? El racismo es una inculta simpleza que no se sujeta, y ya no hay regímenes nacis ni apartheid en vigor. Pero ¿no perdura el latido racista por doquier, como un bicho tóxico aguardando escondido en los resquicios de todas las sociedades, listo para saltar a primer plano en cuanto la situación lo propicia?
El nacionalismo es un mal de naturaleza emparentada a los dos supremacismos citados en el párrafo anterior y de peligrosidad cuanto menos equiparable. Acaso sea el responsable de más muertes que nadie en este planeta, incluidos los sesenta millones de la última Guerra Mundial. Pero esa evidencia no resuelve nada, y las estrategias empleadas para combatirlo, al menos en España y durante los últimos cien años, han sido patéticas, consiguiendo únicamente darle motivos para enrocarse, crecer y hacerse más fuerte.
Me parece que, antes de seguir, se hace imprescindible una reflexión seria respecto a lo que no es nacionalismo, para que nadie se lie y se crea que estoy dando por bueno el nacionalismo de los estados oficiales —España, Francia, Alemania, etc.— y llamándole “nacionalismo”, en sentido peyorativo, a sentimientos equivalentes pero que conciernen a no-estados como Catalunya, Euskal Herria, el Kurdistán o el Tíbet. Nada de eso.
A todos nos gusta lo nuestro. Es lo que conocemos y hacia lo que sentimos mayor vinculación. Yo a mi Sierra de Guadarrama, a Madrid, España y Europa, por ese orden. Mi mujer a Salvador de Bahía, el Nordeste brasileño, Brasil y Sudamérica, y cada cual a sus respectivas equivalencias. Al nacionalista no es que le pase eso, como a todos, sino que además traza una raya muy muy gorda que delimita de forma drástica e irreductible el universo, de forma que sus afectos y afinidades se concentran enfermizamente a un lado de esa raya, sintiendo hacia todo lo que cae del lado de fuera apenas una tenue y difusa simpatía… y muchísimo recelo.
Pensemos en los ideólogos basales de la actual Unión Europea ¿Alguien cree que Winston Churchill no era profundamente inglés, Konrad Adenauer profundamente alemán y Charles de Gaulle profundamente francés? ¿Os imagináis a Churchill prefiriendo el champán al té, o a Adenauer despreciando la cerveza frente al vino? Obviamente todos conocían bien y amaban a sus respectivas patrias. Pero ni por lo más remoto consideraban ese justificado amor filial un argumento para odiar al vecino y para anteponer a toda costa el bien de los suyos, fueran cuales fueran las consecuencias para el resto. Ellos, como tantos desde entonces —yo incluido— no sentían en absoluto peligrar su identidad por el hecho de estrechar al máximo los vínculos con los vecinos, hasta acabar alumbrando algo parecido a unos Estados Unidos de Europa —son sus palabras— Y estoy convencido de que si no se atrevieron a decir algo así como “…hasta que en un futuro los Estados Unidos de Europa se integren en los Estados Unidos Planetarios”, no fue porque no lo intuyesen o deseasen, sino porque seguramente les pareció algo demasiado lejano y que era mejor no poner sobre la mesa de momento, para que la gente no se marease y huyera.
Habrá nacionalistas que me digan que firmarían todo lo que se dice en el párrafo anterior, pero que plantean su integración europea y planetaria desde el marco de sus respectivos estados —catalán, vasco, etc.— y no desde el estado español ¿Qué diferencia habría? Es un argumento ingenioso… pero falaz. Es ridículo decir que para dejar atrás un supremacismo, primero me apunto a otro, más o menos equivalente, y desde ahí, escapo. Es como si un alcohólico te dice que para dejar el alcohol primero se va a pasar a la coca, y que después la dejará, resolviendo así su problema con la botella. España, Francia, Alemania, son realidades históricas cuyo único natural y razonable destino es su desintegración hacia arriba, al plazo que sea; pero jamás empezando por dar un paso atrás, hacia la balcanización medieval que nos precedió ¿Para qué? O dejamos de beber e intentamos hacer otras cosas o continuamos la juerga mientras el hígado aguante, que no será mucho. Pero intentar venderle la burra a nadie de que la salida se encuentra en la puerta de atrás, es ingenuista o falaz. No me vale.
