lunes, 19 de febrero de 2018

Ponerle letra al himno de España

El asunto colea desde hace ni se sabe, pero ahora ha vuelto a ponerse de actualidad gracias a la ocurrencia de Marta Sánchez, que apenas ayer se nos vino arriba y se marcó una versión personal del himno patrio, con letra de su propia cosecha. Toma ya, con un par.
La aportación literaria de la cantante, cuya calidad y potencia de voz es incuestionable —al margen de que te pueda gustar o no su estilo— se concretó en lo siguiente:
"Vuelvo a casa, en mi amada tierra, la que vio nacer mi corazón aquí. Hoy te canto para decirte cuánto orgullo hay en mí, por eso resistí. Crece mi amor cada vez que me voy, pero no olvides que sin ti no sé vivir. Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón y no pido perdón. Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin. Como tu hija llevaré ese honor, llenar cada rincón con tus rayos de sol. Y si algún día no puedo volver, guárdame un sitio para descansar al fin".
Hombre, así a botepronto, pelín cursi sí que es. Voluntariosa… pero con la métrica y la rima un poco cogida por los pelos.
Lo que no deja de tener su gracia es que ya hayan surgido entusiasmados seguidores de la propuesta y sarcásticos detractores, a todos los cuales se les importa una higa si se trata de una construcción poética o alegórica meritoria o no, porque a lo que van es a una exaltación de la patria  —a Mariano y a Albert, literalmente, se les saltan las lágrimas— o a una escepticismo crítico de la misma —sonrisita burlona de Pablo y compañía— Y es que el problema real, gordo y de fondo, me temo, no es si tal o cual letra es más o menos cursi, agresiva o doctrinal, sino si es moderno y aceptable eso de emocionarse e identificarse con una patria en concreto… y con esa a la que le dicen España, pues la decisión es particularmente delicada.
Primera e imprescindible puntualización: el himno de España no carece de letra. De hecho tiene dos, la “L” y la “O”. Su versión más conocida, popularizada por Manolo el del Bombo, dice más o menos así:
 “Ló lo, ló lo… lololololololololo ló, ló, ló…. lo lo lo lo lo lóóóóóóó…
Ló lo, loló lo, loló lo loló, lololo ló, ló, ló, lololo, ló, ló, lóóóóóóó….”
(ponerle vosotros la música y seguir el fraseo; veréis que mi transcripción es ajustada)
Para mí, y os hablo ahora como poeta, que también lo soy, es perfecta. Concisa, rotunda, precisa… No ofende a nadie, acude al género neutro, para que todos y todas nos sintamos representados y representadas por este himno y esta himna. Métrica de diez, que en ningún momento pisa fuera ni arrastra el compás. Simplicidad nemótica inclusiva, que permite que hasta los peces puedan recordarla ¿Puede haber algo más redondo?
Porque lo de intentar ponerle letra a la Marcha de Granaderos, para no ser menos que los demás y que nuestro himno sea cantable, se lleva intentando desde hace siglos; pero no hay manera de que salga una propuesta que cuaje. Lo mismo es que España es un país tan diverso y peculiar que no hay forma de resumirlo en cuatro estrofas, y o te destapas por arriba o te quedas corto por abajo, como con esas mantas malditas que todos tenemos en casa para no-resolver imprevistos y que nunca nos decidimos a tirar.
La última aventura a este respecto la protagonizó el Comité Olímpico Español, en 2007, abandonando la épica tradicional y apostando por el buenismo . Pero la cosa quedó tan blandita que no convenció a nadie, y ahí se quedó.
El problema, además de que España es un pifostio tan peculiar que no hay manera de encontrar un resumen que englobe los 47 millones de versiones de la misma —una por español— es que llegamos tarde. Como suena: llegamos tarde. Y tiene mérito, que un país con 500 años de historia llegue tarde a la confección de su tonadilla patria; pero es así. Porque otros, como alemanes, italianos, franceses o británicos, escogieron directamente cancioncilla con letra (o muy pegadas unas y otras), hace dos o tres siglos, cuando valía todo y aún no se habían inventado ni las minorías ni las susceptibilidades.
Reparad un momento en las burradas que dicen himnos consagrados que a nadie se le ocurre cuestionar:
Ahí va un extracto del himno de nuestros vecinos del norte:
¡Marchemos, hijos de la patria, el día de gloria ha llegado…!
Contra nosotros, la tiranía alza su estandarte sangriento.
¿No oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados?
¡Vienen hasta nuestros brazos para degollar a nuestros hijos y esposas…!
¡A las armas, ciudadanos, formad vuestros batallones…!
¡Marchemos, marchemos… y que la sangre impura inunde nuestros campos…!
En cinco palabras A CO JO NAN TE. Y no me estoy refiriendo a acojonante del verbo “muy bueno”, sino del verbo “dar miedo”. ¡Santo Dios, qué cosa más gore! Eso no lo superaría ni el mismo Freddy Krueger, si se quitara por un momento las uñas de matar y cogiera un boli.
Pues no pasa nada. La Marsellesa es La Marsellesa, La France es el país de l´amour, y todos tan felices. Aquello se escribió en 1792. Si alguien intenta ponerle esa letra a un himno nacional ahora mismo ni siquiera iría a la cárcel: lo llevarían al manicomio.
Vámonos un poquito más arriba. Ahí va el inicio del himno alemán:
Alemania, Alemania sobre todo,
sobre todo en el mundo
Así será si en la protección y en la defensa
siempre nos unimos como hermanos.
Desde el Mosa hasta el Niemen, desde el Adigio hasta el Belt:
¡Alemania, Alemania sobre todo, por encima del mundo entero…!
Toma geroma, pastillas de goma, y olé sus cojones ¿Se creía Trump que estaba inventando algo con lo de America the first ¡Eso sí que es supremacismo teutón, a lo bestia y sin anestesia…! Esta letra fue escrita en 1841, pero lo cierto es que se sigue cantando en la actualidad, como si tal cosa, y a nadie le ruboriza. Imaginad algún españolito proponiendo que nuestro himno dijese algo tipo “España, España por encima del mundo entero…” A ese lo linchan por la calle antes de llegar al manicomio.
Para que esto no se haga eterno, que sé que luego os cansáis, no voy a continuar con el God Save The Queen, el The Star-Spangled Bannner, o Il Canto Degli Italiani, pero creedme que no tienen desperdicio: sangre por aquí, muerte por allá, supremacismo sin pudor alguno, confesionalidad doctrinal descarada… Si realmente reparáramos en qué coño están cantando cuando lo hacen los políticos, diplomáticos o deportistas de esos países —o casi de cualquier otro— cuando suenan sus himnos, salíamos por patas de allí mismo a escondernos… o a coger un buen garrote, para resistir sus envestidas.
De modo que la letra de Manolo… bueno, las dos letras de Manolo, son la mejor contribución que puede hacer nuestro país a la cosa de la hermandad planetaria, en lo relativo a las cancioncitas patrias.
Gracias, Marta, por el trigésimo-nono intento. Pero creo que lo que toca en este caso es aplicar un viejo aforismo que no recuerdo a quien oí en una obra, hace ya muchos años:
“Si no está roto, no lo arregles”