Ni que decir tiene que reinventarse la historia para argumentar que la creación de esos estados neobalcánicos no es sino la restitución de un antiguo estado de las cosas es una falacia aún mayor. Claro que hay mucho burro suelto que puede morder el anzuelo, pero quiero creer que el nivel cultural medio tiende a aumentar, y que el actual acceso universal a la información puede ayudar a ello. Y el que quiera que mire un poco, que la evidencia salta a la vista: jamás existió Euskal Herria, y pretender que el reino medieval de Navarra fue algo equivalente es una idiotez similar a decir que el Califato de Córdoba, o la Tartesos de Argantonio fueron los antecedentes de la actual Andalucía. Y tampoco, señores catalanes, hay quien sujete que la guerra de sucesión que libraron las potencias europeas en estas tierras hace trescientos años fue una contienda entre Cataluña y España. La verdad es que lamento que ganaran los Borbones, y creo que de haberlo hecho los Hasburgo nuestra historia —y la de toda la humanidad— podría haber sido distinta y mejor. Pero el reino de Catalunya, como el de Euskal Herria, tan solo son creaciones literarias, equivalentes a la Ínsula Barataria; o a la Isla Utopía, como acaso prefiráis, que no es lo mismo, pero es igual.
Dicho todo lo anterior, y lo anterior de lo anterior, incluidas las cien entradas que ya acumulo en este blog, podría venirme quien quisiera y decirme que apenas soy un chavalote con limitada cultura que pontifica desde su púlpito particular, pero que no le llega intelectualmente a la suela de los zapatos a decenas y decenas de sabios nacionalistas de todas las condiciones, catedráticos de historia, de derecho, gentes que han dado siete vueltas al mundo y que me sacan dos ceros en cociente intelectual ¿Si? Pues me voy a revolver contra esa razonable argumentación.
Cuando digo que el nacionalismo es un atavismo neolítico que lastra a la humanidad no estoy diciendo que los individuos nacionalistas, a título particular, sean idiotas, ni muchísimo menos. Digo que esa línea ideológica, al margen de lo bien que se venda y de quién la venda, es algo rancio y dañino. Algo que quiero considerar demodé… acaso con cierta licencia buenística por mi parte, queriendo creer que la humanidad ha avanzado algo desde la Ilustración hasta aquí.
Me apoyaré de nuevo en los otros dos supremacismos que estoy empleando como muletas especulares: el machismo y el racismo.
Como biólogo que soy, admiro desde lo más profundo de mi ser a Charles Darwin, que no se inventó ninguna teoría ni promulgó ninguna ley, sino que, simplemente, tuvo la perspicacia suficiente para entender algunas de las claves básicas de porqué los seres vivos que vemos son lo que son. La evolución no es una hipótesis, es la formulación de una realidad, equivalente a la gravedad o a la esfericidad de la Tierra. Pues bien, mi amigo Charles era machista hasta la nausea, considerando a la mujer una especie de hombre imperfecto e incurablemente inferior, tanto física como intelectualmente ¿Debemos por ello denostar a Darwin? O peor aún, ¿tenemos que reconsiderar nuestra opinión respecto al machismo, dado que un biólogo tan preclaro lo era abiertamente? Pues no, y no: Darwin fue un iluminado; pero como hijo de su tiempo, cargó con ideas que hoy en día ya están superadas. Y punto.
¿A alguien le cabe la menor duda respecto a que Jesús de Nazaret era total y profundamente machista? ¿Y cómo iba a ser de otra manera, viviendo en el patriarcado global de la Antigüedad? ¿Debemos en consecuencia mirar con recelo la figura de Jesús… o tocará reconsiderar lo de si el machismo tiene o no cierto sentido?
Como ya recordé en este foro, George Washington tenía centenares de esclavos en sus plantaciones de tabaco ¿Toca considerarle un monstruo, o justificamos la esclavitud (y el tabaquismo)?
Que no, que me da igual si Puigdemont habla siete idiomas o si le dan el premio Novel a algún gurú del procés: sus talentos seguirán siendo suyos aunque profesen una doctrina perversa; y respecto a lo perverso de la doctrina en cuestión, me remito a lo que llevo escrito.
Bueno, pues todo lo anterior, y lo digo en serio, no era sino la intro. Ahora viene la chicha de la cosa: ¿Cómo es posible que llevemos tantas y tantas décadas haciendo tan mal las cosas en relación con los nacionalismos en España?
El franquismo, también lo he dicho ya aquí, fue una teocracia fascista. Lo último de lo último en Europa a mediados del siglo pasado. Nada original; pero tampoco buenas noticias para los ciudadanos/súbditos a los que les/nos tocó en suerte. Y con respecto a los nacionalismos periféricos, su criterio básico fue sepultarlos bajo el nacionalismo centralista de la España Una, Grande y Libre. Algo así como sorprender a tu hijo en medio de una pelea y sacarlo de allí a hostias para explicarle que no se pega ¡Que no se pega…! (y toma porrazo), ¡pedazo de burro! (otro porrazo), ¡Más respeto! (y otro más). Además, y en paralelo, el franquismo supo valorar el talento y la tradición emprendedora de ciertas áreas de la geografía patria (el Levante, Vascongadas, Cataluña…), e invirtió en ellas facilitándoles las cosas, porque esa complicidad suponía generación de riqueza —cosa que no le venía nada mal a la España Imperial– y porque calmaba las turbulencias locales: cuando hay dinero, toda reivindicación pude dejarse para luego.
Machacar territorios, sepultando sus señas de identidad, y contribuir al tiempo a su prosperidad, no parece una estrategia brillante para diluir aspiraciones nacionalistas. No sé muy bien que creían los jerarcas de turno que estaban construyendo, pero lo que resultaron fueron territorios más desarrollados y más justificadamente reivindicativos que el resto. Buen coctel.
Se acabó el franquismo. España tenía que reinventarse… y ahí teníamos el grano en el culo de los territorios más apaleados, y al tiempo más ricos ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! Dicho y hecho: privilegios por aquí, cuponazo por allá, transferencia de educación (que con el criterio de “café para todos” acabó siendo urbi et orbi), ley electoral sesgada y tendenciosa para que pesasen más de lo que realmente pesaban, manga ancha para lo que fuera… e ¡la, voilà…! ¿Se apaciguaron las ansias independentistas? ¡Antes al contrario!: cogieron más brío. Y en esa piedra, tozudamente, tropezaron con el mismo garbo Suarez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy… todos igual de torpes e igual de cobardes: ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! ¿Qué se nos van a dónde, almas de cántaro? ¿Qué se nos van cómo y a qué? No tenían opciones, su paja mental llegaba ciento cincuenta años tarde (fue entonces cuando se inventaron las actuales Italia o Alemania), pero nuestros preclaros y cobardes dirigentes no repararon en ello y alimentaron el monstruo a sus pechos… hasta que éste terminó despertando y arrancándoselos de una dentellada. Qué cuento más bonito.
Y ahora, ¿qué? La última y brillante idea de nuestro actual presidente es “mirushté, que se cumpla la ley”, y meterles a todos en la cárcel ¿No están incumpliendo flagrantemente la ley? Pues a la cárcel y resuelto el tema. Ciertamente, a los golpistas se les fusilaba al amanecer, de modo que lo de la cárcel, como se hizo con Tejero, pudiera parecer casi una solución humanitaria. Pero Mariano ¿te has dado cuenta de cuántos son, infeliz? ¿A cuántos independentistas piensas meter en la cárcel, pedazo de burro? ¿A los dos millones declarados que ahora mismo son? (la población total de Cataluña, contando a todos, es siete millones, de modo que dos millones son muchos pero no llegan a la tercera parte, no nos hagamos líos). Habría que construir campos de concentración mesopotámicos para acogerlos, y el mundo entero se nos tiraría encima llamándonos de todo, con razón. No, sin duda esa no es una opción.
¿Y entonces…?
Vamos a ver, es obvio que hay que cumplir la ley. Pero las leyes han de estar al servicio de la sociedad, y no al revés, y cuando dejan de funcionar, hay que cambiarlas. Si no se hubieran cambiado las leyes seguiría habiendo esclavos y las mujeres no podrían votar. La sociedad evolucionó, maduró, superó prejuicios e ignorancias y se cambiaron las leyes para dar cauce de normalidad a los comportamientos que habían pasado a ser considerados normales. Toca hacerlo otra vez.