domingo, 18 de febrero de 2018

El cáncer (nacionalista) no se cura con aspirinas (judiciales)

Mi opinión la he dejado ya más que clara en este foro: el nacionalismo es un atavismo neolítico, un palo entre las ruedas que ralentiza el progreso de la humanidad como lo hacen el resto de supremacismos: el racismo, el machismo... Porque el nacionalismo es simple y llanamente eso: supremacismo paleto, supremacismo de aldea cuyo único argumento y sustentación es que los nacionalistas consideran que no hay nada más confortable que su zona de confort. Y punto. Se acabó. Eso es todo. Esa simpleza, esa idiotez infantil es su único baluarte moral e ideológico. Qué bien se juega en casa, qué gusto da todo, qué rica la comida, sin sorpresas ni ingredientes desconocidos. Qué agradable entenderlo todo, coger todos los chistes, comprender todos los argumentos. Qué confortable, en resumen, es la zona del propio confort. La mejor, de largo y sin matices. Algo que hay que defender a toda costa, cuidando su pureza y evitando contaminaciones. Algo sobre lo que hay que cerrar filas, pie en pared, siempre y a cualquier precio, sin abrir la mano jamás a nada que pueda suponer mestizaje o pérdida de autonomía.
¿Cómo se dice en catalán —o en vasco, o valón, o en la legua que queráis— America the first?
Pues eso.
Dicho lo anterior, algo que es como mínimo igual de meridianamente obvio es que “tener razón” apenas es un dato, un punto de referencia. Un argumento imprescindible, sin duda; pero incapaz de cambiar por sí solo la realidad. Y al resto de supremacismos me remito para corroborar tal evidencia: ¿es o no algo aceptado que el machismo es una secuela de la sociedad patriarcal que dominó el planeta durante los últimos tres milenios, un vicio anacrónico superado por la historia… y al mismo tiempo una pesadilla actual y demoledora que aún nos atenaza? El racismo es una inculta simpleza que no se sujeta, y ya no hay regímenes nacis ni apartheid en vigor. Pero ¿no perdura el latido racista por doquier, como un bicho tóxico aguardando escondido en los resquicios de todas las sociedades, listo para saltar a primer plano en cuanto la situación lo propicia?
El nacionalismo es un mal de naturaleza emparentada a los dos supremacismos citados en el párrafo anterior y de peligrosidad cuanto menos equiparable. Acaso sea el responsable de más muertes que nadie en este planeta, incluidos los sesenta millones de la última Guerra Mundial. Pero esa evidencia no resuelve nada, y las estrategias empleadas para combatirlo, al menos en España y durante los últimos cien años, han sido patéticas, consiguiendo únicamente darle motivos para enrocarse, crecer y hacerse más fuerte.
Me parece que, antes de seguir, se hace imprescindible una reflexión seria respecto a lo que no es nacionalismo, para que nadie se lie y se crea que estoy dando por bueno el nacionalismo de los estados oficiales —España, Francia, Alemania, etc.— y llamándole “nacionalismo”, en sentido peyorativo, a sentimientos equivalentes pero que conciernen a no-estados como Catalunya, Euskal Herria, el Kurdistán o el Tíbet. Nada de eso.
A todos nos gusta lo nuestro. Es lo que conocemos y hacia lo que sentimos mayor vinculación. Yo a mi Sierra de Guadarrama, a Madrid, España y Europa, por ese orden. Mi mujer a Salvador de Bahía, el Nordeste brasileño, Brasil y Sudamérica, y cada cual a sus respectivas equivalencias. Al nacionalista no es que le pase eso, como a todos, sino que además traza una raya muy muy gorda que delimita de forma drástica e irreductible el universo, de forma que sus afectos y afinidades se concentran enfermizamente a un lado de esa raya, sintiendo hacia todo lo que cae del lado de fuera apenas una tenue y difusa simpatía… y muchísimo recelo.
Pensemos en los ideólogos basales de la actual Unión Europea ¿Alguien cree que Winston Churchill no era profundamente inglés, Konrad Adenauer profundamente alemán y Charles de Gaulle profundamente francés? ¿Os imagináis a Churchill prefiriendo el champán al té, o a Adenauer despreciando la cerveza frente al vino? Obviamente todos conocían bien y amaban a sus respectivas patrias. Pero ni por lo más remoto consideraban ese justificado amor filial un argumento para odiar al vecino y para anteponer a toda costa el bien de los suyos, fueran cuales fueran las consecuencias para el resto. Ellos, como tantos desde entonces —yo incluido— no sentían en absoluto peligrar su identidad por el hecho de estrechar al máximo los vínculos con los vecinos, hasta acabar alumbrando algo parecido a unos Estados Unidos de Europa —son sus palabras— Y estoy convencido de que si no se atrevieron a decir algo así como “…hasta que en un futuro los Estados Unidos de Europa se integren en los Estados Unidos Planetarios”, no fue porque no lo intuyesen o deseasen, sino porque seguramente les pareció algo demasiado lejano y que era mejor no poner sobre la mesa de momento, para que la gente no se marease y huyera.
Habrá nacionalistas que me digan que firmarían todo lo que se dice en el párrafo anterior, pero que plantean su integración europea y planetaria desde el marco de sus respectivos estados —catalán, vasco, etc.— y no desde el estado español ¿Qué diferencia habría? Es un argumento ingenioso… pero falaz. Es ridículo decir que para dejar atrás un supremacismo, primero me apunto a otro, más o menos equivalente, y desde ahí, escapo. Es como si un alcohólico te dice que para dejar el alcohol primero se va a pasar a la coca, y que después la dejará, resolviendo así su problema con la botella. España, Francia, Alemania, son realidades históricas cuyo único natural y razonable destino es su desintegración hacia arriba, al plazo que sea; pero jamás empezando por dar un paso atrás, hacia la balcanización medieval que nos precedió ¿Para qué? O dejamos de beber e intentamos hacer otras cosas o continuamos la juerga mientras el hígado aguante, que no será mucho. Pero intentar venderle la burra a nadie de que la salida se encuentra en la puerta de atrás, es ingenuista o falaz. No me vale.