Ojito: ni por lo más remoto estoy proponiendo retorcer las leyes para contentar a los que se las saltan. No se trata de premiar a los tramposos, sino de quitarles los argumentos para ponerlos en evidencia. Y, por supuesto, cambiar las leyes aplicando la ley, sin hacer trampas, como los nacionalistas catalanes nos tienen acostumbrados al más puro estilo Groucho Marx (“Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros”), sacándose de la manga, con unas mayorías exiguas y circunstanciales, leyes que se autodefinen como supremas y absolutas, por encima de cualquier otro marco jurídico humano o divino. No, así no, en serio.
Cambiar las leyes a saco, sin miedo. Empezando por preguntarles a todos los españoles si quieren monarquía o republica, estado central, federal o confederal, etc., etc., etc. Luego, habría que consensuar de qué se encarga cada quien, blindando para siempre competencias… y en mi opinión, el Estado, además de la representación internacional, jamás debería abrir la mano de cosas como la sanidad o la educación, para garantizar la igualdad real de todos. ¿Cuál es el problema? Recuerdo bien los pavores de la España de mediados de los setenta. Aquello era como la casa de Bernarda Alba… solo que quien se había muerto era precisamente Doña Bernarda, y el miedo al caos y el desamparo lo teñía todo ¿Y qué paso? Pues nada malo: la gente votó, se pactaron nuevas reglas y todo el mundo se dedicó a lo suyo, haciendo que la cosa tirara globalmente para adelante, y a mayor velocidad de la que lo había hecho nunca ¿Por qué no habría de pasar algo parecido ahora, que la gente está muchísimo mejor preparada que la de entonces, en todos los sentidos?
Y no digo que lo anterior, que me parece imprescindible por pura higiene social, fuera a resolver mágicamente el eterno marrón de los nacionalismos; pero sin duda contribuiría a su deslegitimación. Y no vendrían mal algunas otras ayudas complementarias, como que nuestros socios europeos se tomaran en serio la cosa y les expusieran a las claras a todos los balcanizadores que si se inventan un nuevo chiringuito la UE jamás les daría cancha, y que quedarían condenados a ser nuevas Argelias o Somalias durante décadas.
Que las mujeres pudieran votar no acabó con el machismo, pero fue un paso decisivo en la dirección correcta, y seguimos avanzando, aunque aún falte muchísimo camino por recorrer. Superar el nacionalismo, que la gente deje de mirarse tanto al ombligo y de inventarse victimismos y levante la frente, aún costará siglos. Sí, he dicho siglos. Pero soñando un poco más flojito, superar la actual fase crítica que nos aqueja podría conseguirse en apenas dos o tres generaciones (menos, imposible), si se toman ya las decisiones valientes que toca.
Nada contribuiría tanto a erradicar el cáncer de pulmón como conseguir que el tabaquismo fuera historia. Para eso también faltan generaciones, pero estamos dando los pasos correctos. En el primer mundo ya nadie fuma en los espacios públicos cerrados, y eso se consiguió porque ciertos políticos con coraje se atrevieron a promulgar normas restrictivas de popularidad cuestionable, pero imprescindibles. Si se hubieran limitado a abaratar las aspirinas y las pastillas contra la tos, lo mismo los fumadores habrían ganado algo de calidad de vida, pero el problema estaría en el mismo punto.
Decir que hay que cumplir la ley, mirushté, es lo mismo que decir que para acabar con el paro lo que hay que hacer es crear empleo: una obviedad vacua. Claro que hay que cumplir la ley; pero la ley ha de ser realmente aplicable —no se puede encarcelar a millones de independentistas activistas y confesos— y abrumadoramente aceptada por la sociedad.
Y tampoco vendría mal una separación total, efectiva y libre de sospechas de los tres poderes del Estado; o de lo contrario ni siquiera unas leyes tan modernas y popularmente aclamadas como las que me estoy dejando soñar podrían ponerse en práctica de forma duradera y efectiva.
Van 3.109 palabras ¿Os hago un resumen?:
La enfermedad del nacionalismo —amor enfermizo hacia lo propio— solo puede curarse viajando y con paciencia, y jamás con palos y sentencias.
Parece mentira. Si con veintidós había bastante ¿para qué tengo que castigar a nadie con otras tres mil ochenta y siete?
Lo mío es vicio, sin duda. Vicio de pensar, quiero creer. Y vicio compartido, ya que me estás leyendo…