Ni que decir tiene que reinventarse la historia para argumentar que la creación de esos estados neobalcánicos no es sino la restitución de un antiguo estado de las cosas es una falacia aún mayor. Claro que hay mucho burro suelto que puede morder el anzuelo, pero quiero creer que el nivel cultural medio tiende a aumentar, y que el actual acceso universal a la información puede ayudar a ello. Y el que quiera que mire un poco, que la evidencia salta a la vista: jamás existió Euskal Herria, y pretender que el reino medieval de Navarra fue algo equivalente es una idiotez similar a decir que el Califato de Córdoba, o la Tartesos de Argantonio fueron los antecedentes de la actual Andalucía. Y tampoco, señores catalanes, hay quien sujete que la guerra de sucesión que libraron las potencias europeas en estas tierras hace trescientos años fue una contienda entre Cataluña y España. La verdad es que lamento que ganaran los Borbones, y creo que de haberlo hecho los Hasburgo nuestra historia —y la de toda la humanidad— podría haber sido distinta y mejor. Pero el reino de Catalunya, como el de Euskal Herria, tan solo son creaciones literarias, equivalentes a la Ínsula Barataria; o a la Isla Utopía, como acaso prefiráis, que no es lo mismo, pero es igual.
Dicho todo lo anterior, y lo anterior de lo anterior, incluidas las cien entradas que ya acumulo en este blog, podría venirme quien quisiera y decirme que apenas soy un chavalote con limitada cultura que pontifica desde su púlpito particular, pero que no le llega intelectualmente a la suela de los zapatos a decenas y decenas de sabios nacionalistas de todas las condiciones, catedráticos de historia, de derecho, gentes que han dado siete vueltas al mundo y que me sacan dos ceros en cociente intelectual ¿Si? Pues me voy a revolver contra esa razonable argumentación.
Cuando digo que el nacionalismo es un atavismo neolítico que lastra a la humanidad no estoy diciendo que los individuos nacionalistas, a título particular, sean idiotas, ni muchísimo menos. Digo que esa línea ideológica, al margen de lo bien que se venda y de quién la venda, es algo rancio y dañino. Algo que quiero considerar demodé… acaso con cierta licencia buenística por mi parte, queriendo creer que la humanidad ha avanzado algo desde la Ilustración hasta aquí.
Me apoyaré de nuevo en los otros dos supremacismos que estoy empleando como muletas especulares: el machismo y el racismo.
Como biólogo que soy, admiro desde lo más profundo de mi ser a Charles Darwin, que no se inventó ninguna teoría ni promulgó ninguna ley, sino que, simplemente, tuvo la perspicacia suficiente para entender algunas de las claves básicas de porqué los seres vivos que vemos son lo que son. La evolución no es una hipótesis, es la formulación de una realidad, equivalente a la gravedad o a la esfericidad de la Tierra. Pues bien, mi amigo Charles era machista hasta la nausea, considerando a la mujer una especie de hombre imperfecto e incurablemente inferior, tanto física como intelectualmente ¿Debemos por ello denostar a Darwin? O peor aún, ¿tenemos que reconsiderar nuestra opinión respecto al machismo, dado que un biólogo tan preclaro lo era abiertamente? Pues no, y no: Darwin fue un iluminado; pero como hijo de su tiempo, cargó con ideas que hoy en día ya están superadas. Y punto.
¿A alguien le cabe la menor duda respecto a que Jesús de Nazaret era total y profundamente machista? ¿Y cómo iba a ser de otra manera, viviendo en el patriarcado global de la Antigüedad? ¿Debemos en consecuencia mirar con recelo la figura de Jesús… o tocará reconsiderar lo de si el machismo tiene o no cierto sentido?
Como ya recordé en este foro, George Washington tenía centenares de esclavos en sus plantaciones de tabaco ¿Toca considerarle un monstruo, o justificamos la esclavitud (y el tabaquismo)?
Que no, que me da igual si Puigdemont habla siete idiomas o si le dan el premio Novel a algún gurú del procés: sus talentos seguirán siendo suyos aunque profesen una doctrina perversa; y respecto a lo perverso de la doctrina en cuestión, me remito a lo que llevo escrito.
Bueno, pues todo lo anterior, y lo digo en serio, no era sino la intro. Ahora viene la chicha de la cosa: ¿Cómo es posible que llevemos tantas y tantas décadas haciendo tan mal las cosas en relación con los nacionalismos en España?
El franquismo, también lo he dicho ya aquí, fue una teocracia fascista. Lo último de lo último en Europa a mediados del siglo pasado. Nada original; pero tampoco buenas noticias para los ciudadanos/súbditos a los que les/nos tocó en suerte. Y con respecto a los nacionalismos periféricos, su criterio básico fue sepultarlos bajo el nacionalismo centralista de la España Una, Grande y Libre. Algo así como sorprender a tu hijo en medio de una pelea y sacarlo de allí a hostias para explicarle que no se pega ¡Que no se pega…! (y toma porrazo), ¡pedazo de burro! (otro porrazo), ¡Más respeto! (y otro más). Además, y en paralelo, el franquismo supo valorar el talento y la tradición emprendedora de ciertas áreas de la geografía patria (el Levante, Vascongadas, Cataluña…), e invirtió en ellas facilitándoles las cosas, porque esa complicidad suponía generación de riqueza —cosa que no le venía nada mal a la España Imperial– y porque calmaba las turbulencias locales: cuando hay dinero, toda reivindicación pude dejarse para luego.
Machacar territorios, sepultando sus señas de identidad, y contribuir al tiempo a su prosperidad, no parece una estrategia brillante para diluir aspiraciones nacionalistas. No sé muy bien que creían los jerarcas de turno que estaban construyendo, pero lo que resultaron fueron territorios más desarrollados y más justificadamente reivindicativos que el resto. Buen coctel.
Se acabó el franquismo. España tenía que reinventarse… y ahí teníamos el grano en el culo de los territorios más apaleados, y al tiempo más ricos ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! Dicho y hecho: privilegios por aquí, cuponazo por allá, transferencia de educación (que con el criterio de “café para todos” acabó siendo urbi et orbi), ley electoral sesgada y tendenciosa para que pesasen más de lo que realmente pesaban, manga ancha para lo que fuera… e ¡la, voilà…! ¿Se apaciguaron las ansias independentistas? ¡Antes al contrario!: cogieron más brío. Y en esa piedra, tozudamente, tropezaron con el mismo garbo Suarez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy… todos igual de torpes e igual de cobardes: ¡Ay, que se nos van…! ¡Ay, que habrá que darles lo que sea para que quieran seguir siendo del club…! ¿Qué se nos van a dónde, almas de cántaro? ¿Qué se nos van cómo y a qué? No tenían opciones, su paja mental llegaba ciento cincuenta años tarde (fue entonces cuando se inventaron las actuales Italia o Alemania), pero nuestros preclaros y cobardes dirigentes no repararon en ello y alimentaron el monstruo a sus pechos… hasta que éste terminó despertando y arrancándoselos de una dentellada. Qué cuento más bonito.
Y ahora, ¿qué? La última y brillante idea de nuestro actual presidente es “mirushté, que se cumpla la ley”, y meterles a todos en la cárcel ¿No están incumpliendo flagrantemente la ley? Pues a la cárcel y resuelto el tema. Ciertamente, a los golpistas se les fusilaba al amanecer, de modo que lo de la cárcel, como se hizo con Tejero, pudiera parecer casi una solución humanitaria. Pero Mariano ¿te has dado cuenta de cuántos son, infeliz? ¿A cuántos independentistas piensas meter en la cárcel, pedazo de burro? ¿A los dos millones declarados que ahora mismo son? (la población total de Cataluña, contando a todos, es siete millones, de modo que dos millones son muchos pero no llegan a la tercera parte, no nos hagamos líos). Habría que construir campos de concentración mesopotámicos para acogerlos, y el mundo entero se nos tiraría encima llamándonos de todo, con razón. No, sin duda esa no es una opción.
¿Y entonces…?
Vamos a ver, es obvio que hay que cumplir la ley. Pero las leyes han de estar al servicio de la sociedad, y no al revés, y cuando dejan de funcionar, hay que cambiarlas. Si no se hubieran cambiado las leyes seguiría habiendo esclavos y las mujeres no podrían votar. La sociedad evolucionó, maduró, superó prejuicios e ignorancias y se cambiaron las leyes para dar cauce de normalidad a los comportamientos que habían pasado a ser considerados normales. Toca hacerlo otra vez.
Ojito: ni por lo más remoto estoy proponiendo retorcer las leyes para contentar a los que se las saltan. No se trata de premiar a los tramposos, sino de quitarles los argumentos para ponerlos en evidencia. Y, por supuesto, cambiar las leyes aplicando la ley, sin hacer trampas, como los nacionalistas catalanes nos tienen acostumbrados al más puro estilo Groucho Marx (“Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros”), sacándose de la manga, con unas mayorías exiguas y circunstanciales, leyes que se autodefinen como supremas y absolutas, por encima de cualquier otro marco jurídico humano o divino. No, así no, en serio.
Cambiar las leyes a saco, sin miedo. Empezando por preguntarles a todos los españoles si quieren monarquía o republica, estado central, federal o confederal, etc., etc., etc. Luego, habría que consensuar de qué se encarga cada quien, blindando para siempre competencias… y en mi opinión, el Estado, además de la representación internacional, jamás debería abrir la mano de cosas como la sanidad o la educación, para garantizar la igualdad real de todos. ¿Cuál es el problema? Recuerdo bien los pavores de la España de mediados de los setenta. Aquello era como la casa de Bernarda Alba… solo que quien se había muerto era precisamente Doña Bernarda, y el miedo al caos y el desamparo lo teñía todo ¿Y qué paso? Pues nada malo: la gente votó, se pactaron nuevas reglas y todo el mundo se dedicó a lo suyo, haciendo que la cosa tirara globalmente para adelante, y a mayor velocidad de la que lo había hecho nunca ¿Por qué no habría de pasar algo parecido ahora, que la gente está muchísimo mejor preparada que la de entonces, en todos los sentidos?
Y no digo que lo anterior, que me parece imprescindible por pura higiene social, fuera a resolver mágicamente el eterno marrón de los nacionalismos; pero sin duda contribuiría a su deslegitimación. Y no vendrían mal algunas otras ayudas complementarias, como que nuestros socios europeos se tomaran en serio la cosa y les expusieran a las claras a todos los balcanizadores que si se inventan un nuevo chiringuito la UE jamás les daría cancha, y que quedarían condenados a ser nuevas Argelias o Somalias durante décadas.
Que las mujeres pudieran votar no acabó con el machismo, pero fue un paso decisivo en la dirección correcta, y seguimos avanzando, aunque aún falte muchísimo camino por recorrer. Superar el nacionalismo, que la gente deje de mirarse tanto al ombligo y de inventarse victimismos y levante la frente, aún costará siglos. Sí, he dicho siglos. Pero soñando un poco más flojito, superar la actual fase crítica que nos aqueja podría conseguirse en apenas dos o tres generaciones (menos, imposible), si se toman ya las decisiones valientes que toca.
Nada contribuiría tanto a erradicar el cáncer de pulmón como conseguir que el tabaquismo fuera historia. Para eso también faltan generaciones, pero estamos dando los pasos correctos. En el primer mundo ya nadie fuma en los espacios públicos cerrados, y eso se consiguió porque ciertos políticos con coraje se atrevieron a promulgar normas restrictivas de popularidad cuestionable, pero imprescindibles. Si se hubieran limitado a abaratar las aspirinas y las pastillas contra la tos, lo mismo los fumadores habrían ganado algo de calidad de vida, pero el problema estaría en el mismo punto.
Decir que hay que cumplir la ley, mirushté, es lo mismo que decir que para acabar con el paro lo que hay que hacer es crear empleo: una obviedad vacua. Claro que hay que cumplir la ley; pero la ley ha de ser realmente aplicable —no se puede encarcelar a millones de independentistas activistas y confesos— y abrumadoramente aceptada por la sociedad.
Y tampoco vendría mal una separación total, efectiva y libre de sospechas de los tres poderes del Estado; o de lo contrario ni siquiera unas leyes tan modernas y popularmente aclamadas como las que me estoy dejando soñar podrían ponerse en práctica de forma duradera y efectiva.
Van 3.109 palabras ¿Os hago un resumen?:
La enfermedad del nacionalismo —amor enfermizo hacia lo propio— solo puede curarse viajando y con paciencia, y jamás con palos y sentencias.
Parece mentira. Si con veintidós había bastante ¿para qué tengo que castigar a nadie con otras tres mil ochenta y siete?
Lo mío es vicio, sin duda. Vicio de pensar, quiero creer. Y vicio compartido, ya que me estás leyendo…

sábado, 17 de febrero de 2018

Los soldaditos

Desde que nací y hasta cumplir veintiséis viví en el barrio madrileño de Chamberí, en la calle Rios Rosas, en un séptimo piso en el que también lo hacía una familia peculiar para aquella España tan poco mestiza: un malagueño y una alemana con sus dos hijos, uno casi de mi edad y otro algo menor, de los que me hice amigo inseparable a eso de los cinco años. Y con ocho o nueve, no sé muy bien cómo ni por qué, nos enviciamos con los soldaditos de la marca EKO, escala HO: figuritas de poco más de un centímetro de altura, así como tanques y aviones más o menos proporcionales. Eran una monada, increíblemente bien acabados para su diminuto tamaño. Son el único juguete de mi infancia que he conseguido conservar, bastante dignamente, como podéis ver.
Van unas cuantas fotillos más de esta joya, y luego os cuento detalles. Y empezaré por la caja de la holla magefesa de mi madre, que es donde han estado guardados desde hace… ¡qué barbaridad!: como mínimo, 50 años.



Los soldaditos en cuestión no dejaban de ser trocitos de plástico, de modo que qué hacer con ellos dependía de la imaginación de cada cual. Y poco a poco, acabamos por armar un conjunto de reglas realmente intrincado, más cercano a las de un sofisticado juego de mesa, tipo Monopoli o Estratego, que a los combates simples y primarios que desarrollábamos con Los Indios, como ya conté aquí en la entrada anterior.
Intentaré resumir las reglas en cuestión, que tienen tela.
  • La cosa iba de guerra, lo que en aquellos tiempos equivalía a decir Segunda Guerra Mundial. Aquello era de todos contra todos, contando cada cual con un ejército de unos doscientos soldaditos (de diversas nacionalidades, aunque cada uno tenía sus orientaciones: yo tenía, sobre todo, alemanes), veinte o treinta tanques y cañones y la mitad de aviones.
  • Cada uno de los contrincantes edificaba una “base”, empleando fichas de construcción de Exín Castillos u otras similares. Las bases eran fortalezas amuralladas, tan intrincadas y barrocas como posibilitara la imaginación de cada cual… y las fichas disponibles, aunque solían tener poco más de 50 x 50 cm de planta. Toda una ciudad, para tan diminutas figuritas.
  • Cada cual armaba su base con tanques y cañones, y desplegaba una guarnición, de no más de una cuarta parte de sus efectivos. Entonces, alguien decía: “ataco tu base”. Y empezaba el asalto.
  • El asalto solía comenzar con un bombardeo aéreo. Para ello, el atacante, en pie, sostenía un avión en la mano, con el brazo estirado, y lo hacía sobrevolar la base, a una velocidad razonable (no valía pararse). En esa misma mano, además del avión, se sujetaba una ficha del Exín Castillos rellena de plastilina —para darle peso y consistencia— que era la bomba que se dejaba caer sobre la base. Si caía sobre un tanque o cañón, este se daba por destruido (se le ponía patas arriba y listo); y si era sobre una construcción, pues se “deconstruía” un trozo razonablemente proporcional de la misma, siendo bajas todos los soldaditos que estuvieran en ese entorno. El avión tenía derecho a tirar tres bombas. Después, si aún quedaba alguna defensa antiaérea en pie —como solía ocurrir— el avión era derribado. Si en la base no quedaban defensas antiaéreas, el avión se escapaba indemne. En ocasiones ocurría que la mala puntería del piloto determinase mínimos daños, y que el dueño de la base se apiadase de éste y dejase escapar al avión sin más.
  • Tras el ataque aéreo, venía el terrestre. Para ello, el atacante desplegaba sus tropas y tanques en uno o varios flancos de la base, intentando no colocar muy juntos a sus soldados, y sin emplear nunca tampoco a más de la cuarta parte de sus efectivos (para que el juego pudiera durar varios envites). Cuando ya había colocado a “casi todas” sus tropas, el jugador propietario de la base debía darse la vuelta y cerrar los ojos, o salir del cuarto durante unos segundos, para que el atacante pudiera esconder estratégicamente a algunos soldados de especial valor. En seguida explicaré cuáles y por qué.
  • Alternativamente, disparaban un jugador y otro. Cada disparo, acompañado de todos los efectos sonoros bucales imaginables, se hacía con el dedo, simplemente tumbando a soldados del contrario, poniendo patas arriba un tanque del contrario o rompiendo algún trozo de su fortaleza (de entre 3 y 10 cm), dependiendo de si el disparo había sido de pistola o fusil (una baja), fusil-ametrallador (dos bajas), ametralladora pesada o lanzallamas (tres bajas), granada (destrucción de unos 3 cm de construcción y su entorno), bazuca (5 cm) o tanque (hasta 10 cm). Ya he dicho que los soldaditos estaban muy bien acabados, de modo que era fácil distinguir qué armamento portaba cada cual. Van fotos:

Soldaditos “de uno”
Soldaditos “de dos”
Soldaditos “de tres”
Soldaditos “granada, bazuca, etc.”
  • Las ráfagas de dos y de tres debían ser razonables, derribando a soldaditos que estuvieran próximos entre sí. Cada jugador podía efectuar un tipo de disparo u otro dependiendo de qué efectivos tuviera disponibles, y de ahí que intentara no agrupar a sus soldados (evitando así la efectividad de los cañonazos del contrario), y “esconder” en la medida de lo posible (un pliegue de la alfombra, la pata de una silla, un recoveco del radiador o del rodapié…) sus ametralladoras pesadas, soldaditos portadores de bazucas y similares. Si te mataban a todos “los de tres” (ametralladoras pesadas, etc.), tanques y similares, ya solo podías hacer tiros “de dos” o “de uno”, con lo que tus tropas iban mermando más rápidamente. Y como en las bases solía haber más soldados y más rincones donde esconder soldados “de tres”, pues lo normal era que la batalla terminase con la aniquilación de los atacantes o su retirada preventiva, al quedarse éstos sin armas pesadas.
  • Tras la batalla, había que retirar las bajas. Los tanques, cañones y aviones destruidos, se guardaban aparte y ya no podían participar en nuevas batallas. En cuanto a los soldaditos caídos, cada contrincante hacía un montón, y con los ojos cerrados retiraba con una mano dos a la derecha y con la otra uno a la izquierda, dos a la derecha y uno a la izquierda, acompañando el rito con la cantinela “herido, herido, muerto… herido, herido, muerto…”, de forma que al final una tercera parte de las bajas se correspondían con muertos que había que retirar del juego junto con los tanques y aviones destruidos, y las otras dos terceras partes quedaban disponibles para futuros combates. De ahí que la selección entre heridos y muertos debiera hacerse deprisa y a ciegas, para no poder seleccionar tramposamente como heridos a los “de tres” (ametralladoras pesadas, lanzallamas, etc.).

Sobre el esquema anterior de funcionamiento del juego se fueron incorporando miles de matices y complicaciones, a medida que nos íbamos haciendo mayores. Las bases se fueron sofisticando. Llegamos a armar aeródromos, islas, tramos de costa… y las batallas fueron desembarcos, lanzamientos de paracaidistas…. Los escenarios eran tan complejos (las horas y horas de armarlos eran a menudo el auténtico juego), que dejábamos todo listo, ocupando al completo el cuarto de juegos durante días y días, hasta que nuestros padres nos obligaban a desmontarlos.
A medida que crecimos la cosa se complicó aún más. Elaborábamos cartografías de las zonas de guerra (empleando mapas mudos escolares), con banderitas y líneas que marcaban los dominios de cada ejército y los avances y retrocesos, en función del resultado de los combates. Establecimos reglas para la adquisición de nuevas tropas, para que no ganase la guerra el niño con padres más ricos —o blanditos— y llegamos a crear una especie de ¡Banco Central con moneda propia…!. Solo podías incrementar tus efectivos si disponías de divisas adecuadas y hacías el correspondiente depósito. Capitalismo de guerra puro y duro.
Tremendo.
En todo caso, lo cierto es que el juego era una guerra de desgaste, y aunque el objetivo fuera aniquilar al enemigo había tantas bajas por ambos lados que resultaba difícil decidir quién iba ganando. A decir verdad, apenas recuerdo haber terminado la guerra (rendición de alguien a quien apenas le quedaban un puñado de soldados y un camión, y desfile de la victoria del vencedor, al que apenas le quedaba el doble de efectivos), más que en alguna ocasión aislada, cuando el juego era relativamente sencillo y yo no tenía más de diez años. Después, cuando la cosa se sofisticó e incorporamos los escenarios realistas, los mapas, la compra sistemática de refuerzos, el dinero… aquello pasó a ser un juego intrínsecamente interminable, como lo son ciertas guerras reales. Bueno, interminable no: el juego acabó cuando acabó el contexto que lo propiciaba; cuando nos empezó a salir bigote, comenzamos a robarle pitillos a nuestras madres, y nos moríamos de vergüenza de pensar que otros amigos —o peor aún, ¡amigas…!— de fuera del círculo de jugadores supieran de nuestras batallitas. No diré la vergonzosa edad a la que eso ocurrió, pero con los datos que he dejado caer seguro que puede deducirse.
Y ¿sabéis lo que os digo? Que no me avergüenzo en absoluto de aquello, ni aún del detalle de haber seguido jugando tan mayores. Fueron años maravillosos, en los que disfruté un montón de de mi condición de niño y de mi capacidad y autorización para fantasear. Pero al tiempo me deja perplejo la sustancia del asunto: la guerra como juego. Os aseguro que entre los críos que compartimos aquella historia no ha salido ningún militar, policía o similar, y que más de uno lo que realmente somos es militantemente anti-violentos.
Lo mismo, como ya apunté en la entrada anterior, la belicosidad infantil sirvió para gastar de forma prematura e inocua la testosterona negativa, y eso a la postre que hemos ganado.
O lo mismo cuando dejamos el juego no se debió solo a la vergüenza de que nos consideraran unos críos, sino a que, por aquél entonces, empezamos a tomar conciencia de que las guerras reales se parecían bien poco a las edulcoradas películas épicas que nos habían servido de referencia, y que era mucho más interesante lo que se sentía al intentar sacar a bailar a una chica que al evocar ardores guerreros alineando pedacitos de plástico.

sábado, 2 de diciembre de 2017

¿Recuerdas a qué jugabas de niño?

Vale ya de política, que últimamente solo sirve para criar bilis ¿Os acordáis de a qué jugabais de pequeños?

La verdad es que yo tuve una infancia muy feliz. En mi casa y en el mundo pasaban cosas, sin duda, y mientras Cruschev y Kennedy flirteaban con la tercera guerra mundial, mis hermanos solían resolver sus diferencias a puñetazos y mi padre bebía demasiado; pero nada de eso me llegaba, feliz como una perdiz en mi acolchado y diminuto mundo, en donde la fantasía era la norma y el cariño incondicional de mi madre el visto bueno con el que seguir siempre adelante.
Apenas recuerdo casi nada de antes de los seis años. Por aquél entonces, hasta esa edad los niños eran poco más que geranios, seres biológicos a los que jamás se les preguntaba nada ni se contaba con que pudieran aportar algo. Pero no creo que mis escasos recuerdos de aquella época se deban a la ausencia de estimulación precoz, pues hay gente de mi edad que recuerda con nitidez episodios de su más tierna infancia. Un caso casi patológico es el de mi hermano mayor, el cual guarda nítidos recuerdos de cosas que le pasaron con dos años y aún antes (está más que comprobado que es efectivamente así, y que lo suyo no son recuerdos de otros recuerdos o de cosas que oyera contar después).
Otra diferencia significativa respecto a la actualidad es lo mucho que duraba entonces la infancia. De los 0 a los 6, ya lo he dicho, eras apenas un bichejo que trasteaba por la casa (nadie era escolarizado a esas edades, salvo casos excepcionales), y desde los 6 hasta los 13 o 14 eras un niño sin otra obligación que aprobar y jugar. Las niñas, no sé muy bien a qué edad, comenzaban antes a echar una mano en casa, pero de los niños no se esperaba apenas nada, ni siquiera que se hicieran la cama, hasta que no empezaban a tener bigotillo. El concepto de preadolescencia no existía, y uno pasaba de golpe de jugar con los indios a robarle pitillos a su madre y a ir de bares con los amigos, en donde por supuesto te servían sin reparar en tu edad, solo con que tu cabeza sobresaliera de la barra y tuvieras dos duros —diez pesetas, seis céntimos de euro— para pagarte la caña.
Como antes adelantaba, uno de los juegos a los que dedicaba más tiempo de crío eran "los indios”; es decir, inventar y desarrollar historias con la ayuda de muñequitos de plástico de unos pocos centímetros, que representaban a los personajes característicos de los western; de las películas del oeste, que era como se les llamaba: indios, vaqueros, soldados...
Las historias en cuestión eran aproximaciones a los guiones de las películas que veíamos, aunque puliendo las partes románticas —nunca o casi nunca había “chica”— y las tramas complejas, centrándose casi todo en peleas y más peleas. Se cogía a un indio con una mano y a un soldado o vaquero con la otra, se les chocaba y frotaba, y listo. Otras veces, se dejaba a uno de los contendientes en pié y con una mano se le acercaba el otro, al que se hacía girar bruscamente entre los dedos, de forma que algún saliente del muñequito golpeara al que no era sujetado, mandándolo despedido. Los personajes que tenían un brazo extendido con un arma al final, como un hacha o una pistola, eran los que tenían “mejor puñetazo”, y solían ser escogidos para hacer de “el mío” o de “el amigo del mío”. Porque en cada sesión tú manejabas a todos los muñequitos, pero algunos en concreto tenían relevancia especial, era el eje de la historia, y lo más normal era que además del protagonista —“el mío”— hubiera al menos un actor secundario de cierta relevancia —“el amigo del mío”—  que en ocasiones terminaba por pasar a primer plano: no era raro que “me mataran al mío”, y que tuviera que “seguir jugando con el amigo del mío”, que probablemente no tuviera tan buen puñetazo, pero servía para concluir la historia.
A los indios se podía jugar solo o con amigos. Con amigos era más divertido, claro, porque la historia se enriquecía, aunque lo habitual era que todos los compañeros estuvieran en el mismo bando, y tanto “el mío y el amigo del mío” como “el tuyo y el amigo del tuyo” fueran todos vaqueros o soldados, y lucharan codo con codo contra los indios. Aunque lo cierto es que siempre que podía, como por ejemplo cuando jugaba solo, me pedía a los indios. Y si no, a los confederados. Como mucho podía ir con los soldados azules, pero prácticamente nunca con los vaqueros. A saber porqué los perdedores me parecían mucho más interesantes, su lucha más creíble, más justificada. Y encima conmigo solían ganar, en una especie de revancha simbólica frente al desenlace unánime de todos los celuloides.
¡Ay los indios, los indios…! Solapándose con los indios aparecieron los soldaditos, como a partir de los diez. Y desde los doce en adelante ellos fueron los monopolizadores de ese tipo de juegos, que eran dramatizaciones épicas descaradamente trasladadas del cine a mi cuarto. Qué curioso todo. Lo primero, que dedicara tal cantidad de tiempo y energías a cosas relacionadas con luchar, destruir, matar, morir… A lo mejor mi beligerante pacifismo, mi cuasialergia a la violencia, tenga que ver con que ya gasté mi dotación de testosterona negativa durante la infancia. De hecho me he pegado poquísimo en mi vida, y aunque me he visto metido de rebote en algunos fregados, creo que la última vez que me ocurrió algo así tenía menos de veinte años.
Otra cosa no menos curiosa es que el cine tuviera tanta influencia en mi concepción de la realidad. Supongo que la vida cotidiana, lo tangible, lo que pasaba a mi alrededor, era demasiado plano y simple, y para llenar el pecho de emociones fuertes hacía falta saltar a un mundo fantástico, cuya referencia inevitable era el cine. Y tanto fue así, que tengo que reconocer que el primer recuerdo que tengo del amor también se lo debo al cine: yo me enamoré perdidamente, con nueve años y en el cine Espronceda, de Toshi, la jefa de las buceadoras de la película Krakatoa: al este de Java. Y como sucede con los recuerdos de mi hermano, tengo la absoluta certeza de que esa emoción, exactamente esa emoción, era amor del mismo tipo de amor que pocos años después pasaría a sentir por una amiga de mi pandilla de verano, y luego por otra, y por otra, y por otra… La verdad es que, ahora que lo pienso, creo que desde aquella tarde en el cine Espronceda de hace 48 años, no he dejado nunca de estar enamorado, solapando amores nuevos con otros que se me van marchitando sin terminar nunca de irse.
Bueno, a lo que íbamos: los soldaditos. Ahí sí que la cosa pegó un salto cualitativo respecto a los indios. Las reglas se fueron sofisticando a medida que yo mismo y mis amigos cómplices en este juego íbamos madurando, hasta que terminó por convertirse en algo mucho más parecido a un juego de mesa tipo el Stratego que a un mero frotar y hacer chocar figuritas de plástico.
Tan tremendamente divertido y complejo se fue haciendo el juego, que con algunos de los que siguen siendo mis mejores amigos llegué a jugar hasta edades inconcebibles, que por pudor me reservaré. Le incorporamos a la cosa mapas, dinero, reglas para adquirir o no nuevos efectivos… No éramos frikis de la cosa porque ni el término ni el concepto estaban aún inventados; pero lo éramos.
¿Sabéis lo que os digo? Que para explicaros las reglas y evolución del juego de los soldaditos necesitaría más del doble de las 1.300 palabras que ya van en esta entrada, de modo que lo dejaré para otra específica. Y creedme que merecerá la pena. Además, pienso adornarla con fotos actuales de los soldaditos en cuestión (EKO, escala HO), de los que aún guardo como oro en paño varios centenares, así como decenas de tanques, camiones, aviones…
Por otra parte, si dejamos de lado el mundo de las batallitas, hay muchísimos otros juegos de los que también me parece que puede ser divertido hablar. Y no me refiero ya a los que necesitaban para su desarrollo de juguetes, sino de juegos en los que tú mismo eras el juguete, empezando por Tula para seguir por Prusia, el Escondite, el Rescate, El Pañuelo, Las Tinieblas…
Creo que nuestros hígados van a agradecer que le demos unas vacaciones a la política y sigamos un ratillo más por este camino.
Lo dicho: la próxima, los soldaditos; y la siguiente pues a correr, a esconderse, a saltar…